Le mandé un mensaje. Pero sólo le hablé del foro. Me muero de los nervios.
miércoles, 4 de julio de 2012
Creo que estoy obsesionada. Ayer le pedí a Margarita, la señora de Misiones, que me averiguara el apellido de Nicolás. Hoy a la mañana le mandé la solicitud, y recién, me acaba de agregar. No puedo despegarme de su muro. Y tampoco puedo parar de retorcerme de los celos: tiene un club de fans. Particularmente hay dos que me irritan más que el resto; una se llama Romi y le satura el muro con poemas de Cortázar, y la otra se llama Lucrecia y lo salpica con emoticones empalagosos. No aguanto más. Estoy a un click de enviarle un mensaje pidiéndole que se case conmigo. Y a dos de pedirle que tengamos trillizos.
martes, 3 de julio de 2012
Empezamos mal y terminamos un poco mejor. Olga llegó 45 minutos tarde hecha
un equeco. Estaba casi a punto de reventar. Solamente me bastó con que asomara su regordeta cara para volver, otra vez, a desequilibrar mi escasa
paz mental. Apenas entró, tackleó todo lo que encontró; me daba la impresión de que mi casa se había transformado en un arcade con escalas reales: Olga era una bola de pinball
humana que, a medida que avanzaba con su fisonomía de mamushka, rebotaba y se anudaba, con su holgado
cuerpo y las cinco bolsas que acarreaba, sobre todos los muebles que había a su alrededor. Después de deshacerse de toda la mercadería, con la que mi mamá la rebalsó, intentó
hacer las paces con mi pobre perro. Sinceramente presentí que algo iba a pasar; porque en el
mismo instante que la vio, Capitán, con la cola entre las patas, corrió a ocultarse bajo la mesa. Como se negó a ser seducido por una mísera migaja recortada de uno de los sandwichitos de cantimpalo, finalmente confrontaron.
Mientras Capitán mordisqueaba, con los ojos desorbitados, al "Coco Chillón";
Olga reptaba lentamente en el piso, limpiando con su flácida papada todas las pelusas que sobrevolaban, para irse acercando de a poco a la fiera. Me dio la impresión de que su cara de fascinación debía ser como la de una loba en celo. Cuando
Capitán volvió nuevamente a rechazar el pan; Olga no tuvo mejor idea que arrastrarlo de
una pata. La reacción fue inesperada: Capitán terminó incrustándole los dientes
en el dedo índice, medio y anular, de la mano derecha.
Afortunadamente los sandwichitos que me trajo lograron hacerla olvidar, momentáneamente, de la creciente hinchazón: mientras masticaba me encargué de ocultarle cada flamante salchicha alemana bajo unas vendas exageradas. Me parece que no siente ninguno de sus tres dedos, porque cuando terminó de comer, inmediatamente, me ofreció sacar a pasear a Capitán por la plaza Martín Fierro.
lunes, 2 de julio de 2012
Ayer me encajaron al muñeco maldito. El domingo por la madrugada el tío de
Franco, Francisco, falleció y Laura, me llamó ayer a la mañana indecisa; no quería llevar a Luqui al velatorio porque tenía miedo de que se repitiera el papelón de
la última vez: en un feroz accidente había muerto un subsecretario del juzgado en el que ella estaba trabajando, y como nadie estaba disponible para cuidarlo, no tuvo otra opción más que arrastrarlo con ella. Antes de que llevaran el cuerpo del pobre
hombre al cementerio, la gente se amontonó cerca del cajón para despedirlo. Luqui, entusiasmado, se soltó de la mano de Laura para apiñarse junto a la muchedumbre desconocida. Parece que el maquillador no tuvo en consideración el escaso pelo ralo y pelirrojo del subsecretario, y tampoco el efecto que podría llegar a tener, sobre su piel transparente, el exceso de colorete rojo en los pómulos; porque fascinado, desde la distancia, Luqui, le gritó: ¡Mirá
mamá, hay un payaso muerto!
Luqui, la semilla del diablo, llegó a las 8 am. El intercambio de bienes fue breve: Laura lo
despachó en la puerta junto con una bolsa llena de provisiones, un cronograma de juegos
impresos, y también con un bolso repleto
de porquerías taiwanesas. Como era temprano, nos fuimos a dormir.
A la hora, desde mi cuarto, lo podía escuchar revolotear como un conejo Duracell por toda la casa. Traté de hacer oídos sordos, pero los alaridos perrunos me alarmaron. Llegué justo a tiempo; Capitán estaba a punto de almorzarse un niño envuelto. Encontré a Luqui, clavándole al desvencijado Capitán, una especie de telaraña puntiaguda que se asomaba, amenazante, por la panza de su Spider Man. Le preparé unos pochoclos y nos pusimos a mirar el Rey León. Realmente estoy muy preocupada acerca de la moral de mi pequeño ahijado; me espantó ver como se reía de la orfandad del leoncito Simba y como aplaudía compulsivamente, en los momentos más trágicos de la película, con sus pequeñas manitos endiabladas.
Más tarde, como yo tenía que terminar de retocar unas imágenes para enviárselas a Rodrigo, mi compañero de trabajo, lo dejé en el living mirando el final solo. Misteriosamente veinte minutos después, Luqui, había dejado de aplaudir. Cuando lo encontré, estaba en el balcón empollando un puñado de broches en la mano, almacenados para ser usados como proyectiles y esperando para ser disparados en las cabezas de los transeúntes.
Después de siete horas estaba extenuada. La lista de Laura era poco creativa, así que, me solidaricé y le ofrecí a Luqui, mis revistas de colección Billiken. La idea era que recortara algunas imágenes y me armara algo lindo para que yo pudiera colgarlo en la puerta de la heladera, pero me había olvidado que también, en esa caja guardaba algunas fotos. Cuando me vino a mostrar lo que había hecho estuve a punto de estirarle su nariz respingadita hasta las nubes; sobre una hoja blanca había trazado, con crayón marrón, una especie de hormiguero y alrededor, había pegado varias calcomanías de hormigas. Lo terrible de todo esto es que, sobre el cuerpo de cada una de ellas, estaban pegadas las caras en miniatura de Laura, Franco, Maxi, Martín, el hermano de Franco, mis hermanos y mías. Como Luqui no paraba de reírse de su obra de arte, preferí torturarlo: le hice ver media hora de IT, el payaso maldito. La película lo dejó fuera de juego; mientras esperaba que lo trasladaran a su domicilio se quedó dormido en mi cuarto, con la luz encendida, abrazando a su Spider Man genocida.
A la hora, desde mi cuarto, lo podía escuchar revolotear como un conejo Duracell por toda la casa. Traté de hacer oídos sordos, pero los alaridos perrunos me alarmaron. Llegué justo a tiempo; Capitán estaba a punto de almorzarse un niño envuelto. Encontré a Luqui, clavándole al desvencijado Capitán, una especie de telaraña puntiaguda que se asomaba, amenazante, por la panza de su Spider Man. Le preparé unos pochoclos y nos pusimos a mirar el Rey León. Realmente estoy muy preocupada acerca de la moral de mi pequeño ahijado; me espantó ver como se reía de la orfandad del leoncito Simba y como aplaudía compulsivamente, en los momentos más trágicos de la película, con sus pequeñas manitos endiabladas.
Más tarde, como yo tenía que terminar de retocar unas imágenes para enviárselas a Rodrigo, mi compañero de trabajo, lo dejé en el living mirando el final solo. Misteriosamente veinte minutos después, Luqui, había dejado de aplaudir. Cuando lo encontré, estaba en el balcón empollando un puñado de broches en la mano, almacenados para ser usados como proyectiles y esperando para ser disparados en las cabezas de los transeúntes.
Después de siete horas estaba extenuada. La lista de Laura era poco creativa, así que, me solidaricé y le ofrecí a Luqui, mis revistas de colección Billiken. La idea era que recortara algunas imágenes y me armara algo lindo para que yo pudiera colgarlo en la puerta de la heladera, pero me había olvidado que también, en esa caja guardaba algunas fotos. Cuando me vino a mostrar lo que había hecho estuve a punto de estirarle su nariz respingadita hasta las nubes; sobre una hoja blanca había trazado, con crayón marrón, una especie de hormiguero y alrededor, había pegado varias calcomanías de hormigas. Lo terrible de todo esto es que, sobre el cuerpo de cada una de ellas, estaban pegadas las caras en miniatura de Laura, Franco, Maxi, Martín, el hermano de Franco, mis hermanos y mías. Como Luqui no paraba de reírse de su obra de arte, preferí torturarlo: le hice ver media hora de IT, el payaso maldito. La película lo dejó fuera de juego; mientras esperaba que lo trasladaran a su domicilio se quedó dormido en mi cuarto, con la luz encendida, abrazando a su Spider Man genocida.
sábado, 30 de junio de 2012
En este momento me gustaría ahuecarme la sien con un Tramontina, para luego poder triturar sistemáticamente con la ayuda de un Minipimer todas las imágenes que se empeñan en acosar, de a ratos, a mi pobre cabeza. Ayer pasé todo el mediodía hablando con Margarita (la señora de Misiones); realmente nos caímos bien. Demasiado bien; tanto que hasta me dejé entretener con los íntimos detalles de la vida de su vaca. También me facilitó unos consejos prácticos para obtener, en cualquier circunstancia, un ordeñe exitoso. Cuando estaba a punto de revelarme el famoso tip secreto para poder alcanzar el punto máximo de densidad, en el laborioso proceso de la manteca, caí en cuenta que eran las 16 hs y que había olvidado la sesión con Clara. Bajé maratónicamente los cinco pisos por la escalera. Toqué la puerta del consultorio y me abrió una señora bajita, rechoncha y cabezona; tenía un corte casquito aireado tras la nuca: era un Pinypon. Se presentó como Miriam, la asistente de Clara. Me acompañó por el pasillo y luego volvió a su despacho. Clara estaba esperándome sentada. Tuve que ocultar, con mucho esfuerzo, la mueca reprobatoria que me producía su nueva apariencia: parecía una escoba electrocutada luego de una fuerte sobredosis de smog. Su maraña rubia había mutado al negro azabache. Seguramente no estaba satisfecha con el resultado, porque había decorado el matorral con unas torzadas prolijamente amordazadas con unos ganchitos nacarados. La vestimenta tampoco cooperaba; tenía un pantalón negro Oxford y sobre los hombros le colgaba un chal, del mismo tono, que llegaba a cubrirle el largo de sus brazos. Era La Condesa Clácula: las paletas asesinas que se le incrustaban en el labio inferior y el cuero cabelludo que se le asomaba por los recovecos descubiertos, tenían la misma tonalidad que la de un papel secante virgen; por eso, no me hubiese extrañado que, en algún momento, se le escapara un chillidito agudo, o que súbitamente extendiera horizontalmente las puntas del chal para fugarse por el ventanal. De todas maneras parecía estar contenta. Clara me sonreía. Después de diez minutos de sesión abordó el tema:
- Contame, ¿cómo fueron las prácticas?
Por el ventanal podía ver como de la autopista 25 de Mayo se asomaba una neblina inspiradora; hubiese deseado que unas manos brumosas se filtraran por las rendijas para secuestrarla del sillón.
- No las hice.
Clara me miraba fijamente.
-¿Por qué no?
- Pasaron cosas que..
- Tuviste desde el sábado hasta hoy, que es viernes.
Su tono severo me malhumoro. Tenía ganas de plantarme unos colmillos postizos de cotillón para despedazarle a mordiscones cada una de sus torzadas recauchutadas; y más cuando me dijo:
-¿Te acordás cuando hablamos de tu deseo?, ¿realmente estás
Por el ventanal podía ver como de la autopista 25 de Mayo se asomaba una neblina inspiradora; hubiese deseado que unas manos brumosas se filtraran por las rendijas para secuestrarla del sillón.
- No las hice.
Clara me miraba fijamente.
-¿Por qué no?
- Pasaron cosas que..
- Tuviste desde el sábado hasta hoy, que es viernes.
Su tono severo me malhumoro. Tenía ganas de plantarme unos colmillos postizos de cotillón para despedazarle a mordiscones cada una de sus torzadas recauchutadas; y más cuando me dijo:
-¿Te acordás cuando hablamos de tu deseo?, ¿realmente estás
queriendo avanzar? ¿O será que estás empezando a sentirte
cómoda con esta situación?
Y salté de mi asiento dando un respingo.
- No me gusta tu
tono. Te estaba contando lo que pasó. No
me estoy justificando, ni tampoco me estoy escondiendo.
me estoy justificando, ni tampoco me estoy escondiendo.
- Fernanda, en ningún
momento dije que te estuvieses justificando o
escondiendo.
La detesté. No podía evitar que sus palabras se fundieran en mi mente con
la imagen sonriente de mi mamá sorbiendo un té de frutos rojos.
-¿Sabes qué, Fer?, me
parece que hoy no es un buen día para que
sigamos...
Finalmente se me
escapó:
-¿Sabes qué? Tenés
el pelo hecho mierda.
Cada vez que me acuerdo
de sus ojos lacrimosos llenos de decepción, me dan ganas de arrastrarme hasta el
balcón y refregarme los desperdicios de Capitán en la cara.
viernes, 29 de junio de 2012
Huí del departamento de Clara. Salí hecha un torbellino poseído; inclusive, casi me quedo con su picaporte en la mano. Pero ahora se me escapa un mar de lágrimas por todos los orificios. Soy un colador humano. Está bien, en algunas cuestiones Clara tenía toda la razón. Yo no cumplí con lo pautado. Pero de todas maneras no era necesario tanta crudeza. Sus palabras aterrizaron en mi cara como bolas sangrantes de carne picada. No sé si quiero verla otra vez.
jueves, 28 de junio de 2012
Maxi vino de sorpresa. Llegó arrastrando una
olla cargada con podredumbre que, al destaparla, dejó escapar una fragancia a
guiso de malas noticias que aplacaron la buena energía destilada por el
sahumerio anaranjado con aroma a bergamota, que había enterrado en la maceta
del living.
A pesar de que todavía estaba enojada con él, cuando se dejó caer como una piltrafa en el sillón no pude evitar sentir ternura; parecía un enano de jardín perdido en un sommier king. Mientras batía olímpicamente dos pocillos con café instantáneo, lo dejé acompañado con su silencio dramático, y con los cuadraditos milagrosos de Terrabusi: después de tragarse tres Titas de un tirón pudo contarme que el sábado iba a ser su último día de trabajo.
A medida que desenmarañaba toda la historia, yo no podía dejar de imaginarme la cara sonriente de Quique Estevanez. Al parecer, Marcelo, el jefe de Maxi, confirmó sus teorías silenciosas y encontró una excusa tarada para deshacerse de él. Hacía meses que pensaba que su mujer, Bárbara (también es dueña), tenía un interés especial por Maxi, el mejor empleado. Si bien todos podían convivir con esta situación, la actitud chiquilina de Bárbara se acentúo cuando apareció en escena una clienta con actitudes mucho más psicópatas que las de ella. Maxi nos había comentado más de una vez, a Laura y a mí, que había una chica aparatosa que solamente frecuentaba la librería para verlo: se plantaba como un potus desinhibido en la vidriera; o lo espiaba por los huecos de las estanterías mientras hurgaba los libros.
Él había confirmado sus palabras un día de febrero: la clienta revolvió todo el local y terminó comprando un pilón de señaladores, impresos con las típicas frases romanticonas del día de los enamorados. Sospechosamente había olvidado una sobre la caja.
Y explotó todo. Hace tres semanas, un martes o un miércoles a las nueve menos diez de la noche, estas dos mujeres se batieron a duelo: Bárbara y Maxi estaban cerrando la caja, pero la chica acosadora no tenía intenciones de moverse de la sección infantil, ni de tampoco dejar el libro de animales que utilizaba como escudo para fisgonear a Maxi. Bárbara, que ya la había intentado echar más de una vez, se le acercó y le pidió amablemente que se retirara. Como la chica acosadora no reaccionaba intentó despegarla por los brazos del banquito rosa en el que estaba sentada, pero la acosadora, sorprendida y enfurecida, le revoleó un pequeño Gaturro ilustrado que encontró a mano y terminó estampándole el vértice puntiagudo del libro en el medio de la frente. Para defenderse, Bárbara, la agarró de las mechas. Ninguno de los dos tenían intenciones de revelar el incidente a Marcelo, pero a ella le había quedado como evidencia una cicatriz similar a la de Harry Potter, y además, el empleado del depósito (que fue el que salvó a la fisgona de las garras de Bárbara), ventiló maliciosamente todo lo que había pasado. Dos días después, Marcelo, lo sorprendió con un preaviso.
A pesar de que todavía estaba enojada con él, cuando se dejó caer como una piltrafa en el sillón no pude evitar sentir ternura; parecía un enano de jardín perdido en un sommier king. Mientras batía olímpicamente dos pocillos con café instantáneo, lo dejé acompañado con su silencio dramático, y con los cuadraditos milagrosos de Terrabusi: después de tragarse tres Titas de un tirón pudo contarme que el sábado iba a ser su último día de trabajo.
A medida que desenmarañaba toda la historia, yo no podía dejar de imaginarme la cara sonriente de Quique Estevanez. Al parecer, Marcelo, el jefe de Maxi, confirmó sus teorías silenciosas y encontró una excusa tarada para deshacerse de él. Hacía meses que pensaba que su mujer, Bárbara (también es dueña), tenía un interés especial por Maxi, el mejor empleado. Si bien todos podían convivir con esta situación, la actitud chiquilina de Bárbara se acentúo cuando apareció en escena una clienta con actitudes mucho más psicópatas que las de ella. Maxi nos había comentado más de una vez, a Laura y a mí, que había una chica aparatosa que solamente frecuentaba la librería para verlo: se plantaba como un potus desinhibido en la vidriera; o lo espiaba por los huecos de las estanterías mientras hurgaba los libros.
Él había confirmado sus palabras un día de febrero: la clienta revolvió todo el local y terminó comprando un pilón de señaladores, impresos con las típicas frases romanticonas del día de los enamorados. Sospechosamente había olvidado una sobre la caja.
Y explotó todo. Hace tres semanas, un martes o un miércoles a las nueve menos diez de la noche, estas dos mujeres se batieron a duelo: Bárbara y Maxi estaban cerrando la caja, pero la chica acosadora no tenía intenciones de moverse de la sección infantil, ni de tampoco dejar el libro de animales que utilizaba como escudo para fisgonear a Maxi. Bárbara, que ya la había intentado echar más de una vez, se le acercó y le pidió amablemente que se retirara. Como la chica acosadora no reaccionaba intentó despegarla por los brazos del banquito rosa en el que estaba sentada, pero la acosadora, sorprendida y enfurecida, le revoleó un pequeño Gaturro ilustrado que encontró a mano y terminó estampándole el vértice puntiagudo del libro en el medio de la frente. Para defenderse, Bárbara, la agarró de las mechas. Ninguno de los dos tenían intenciones de revelar el incidente a Marcelo, pero a ella le había quedado como evidencia una cicatriz similar a la de Harry Potter, y además, el empleado del depósito (que fue el que salvó a la fisgona de las garras de Bárbara), ventiló maliciosamente todo lo que había pasado. Dos días después, Marcelo, lo sorprendió con un preaviso.
Ahora
entiendo todo el malhumor y toda la angustia de Maxi. Tenía esperanzas,
mientras se cumplía la fecha, de encontrar otro trabajo.
DÍA 4. NOTAS PARA CLARA.
Estaba a punto de salir pero justo llegó Maxi. Preferí quedarme con él. Hubiese sido muy egoísta de mi parte dejarlo solo para irme a hacer mis cosas.
miércoles, 27 de junio de 2012
Hace un rato mi hermana me envió un e-mail con un listado de foros y de páginas que abordan la problemática de las fobias; incluyendo la agorafobia.
Después de dudar un buen rato, me terminé registrando en una página argentina. Además de encontrar información, experiencias y comentarios, también me obsesioné con cuatro participantes del sitio: la primera es una mujer grande que vive en Misiones y que, ya hace ocho años, se encuentra amotinada en su casa. Parece ser que, hasta el momento, la única solución que encontró para su enfermedad fue comprarse una vaca y montarse una huerta en el jardín trasero. Igual, por las imágenes que subió a la página, me dio la impresión de que debe ser una señora feliz: en la foto de perfil, se la ve recolectando unos tomatitos Cherry, y cargando una canastita de mimbre bien paqueta.
Los otros dos que me interesaron, son pareja: una chica y un chico (tendrán treinta años), que viven juntos en un monoambiente ubicado en Miramar. Por lo que pude entender, a través de sus comentarios y de sus fotos en común, es que además de compartir la misma caja de zapatos, también comparten el mismo trastorno y al mismo dalmata confinado.
Y el cuarto es divino: es un chico precioso que se llama Nicolás, que tiene 28 años y es de Virgo. Me parece que es profesor de historia.
Hace dos días, la señora de Misiones, le dio la bienvenida al foro y él le contestó que "se sentía muy identificado con todo el grupo y que estaba muy agradecido". ¡Me muero!, por un chico así, ahora mismo me arrastraría sobre las rodillas hasta llegar al Aconcagua.
Después de dudar un buen rato, me terminé registrando en una página argentina. Además de encontrar información, experiencias y comentarios, también me obsesioné con cuatro participantes del sitio: la primera es una mujer grande que vive en Misiones y que, ya hace ocho años, se encuentra amotinada en su casa. Parece ser que, hasta el momento, la única solución que encontró para su enfermedad fue comprarse una vaca y montarse una huerta en el jardín trasero. Igual, por las imágenes que subió a la página, me dio la impresión de que debe ser una señora feliz: en la foto de perfil, se la ve recolectando unos tomatitos Cherry, y cargando una canastita de mimbre bien paqueta.
Los otros dos que me interesaron, son pareja: una chica y un chico (tendrán treinta años), que viven juntos en un monoambiente ubicado en Miramar. Por lo que pude entender, a través de sus comentarios y de sus fotos en común, es que además de compartir la misma caja de zapatos, también comparten el mismo trastorno y al mismo dalmata confinado.
Y el cuarto es divino: es un chico precioso que se llama Nicolás, que tiene 28 años y es de Virgo. Me parece que es profesor de historia.
Hace dos días, la señora de Misiones, le dio la bienvenida al foro y él le contestó que "se sentía muy identificado con todo el grupo y que estaba muy agradecido". ¡Me muero!, por un chico así, ahora mismo me arrastraría sobre las rodillas hasta llegar al Aconcagua.
DÍA 3. NOTAS PARA CLARA.
Esperé hasta las doce del mediodía porque sabía que iba a encontrar el hall despejado. Pero cuando llegó la hora del almuerzo, preferí posponer el ejercicio hasta la hora de la siesta. Y cuando llegó la hora de la siesta decidí pasarlo a la hora de la cena. Pero ahora no puedo. Estoy acá, espiando al chico del foro. Sí o sí mañana salgo.
martes, 26 de junio de 2012
Me armé un discurso convincente y llamé a Olga. Me atendió Gisella, su hija malhumorada, que después de montarme un laberinto colmado de excusas, me terminó diciendo que Olga no estaba y que no sabía cuando iba a volver. Volví a llamar a la tarde y me atendió Victorio, su marido, que intentó cubrirla con el pretexto más subnormal del mundo: Olga se había ido a un retiro espiritual para evangelistas y volvía por la noche. Yo sabía que estaba ahí porque en el mismo momento que se hizo un breve silencio detecté como, del otro lado de la línea, caía al suelo un objeto de plástico. Era Olga. Seguro que de alguna de sus manos fofas se le había resbalado el control remoto. Por eso volví a intentar:
- Bueno, Victorio. Dentro de unas horas vuelvo a molestar. Nada
más, queríamos decirle a Olga que la extrañamos y que queremos
que vuelva con nosotras. También necesitaba hablarle sobre un
aumento...
que vuelva con nosotras. También necesitaba hablarle sobre un
aumento...
Fue sorprendente. La respiración humana de Victorio mutó, para repentinamente parecerse al resoplido de un cerdo constipado. Mientras tapaba el sonido de sus pasos con algunos gruñidos, y me comentaba lo desmemoriado que estaba últimamente, podía escuchar como abría y cerraba una puerta teatralmente. Hasta que me dijo:
- ¡Mirá!, justito está llegando.
Y le pasó el teléfono a Olga. Después de hacerle creer que el sábado la estaba esperando y de hacerme un poco la desentendida con el tema de su renuncia, terminé manipulándola con la culpa:
- (...) Sinceramente, Olga, con una mano en el corazón, ¿vos
renunciaste por lo de Capitán?
Como estuvo media hora hablándome de la vergüenza que sintió por haberme perdido al "pichicho", y yo no dejaba de pensar en la otitis severa que me estaba ganando; preferí minimizar el hecho, contarle una falsa anécdota y darle un cierre a la conversación: cuando tenía once meses, Capitán, se nos había escapado por la ventanilla del auto, y después de buscarlo todo el día, pudimos recuperarlo. Estaba en la panadería “La princesa”, alimentándose con unas tortitas negras, que le fueron suministradas por unos gentiles panaderos.
Inesperadamente, logré distenderla y me terminó contando ciertas confidencias: el mismo viernes que extravió a mi perro, la presión se le había disparado al "corno" y desde entonces Victorio le tiene prohibido comer las “figazas rellenas con cantimpalo” que tanto le gustan; también que aparentemente le está costando mucho “mover las carnes” y por último (off the record) que de todas maneras ya estaba cansada desde hace bastante. Mi mamá la estaba volviendo un poco turuleka. Sin embargo, cuando le mencioné lo del aumento (mi mamá se va a querer morir), creo que la convencí.
DÍA 2. NOTAS PARA CLARA.
No salí. Estaba bañada, perfumada y cambiaba para empezar lo que no había hecho el día 1. Pero no encontré las llaves. Estaban en el lavarropas, dentro del bolsillo de mi buzo canguro. Ahora ya es tarde.
lunes, 25 de junio de 2012
Para evitar un conflicto a largo plazo mañana temprano voy a llamar a Olga.
Luego de la pelea que tuvimos con mi mamá, había decidido que no iba a mover ni media falange por su causa. Hasta que hoy al mediodía lavando los tuppers teñidos de un tono amarillo radiactivo, que dejó la ensalada rusa que me trajo, recordé el mal momento que me había hecho pasar en año nuevo: para la época de pascuas en una feria de las naciones, mi mamá, se había comprado un libro acerca de la repostería internacional. En uno de los capítulos, un reconocido chef polaco enseñaba a fabricar, paso a paso, huevos personalizados con fotografías. Fascinada por esta novedad se le ocurrió montar transitoriamente una fábrica de chocolate en su cocina, y regalarle a "todos sus seres cercanos" un huevo artesanal creativo. Compró todo el kit necesario: moldes, chocolate cobertura, confites multicolores, papeles transparentes para envolver, firuletes para atar, inclusive, hasta fabricó moños. El problema fue cuando consiguió contactarse con la panadería que se dedicaba a imprimir fotografías en planchas comestibles de papel de azúcar: mi mamá no quería imágenes corrientes y menos aún, unas que opacaran sus huevos de diseño; por eso me pidió encarecidamente que fotografiara artísticamente la cara de cada uno de los agasajados. Como me negué terminantemente a ser partícipe de su disparatado microemprendimiento; la producción en masa de huevos estampados jamás se realizó.
Pero llegó el 31 de diciembre. Mi mamá, evidentemente, tenía una cuenta pendiente con los grabados porque sorprendió a cada uno de los invitados con un pequeño presente: una taza de loza blanca con una foto impresa de su cara, de la que se asomaba una viñeta de cómic, con el lema "Feliz 2012". Ese día asumí que era una persona rencorosa, porque cuando todos se dieron cuenta que yo no tenía una, ella se excusó argumentando que por mi culpa nadie había recibido esos huevos famosos que tanto había promocionado.
DÍA 1. NOTAS PARA CLARA.
El lunes no es un buen día para empezar una dieta. Tampoco para someterme a los ejercicios de Clara. Mañana empiezo.
Luego de la pelea que tuvimos con mi mamá, había decidido que no iba a mover ni media falange por su causa. Hasta que hoy al mediodía lavando los tuppers teñidos de un tono amarillo radiactivo, que dejó la ensalada rusa que me trajo, recordé el mal momento que me había hecho pasar en año nuevo: para la época de pascuas en una feria de las naciones, mi mamá, se había comprado un libro acerca de la repostería internacional. En uno de los capítulos, un reconocido chef polaco enseñaba a fabricar, paso a paso, huevos personalizados con fotografías. Fascinada por esta novedad se le ocurrió montar transitoriamente una fábrica de chocolate en su cocina, y regalarle a "todos sus seres cercanos" un huevo artesanal creativo. Compró todo el kit necesario: moldes, chocolate cobertura, confites multicolores, papeles transparentes para envolver, firuletes para atar, inclusive, hasta fabricó moños. El problema fue cuando consiguió contactarse con la panadería que se dedicaba a imprimir fotografías en planchas comestibles de papel de azúcar: mi mamá no quería imágenes corrientes y menos aún, unas que opacaran sus huevos de diseño; por eso me pidió encarecidamente que fotografiara artísticamente la cara de cada uno de los agasajados. Como me negué terminantemente a ser partícipe de su disparatado microemprendimiento; la producción en masa de huevos estampados jamás se realizó.
Pero llegó el 31 de diciembre. Mi mamá, evidentemente, tenía una cuenta pendiente con los grabados porque sorprendió a cada uno de los invitados con un pequeño presente: una taza de loza blanca con una foto impresa de su cara, de la que se asomaba una viñeta de cómic, con el lema "Feliz 2012". Ese día asumí que era una persona rencorosa, porque cuando todos se dieron cuenta que yo no tenía una, ella se excusó argumentando que por mi culpa nadie había recibido esos huevos famosos que tanto había promocionado.
DÍA 1. NOTAS PARA CLARA.
El lunes no es un buen día para empezar una dieta. Tampoco para someterme a los ejercicios de Clara. Mañana empiezo.
domingo, 24 de junio de 2012
Me había prometido no
aceptar más ningún acting barato de novela de las dos de la tarde, pero se fue
y me dejó la cabeza abollada por un combo de reproches y culpas.
Con la excusa de traerme unas macetas de plástico y algunos tuppers con comida elaborada, mi mamá se auto invitó para, en realidad, preguntarme qué había pasado con Olga. Hacía mucho que no nos veíamos y sinceramente la extrañaba, así que, me daba igual si solamente venía a lookear mis tristes plantas catatónicas con los monstruosos recipientes de diseño que trajo.
Llegó y le serví el té. Sin preámbulos me confesó que el viernes a la noche, Olga, la llamó llorando por teléfono y se autodespidió. En definitiva, mi mamá, quería saber qué le había hecho.
Con toda la paz del mundo le conté lo sucedido con Capitán; pero cuando terminó defendiendo a Olga, diciendo que lo mejor que nos podía haber pasado era que el “perro roñoso con olor a Riachuelo” se extraviara, tuve ganas de destapar la tetera y baldearle con agua hirviendo su brushing de domingo.
Después de revolver delicadamente su té, formuló una solución: quería que llamara a Olga y me disculpara. Estoy segura que en el microsegundo que me distraje mi mamá se roció la cara con un spray con agua. No podía ser que, por semejante estupidez, tuviera los ojos tan lloviznosos. Como me negué, automáticamente, se transformó en un lobo feroz y me sopló en la cara un discurso chorreado de veneno: yo era una desagradecida, porque me había cedido de buena voluntad a Olga para que me ayudara. Me gritó a los cuatro mil vientos que la única que resultó perjudicada era ella, porque había programado una cena para el martes a la noche, y que la que se estaba ocupando de todos los preparativos era su empleada.
Pero lo peor fue cuando me dijo que me dejara de joder con el temita de la fobia y "la victimización", porque ya “sabían todos”, que solamente son excusas para no ir a trabajar y también, para darle culpa al santo de Martincito. La dejé gritando sola.
Con la excusa de traerme unas macetas de plástico y algunos tuppers con comida elaborada, mi mamá se auto invitó para, en realidad, preguntarme qué había pasado con Olga. Hacía mucho que no nos veíamos y sinceramente la extrañaba, así que, me daba igual si solamente venía a lookear mis tristes plantas catatónicas con los monstruosos recipientes de diseño que trajo.
Llegó y le serví el té. Sin preámbulos me confesó que el viernes a la noche, Olga, la llamó llorando por teléfono y se autodespidió. En definitiva, mi mamá, quería saber qué le había hecho.
Con toda la paz del mundo le conté lo sucedido con Capitán; pero cuando terminó defendiendo a Olga, diciendo que lo mejor que nos podía haber pasado era que el “perro roñoso con olor a Riachuelo” se extraviara, tuve ganas de destapar la tetera y baldearle con agua hirviendo su brushing de domingo.
Después de revolver delicadamente su té, formuló una solución: quería que llamara a Olga y me disculpara. Estoy segura que en el microsegundo que me distraje mi mamá se roció la cara con un spray con agua. No podía ser que, por semejante estupidez, tuviera los ojos tan lloviznosos. Como me negué, automáticamente, se transformó en un lobo feroz y me sopló en la cara un discurso chorreado de veneno: yo era una desagradecida, porque me había cedido de buena voluntad a Olga para que me ayudara. Me gritó a los cuatro mil vientos que la única que resultó perjudicada era ella, porque había programado una cena para el martes a la noche, y que la que se estaba ocupando de todos los preparativos era su empleada.
Pero lo peor fue cuando me dijo que me dejara de joder con el temita de la fobia y "la victimización", porque ya “sabían todos”, que solamente son excusas para no ir a trabajar y también, para darle culpa al santo de Martincito. La dejé gritando sola.
sábado, 23 de junio de 2012
Ayer, Clara, me obligó a cambiar el lugar de trabajo. Si me hubiera avisado con antelación mi predisposición
hubiese sido otra. Desde que le abrí la puerta imaginé que había planeado
algo diferente, porque la encontré plantada sobre las baldosas con los
brazos y las piernas enlongadas en forma de X; le faltaba atravesarse un clarinete en la garganta para parecerse al logo característico de aquel diario popular. Su actitud era sospechosa, por eso le pregunté:
- Clara, ¿no entrás?
- A partir de hoy sos una paciente más.
Entendí que su postura ridícula tenía
fundamentos. Clara tenía miedo que me negara a salir. Y era cierto. La verdad, al escuchar lo que me dijo, tenía ganas de
cerrarle la puerta en la nariz y huir despavorida para refugiarme en el nuevo "escondite del pánico" (bajo la mesa), que estrenó Capitán. Como mi cuerpo estaba entumecido, Clara,
logró arrastrarme sin dificultades hasta el ascensor. Si el artefacto
no hubiese estado esperándonos para bajar, seguramente no hubiera dudado
en usar el hueco del ascensor a modo de tobogán, para auto revolearme como un saco de
papas suicida: el sólo hecho de pensar que iba a estar más de cincuenta minutos
en un espacio desconocido me provocaba acaloramiento, malestar y un ferviente impulso de desfigurar con mis uñas de gato siamés a cualquiera que se
me cruzara en el camino, aunque, más terror me daba estar en el espacio de
trabajo de Clara: hasta ayer, siempre la había imaginado deambulando en una especie de
rancho multicolor, habitado por una civilización de Umpa Loompa nocturnos que al salir de sus escondites, se dedicaban a rasquetearle las dos paletas
bombardeadas y a confeccionarle nuevas prendas para su exótico guardarropa. Cuando me invitó a pasar a su departamento fue toda una sorpresa: de las
paredes del recibidor colgaban réplicas de pinturas impresionistas. Al avanzar
por el pasillo, hacia la derecha, pude ver un despacho amplio amueblado con un escritorio. Un poco más a lo lejos, atravesando una puerta corrediza, se
encontraba el living con un ventanal gigante que se extendía de pared a pared, y dos grandes sillones de cuero enfrentados; uno era de un cuerpo y otro era de
dos. Cuando nos sentamos la contradicción se me hizo evidente: en medio de
tanta paz, Clara, personificaba la guerra; había tomado de una mesita un
abanico rosa bordado con pequeñas líneas amarillas que al sacudirlo hacía que los pompones marrones y amarillos, que le colgaban del pullover rosa, se bambolearan rabiosamente. Pero sin lugar a dudas el problema estaba en la pollera larga con flecos amarronados, que le caían
desmechados por las rodillas. El accesorio y la vestimenta le daban cierto parecido a un payaso indígena de la época colonial. De todas maneras
no me importaba, estaba a gusto.
Acordamos que las sesiones iban a repetirse en su espacio. Por otra parte, me explicó detalladamente los ejercicios que voy a empezar a realizar por mi cuenta. Clara me dijo que vamos a atacar directamente “la conducta”. La idea es ejercitar y destrabar, poco a poco, la resistencia que estoy teniendo. Hasta el próximo viernes tengo que pararme, el tiempo que quiera o pueda, en la puerta del edificio y también tengo que anotar las sensaciones que voy experimentando. Empiezo el lunes.
Acordamos que las sesiones iban a repetirse en su espacio. Por otra parte, me explicó detalladamente los ejercicios que voy a empezar a realizar por mi cuenta. Clara me dijo que vamos a atacar directamente “la conducta”. La idea es ejercitar y destrabar, poco a poco, la resistencia que estoy teniendo. Hasta el próximo viernes tengo que pararme, el tiempo que quiera o pueda, en la puerta del edificio y también tengo que anotar las sensaciones que voy experimentando. Empiezo el lunes.
viernes, 22 de junio de 2012
Hoy la media no salió. La que sí salió para no volver más fue Olga. Me tocó la puerta llorando a lágrima viva, con la vestimenta veteada de verde y marrón. Mi mirada se debatía entre la sufrida Olga y el aturdido Capitán. Pude advertir lo sucedido una vez que se desplomó en el sillón: uno de sus pies estaba más bajo que el otro y también, del cordón enroscado en su cuello, pendía un par de anteojos mutilado. Como me estaba poniendo nerviosa la soborné con un vaso de agua y unos pañuelitos mentolados. Después de moquear un rato, me relató (con tono de culebrón mexicano) todo lo que en menos de media hora le sucedió: en
una distracción, al rompérsele el taco, trastabilló. Desgraciadamente, en el mismo
momento, se escucharon unos ladridos y Capitán salió disparado de la Plaza Martín Fierro. Olga intentó correrlo, pero el taco ausente contribuyó a que perdiera el equilibrio y a que terminara almorzándose una buena porción de pasto; por el impacto perdió uno de los vidrios de los anteojos y, en consecuencia, también a Capitán. Dos cuadras después encontró "un bulto marrón oscuro" que estaba tendido sobre el pavimento de la calle Urquiza. Aparentemente mientras Olga velaba a esa cosa marrón, un chico encontró al pobre animal y gracias a la chapita identificatoria, con forma de hueso, pudo
traerlo de vuelta a mi edificio.
Asumiendo que todo había acabado de la peor manera, Olga, volvió para darme las malas noticias; afortunadamente en la entrada encontró a Capitán meneando la cola, victoriosamente, junto a Don Florindo. Le pagué por los daños ocasionados y nos despedimos. Se fue cojeando y tanteando las paredes oscuras del pasillo con las manos.
Asumiendo que todo había acabado de la peor manera, Olga, volvió para darme las malas noticias; afortunadamente en la entrada encontró a Capitán meneando la cola, victoriosamente, junto a Don Florindo. Le pagué por los daños ocasionados y nos despedimos. Se fue cojeando y tanteando las paredes oscuras del pasillo con las manos.
jueves, 21 de junio de 2012
Mañana va a venir Olga,
la señora que trabaja en lo de mi mamá, para rescatar a Capitán del drama intestinal. La conozco desde que tengo diez años y la aprecio muchísimo; pero todos tenemos defectos y el de ella es uno muy grande, proporcional a su redondez: es
torpísima. Y lo más grave de una persona torpe es que no admita que lo es
y por otra parte, que no se haga cargo
de su torpeza: cuando yo vivía con mi mamá se me incriminaban constantemente objetos que aparecían rotos, apilados estratégicamente en el aire o chorreados con Gotita. Cuando mis hermanos y yo
dejamos de vivir ahí, sólo quedaban dos sospechosas, mi mamá y Olga. A partir de entonces Olga se sinceró y dejó de limpiar todas las
escenas de los crímenes, a cambio, al terminar el día, deja
obituarios enumerando los objetos con los que la casa ya no cuenta.
miércoles, 20 de junio de 2012
Pensé que se moría. Capitán asaltó el lavarropas y se tragó una
media. Durante toda la mañana me sometí a jugar a la mancha perro y también a extraerle pacientemente todas las porquerías que amontonaba, como un hamster ávaro, dentro de su hocico. Ya me tenía inflada como un dirigible, así que, después de un rato, decidí ignorarlo. Preparándome para almorzar noté que la media con la que jugaba ya no estaba, que de su trompa no salía nada y que también estaba demasiado quietito; por eso, con una mano firme le abrí el hocico y con la otra escarbé hasta el fondo. La media no estaba. Se la había tragado. Hurgando en el lavarropas, recolecté algunos pares y llegué a la conclusión de que en su estómago inmundo, la que está flotando, es una media de lana larga blanca a lunares celestes. Mientras sostenía la media huérfana Capitán solamente zarandeaba la cabeza y soltaba alguna que otra arcada; parecía un perro-souvenir de tablero de auto: me agaché, lo abracé y empecé a llorar. Después de mi breve despedida, busqué el número de urgencia de la veterinaria Fénix, ubicada en la
Avenida Independencia, y llamé al celular que figuraba en el imán. Pensé que
iba a escuchar lo peor, que el veterinario me iba a decir: “señora, prepare la
bolsa negra de basura”; pero me tranquilizó, y me dijo que sólo debía preocuparme en el caso de que la media no viera la luz en los próximos días, también me recomendó estimularlo con cucharadas de aceite y algunos paseos. Me alegré que no todo fuera tan desafortunado; de todas maneras lo detesto: no sé cómo voy a hacer para que expulse la media patria que tiene atrancada.
martes, 19 de junio de 2012
Parece que ahora, además de escribir para Maxi y para Laura, también voy a escribir para una intrusa. Hoy recibí un e-mail un tanto confuso; Lunática de Barracas (no voy a decir tu nombre, despreocupate) tuvo la delicadeza de apestar mi casilla:
Fer:
De casualidad entré a tu blog
y no puedo dejar de leer lo que escribís. Lo primero que hago cuando
llego al trabajo es prepararme un
cortado, prenderme un cigarrillo y ver qué publicaste. Tengo una amiga que pasó
por lo mismo y le recomendé miles de veces tu blog. Me encanta como sos! Me
haces acordar mucho a mí. Quería que lo supieras.
Lunática.
Lunática,
Veo
que tenés una ocupación muy tensa. Me sorprende que por tu trabajo, todavía, no haya llegado ninguna ley anti tabaco; en el mío no había ni mate cocido, y la última vez que me encendí un cigarrillo la alarma de incendio se revolucionó y terminaron desalojando a todo el edificio. ¿Tenés una amiga que
pasó por lo mismo?, ¿no querés invitarla a mi casa, así nos encerramos juntas a
tomar el té? Por otra parte, te quería comentar que a mí no me encanta como soy: ¿a vos te divierte que yo esté encerrada?, ¿a vos te encanta cómo soy, porque te haces
acordar a vos? Veo un problema de narcisismo importante; si te parece bien, podemos combinar para pedirte un turno con Clara, intuí que no estabas bien con sólo leer la dirección de tu e-mail.
Cariños,
Fernanda.
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