viernes, 13 de julio de 2012


Ni siquiera habían pasado quince minutos desde que nos despedimos cuando, ayer a la madrugada, Martín me empezó a saturar el celular con un enjambre de piropos chatarras. 
Mientras leía las líneas acarameladas que caían apiladas unas tras otras, podía visualizarlo despegando los papelitos con frases románticonas de los chocolatines Dos Corazones que, seguro, debía tener escondidos en la guantera del auto para hacerle un Copy Paste directo a mi celular. No lo soportaba más. Después de comentarle a Laura la noche decepcionante que pasé ayer, preferí encapsularme completamente, y apagué el cacharro. Debió enterarse la noticia de  Maxi después de que cortamos; porque hoy a la mañana Laura me sorprendió con una sinfonía de timbrazos. No pudo contenerse ni siquiera a subir, que a través del portero, escupió el reporte con la noticia de último momento: Maxi estaba arreglando los últimos detalles para volverse a Pehuajó. No me dio ni medio segundo para digerir lo que había escuchado que ya la tenía afuera arañándome la puerta. Todo fue muy rápido. Apenas le abrí, veía como de a poco retrocedía por el pasillo mientras que, a los gritos, me hacía un breve resumen: tenía a Luqui encerrado en el auto para ir a la consulta con el pediatra, y como tenía miedo de que otra vez se le volviera a escapar, lo dejó sedado en el asiento trasero con la ayuda de la melodía insufrible de Adriana y su sapo Pepe convulsivo. Todavía no había terminado de inhalar, cuando me soltó la segunda parte: como el padre de Maxi está cansado de hacerle de prestamista, le aconsejó que se volviera al pueblo para trabajar nuevamente en la imprenta junto a él. Mientras cerraba la puerta del ascensor me gritó que me tocaba a mí comunicarme. Pensaba que todo su monólogo había terminado, pero volvió a tocar el timbre y remató su visita con una opinión que “no podía contener más porque iba a explotar”: me recriminó lo tarada que había sido al haberme dejado seducir por el tránsfuga de Martín. Cerré la puerta, me senté y llamé a Maxi. Corté, y decidida a cometer uno de los peores errores de mi vida, volví a intentarlo. Después de cinco tonos me atendió el contestador y como no tenía un discurso preparado, se me arremolinaron todas las emociones:
"¡Maxi,medijoLauraquetequeresirporfavorveníaquedarteenmicasaeltiempoquenecesites!porfavorporfavor,llam...". Y se cortó.
Pasados algunos minutos, el celular sonó. Después de contarle que había podido completar durante dos días seguidos los ejercicios que mi terapeuta me  había dado, de relatarle como me había dado cuenta de que Martín me mentía en la cara, y de alabar la lista de pros que había hecho para convencerme de que vivamos juntos, le pude levantar el ánimo y también pude convencerlo. Conseguí que se quede acá, conmigo. 

jueves, 12 de julio de 2012


Cuando ayer, a las 19 hs, me sonó el celular pensé que iba a entrar en estado de coma. Mientras presionaba el botón verde para atender, le rogué hasta a Santa Gilda que Martín no me estuviese esperando fuera del trabajo. Pero solamente llamó para avisarme que estaba estancado en un rodaje y que tenía para dos horas más. La segunda preocupación que se me presentó fue la comida. Menos mal que tenía dos cajas de ravioles de ricota con jamón que Olga había comprado y congelado antes de ayer. Quería darle una bienvenida cálida, pero a su vez no quería dármelas de Choly Berreteaga, y desplegarme en la cocina con tres mil cuencos a medio usar. Tampoco exageré con la apariencia. Aunque combiné hasta el talón de la media, estaba casual, como si hubiese tenido un día de trabajo normal. No estaba segura con qué intención, pero tengo que confesar que me depilé intensivamente; inclusive dejé visibles los dedos gordos del pie. Martín llegó una hora y media después, con un vino, dos rosas rojas (bastante pobre) y una película. Ya la habíamos visto juntos; así que supuse que él también tenía intenciones contradictorias: no quería estar atento del todo al televisor...
Comimos, hablamos y nos reímos. Pusimos la película y nos acurrucamos en el sillón. A los treinta minutos, mientras Ethan Hawke y Julie Delpy recorrían las calles de París, sorprendí a Martín mirándome fijamente. Como me estaba poniendo nerviosa, yo lo evadía alternando la mirada entre sus ojos de Pepelepu y los subtítulos color amarillo huevo.  Hasta que me dio un beso. Yo se lo devolví. Y la cadena de seducción se extendió un largo rato más. Nos habíamos perdido tres cuartos de la película,  cuando se me ocurrió preguntarle:
 - ¿Y tu novia, FLA?
Lo descoloqué. Se enderezó de un tirón. Me corrió cariñosamente un mechón tras la oreja e intentó convencerme:
 - No estamos más. La dejé.
Su timbre de voz se había vuelto dos tonos más agudo. Dudé. Martín estaba mintiendo otra vez, y las líneas que hacía un mes había intercambiado con FLA, explotaron y se desparramaron en mi cerebro. No podía decirle que había hablado con ella. Tampoco podía saber que yo sabía de su pequeño romance en Playa del Carmen. Tomé un poco de distancia, miré la pantalla y volví a preguntar:
 -¿Y hace cuánto se separaron?
Durante cinco minutos se rió como un estúpido, hipnotizado por los créditos de la película. Finalmente su pequeña cabeza de ameba encontró la respuesta incorrecta y mi alarma de danger se activó, disparando luces intermitentes rojas:
 - Antes de irme a México. ¿Te acordás?
Martín estaba decidido a pasar la noche en mi casa. Pero después de la segunda mentira, evité todo tipo de contacto: tenía el cuerpo envuelto con un manto de alambres con púas, y si se sobrepasaba, estaba dispuesta a aumentarle a cada uno de sus poros unos cuantos centímetros más de profundidad. 
Me excusé; le dije que se había hecho muy tarde y que tenía que levantarme temprano. Quedamos en vernos en estos días. Nos besamos y se fue.

DÍA 6. NOTAS PARA CLARA.
No me crucé con nadie y pude hacer los ejercicios correctamente. Pero resistí menos que ayer, y los síntomas fueron iguales. Aunque detesté al "Sin Cara", soporté más tiempo con él. De todas maneras, mañana Clara va a estar muy orgullosa de mí.

miércoles, 11 de julio de 2012




Esperé a la hora del almuerzo para evitar cruzarme con Florindo, pero terminé encontrándome con el tarado del vecino. Me sentía como Harriet la espía. Antes de salir me había preparado el morral con los bártulos necesarios: un reloj con cronómetro, una libretita y el celular. Bajé fugazmente los nueve pisos por escalera y me cercioré de que el portero no estuviese vegetando en su despacho; yo tenía razón, Florindo, estaba "torrando" con Susana. Y salí a la calle.
Clara me había dicho que no era necesario que me alejara del edificio, por eso, me quedé en la entrada de garage, cerca de la columna. Al principio me sentía bien, inclusive, estaba contenta de ver a la gente pasear. Hasta que me empecé a sentir  mal. De todas maneras hice un esfuerzo y me estacioné en mi lugar. También anoté lo que iba sintiendo en las hojas del block. 
El cronómetro marcaba que sólo habían pasado ocho minutos, cuando lo vi llegar, caminando de la mano izquierda de la vereda. Podría haber entrado, pero estaba empecinada en terminar el ejercicio. Faltando menos de cincuenta metros, me escondí. Mientras lo veía avanzar yo giraba, como un pollo al spiedo, tras la columna. Por el reflejo de la puerta lo vi sacando sus llaves. Y me abordó:
 -¿No te gustaron los gatos?
Lo aborrecí. Me había visto y sin embargo, me hizo girar como una calesita alrededor del pedazo de mármol. No tenía intenciones de intercambiar ni dos palabras, así que me quedé leyendo lo que había escrito para Clara. Pero "El Sin Cara", insistente, se me acercó por el costado. Malhumorada le contesté:
 -¿Perdón?
 - El felpudo. ¿Te sentís bien?, estás pálida. Muy blanca. 
Yo sabía que sí. Pero como su sonrisa y su reafirmación constante me hacían acordar al detestable de Gianola  en la  prueba de la blancura, le puse cara de nada y lo ignoré. No me había dado cuenta que llevaba una guitarra colgada al hombro, hasta que la apoyó sobre la columna e intentó abrazarme por la cintura. Me quería arrastrar contra mi voluntad hasta el interior del edificio. Su actitud me desquició. Yo tenía que quedarme. Y me defendí: le azoté las dos manos, como un Critter recientemente vacunado con el block de hojas mientras que al mismo tiempo vociferaba, a los cuatro vientos, la palabra desubicado.
El "Sin Cara", tomó su  guitarra, me miró fijamente unos segundos, agitó el juego de llaves dentro de su mano y volvió a la puerta. Antes de cerrar me dijo:
- Sos una desagradecida nena.
Tenía razón. Pero cada vez que pienso lo asquerosamente simpático y solidario que es me dan arcadas. 

martes, 10 de julio de 2012



Martín me acaba de llamar. Viene mañana a la noche, después de “nuestros trabajos”, con un vino y una película.  Se ofreció a pasarme a buscar por la productora, pero me negué. Tengo pánico de que no me haga caso. Me estoy arrepintiendo de todo.


Todo me pareció muy raro. Me había preparado mentalmente desde muy temprano. El viernes tengo intenciones de sorprender a Clara, y mostrarle mi arrepentimiento, completando los ejercicios que vengo postergando. Entonces, al mediodía, bajé muy bien predispuesta los nueve pisos por escalera. Pero, atravesando el pasillo, encontré que en la puerta de entrada del lado de afuera, estaba Olga sosteniéndole el escobillón a Florindo, y a su vez encontré que Florindo le estaba cargando las bolsas a Olga. A todo esto Olga se meneaba por la risa, como un Puching Ball borracho, mientras que Florindo abría y cerraba la boca exageradamente, como un Pacman después de una sobredosis de fantasmas. No pude ver nada más, porque abrieron la puerta de entrada y yo, nerviosa, subí disparada por la escalera. Luego de diez minutos tocó la puerta, la saludé y no le dije nada. Pero sé que algo anda mal: desde el baño podía escuchar que, mientras acomodaba en el freezer lo que había traído, entonaba empalagosamente “No sé tú”.

lunes, 9 de julio de 2012


Fue la tarde más terrible y deprimente de la historia. Si hubiesen pasado por la televisión el Tate Show o Lunes Bus, no me hubiera podido risistir a hacerme el harakiri con el sable del Libertador. Pero afortunadamente la respuesta vía Facebook que recibí de Nicolás, hace unas horas, me estampó una sonrisa que hasta ahora no puedo borrarme de la cara. 

Hoy a la mañana vino Laura, para explotarme clandestinamente con los “últimos arreglitos" del disfraz de Luqui; pero como tiene menos costura que los pajarracos de Utilísima, tuve que empezar completamente de cero su antigua confección. En consecuencia nos pasamos toda la mañana, divertidísimas, probándole al Simón Bolívar enano, su pequeñísimo traje de prócer: mañana los alumnitos del 1er y 2do grado del colegio Normal° 8, serán los encargados de representar un hermosísimo acto en conmemoración del día de la Independencia.
Lo más lógico hubiese sido que Laura actuara como una persona normal, pero me pareció que todavía estaba indignada con la mala experiencia que había tenido el año pasado cuando tuvo que  devolver el disfraz que había alquilado; los dueños le cobraron una multa, superior a tres días de alquiler, por colorear el esmoquin con cuatro manchas marrones de palito bombón helado. Por este trauma no resuelto crucificó todo su fin de semana: desde el día que compró el rollo de paño azul en la calle Azcuénaga lo viene paseando por toda la ciudad, sobresaliendo del baúl auto, como un cuarto pasajero. 
Cuando estábamos cociendo las hombreras no pudo con la culpa y se largó a llorar. Entre sollozos me reveló un gran secreto: hace tres semanas esperó a Teresita, la maestra de Luqui, en la puerta del colegio con la intención de manifestar su disconformidad por el papel de vendedor de velas que originalmente le había tocado a su hijo. Ante el pedido, la maestra, se negó rotundamente y le recriminó lo sucedido el año pasado, cuando "el depravado ser" le había arrancado el disfraz de papel crep a cada una de las nenas que actuaban como flores en "El Principito", para verles las bombachas. Finalmente después de discutir un largo rato en plena vía pública, Laura, la amenazó con exponer el romance que estaba teniendo con José, el director de la institución. Y Teresita cedió el papel de bolo venezolano. Lo que no negoció de ninguna manera fue un rol protágonico nacional. De todas maneras Laura lo aceptó chocha.

Y la frutilla rojiza, gigante y verdosa del postre: Nicolás me pidió disculpas por no contestarme los mensajes. Me dijo que tuvo unos días espantosos. Pude deducir, por algunas frases en su muro, que "tuvo problemas del corazón". También me dijo que yo le parecía muy linda (cada vez que lo leo resucito: morí millones de veces) y que le encanta saber que, por lo menos, estamos más cerca que los otros miembros del foro. Un divino. Traté de hacerme la interesante, pero le contesté a los cinco minutos.

domingo, 8 de julio de 2012


Como no sé nada de Martín desde el jueves, por un momento, imaginé que el de las sorpresitas había sido él. Hoy a la tarde, cuando le abrí la puerta a mi mamá, me encontré con tres regalos: el primero era un felpudo enrollado color bordó adornado con las siluetas de  tres gatos negros. El segundo era el diario del día de hoy, y el tercero, estaba en un estuche gris que se abría, desde el costado,  con la ayuda de un cierre de plástico. Mientras intentaba abrirlo, mi mamá, chorreaba su incontenida curiosidad sobre mi hombro, al mismo tiempo que me ametrallaba con sus típicas preguntas infantiles. No paró hasta que desenfundé el contenido y se lo dejé ver: adentro había una linterna aparatosamente amarilla cargada con dos baterias. Y temí lo peor. No sé si "El Sin Cara" del "B" me está chantajeando, (porque si dejó el diario quiere decir que, en algún momento, vió a Capitán raptarle los diarios a "Locos Vargas" del "A"), o simplemente quiso "disculparse", con un gesto amable, por el espectáculo que armamos ayer a la noche. Igual no pienso arruinar la entrada con ese felpudo de vieja con ruleros.

sábado, 7 de julio de 2012



Volvió la luz. Pero cada vez que me acuerdo de cómo le incrusté el láser de metal en el medio de la frente al pobre hombre, me quiero morir.
Tenía la sensación de que el corte había sido premeditado porque, desde el balcón, podía comprobar como la avenida San Juan se alzaba, en todas sus direcciones, desafiantemente radiactiva. Incluso, en comparación con otros días, las calles parecían estar mucho más iluminadas que las avenidas del Time Square. Desde la ventana de mi cuarto también podía ver que, casualmente, el único departamento que estaba iluminado era el del portero. 
Después de dos horas de estar sin luz, por más que lo intentaba, no podía olvidarme del episodio que había visto, hacía dos noches, en el canal Infinito: unos especialistas en cuestiones paranormales visitaban, con unos aparatosos Kohinoors sujetos a sus espaldas, casas “embrujadas” con la intención de "aspirar" los supuestos espíritus malignos que las rondaban. A todo esto Capitán tampoco ayudaba. Me exasperaba sentirlo desplazarse, como una boa constrictora, entre mis piernas. Lo que yo necesitaba era un perro lazarillo que no me hiciera sobresaltar con el roce de su cola; si hubiese tenido un paquete de velas, se las hubiera clavado una por una dentro de su pequeño hocico hasta convertirlo en el reno Rodolfo. 
La situación me estaba superando, y preferí acostarme.  Me daba miedo hasta mi propia habitación. No podía dejar de imaginar que, después de muerta, iba a volver a este mundo con el cuerpo de un reproductor DVD, porque aunque no hubiese electricidad intuía que los artefactos tenían vida, y que además, tenían un lenguaje basado en crujidos. 
Estaba desbordada. Quise llamar a Maxi para suplicarle que viniera a rescatarme, pero mi celular se apagó en el primer intento. Y me cansé. Salté de la cama con la idea de desbaratar el plan maléfico de Florindo: yo sabía que estaba en alguna parte del edificio complotando contra los  tapones de la caja de luz. Quería un arreglo inmediato. Me abastecí con lo único que tenía a mano, y salí decidida al ataque apuntando el láser metálico que Martín había colgado en sus llaves, hacia ya bastantes años. 
El edificio además de encontrarse muy oscuro estaba demasiado revuelto: se escuchaban gritos, chirridos de sillas y hasta me pareció oír, dos pisos más abajo, que alguien batía enérgicamente un cubilete. Estaba subiendo sigilosamente la escalera para llegar al departamento de Florindo, cuando escuché que alguien estaba subiendo a mi piso. Se me erizó el alma oír unos pies arrastrándose sobre el descanso de la escalera. Y me detuve. No se sintió nada más. Pero unos segundos después percibí una respiración agitada y entrecortada. El sonido iba en aumento. Me temblaba hasta el lóbulo de la oreja. Alguien, que tampoco veía nada, se estaba acercando. Sentía rozar sus ropas contra la pared. Entonces, nerviosa, apunté el láser contra la oscuridad, y tuve la muy mala suerte de embocar la luz roja en la córnea del ojo del “Sin Cara” del "B"; en consecuencia, "El Sin Cara", pegó un grito espantoso. Como yo estaba aturdida y asustada, acompañé su grito con mi grito. Pero lo peor fue que, liberando la angustia contenida que tenía, le lancé el láser de metal en el medio de la frente. Me pareció que acerté porque, inmediatamente pegó un alarido más fuerte que el anterior. Lo dejé solo en la oscuridad. 

viernes, 6 de julio de 2012



Sustituí con tareas estúpidas la responsabilidad más importante que tenía  en el día. Y cuando maduré, fue tarde. 
Mi casa se había convertido en una feria americana; me pasé toda la mañana desmantelando pantalones, camperas y pulloveres de estación de las múltiples bolsas de consorcio y también, detectando como en un Buscaminas, todas las pequeña bolitas de naftalina que había plantado dentro de cada uno de los bolsillos. Como estaba de buen humor me probé algunas prendas. Inclusive hasta usé a Capitán como espectador del mini desfile que monté. Y estaba divina. Pero a medida que fue avanzando la tarde, mis ganas de hacer la gran Edipo fueron en aumento; no podía soportar ver, como las agujas del reloj avanzaban tan descaradamente. Quería arrancarme los ojos y usarlos de repuesto para el mouse. Al rato, tanto mi imagen como mi actitud eran lamentables: me había puesto un gorro con pompón a rayas y además, había desperdiciado tres cuartos de hora en disfrutar, a través de la ventanilla del lavarropas, la fantástica tanda de ropa negra danzar bajo el agua. Realmente lo había decidido; no tenía intenciones de ir a la sesión. Pero no podía dejar de imaginar a Clara, esperándome recostada, cruzada de piernas en el sillón con la mirada hippie perdida entre las copas calvas de los árboles, que intentaban tapar con buena voluntad la entristecida vista que ofrecía la autopista. 
Veinte minutos después, mientras le cepillaba el lomo a Capitán, entendí que  me estaba comportando como la típica nena caprichosa, que sublima sus infantiles emociones con el pelo de su raquítica Barbie. Y tomé consciencia.  Eran las 19 pm, pero igual quería encontrarla y pedirle disculpas. Llegué a su departamento con la intención de entregarle mi corazón, pero me abrió Miriam. Cuando nos saludamos estuve a tan sólo un nombre de llamarla Vilma: estaba más enana que la semana pasada y su pelo con corte casquito, junto con la montura cuadrada de sus anteojos, inevitablemente, me hicieron acordar a la nerd de Scooby-Doo. Por otra parte, Miriam, no podía dejar de mirarme el pompón caído. Finalmente me confirmó lo peor: Clara se sentía terriblemente angustiada con mi caso. Me dijo que como hoy había intuído que no iba a venir a tiempo, le había hecho cancelar el turno con su paciente posterior.
Su confesión me desarmó. Me puse a llorar  en la puerta del consultorio, y Vilma me abrazó.


jueves, 5 de julio de 2012


No esperaba ninguna de sus visitas. Todo  pasó  muy rápido, de manera irreal e impredecible. Estuve desde las 11 am hasta las 19 pm recostada de manera horizontal, sobre la superficie de mi cama, haciendo la plancha como un Flota Flota de segunda marca. Solamente me levanté tres veces: para cocinarme un revuelto gramajo con las sobras mohosas que hace días me daba pena tirar, para rescatar, del hocico de Capitán, el moñito rosa que le desmenuzó a una de mis pantuflas originales de la tienda de Kitty y por último para chequear los mensajes privados que, Nicolás, nunca respondió. Hasta que sonó el timbre. Si hubiese sabido que era él, antes de atender, me hubiera lijado las dos manos con las ranuras del palo para amasar ñoquis, hasta dejarlas pendiendo inertes de cada articulación. Apenas levanté el auricular y escuché la voz de Martín, sentí que el corazón me iba a explotar. Al mismo tiempo que pensaba una excusa coherente para no dejarlo pasar, a lo lejos, oía los alaridos agudos de Florindo que muy campechanamente lo saludaba una y otra vez. Como de repente dejé de escuchar sus voces, corrí a salvar mi dignidad de la única manera que se me ocurrió: parecer salida de la ducha; terminé remojándome el pelo en la bacha de la cocina y arremolinándome una toalla, como un turbante aladinesco, sobre el pelo. En los cuatro minutos que duró su viaje ni siquiera tuve tiempo a cambiarme la remera de E.T negra y de mangas largas que me bamboleaba, como una sotana, hasta las rodillas. Se me desinfló el corazón cuando tocó la puerta con nuestra clave: tres golpecitos seguidos con el ritmo del Cha Cha Chá. Le abrí la puerta y me morí: estaba hecho un harapo. Tenía el pelo más claro y se le estaban asomando sus primeras canas. También se había dejado crecer un poco más la barba. Nos miramos y nos abrazamos. Mientras acariciaba a Capitán y le mostraba su nuevo juguete, “La Coca Chillona”, (es igual al otro pero en rosa), huí a la cocina a vaciar del filtro de la cafetera Volturno, la borra petrificada y también, a ocultar la inestable torre de platos que hace días vengo apilando exitosamente a modo de Jenga. Cuando le alcancé el café embarró todo:
  - Estás hermosa.
Él sabía que no era así; porque yo no podía dejar de ocultar con la taza la cara descascarada del extraterreste ochentoso que llevaba plastificada en el pecho. Y siguió:
  - Te extrañaba. Hace tiempo que quería saber cómo estabas.
Mientras me hablaba, no podía dejar de mirar su sonrisa. Ni tampoco podía evitar seguir los movimientos de su mano; se rascaba la pera de la misma manera exagerada que siempre. Nos sentamos en el sillón y encendí un sahumerio. La conversación había llegado al mismo tono familiar que ambos conocíamos. Nos quedamos en silencio mirando por el balcón. Disimuladamente o no tanto, Martín, intentaba acercarse cada vez más a mí. Pero evitamos el error. Afortunadamente sonó el timbre. Me levanté de un saltito y me fugué a la cocina. Le habilité el portero a Maxi y subió directamente. Cuando se vieron, se fulminaron con la mirada. Martín se puso la campera y se despidió.  Después de que Maxi me taladrara la cabeza con un interminable discurso en contra de Martín, me terminó confesando el motivo de su visita: como el quince de Julio se le vence el contrato de alquiler, y en este momento no puede renovarlo, fantaseó con que sería una buena idea venirse a vivir conmigo. Para reforzar su plan, sacó un papel doblado en ocho partes, tratando de convencerme con los pros de la propuesta. Le dije que lo iba a pensar. Pero la verdad, en este momento de mi vida, lo que menos necesito es un Homo Erectus que se pasee desnudo y se amase el bóxer en cada ambiente de mi casa. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Le mandé un mensaje. Pero sólo le hablé del foro. Me muero de los nervios.
Creo que estoy obsesionada. Ayer le pedí a Margarita, la señora de Misiones, que me averiguara el apellido de Nicolás. Hoy a la mañana le mandé la solicitud, y recién, me acaba de agregar. No puedo despegarme de su muro. Y tampoco puedo parar de retorcerme de los celos: tiene un club de fans. Particularmente hay dos que me irritan más que el resto; una se llama Romi y le satura el muro con poemas de Cortázar, y la otra se llama Lucrecia y lo salpica con emoticones empalagosos. No aguanto más. Estoy a un click de enviarle un mensaje pidiéndole que se case conmigo. Y a dos de pedirle que tengamos trillizos. 

martes, 3 de julio de 2012


Empezamos mal y terminamos un poco mejor. Olga llegó 45 minutos tarde hecha un equeco. Estaba casi a punto de reventar.  Solamente me bastó con que asomara su regordeta cara para volver, otra vez, a desequilibrar mi escasa paz mental. Apenas entró, tackleó todo lo que encontró; me daba la impresión de que mi casa se había transformado en un arcade con escalas reales: Olga era una bola de pinball humana que, a medida que avanzaba con su fisonomía de mamushka, rebotaba y se anudaba, con su holgado cuerpo y las cinco bolsas que acarreaba, sobre todos los muebles que había a su alrededor. Después de deshacerse de toda la mercadería, con la que mi mamá la rebalsó, intentó hacer las paces con mi pobre perro. Sinceramente presentí que algo iba a pasar; porque en el mismo instante que la vio, Capitán, con la cola entre las patas, corrió a ocultarse bajo la mesa. Como se negó a ser seducido por una mísera migaja recortada de uno de los sandwichitos de cantimpalo, finalmente confrontaron. Mientras Capitán mordisqueaba, con los ojos desorbitados, al "Coco Chillón"; Olga reptaba lentamente en el piso, limpiando con su flácida papada todas las pelusas que sobrevolaban, para irse acercando de a poco a la fiera. Me dio la impresión de que su cara de fascinación debía ser como la de una loba en celo. Cuando Capitán volvió nuevamente a rechazar el pan; Olga no tuvo mejor idea que arrastrarlo de una pata. La reacción fue inesperada: Capitán terminó incrustándole los dientes en el dedo índice, medio y anular, de la mano derecha.
Afortunadamente los sandwichitos que me trajo lograron hacerla olvidar, momentáneamente, de la creciente hinchazón: mientras masticaba me encargué de ocultarle cada flamante salchicha alemana bajo unas vendas exageradas. Me parece que no siente ninguno de sus tres dedos, porque cuando terminó  de comer, inmediatamente, me ofreció sacar a pasear a Capitán por la plaza Martín Fierro.  

lunes, 2 de julio de 2012

Mi mamá accedió a aumentarle el sueldo a Olga. Vuelve mañana. Me dijo que me va a traer sus famosos sandwichitos de cantimpalo.

Ayer me encajaron al muñeco maldito. El domingo por la madrugada el tío de Franco, Francisco, falleció y Laura, me llamó ayer a la mañana indecisa; no quería llevar a Luqui al velatorio porque tenía miedo de que se repitiera el papelón de la última vez: en un feroz accidente había muerto un subsecretario del juzgado en el que ella estaba trabajando, y como nadie estaba disponible para cuidarlo, no tuvo otra opción más que arrastrarlo con ella. Antes de que llevaran el cuerpo del pobre hombre al cementerio, la gente se amontonó cerca del cajón para despedirlo. Luqui, entusiasmado, se soltó de la mano de Laura para apiñarse junto a la muchedumbre desconocida. Parece que el maquillador no tuvo en consideración el escaso pelo ralo y pelirrojo del subsecretario, y tampoco el efecto que podría llegar a tener, sobre su piel transparente, el exceso de colorete rojo en los pómulos; porque fascinado, desde la distancia, Luqui, le gritó: ¡Mirá mamá,  hay un payaso muerto! 
Luqui, la semilla del diablo, llegó a las 8 am. El intercambio de bienes fue breve: Laura lo despachó en la puerta junto con una bolsa llena de provisiones, un cronograma de juegos impresos, y también con un bolso repleto de porquerías taiwanesas. Como era temprano, nos fuimos a dormir. 
A la hora,  desde mi cuarto, lo podía escuchar revolotear como un conejo Duracell por toda la casa. Traté de hacer oídos sordos, pero los alaridos perrunos me alarmaron. Llegué justo a tiempo; Capitán estaba a punto de almorzarse  un niño envuelto. Encontré a Luqui, clavándole al desvencijado Capitán, una especie de telaraña puntiaguda que se asomaba, amenazante, por la panza de su Spider Man. Le preparé unos pochoclos y nos pusimos a mirar el Rey León. Realmente estoy muy preocupada acerca de la moral de mi pequeño ahijado; me espantó ver como se reía de la orfandad del leoncito Simba y como aplaudía compulsivamente, en los momentos más trágicos de la película, con sus pequeñas manitos endiabladas. 
Más tarde, como yo tenía que terminar de retocar unas imágenes para enviárselas a Rodrigo, mi compañero de trabajo, lo dejé en el living mirando el final solo. Misteriosamente veinte minutos después, Luqui, había dejado de aplaudir. Cuando lo encontré, estaba en el balcón empollando un puñado de broches en la mano, almacenados para ser usados como proyectiles y esperando para ser disparados en las cabezas de los transeúntes. 
Después de siete horas estaba extenuada. La lista de Laura era poco creativa, así que, me solidaricé y le ofrecí a Luqui, mis revistas de colección Billiken. La idea era que recortara algunas imágenes y me armara algo lindo para que yo pudiera colgarlo en la puerta de la heladera, pero me había olvidado que también, en esa caja guardaba algunas fotos.  Cuando me vino a mostrar lo que había hecho estuve a punto de estirarle su nariz respingadita hasta las nubes; sobre una hoja blanca había trazado, con crayón marrón, una especie de hormiguero y alrededor, había pegado varias calcomanías de hormigas. Lo terrible de todo esto es que, sobre el cuerpo de cada una de ellas, estaban pegadas las caras en miniatura de Laura, Franco, Maxi, Martín, el hermano de Franco, mis hermanos y mías. Como Luqui no paraba de reírse de su obra de arte, preferí torturarlo: le hice ver media hora de IT, el payaso maldito. La película lo dejó fuera de juego; mientras esperaba que lo trasladaran a su domicilio se quedó dormido en mi cuarto, con la luz encendida, abrazando a  su Spider Man genocida. 

sábado, 30 de junio de 2012


    En este momento me gustaría ahuecarme la sien con un Tramontina, para luego poder triturar sistemáticamente con la ayuda de un Minipimer todas las imágenes que se empeñan en acosar, de a ratos, a mi pobre cabeza. Ayer pasé todo el mediodía hablando con Margarita (la señora de Misiones); realmente nos caímos bien. Demasiado bien; tanto que hasta me dejé entretener con los íntimos detalles de la vida de su vaca. También me facilitó unos consejos prácticos para obtener, en cualquier circunstancia, un ordeñe exitoso. Cuando estaba a punto de revelarme el famoso tip secreto para poder alcanzar el punto máximo de densidad, en el laborioso proceso de la manteca, caí en cuenta que eran las 16 hs y que había olvidado la sesión con Clara. Bajé maratónicamente los cinco pisos por la escalera. Toqué la puerta del consultorio y me abrió una señora bajita, rechoncha y cabezona; tenía un corte casquito aireado tras la nuca: era un Pinypon. Se presentó como Miriam, la asistente de Clara.  Me acompañó por el pasillo y luego volvió a su despacho.  Clara estaba esperándome sentada. Tuve que ocultar, con mucho esfuerzo, la mueca reprobatoria que me producía su nueva apariencia:  parecía una escoba electrocutada luego de una  fuerte sobredosis de smog. Su maraña rubia había mutado al negro azabache. Seguramente no estaba satisfecha con el resultado, porque había decorado el matorral con unas torzadas prolijamente amordazadas con unos ganchitos nacarados. La vestimenta tampoco cooperaba; tenía un pantalón negro Oxford y sobre los hombros le colgaba un chal, del mismo tono, que llegaba a cubrirle el largo de sus brazos. Era La Condesa Clácula: las paletas asesinas que se le incrustaban en el labio inferior y el cuero cabelludo que se le asomaba por los recovecos descubiertos, tenían la misma tonalidad que la de un papel secante virgen; por eso, no me hubiese extrañado que, en algún momento, se le escapara un chillidito agudo, o que súbitamente extendiera horizontalmente las puntas del chal para fugarse por el ventanal. De todas maneras parecía estar contenta. Clara me sonreía. Después de diez minutos de sesión abordó el tema: 
 - Contame, ¿cómo fueron las prácticas?
Por el ventanal podía ver como de la autopista 25 de Mayo se asomaba una neblina inspiradora; hubiese deseado que unas manos brumosas se filtraran por las rendijas para secuestrarla del sillón. 
 - No las hice.
Clara me miraba fijamente.
 -¿Por qué no?
 - Pasaron cosas que..
 - Tuviste desde el sábado hasta hoy, que es viernes.
Su tono severo me malhumoro. Tenía ganas de plantarme unos colmillos postizos de cotillón para despedazarle a mordiscones cada una de sus torzadas recauchutadas; y más cuando me dijo:
 -¿Te acordás cuando hablamos de tu deseo?, ¿realmente estás 
      queriendo avanzar? ¿O será que estás empezando a sentirte 
      cómoda con esta situación?         
    Y salté de mi asiento dando un respingo.
     - No me gusta tu tono. Te estaba contando lo que pasó. No 
   me estoy justificando, ni tampoco me estoy escondiendo.
     - Fernanda, en ningún momento dije que te estuvieses justificando o 
       escondiendo.
    La detesté. No podía evitar que sus palabras se fundieran en mi mente con
    la imagen sonriente de mi mamá sorbiendo un té de frutos rojos.
     -¿Sabes qué, Fer?, me parece que hoy no es un buen día para que    
       sigamos...
    Finalmente se me escapó:
     -¿Sabes qué? Tenés el pelo hecho mierda.
   Cada vez que me acuerdo de sus ojos lacrimosos llenos de decepción, me dan ganas de arrastrarme hasta el balcón y refregarme los desperdicios de Capitán en la cara.                                                                                     





viernes, 29 de junio de 2012

Huí del departamento de Clara. Salí hecha un torbellino poseído; inclusive, casi me quedo con su picaporte en la mano. Pero ahora se me escapa un mar de lágrimas por todos los orificios. Soy un colador humano. Está bien, en algunas cuestiones Clara tenía toda la razón. Yo no cumplí con lo pautado. Pero de todas maneras no era necesario tanta crudeza. Sus palabras aterrizaron en mi cara como bolas sangrantes de carne picada. No sé si quiero verla otra vez.

   

jueves, 28 de junio de 2012


Maxi vino de sorpresa. Llegó arrastrando una olla cargada con podredumbre que, al destaparla, dejó escapar una fragancia a guiso de malas noticias que aplacaron la buena energía destilada por el sahumerio anaranjado con aroma a bergamota, que había enterrado en la maceta del living. 
A pesar de que todavía estaba enojada con él, cuando se dejó caer como una piltrafa en el sillón no pude evitar sentir ternura; parecía un enano de jardín perdido en un sommier king. Mientras batía olímpicamente dos pocillos con café instantáneo, lo dejé acompañado con su silencio dramático, y con los cuadraditos milagrosos de Terrabusi: después de tragarse tres Titas de un tirón pudo contarme que el sábado iba a ser su último día de trabajo. 
A medida que desenmarañaba toda la historia, yo no podía dejar de imaginarme la cara sonriente de Quique Estevanez. Al parecer, Marcelo, el jefe de Maxi, confirmó sus teorías silenciosas y encontró una excusa tarada para deshacerse de él. Hacía meses que pensaba que su mujer, Bárbara  (también es dueña), tenía un interés especial por Maxi, el mejor empleado. Si bien todos podían convivir con esta situación, la actitud chiquilina de Bárbara se acentúo cuando apareció en escena una clienta con actitudes mucho más psicópatas que las de ella. Maxi nos había comentado más de una vez, a Laura y a mí, que había una chica aparatosa que solamente frecuentaba la librería para verlo: se plantaba como un potus desinhibido en la vidriera; o lo espiaba por los huecos de las estanterías mientras hurgaba los libros. 
Él había confirmado sus palabras un día de febrero: la clienta revolvió todo el local y terminó comprando un pilón de señaladores, impresos con las típicas frases romanticonas del día de los enamorados. Sospechosamente había olvidado una sobre la caja. 
Y explotó todo. Hace tres semanas, un martes o un miércoles a las nueve menos diez de la noche, estas dos mujeres se batieron a duelo: Bárbara y Maxi estaban cerrando la caja, pero la chica acosadora no tenía intenciones de moverse de la sección infantil, ni de tampoco dejar el libro de animales que utilizaba como escudo para fisgonear a Maxi. Bárbara, que ya la había intentado echar más de una vez, se le acercó y le pidió amablemente que se retirara. Como la chica acosadora no reaccionaba intentó despegarla por los brazos del banquito rosa en el que estaba sentada, pero la acosadora, sorprendida y enfurecida, le revoleó  un pequeño Gaturro ilustrado que encontró a mano y terminó estampándole el vértice puntiagudo del libro en el medio de la frente. Para defenderse, Bárbara, la agarró de las mechas. Ninguno de los dos tenían intenciones de revelar el incidente a Marcelo, pero a ella le había quedado como evidencia una cicatriz similar a la de Harry Potter, y además, el empleado del depósito (que fue el que salvó a la fisgona de las garras de Bárbara), ventiló maliciosamente todo lo que había pasado. Dos días después, Marcelo, lo sorprendió con un preaviso. 
Ahora entiendo todo el malhumor y toda la angustia de Maxi. Tenía esperanzas, mientras se cumplía la fecha, de encontrar otro trabajo. 

DÍA 4. NOTAS PARA CLARA.
Estaba a punto de salir pero justo llegó Maxi. Preferí quedarme con él. Hubiese sido muy egoísta de mi parte dejarlo solo para irme a hacer mis cosas. 





miércoles, 27 de junio de 2012

Hace un rato mi hermana me envió un e-mail con un listado de foros y de páginas que abordan la problemática de las fobias; incluyendo la agorafobia.
Después de dudar un buen rato, me terminé registrando en una página argentina. Además de encontrar información, experiencias y comentarios, también me obsesioné con cuatro participantes del sitio: la primera es una mujer grande que vive en Misiones y que, ya hace ocho años, se encuentra amotinada en su casa. Parece ser que, hasta el momento, la única solución que encontró para su enfermedad fue comprarse una vaca y montarse una huerta en el jardín trasero. Igual, por las imágenes que subió a la página, me dio la impresión de que debe ser una señora feliz: en la foto de perfil, se la ve recolectando unos tomatitos Cherry, y cargando una canastita de mimbre bien paqueta. 
Los otros dos que me interesaron, son pareja: una chica y un chico (tendrán treinta años), que viven juntos en un monoambiente ubicado en Miramar. Por lo que pude entender, a través de sus comentarios y de sus fotos en común, es que además de compartir la misma caja de zapatos, también comparten el mismo trastorno y al mismo dalmata confinado. 
Y el cuarto es divino: es un chico precioso que se llama Nicolás, que tiene 28 años y es de Virgo. Me parece que es profesor de historia. 
Hace dos días, la señora de Misiones, le dio la bienvenida al foro y él le contestó que "se sentía muy identificado con todo el grupo y que estaba muy agradecido". ¡Me muero!, por un chico así, ahora mismo me arrastraría sobre las rodillas hasta llegar al Aconcagua.

DÍA 3. NOTAS PARA CLARA.
Esperé hasta las doce del mediodía porque sabía que iba a encontrar el hall despejado. Pero cuando llegó la hora del almuerzo, preferí  posponer el ejercicio hasta la hora de la siesta. Y cuando llegó la hora de la siesta decidí pasarlo a la hora de la cena. Pero ahora no puedo. Estoy acá, espiando al chico del foro. Sí o sí mañana salgo.