Es
eso o un gnomo aspirando helio en el Parque de la Costa.
miércoles, 13 de junio de 2012
martes, 12 de junio de 2012
Desoí los consejos de Clara e intenté auto abastecerme, pero sólo quedó en eso, intentos.
Volví antes de que mi vestimenta y mis contorsiones panicosas despertaran, aún más, la atención de los peatones curiosos. Podría haber logrado un vestuario menos llamativo, pero como el cambio de estación todavía no llegó a mi armario me decidí por lo sencillo, tapizarme con lo que tenía a mano: la campera gris espacial que encontré en la caja de las donaciones. Como el párpado todavía estaba enrojecido, concluí que lo mejor era hacerle un revoque con base. Después de varios intentos, al ver que estaba más cerca de parecerme a un oso panda que de taparlo, renuncié y lo dejé al natural.
En el hall, me sorprendí a mí misma cuando pude despegar los labios para esbozar una simpática sonrisa a Florindo. Ni siquiera me molestó ver cómo desde lo alto de la escalera plegable bamboleaba los pelos de su buzarda; tampoco se me cruzó ningún reproche interno, cuando me vi obligada a transitar la pista con obstáculos (de bártulos innecesarios) que había montado en el pasillo, para poder cambiar una mísera dicroica.
Abandoné el umbral con un estado de ánimo óptimo: estaba decidida a llegar al supermercado "Huang Lee" de enfrente. Automáticamente, apenas empecé a caminar, sentí que un sindicato de plumeros se ponía de acuerdo para cosquillearme compulsivamente el corazón. De todas maneras, para no despertar la curiosidad de Florindo, intenté completar cincuenta metros y retrasar mi llegada. Cuando pude lograr pararme en la esquina, noté que una nena pecosa me señalaba indiscretamente susurrándole a su mamá (también pecosa), algo al oído. La realidad es que yo también me hubiese señalado; la apariencia general que daba era la de una longaniza tuerta acalambrada envuelta dentro un papel metalizado. Mientras la mamá pecosa le zamarreaba las trenzas a la nena y la distraía con un perro salchicha tricolor, pude escuchar que le decía: "no se señala a las personas con defectos, Bianca, acordate que son personas". Sentía que, poco a poco, el corazón se me achicharraba hasta alcanzar las proporciones de una pasa de uva. Preferí no hacer público el parecido de sus caras con unas Pepitos Triples, en vez de eso, me tapé el ojo con la palma de mi mano y volví a casa.
Volví antes de que mi vestimenta y mis contorsiones panicosas despertaran, aún más, la atención de los peatones curiosos. Podría haber logrado un vestuario menos llamativo, pero como el cambio de estación todavía no llegó a mi armario me decidí por lo sencillo, tapizarme con lo que tenía a mano: la campera gris espacial que encontré en la caja de las donaciones. Como el párpado todavía estaba enrojecido, concluí que lo mejor era hacerle un revoque con base. Después de varios intentos, al ver que estaba más cerca de parecerme a un oso panda que de taparlo, renuncié y lo dejé al natural.
En el hall, me sorprendí a mí misma cuando pude despegar los labios para esbozar una simpática sonrisa a Florindo. Ni siquiera me molestó ver cómo desde lo alto de la escalera plegable bamboleaba los pelos de su buzarda; tampoco se me cruzó ningún reproche interno, cuando me vi obligada a transitar la pista con obstáculos (de bártulos innecesarios) que había montado en el pasillo, para poder cambiar una mísera dicroica.
Abandoné el umbral con un estado de ánimo óptimo: estaba decidida a llegar al supermercado "Huang Lee" de enfrente. Automáticamente, apenas empecé a caminar, sentí que un sindicato de plumeros se ponía de acuerdo para cosquillearme compulsivamente el corazón. De todas maneras, para no despertar la curiosidad de Florindo, intenté completar cincuenta metros y retrasar mi llegada. Cuando pude lograr pararme en la esquina, noté que una nena pecosa me señalaba indiscretamente susurrándole a su mamá (también pecosa), algo al oído. La realidad es que yo también me hubiese señalado; la apariencia general que daba era la de una longaniza tuerta acalambrada envuelta dentro un papel metalizado. Mientras la mamá pecosa le zamarreaba las trenzas a la nena y la distraía con un perro salchicha tricolor, pude escuchar que le decía: "no se señala a las personas con defectos, Bianca, acordate que son personas". Sentía que, poco a poco, el corazón se me achicharraba hasta alcanzar las proporciones de una pasa de uva. Preferí no hacer público el parecido de sus caras con unas Pepitos Triples, en vez de eso, me tapé el ojo con la palma de mi mano y volví a casa.
Laura se fue hace tres horas. Me trajo las municiones que yo no pude conseguir y además, con una pestaña postiza, pudo levantarle el ánimo a mi ojo. A cambio le obsequié la campera. Ahora Luqui puede disfrazarse de Buzz Lightyear.
lunes, 11 de junio de 2012
domingo, 10 de junio de 2012
Por la tarde vino Maxi, mi mejor amigo. Antes de ayer habíamos acordado juntarnos para de una vez por todas fumar las pipas de la paz.
El saludo fue como un trailer que anunciaba lo que iba acontecer. Apenas dejó las facturas nos fundimos en un abrazo festivo que rápidamente se transformó en un acto explícito de discriminación. Lamentablemente cuando Maxi despegó su cuerpo del mío, pudo tener una visión más completa de mi cara. Fue tan insensible que si hubiese tenido una lupa, seguro, no hubiese dudado en empotrarla sobre mi ojo enfermo.
Después de inflarse como un sapo durante más de un minuto, reventó para infectarme los tres ambientes con unas risotadas descontroladas. Tampoco lo podía culpar; el párpado estaba manifestándose en plena transición: el tono rojo escarlata que había adquirido ayer, había sido desplazado por una coloración parecida al rojo pasión. Definitivamente yo no era la Bella, pero él sí era la Bestia:
El saludo fue como un trailer que anunciaba lo que iba acontecer. Apenas dejó las facturas nos fundimos en un abrazo festivo que rápidamente se transformó en un acto explícito de discriminación. Lamentablemente cuando Maxi despegó su cuerpo del mío, pudo tener una visión más completa de mi cara. Fue tan insensible que si hubiese tenido una lupa, seguro, no hubiese dudado en empotrarla sobre mi ojo enfermo.
Después de inflarse como un sapo durante más de un minuto, reventó para infectarme los tres ambientes con unas risotadas descontroladas. Tampoco lo podía culpar; el párpado estaba manifestándose en plena transición: el tono rojo escarlata que había adquirido ayer, había sido desplazado por una coloración parecida al rojo pasión. Definitivamente yo no era la Bella, pero él sí era la Bestia:
-¿Qué te
pasó? tenés el ojo hecho mierda.
Hacía más de 15 días que no nos veíamos y media hora con él, me bastó para recordar porque nos habíamos peleado: es un tarado. Después de agotar
el amplio monólogo que le inspiró mi accidente, enloquecí:
-¿Podés dejar de ser idiota? Hace un montón de días que no nos
-¿Podés dejar de ser idiota? Hace un montón de días que no nos
vemos y lo
único que tenés para decirme es que mi ojo es una pelota
playera
roja. Ya lo pensé, buscate una comparación más original.
- Disculpame. Es muy gracioso. El problema es que seguís igual de
susceptible.
susceptible.
- No es gracioso. Vos estás siendo muy
chiquilín.
- No volvamos a lo mismo, Fernanda. Acá la única chiquilina sos vos,
que te escondés entre cuatro paredes. Por lo menos, ahora tenés
un motivo más importante para refugiarte: el ojo.
que te escondés entre cuatro paredes. Por lo menos, ahora tenés
un motivo más importante para refugiarte: el ojo.
Cuando hizo ese último comentario me arrepentí de no haberme reservado un churro para picanearle las retinas. Traté de no ser tan cruel pero inevitablemente redoblé la apuesta:
- Evidentemente, no viniste para saber cómo estoy. Ya sé, ¿necesitás
que te preste plata para el alquiler?
que te preste plata para el alquiler?
Nos miramos como dos perros callejeros a punto de iniciar un combate. Hasta que se fue no nos volvimos a hablar.
sábado, 9 de junio de 2012
Si hubiese tenido la sospecha que detrás de mí se
estaba montando un teléfono descompuesto, no hubiera atendido.
Producto de las lágrimas de ayer y el ciclo natural de maduración, el orzuelo, alcanzó unas dimensiones semejantes a las de Júpiter.
A la mañana resolví llamar a Laura para que me aconsejara. De todo lo que me dijo lo único que logré entender era que no podía hablar porque estaba en la sección de juegos de el "Parque de los Niños", y que también su esposo y su hijo estaban debatiéndose a duelo. Era verdad, porque por momentos alternaba la conversación con unos gritos de aliento desmedidamente agudos destinados a Luqui. Por lo que me relataba pude entender que Luqui estrellaba sistemáticamente el autito chocador que ocupaba contra el de Franco. Del otro lado, Laura, no podía contener la emoción de ver a su pequeño hijo transformarse en un pequeño bárbaro. Preferí llamarla después y le corté.
Hice a un lado el poco amor propio que me tengo y llamé a mi mamá. Apenas le conté para qué la llamaba se molestó y me contestó indignadísima que cómo ella podía saber algo así, si nunca había tenido "mutaciones en el globo ocular". De todas maneras se solidarizó y quedó en averiguarme qué podía hacer.
Cuando nos comunicamos nuevamente, me recomendó hacer una infusión caliente con hierbas, y remojar el líquido resultante sobre el bulto.
Revolví todas las alacenas pero solamente encontré una cajita de Té Taragui. Me sentí como una curandera sabia del medio evo: cuidadosamente desmenucé los saquitos y extraje pacientemente todas las hebras: las herví en agua, las colé y finalmente serví el contenido en una copita de licor. Esperé hasta que alcanzara una temperatura prudencial. Cinco minutos después me encontré presionando la copita con té sobre el párpado afectado. Cinco segundos después terminé frotando el párpado y el ojo desorbitado con dos hielos. Al minuto me cubrí el ojo con un repasador envuelto con cinco hielos y me acosté para poder llorar más cómodamente. Cuando pude corroborar la inmundicia que me había hecho tuve ganas de plastificar mi ojo contra la ventana del balcón de Florindo. Me alegré de no haber tenido una cuchara a mano porque no hubiese dudado en enterrarla hasta lo más profundo de la cavidad para usarla como catapulta. En vez de eso, terminé llamando a mi mamá. Necesitaba transferirle cierta culpa por haber contribuido a sumarle nuevas características a mi visión. Ahora además de purulenta estaba toda chasmucada. Mi mamá hizo su descargo y apuntó a Nora; aunque después de unos segundos de silencio, confesó: la verdadera culpable era la ocasional compañera de juego de Alicia. Parece ser que cuando cortamos, mi mamá, llamó a Nora, su mejor amiga. Como Nora no estaba segura qué era lo que debía hacer llamó a Alicia, su hermana, y Alicia, que estaba desde las diez de la mañana en el bingo de Flores, tuvo la ocurrente idea de preguntarle a la señora que estaba a su lado, perpetuada desde la misma hora que ella en la mesa de juego del bingo.
El día que me cruce con esa señora sin nombre, promotora insalubre de las quemaduras de primer grado, juro que no me va a temblar la mano en el momento de intercambiarle sus ojos por dos bolas de bingo.
Producto de las lágrimas de ayer y el ciclo natural de maduración, el orzuelo, alcanzó unas dimensiones semejantes a las de Júpiter.
A la mañana resolví llamar a Laura para que me aconsejara. De todo lo que me dijo lo único que logré entender era que no podía hablar porque estaba en la sección de juegos de el "Parque de los Niños", y que también su esposo y su hijo estaban debatiéndose a duelo. Era verdad, porque por momentos alternaba la conversación con unos gritos de aliento desmedidamente agudos destinados a Luqui. Por lo que me relataba pude entender que Luqui estrellaba sistemáticamente el autito chocador que ocupaba contra el de Franco. Del otro lado, Laura, no podía contener la emoción de ver a su pequeño hijo transformarse en un pequeño bárbaro. Preferí llamarla después y le corté.
Hice a un lado el poco amor propio que me tengo y llamé a mi mamá. Apenas le conté para qué la llamaba se molestó y me contestó indignadísima que cómo ella podía saber algo así, si nunca había tenido "mutaciones en el globo ocular". De todas maneras se solidarizó y quedó en averiguarme qué podía hacer.
Cuando nos comunicamos nuevamente, me recomendó hacer una infusión caliente con hierbas, y remojar el líquido resultante sobre el bulto.
Revolví todas las alacenas pero solamente encontré una cajita de Té Taragui. Me sentí como una curandera sabia del medio evo: cuidadosamente desmenucé los saquitos y extraje pacientemente todas las hebras: las herví en agua, las colé y finalmente serví el contenido en una copita de licor. Esperé hasta que alcanzara una temperatura prudencial. Cinco minutos después me encontré presionando la copita con té sobre el párpado afectado. Cinco segundos después terminé frotando el párpado y el ojo desorbitado con dos hielos. Al minuto me cubrí el ojo con un repasador envuelto con cinco hielos y me acosté para poder llorar más cómodamente. Cuando pude corroborar la inmundicia que me había hecho tuve ganas de plastificar mi ojo contra la ventana del balcón de Florindo. Me alegré de no haber tenido una cuchara a mano porque no hubiese dudado en enterrarla hasta lo más profundo de la cavidad para usarla como catapulta. En vez de eso, terminé llamando a mi mamá. Necesitaba transferirle cierta culpa por haber contribuido a sumarle nuevas características a mi visión. Ahora además de purulenta estaba toda chasmucada. Mi mamá hizo su descargo y apuntó a Nora; aunque después de unos segundos de silencio, confesó: la verdadera culpable era la ocasional compañera de juego de Alicia. Parece ser que cuando cortamos, mi mamá, llamó a Nora, su mejor amiga. Como Nora no estaba segura qué era lo que debía hacer llamó a Alicia, su hermana, y Alicia, que estaba desde las diez de la mañana en el bingo de Flores, tuvo la ocurrente idea de preguntarle a la señora que estaba a su lado, perpetuada desde la misma hora que ella en la mesa de juego del bingo.
El día que me cruce con esa señora sin nombre, promotora insalubre de las quemaduras de primer grado, juro que no me va a temblar la mano en el momento de intercambiarle sus ojos por dos bolas de bingo.
viernes, 8 de junio de 2012
Me desperté con una nueva adquisición. Tengo el ojo derecho tan hinchado que es capaz de demoler
una pared de hormigón con sólo un roce. Como sentí que todavía no había pasado lo peor me senté a
esperar, con el ojo bueno, el crecimiento de su compañero. Fue más alentador
que ver nacer a un Sea Monkey porque insospechadamente, a las tres horas,
había alcanzando unas proporciones bastante similares a las de un globo terráqueo. A la tarde cuando le
abrí la puerta a Clara, la sorpresa fue mutua.
Con el ojo disponible, hice un paneo disimulado que resultó terriblemente indiscreto y evidenció que la imagen incompleta que veía de ella. No era para nada alentadora: Clara escondía tras la nuca un rodete rubio envuelto en una redecilla negra que a simple vista, cualquiera podría haberlo confundido con un kilo de chorizo arremolinado. Como ya me estoy acostumbrando a sus peinados psicodélicos, el conflicto lo encontré en la vestimenta: tanto el ojo afectado como el sano no pudieron despegarse del chaleco marrón de gamuza y las botas negras de caña alta que le daban cierto aire a una actriz secundaria extraviada del set de una película de western. Noté en más de una oportunidad que, sus ojos, se rebelaban a los buenos modales y discriminaban abiertamente al mío, que ni siquiera podía notarlo. Cuando nos sentamos en el living tuve una premonición, hoy era era el día que iba a llorar:
Con el ojo disponible, hice un paneo disimulado que resultó terriblemente indiscreto y evidenció que la imagen incompleta que veía de ella. No era para nada alentadora: Clara escondía tras la nuca un rodete rubio envuelto en una redecilla negra que a simple vista, cualquiera podría haberlo confundido con un kilo de chorizo arremolinado. Como ya me estoy acostumbrando a sus peinados psicodélicos, el conflicto lo encontré en la vestimenta: tanto el ojo afectado como el sano no pudieron despegarse del chaleco marrón de gamuza y las botas negras de caña alta que le daban cierto aire a una actriz secundaria extraviada del set de una película de western. Noté en más de una oportunidad que, sus ojos, se rebelaban a los buenos modales y discriminaban abiertamente al mío, que ni siquiera podía notarlo. Cuando nos sentamos en el living tuve una premonición, hoy era era el día que iba a llorar:
- Anoche soñé que mi ex se casaba, con FLA, su pareja. Y yo estaba
invitada...
invitada...
- Martín.
- Sí, Martín.
- ¿Querés contame cómo fue tu relación con él?
- ¿Querés contame cómo fue tu relación con él?
- ...
- Cualquier cosa...
- Ayer su nueva
pareja, FLA, me mandó algunos mensajes y me
terminó contando que Martín la engañaba. Me dio un poco de
lástima, pero todavía no entiendo por qué me lo contó.
terminó contando que Martín la engañaba. Me dio un poco de
lástima, pero todavía no entiendo por qué me lo contó.
- ¿Por
qué llamás por el apodo a la actual
pareja de tu ex novio?
- Supongo que tiene que ver con lo que pasó hace más de siete
meses, cuando descubrí que Martín me engañaba a mí.
meses, cuando descubrí que Martín me engañaba a mí.
De repente un temporal de lágrimas me
embadurnó la cara. Lloraba por Martín, por mí y también por ni siquiera poder llorar tranquilamente con pleno derecho sobre los dos ojos. Clara
trató de convencerme de hablar de otros temas menos angustiantes, pero de todas maneras seguí:
- No sé como ella se debe haber enterado que Martín la engañaba.
Cuando me pasó a mí,
confirmé que hay cosas que tenés el deber
de saber: un día de octubre
esperé a Martín en casa con la comida
preparada. Mi menú era siempre acotado, así que pedí en La Posta
unos sorrentinos caseros con salsa cuatro quesos. Pensaba que
era un buen momento para renovar el romance. Guardé la gaseosa
y desempolvé un vino tinto de ocasión. Los miércoles, Martín salía de
la facultad a las diez y media de la noche, cuando finalizaba de dar
clases de producción. Llegó a casa, me besó, se relamió al ver lo que
había comprado, me mostró una película que le habían regalado y se
fue a bañar. Era una película romántica que ya teníamos en nuestra
videoteca, pero en ese momento, ninguna de estas dos cosas me
importaron. Como me pareció que era un dvd original, abrí la cajita
para corroborarlo y dentro había un papelito pegado; era un sticker
amarillo. Era de ella.
preparada. Mi menú era siempre acotado, así que pedí en La Posta
unos sorrentinos caseros con salsa cuatro quesos. Pensaba que
era un buen momento para renovar el romance. Guardé la gaseosa
y desempolvé un vino tinto de ocasión. Los miércoles, Martín salía de
la facultad a las diez y media de la noche, cuando finalizaba de dar
clases de producción. Llegó a casa, me besó, se relamió al ver lo que
había comprado, me mostró una película que le habían regalado y se
fue a bañar. Era una película romántica que ya teníamos en nuestra
videoteca, pero en ese momento, ninguna de estas dos cosas me
importaron. Como me pareció que era un dvd original, abrí la cajita
para corroborarlo y dentro había un papelito pegado; era un sticker
amarillo. Era de ella.
- ¿Qué decía?
- Muero por ver esta
película de nuevo con vos, FLA. Sentí que la
videoteca, el techo, el inquilino del décimo "c" y un asteroide
impactaban sepultándose como clavos alrededor de todo mi cráneo.
En ese momento fantaseé con ser la versión femenina de Norman
Bates para sorprenderlo a cuchillazos en la ducha; pero en vez de
hacer eso terminé atragantándome con una copa entera de tinto y
lo esperé. Cuando salió, solamente me limité a hacerle preguntas.
videoteca, el techo, el inquilino del décimo "c" y un asteroide
impactaban sepultándose como clavos alrededor de todo mi cráneo.
En ese momento fantaseé con ser la versión femenina de Norman
Bates para sorprenderlo a cuchillazos en la ducha; pero en vez de
hacer eso terminé atragantándome con una copa entera de tinto y
lo esperé. Cuando salió, solamente me limité a hacerle preguntas.
-¿Le preguntaste quién era
Flavia?
- No, quién le había
regalado la película. En ese momento me di
cuenta que además de ser un hijo de puta, era un hijo de puta
muy ocurrente: me había contestado que unos alumnos estaban
ajustados con el presupuesto de un proyecto y estaban rifando
películas. Con esa invención se había comprado todos los números
para no verme más la cara. Yo lo amaba pero nadie me cagaba
y menos con una FLA.
cuenta que además de ser un hijo de puta, era un hijo de puta
muy ocurrente: me había contestado que unos alumnos estaban
ajustados con el presupuesto de un proyecto y estaban rifando
películas. Con esa invención se había comprado todos los números
para no verme más la cara. Yo lo amaba pero nadie me cagaba
y menos con una FLA.
jueves, 7 de junio de 2012
Estas cosas son absurdas, antinaturales y rozan el mal gusto.
Cuando volví a abrir el Facebook, llegué a la conclusión que la gente que hasta indirectamente me rodea tiene conductas subnormales: FLA me desbordó la casilla personal con mensajes. Intenté pasarlos inadvertidos, pero cuando vi el contador rojo inflarse, no pude domar mi dedo rabioso ni tampoco atar el instinto masoquista que me poseyó.
Los primeros mensajes fueron dubitativos y reflejaban una falsa ingenuidad que pude advertir claramente en uno de los renglones del segundo mensaje, cuando utilizó la frase “me picó el bichito de la curiosidad...”. Conté hasta diez y contuve el impulso de responderle que mejor hubiese sido que la picara una yarará.
En el tercero, que llegó una hora después, encontré unas desproporcionadas felicitaciones destinadas a unas fotos que hacía años había tomado para un "concurso de naturaleza muerta" y que mostraban en distintas perspectivas un terreno baldío.
En el cuarto mensaje, me sentí como si estuviera siendo partícipe de un ahorcado virtual, descifrando lo que sus mezquinos monosílabos querían darme a entender.
Afortunadamente, en el quinto mensaje, se cansó de dar vueltas carnero y lanzó una bomba atómica que resonó en mi cabeza tan fuerte como un Chasquibum. De alguna manera lo presentí: Martín había ido solo a Playa del Carmen y cuando volvió, ella descubrió que él la había engañado con una guía de turismo de Tulum.
El sexto y séptimo, eran un popurrí de mensajes reflexivos donde confesaba que a pesar de todo tiene intenciones de estar con él. En su cabeza perversa tiene menos vergüenza contármelo a mí, una pionera, que contárselo a sus 534 amigos. No le contesté ningún mensaje.
Cuando volví a abrir el Facebook, llegué a la conclusión que la gente que hasta indirectamente me rodea tiene conductas subnormales: FLA me desbordó la casilla personal con mensajes. Intenté pasarlos inadvertidos, pero cuando vi el contador rojo inflarse, no pude domar mi dedo rabioso ni tampoco atar el instinto masoquista que me poseyó.
Los primeros mensajes fueron dubitativos y reflejaban una falsa ingenuidad que pude advertir claramente en uno de los renglones del segundo mensaje, cuando utilizó la frase “me picó el bichito de la curiosidad...”. Conté hasta diez y contuve el impulso de responderle que mejor hubiese sido que la picara una yarará.
En el tercero, que llegó una hora después, encontré unas desproporcionadas felicitaciones destinadas a unas fotos que hacía años había tomado para un "concurso de naturaleza muerta" y que mostraban en distintas perspectivas un terreno baldío.
En el cuarto mensaje, me sentí como si estuviera siendo partícipe de un ahorcado virtual, descifrando lo que sus mezquinos monosílabos querían darme a entender.
Afortunadamente, en el quinto mensaje, se cansó de dar vueltas carnero y lanzó una bomba atómica que resonó en mi cabeza tan fuerte como un Chasquibum. De alguna manera lo presentí: Martín había ido solo a Playa del Carmen y cuando volvió, ella descubrió que él la había engañado con una guía de turismo de Tulum.
El sexto y séptimo, eran un popurrí de mensajes reflexivos donde confesaba que a pesar de todo tiene intenciones de estar con él. En su cabeza perversa tiene menos vergüenza contármelo a mí, una pionera, que contárselo a sus 534 amigos. No le contesté ningún mensaje.
miércoles, 6 de junio de 2012
Si antes vivía fastidiada, cuidado, ahora soy una
asesina en serie.
Capitán se está cobrando de la manera más perruna toda la antipatía que guardo por tenerlo. Mientras yo represento a Hansel y Gretel, Capitán es la bruja que intercepta las migajas de pan del camino.
Desde que Martín no vive más acá, soy consciente de que el pobre animal últimamente está un poco desamparado. Sólo cuido que tenga al alcance de las patas su alimento y también a “El Coco Chillón”, el juguete deforme que me asegura a futuro una fractura expuesta, porque no hay un solo día en el que me levante y no lo pise.
Martín jamás fue muy generoso con los regalos pero por ese mamotreto desembolsó más de $70. Yo creo que Capitán es la reencarnación de Maquiavelo y en esta vida, descubrió un nuevo plan para sacarme de las casillas: secuestra los objetos que voy dejando por los ambientes y se pasea desafiante delante de mí, para enseñarme los rehenes presos en sus dientes.
Ahora no sólo estoy turuleka y lloro por un tarado; a mi trabajo part-time se le agregó la “mancha perro”, actividad que consiste en dar vueltitas alrededor de una mesa ratona para rescatar el botín que esconde el perro ratero.
Capitán se está cobrando de la manera más perruna toda la antipatía que guardo por tenerlo. Mientras yo represento a Hansel y Gretel, Capitán es la bruja que intercepta las migajas de pan del camino.
Desde que Martín no vive más acá, soy consciente de que el pobre animal últimamente está un poco desamparado. Sólo cuido que tenga al alcance de las patas su alimento y también a “El Coco Chillón”, el juguete deforme que me asegura a futuro una fractura expuesta, porque no hay un solo día en el que me levante y no lo pise.
Martín jamás fue muy generoso con los regalos pero por ese mamotreto desembolsó más de $70. Yo creo que Capitán es la reencarnación de Maquiavelo y en esta vida, descubrió un nuevo plan para sacarme de las casillas: secuestra los objetos que voy dejando por los ambientes y se pasea desafiante delante de mí, para enseñarme los rehenes presos en sus dientes.
Ahora no sólo estoy turuleka y lloro por un tarado; a mi trabajo part-time se le agregó la “mancha perro”, actividad que consiste en dar vueltitas alrededor de una mesa ratona para rescatar el botín que esconde el perro ratero.
martes, 5 de junio de 2012
Resulta que FLA me quiere tener como amiga en el Facebook.
Después de que el locutor “del programa de los kilos” advirtiera que iba a
revelarse quiénes de los participantes del reality hizo uso y abuso de los permitidos del fin de semana (tanto de albóndigas como de bondiolas) y de notar que la depresión que estoy empollando está
cobrando más dimensiones que el huevo de un Tiranosaurio Rex; resolví voluntariamente despegarme del televisor, para concentrarme en la catarata de fotos que me hicieron llegar los explotadores de diseño. Pero cuando vi la solicitud que FLA me había envíado, mi responsabilidad se evaporó como los tres cigarrillos y las dos titas que en menos de una hora me atranqué, mientras analizaba las consecuencias de aceptarla y tirotearle la bandeja de entrada con unos virus de todos los colores.
Estoy segura que FLA, pretende que me retuerza de los celos con el collage de fotos que debe estar diseñando en Paint, para que todos recuerden "que está en una relación".
No puedo dejar de imaginarme a Martín con los pelos al viento, abrazando con una mano la cintura de FLA y con la otra zarandeando un baldecito floreado repleto de souvenirs del mar. Descubrí que en mi casa tengo un espíritu macabro que me guía el mouse: la acepté.
Estoy segura que FLA, pretende que me retuerza de los celos con el collage de fotos que debe estar diseñando en Paint, para que todos recuerden "que está en una relación".
No puedo dejar de imaginarme a Martín con los pelos al viento, abrazando con una mano la cintura de FLA y con la otra zarandeando un baldecito floreado repleto de souvenirs del mar. Descubrí que en mi casa tengo un espíritu macabro que me guía el mouse: la acepté.
lunes, 4 de junio de 2012
Hoy mi computadora es una potencial víctima de la violencia doméstica. Llegué a un acuerdo con Joaquín, el jefe de diseño de la
productora y por este período de licencia voy a dedicarme a la corrección de
las fotografías tomadas por mis colegas. Esto demuestra que mi trabajo está colmado de capitalistas
que encuentran inclusive, la manera de explotarte con licencia psiquiátrica part-time
desde casa. Si bien
están siendo pacientes conmigo, juro que no me faltaron las ganas de
teletransportarme hasta la productora y lanzar a modo de frisbee, CDs vírgenes para decapitar a los responsables de esta decisión. Cuando Joaquín me anunció que mi sueldo iba a bajar a un 20% concluí que, por ser el vocero de estos miserables, su imaginaria muerte tenía que ser diferente, y me encontré fantaseando con que lo estrangulaba pausadamente con los bucles del teléfono. Mientras se excusaba por "no poder hacer nada", decidí enmudecer con una bola de fraile que rescaté de la docena de ayer, y omitir la vez que se ausentó un mes para irse a pasear a Búzios con su amante, la recepcionista de cera (tiene retocado hasta el
mentón). Yo era nueva en la empresa y me abandonó haciéndome responsable de todo el personal, sin embargo, jamás le interrumpí sus brindis con cocos forrados de paraguitas de colores para
atormentarlo con mis inseguridades.
domingo, 3 de junio de 2012
A falta de una, tuve que soportar a dos. Además de
traerme víveres y una docena de facturas, mi mamá también trajo a Nora, su
mejor amiga.
Me sentí como en una probeta presa de las miradas negativas de dos especialistas. Me pareció que Nora solamente vino a contemplarme de cerca para corroborar con sus propios ojos la veracidad de los comentarios que mi mamá le fue soltando en sus largos parloteos telefónicos de tarifas internacionales.
Sospeché que imaginaba que estaba mirando en vivo el capítulo de algún reality de enfermos mentales, en la espera impaciente de un punto de tensión porque la tenía sentada frente a mí, examinándome absorta mientras yo deglutía sin pausa tres bolas de fraile rellenas con dulce de leche. ¡Qué me importa!, por facturas hasta me dejo sacar fotos. Cuando se aburrieron de mirarme sugirieron una partida de scrabble, pero antes de que Nora empezara a desmantelar las fichas de la bolsa de compras, las eché.
Me sentí como en una probeta presa de las miradas negativas de dos especialistas. Me pareció que Nora solamente vino a contemplarme de cerca para corroborar con sus propios ojos la veracidad de los comentarios que mi mamá le fue soltando en sus largos parloteos telefónicos de tarifas internacionales.
Sospeché que imaginaba que estaba mirando en vivo el capítulo de algún reality de enfermos mentales, en la espera impaciente de un punto de tensión porque la tenía sentada frente a mí, examinándome absorta mientras yo deglutía sin pausa tres bolas de fraile rellenas con dulce de leche. ¡Qué me importa!, por facturas hasta me dejo sacar fotos. Cuando se aburrieron de mirarme sugirieron una partida de scrabble, pero antes de que Nora empezara a desmantelar las fichas de la bolsa de compras, las eché.
sábado, 2 de junio de 2012
Empezamos la noche de mujeres descorchando un vino tinto que aportó Franco, el marido de Laura, y terminamos podando tiritas de papel higiénico con formas de
Kleenex. Después de soltar el último sollozo, Laura se desplomó en el medio de
la cama matrimonial, aferrándose a las patas de Capitán. Últimamente el
pronóstico de nuestras reuniones son desfavorables. La del mes pasado terminó cancelada porque Luqui, el hijo de Laura, tuvo el
capricho de perpetuarla en el sillón para mirar en familia por milésima
vez "El Espantatiburones". Luqui cerró
la puerta de entrada y escondió los juegos de llaves de la casa. Después de una
larga noche de pesquisas, descubrieron que estaban enterradas dentro de la panza
de un Transformers. Para Laura la única culpable del incidente fui yo, por
obsequiarle a mi ahijado juguetes desmontables, que según sus palabras: “fomentaron la búsqueda del
tesoro”.
Las primeras gotas se asomaron cuando enganchamos "Los Puentes de Madison". Laura aborrece esta película y cada vez que la mira se indigna por lo mismo:
Las primeras gotas se asomaron cuando enganchamos "Los Puentes de Madison". Laura aborrece esta película y cada vez que la mira se indigna por lo mismo:
-¿Responsabilidad
versus felicidad?, no es creíble. Yo admiro
a Meryl Streep, pero en esta película interpreta a una
boluda.
El
chaparrón llegó después de estudiar el Facebook de nuestros objetos de
obsesión. Desde la cuenta de Laura, revisé incansablemente las fotos de Martín.
Cuantos más álbumes abría más metros de papel aromatizado necesitaba para
serenarme. Martín me había borrado de todas las fotos, inclusive en las que aparecía
como extra improvisando gestos similares a los de Cuasimodo. Lo que más tristeza me dio fue ni siquiera estar etiquetada por error. Después de consolarme, Laura quedó
hipnotizada con la información que Celeste, su rival en el tercer año de la
facultad de derecho, había hecho pública en el perfil. Leía en voz alta y se
ayudaba con el dedo índice derecho, para repasar lo anteriormente leído. Por un momento pensé que iba a terminar perforándome el monitor. Con círculos imaginarios envolvió furiosamente el
estado de soltería que Celeste daba a conocer, y encuadró más de una vez, el
cargo que indicaba estar ocupando en el Poder Judicial de la Nación. Todo
empeoró con las fotos tomadas dentro de un Free Shop en la que se veía a la enemiga de Laura,
pasear con un changuito ocupado por siete bolsos “Louis Vuitton” apelmazados
uno sobre otros. Su dedo terminó flotando en el aire. Fue ahí,
cuando se tiró en la cama y abrazó a Capitán. Como siempre le gustaron
más las Rhodesias, ni siquiera intenté sobornarla con una Tita.
viernes, 1 de junio de 2012
Clara vino puntualmente a las 16 hs. Tenía el pelo recogido con el cadáver de lo que en algún momento intentó ser una trenza, de la que se deshilachaban unos rulos largos e inertes, que fácilmente podían ser empleados para amordazar a un matambre. Si no supiera que es mi terapeuta la hubiera confundido con una repartidora de empanadas jujeñas a domicilio, porque estaba cubierta por una especie de poncho que cooperaba para darle cierto parecido a la encarnación de Mercedes Sosa. Le ofrecí café y cuando me senté, llegué a la conclusión de que la cara despejada le hacía más evidente el combate existente entre sus dos paletas. Después de unos minutos de silencio, indagó:
-¿Qué pensás Fernanda?
No le iba a contar la semejanza existente entre sus dientes y unos Chiclets de menta apolillados, así que le comenté lo primero que se me ocurrió:
- Soñé que era un caballo. Inclusive, tenía una cola que se movía
ajustándose a mis emociones. Recuerdo que estaba sedienta y
que galopaba por un pueblo tétrico en busca de algo. Cuando llegué
que galopaba por un pueblo tétrico en busca de algo. Cuando llegué
a una parte más despoblada encontré una especie de calesita
del terror. Era una calesita anti estética: a algunos de los caballitos
les faltaban las patas, a otros los ojos y algunos parecían Bambis
desnutridos...
- ...
- Yo solamente movía la cola y miraba como giraban, pero a la vez,
sentía una especie de envidia. Quería ser como ellos, no quería
ser un caballo real.
del terror. Era una calesita anti estética: a algunos de los caballitos
les faltaban las patas, a otros los ojos y algunos parecían Bambis
desnutridos...
- ...
- Yo solamente movía la cola y miraba como giraban, pero a la vez,
sentía una especie de envidia. Quería ser como ellos, no quería
ser un caballo real.
- Perdón Fernanda, ¿no te recuerda a otra historia similar? Pinocho, por
ejemplo.
ejemplo.
- Pero Pinocho era un pedazo de madera balsa que anhelaba ser un
nene real, lo mío es al revés...¿significa que me estoy viendo como
un objeto inanimado?
nene real, lo mío es al revés...¿significa que me estoy viendo como
un objeto inanimado?
-¿Vos te sentís como un objeto inanimado?
- ...
Haciendo a un lado el tema bucal, creo que es una muy buena profesional. Me dijo que pronto vamos a empezar con la ejercitación.
jueves, 31 de mayo de 2012
Cualquiera podría pensar que después de estar
tanto tiempo encerrada, mis piernas son un bosque enmarañado. Pero no. Hay dos
cosas que me prometí: superar lo que tenga que superar, y mantener la piel de mi cuerpo lisa y sedosa
como el cutis de un recién venido al mundo. Por el momento, lo segundo es lo que estoy logrando más eficazmente.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Es más fácil concertar tomar el té con el presidente de una telefonía, reclamarle una falla en el
servicio y terminar abrazados intercambiando aplicaciones a través de Bluetooth, que pedirle un favor a mi hermano. Pablo es de las personas que no soportan que se le pida nada. De los que ante la duda suspiran con antelación. Ya desde chicos, me descolocaba su falta de solidaridad hasta por la más
mínima pavada: ¿Pablo, le pones la cabeza que le guillotinaste a mi muñeca? Nada. Aunque no este ocupado con un qué hacer, él necesita de unos momentos para
practicar una especie de ritual del cuerpo, que lo estimulen a sintonizarse con
una fuerza del más allá y así, arrancar los atrofiados motores de su fofa
voluntad. Ayer después de que Florindo se fuera a la “guarida con la jermu”,
llamé a mi mamá. A veces pienso que ella tranquilamente podría estar
plastificada en las estampitas acariciándole los rulos a San Expedito. Tiene
el don de armar frases taladrantes capaces de exacerbar hasta a un monje
Tibetano. Por eso, decidí explotar su capacidad, pidiéndole que intercediera
por mi causa justa y terminar de una vez por todas con esta "Calefodisea". El "Mamácenter" funcionó exitosamente: conseguí que Pablo viniera a la tarde, (también logré que en estos días mi mamá se auto-invitara para “echarme un vistazo”.
Supongo que quiere decir, que va a pasar un rato para asegurarse que tenga
suficiente agua y luz para la fotosíntesis). El calefón ya funciona correctamente. Por otra parte Pablo me comentó que, Juan, su mejor amigo de la infancia se separó de la
mujer. A pesar de que hace tres días me revolotean en bandada un sinfín de
moscas, y que ya hace unos diesiséis olvidé
el olor de los árboles, no pude evitar sonreírme por la noticia.
martes, 29 de mayo de 2012
Llamé a Florindo, el portero, a las 9 hs y me dijo que no tenía problema en bajar a mi departamento al mediodía
- No te voy a mentir, la verdad, me quedé mirando el programa de Rial en
la “guarida” con Susana y después nos quedamos "torrando".
la “guarida” con Susana y después nos quedamos "torrando".
Trajo una caja aparatosa, cargada de herramientas que a simple vista parecían ser inútiles. Evidentemente la carga, hizo que se fatigara en exceso, porque transpiraba a baldazos; tenía la frente tan brillante como una mesita de luz repasada con Blem.
Cuando comenzó a desmenuzar el calefón, me dijo que la tarea en total iba costar unos $350, y agregó despreocupado que la suma era simbólica. Yo sé muy bien que mi cara refleja no entender estas cosas, también sé que no hablo como si supiera, y por otra parte sé algo más real: el portero es un chanta. El calefón lo había hecho instalar mi abuela hacía tres años. A pesar de que no funciona como yo quiero, presiento que está en buen estado. Sin pensarlo dos veces, evité que Florindo terminara de arrancar la carcasa y de inmediato le solté lo que me parecía: me parecía excesivo todo; inclusive cómo estaba tironeando bárbaramente de la chapa para descolocarla. Le faltaba gritar YABADABADÚ, porque parecía Pedro Picapiedras destartalando una rockola. Me encantaría poder transcribir en palabras el diagnóstico que sugirió, pero desconozco el lenguaje del calefón. Ahora escribiendo, sospecho que lo que decía sonaba más a los términos de las partes del motor de un auto. Cuando vio mi cara de murciélago rabioso, trató de rebajar más el precio, diciendo que: “lo hacía por $250, pero no por menos”. Yo no iba a permitirme darle $350 injustificados, y menos aún iba a aceptar su liquidación de $250. A esta altura ya no me interesaba ni siquiera, si se ofrecía hacerlo por unas galletitas de agua con queso; lo quería despachar antes de que me naciera un ferviente deseo de incrustarle los colmillos en la pelada. Le agradecí por haberse molestado en venir y me excusé admitiendo que no podía pagarle la cantidad que me pedía.
La despedida fue rápida: lo invité a que subiera, porque seguro Susana lo estaba esperando para ver Infama. Con todo esto me aseguré dos cosas; que mi primera impresión de Florindo siempre fue la correcta y que el cuidado de mi piso, y en consecuencia el de los “Locos Vargas” del "A" y "El Sin Cara” del "B", va a pasar mucho más inadvertido ante sus dos ojos de pez globo.
Cuando comenzó a desmenuzar el calefón, me dijo que la tarea en total iba costar unos $350, y agregó despreocupado que la suma era simbólica. Yo sé muy bien que mi cara refleja no entender estas cosas, también sé que no hablo como si supiera, y por otra parte sé algo más real: el portero es un chanta. El calefón lo había hecho instalar mi abuela hacía tres años. A pesar de que no funciona como yo quiero, presiento que está en buen estado. Sin pensarlo dos veces, evité que Florindo terminara de arrancar la carcasa y de inmediato le solté lo que me parecía: me parecía excesivo todo; inclusive cómo estaba tironeando bárbaramente de la chapa para descolocarla. Le faltaba gritar YABADABADÚ, porque parecía Pedro Picapiedras destartalando una rockola. Me encantaría poder transcribir en palabras el diagnóstico que sugirió, pero desconozco el lenguaje del calefón. Ahora escribiendo, sospecho que lo que decía sonaba más a los términos de las partes del motor de un auto. Cuando vio mi cara de murciélago rabioso, trató de rebajar más el precio, diciendo que: “lo hacía por $250, pero no por menos”. Yo no iba a permitirme darle $350 injustificados, y menos aún iba a aceptar su liquidación de $250. A esta altura ya no me interesaba ni siquiera, si se ofrecía hacerlo por unas galletitas de agua con queso; lo quería despachar antes de que me naciera un ferviente deseo de incrustarle los colmillos en la pelada. Le agradecí por haberse molestado en venir y me excusé admitiendo que no podía pagarle la cantidad que me pedía.
La despedida fue rápida: lo invité a que subiera, porque seguro Susana lo estaba esperando para ver Infama. Con todo esto me aseguré dos cosas; que mi primera impresión de Florindo siempre fue la correcta y que el cuidado de mi piso, y en consecuencia el de los “Locos Vargas” del "A" y "El Sin Cara” del "B", va a pasar mucho más inadvertido ante sus dos ojos de pez globo.
lunes, 28 de mayo de 2012
Sólo me falta un corte de luz para desentenderme del
resto de la humanidad. Me vendría bien, pintarme con un corcho negro, comer
mazamorra y empanadas con pasas de uva.
Pasó hace poco, pero extraño el agua caliente como un viejo amigo que se fue hace meses. Cada vez que me higienizo siento contracciones en el humor. Tengo frío con el pelo tendido, cual Rapunzel, en la bacha de la cocina. Me siento cómo en el programa de las Tribus cada vez que me tiro agüita, con la mano hecha cuenco. Lo que más me duele es el chorro helado a -2° del bidet.
Pasó hace poco, pero extraño el agua caliente como un viejo amigo que se fue hace meses. Cada vez que me higienizo siento contracciones en el humor. Tengo frío con el pelo tendido, cual Rapunzel, en la bacha de la cocina. Me siento cómo en el programa de las Tribus cada vez que me tiro agüita, con la mano hecha cuenco. Lo que más me duele es el chorro helado a -2° del bidet.
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