martes, 24 de julio de 2012


Estoy segura de que el "Sin Cara" del "B" engaña a la rubia espantapájaros con una gótica depresiva fanática de Tim Burton. Lo descubrí después de que Maxi y yo nos despidiéramos en el hall, y antes de que terminara el ejercicio. Apenas bajamos me apareció, en todo el cuerpo, una erupción que no me dejaba caminar. Mientras me frotaba la espalda con las paredes del hall, decidía a dónde me convenía ir. Preferí acortar el camino. Sin pasar por ninguna esquina, atravesé directamente la avenida hasta llegar a el Centro Islamita ubicado justo enfrente de mi edificio. Me instalé cerca de las escaleras, y al instante, desperté la atención de un policía que estaba montando guardia escondido tras la puerta. Evidentemente, para sus ojos estereotipados, yo era alguna clase de sospechosa. Pero solamente tenía frío: estaba envuelta con un poncho de polar negro. Había usado la capucha para cubrirme el pelo y la cabeza. Me parece que el problema fue la bufanda; había tanto viento que necesité momificarme el cincuenta por ciento de la cara, sobrepasando incluso la altura de la nariz. Como quería dejar de llamar la atención, disimulaba mi sarna nerviosa rascándome con el block de notas. Aunque estaba de espaldas a él, lo escuché bajar y subir las escaleras, dubitativo, más de una vez. Hasta que tomó coraje:
 - Le pido que se corra. Por precaución nadie puede  pararse  delante
    de este edificio.
Tenía ganas de improvisar el sonido de un monótono tic-tac, y un estallido exagerado, pero solamente me descorrí la bufanda de la boca, le pedí disculpas y me alejé. 
Como estaba decidida a completar el ejercicio, caminé treinta metros. Terminé estacionándome en el supermercado chino "Huang Lee". Cronometré cuatro minutos, ocho minutos y quince minutos. A los veinte minutos, el malestar estaba cobrando otra intensidad. Quería volverme. Ya esperando a cruzar la calle alcancé a ver, a unos metros del edificio, a una chica pálida y alta, parada junto a "El Sin Cara" del "B". Me distraje esquivando a un Ford rojo, y me perdí la despedida. Cuando volví a enfocarlos, los encontré caminando hacia lados opuestos.

lunes, 23 de julio de 2012


Si vuelve a pasar lo mismo, Olga y yo, vamos a tener que hablar muy seriamente. Su actitud irresponsable me dejó paralizada durante toda la mañana y gran parte de la tarde. Si salía presentía dos cosas: que apenas me asomara sobre la Avenida San Juan, Olga, iba a aparecer para arruinarme el ejercicio, y que si Maxi llegaba antes que yo, seguramente iba a encontrar a Capitán con algún cachivache suyo dentro del hocico; o lo iba a encontrar revolcándose sobre su acolchado de los Thundercats. Después de esperarla por más de tres horas, me quedé dormida en el sillón. Me desperté por unos bufidos de hipopótamo malhumorado que llegaban desde la cocina. Maxi estaba hecho un rollo de papel mojado; no le había ido bien en la entrevista de trabajo que tenía, y también protestaba porque las neuronas no le alcanzaban ni para abrir una lata de paté. Intenté llamar a Olga para combinar nuevamente el paseo de Capitán, pero su celular estaba apagado. La que no lo tenía apagado era mi mamá, que me llamó para poner a prueba la elasticidad de sus cuerdas vocales; porque impostando la voz, como una periodista de noti-drama del mediodía, me comentó que Olga no antendía el celular desde la mañana y que Gisella, su hija, estaba preocupada porque Olga se había comprometido a acompañarla a la tercera ecografía, y no tenía idea en dónde debían encontrarse. Antes de que mi mamá nos delegara a cada una de nosotras la tarea de empapelar la ciudad con su cara de galleta, junto con la inscripción “Missing Olga”, preferí no contribuir a sus teorías descabelladas y le mentí. Le dije que Olga 
me había llamado para confirmar que iba a pasar, pero que se había retrasado con unos trámites. Cuando se calmó, la voz le cambió completamente y con un tonito amenazador me sorprendió con un ultimátum: como el próximo jueves es el cumpleaños de Pablo, mi hermano, y el viernes mi hermana vuelve de Salta, me pidió que intentara “mentalizarme para salir rapidito”, o que le encontrara la vuelta a “mis problemones”, porque no iba a poder soportar la idea de otro festejo cancelado por mi culpa. Le corté y corrí para atrancarme con un paquete de Titas y una flauta rellena con paté que me convidó Maxi. Cuando pensaba que el día ya había terminado, Olga tocó el timbre y subió. Sin decirme nada, dejó la cartera sobre el sillón, y se fue al baño para liberar, de las medias color piel incendio, sus dos morcillas vascas asfixiadas. Dos minutos después apareció con un jogging gris; se sentó  en el sillón del living y acomodó su cartera. Mientras emparejaba los diminutos tirabuzones de su pelo con una peineta de plástico, le susurré:
 - Mi mamá y tu hija no sabían dónde estabas...
Y cuando dije “dónde estabas”, abrí tanto los ojos que por un momento sentí que se me iban a desprender del cableado interno para quedar colgando en el aire. Pero de todas maneras, Olga, no dijo nada. Salió del living a los tropezones, intentando enlazar  a Capitán con la correa.

domingo, 22 de julio de 2012


Corté gancho con Maxi. Si Laura no hubiese venido a tiempo, además de un kilo y medio de papas también le hubiera escrachado la cara con la sartén.
Después de que dejamos a Sofía en lo de los Vargas, me pasé toda la tarde de ayer mensajeándome con la gente del foro, y también dedicándome a la tarea que me correspondía: controlar la carne al horno rellena que íbamos a cenar los tres por el día del amigo. 
Para mi sorpresa, dos horas antes de que Laura llegara completamente vencida por haberse ofrecido a animarle el cumpleaños a sus sobrinitos gemelos de Lanús, Nicolás, el chico que me maravilla, inició una conversación privada conmigo. De la emoción, la barra espaciadora se disparó como una jabalina a un metro de distancia del teclado. Ahora sé más de él. Me contó que su banda preferida es Pink Floyd, que no es profesor de historia sino que es profesor de geografía, que vive con un hermano ocho años menor que él, que le gustaría tener un perro Labrador color té con leche, y que su libro preferido es "Cien años de soledad". Sin detenerse demasiado me confío unos detalles menos felices: que su papá falleció hace tres años, y que tanto la agorafobia como los ataques de pánico, se le despertaron hace aproximadamente cuatro meses atrás. Traté de levantarle el ánimo; hablamos sobre los países que llegó a visitar. Para hacerme la interesante le mostré unas fotos que había tomado hace bastante, y que llegaron a ser impresas (con mucho esfuerzo) en algunas revistas provinciales. Planifiqué mostrarle las más interesantes hacia el final: una colección de fotografías que había expuesto hacía dos años en una galería de Corrientes, que intentaban reflejar la vida nocturna diaria en la ciudad. 
La conversación se estaba volviendo más íntima: lamentablemente me habló de sus problemas amorosos y de la relación bipolar que mantiene con Carola, la novia.  Quería anudarme las manos con el cable del mouse y evitar cualquier confesión disparatada. No sé por qué, pero le conté sobre la supuesta relación que todavía mantengo con el tarado de Martín. 
A la media hora, Maxi se empacó y se sentó en nuestro ciber colectivo,  porque quería encontrar en su computadora un paso a paso que explicara la cocción de las papas escrachadas. Pero en verdad se mordía los codos por saber de qué me reía;  tanto que su respiración afiebrada de secador de pelo hizo que me diera cuenta que lo tenía flotando como un lorito de pirata sobre uno de mis hombros. 
Después de caminar de la computadora a la cocina durante una hora; me gritó que las papas escrachadas se le estaban desintegrando por tercera vez. Pero yo estaba tan concentrada  en conquistar cibernéticamente a Nicolás, que no llegué a escuchar ninguno de sus lamentos. Hasta que de repente, el monitor se fundió a negro. Maxi estaba en el suelo comprimido como un bicho bolita, con el dedo del delito apoyado sobre la tecla naranja de la zapatilla. Antes de que alcanzara a revolearle algo, Laura tocó el timbre y Maxi se arrastró sobre sus rodillas hasta el portero. 
Terminé esculpiendo sus papas amorfas, e ignorándolo durante toda la cena. 


sábado, 21 de julio de 2012




Y ahora también tengo un orfanato. Eran las 23 hs y el griterío estaba en su punto más álgido, sin embargo, me parecía que el cancionero todavía iba a durar un largo rato.
Como Maxi había salido a tomar unas cervezas con unos amigos, y yo no estaba dispuesta a dejarme ensordecer ni un segundo más gratuitamente; me fui a recluir a mi habitación. 
El televisor estaba saturado por las líneas verdes fosforescentes del volumen, y ni siquiera el parloteo agudo de Mirtha Legrand en "Esposa último modelo", podían tapar lo que las paredes de cartón dejaban filtrar. La historieta era vieja: la nena de los Locos Vargas del "A", quería salir a festejar el día del amigo, y nuevamente sus familiares se lo estaban impidiendo. No quería ver la parte más triste de la historia: ella iba a terminar refregándose los mocos en el piso que  tenemos en común. Pero un gruñido de Capitán me despertó la curiosidad, y fui hasta la puerta para comprobar si ya había empezado la escena dramática. Todavía no. Se escuchaba la misma vocecita protestona, la misma negación y el mismo llanto; pero todo elevado a la octava potencia. Y ahí fue cuando vi salir al "Sin Cara" del "B", acompañado por una rubia artificial. Los dos se habían acercado hasta la puerta de Los Vargas y se reían juntos. "El Sin Cara" la tomaba por la cintura y le susurraba algo al oído. Esperaron el ascensor, y un minuto después bajaron. Volví a mi guarida un poco indignada; la misma persona que hacía un mes se había dejado golpear por el abuelo Vargas en la cara para defender a la pobre nena, ahora se reía de ella acompañada por un espantapájaros chueco. 
Aunque la película era una comedia, me sedó. De lo que pasó después me enteré cuando me levanté. Maxi estaba durmiendo en el sillón. Ni siquiera me pregunté por qué. Supuse que hasta una pila de diarios era más cómoda que su colchoneta baleada. Preparé el desayuno y cuando se despertó, casi le tiro el café con leche dentro de los bóxers, porque me dijo:
 -¿Se levantó Sofía?                                                                       
Era lo único que faltaba; que además de un menjunje de porquerías, me trajera a dormir a sus descerebradas "preciosuras" de una noche. Evidentemente mi cara mutó a algo horrible, porque enseguida se explicó:
 - La chica de enfrente, Fernanda. Era la una de la madrugada.
    Estaba llorando en el pasillo.
Media hora después, Sofía se levantó y la acompañamos en su desayuno. Me sorprendí. A pesar de que tiene rasgos infantiles y un cuerpo simpáticamente achicharrado, tiene quince años y está en tercer año del colegio. No habló mucho, estaba demasiado avergonzada por el alboroto de ayer a la noche; y los anteriores. Me dio mucha tristeza que siendo tan chica tuviera los ojos  hinchados por un llanto injusto. Terminó de comer y los dos la acompañamos al 9° "A". Maxi esperó a que entrara. Una vez que se alejó, pulió su costado diplomático y le susurró muy amablemente a la madre de la nena que si alguno de nosotros dos volvíamos a encontrar a Sofía en el pasillo, íbamos llamar a la policía. Se escabulló dentro de su casa y sin decir nada nos calló con un portazo. 

viernes, 20 de julio de 2012


Me escapé de mi mamá y de Olga por una hora, y me fui a la terapia con Clara. 
Maxi había planeado una huida desde la mañana, al barcito de la esquina de la Plaza Martín Fierro. Pero las visitas llegaron antes de que terminara de afeitarse. Con el paso de los años el ojo crítico y la lengua enroscada de mi mamá se volvió más insoportable, y menos soportable para todos los que tenemos el gusto de rodearla. Hoy como siempre, había sido asquerosamente evidente. Cuando le miró los jeans rotos y la camisa arrugada a Maxi, pudimos ver su intestino comprimido reflejársele en la cara. Sé que en el fondo lo detesta tanto como a Capitán: para ella, Maxi también es un “hippie roñoso con olor a Riachuelo”. Por primera vez en mucho tiempo, estaba contenta por poder salir del departamento. Ni siquiera me importó el acting de Florindo: lo encontré subido a un banquito, apoyado contra la pared. Estaba preparado para montar una pose de trabajo; porque apenas me vio apuntó la virulana chorreada con Odex, que sostenía en la mano, sobre la placa de bronce del noveno piso. Lo saludé y bajé. 
VilmaMiriam me recibió con una gran sonrisa y un cortado humeante. Esperé en el despacho hasta que Clara terminara de organizar sus cosas. Desde el living llegaba el ruido de un chapoteo insufrible. Hasta que me llamó: la Pastora Clara me esperaba sentada con la espalda exageradamente recta pegada al respaldo del sillón. Sobre los brazos extendidos de forma ancestral, caía su pelo de permanente teñido de color negro azabache. Cuando se levantó para correr las cortinas pude verla de cuerpo entero: llevaba unos pantalones de pana color beige y una blusa blanca bordada con unos girasoles grises. Lo más espeluznante de todo fue cuando me di cuenta que estaba descalza. Para evitar mirarle las uñas crecidas pintarrajeadas de verde y naranja, desvié la vista empecinada en descubrir el origen del sonido molesto. Y venía de una pequeña fuente patinada de color ocre que se apoyaba sobre la mesita redonda que Clara tenía a su izquierda. No sabía que era peor, porque de la fuente sobresalía un angelito exhibicionista que vomitaba agua burbujeante sobre un cuenco que sostenía entre sus manos. Clara debía estar mirándome porque me preguntó:
 -¿No es divina?
Le contesté con una mentira piadosa:
 - Es hermosa.
Y me costó caro:
 - Llévatela. Las hago yo, tengo cincuenta más.
Mientras le contaba acerca de la mudanza de Maxi, y mi último encuentro con Martín, Clara pescaba las gemas amarillas que flotaban en el interior de la fuente. 
Hablamos detenidamente sobre los ejercicios de estas dos últimas semanas. Cinco minutos antes de terminar, decidió que ya era tiempo de redoblar la apuesta. Me explicó que vamos a seguir trabajando con los espacios abiertos; y que también es necesario que de a poco me vaya desacostumbrando a “mi espacio seguro”. Ahora la verdadera misión va a consistir en poder trasladarme a la vereda de enfrente o hacia una esquina, intentando hacer exactamente lo mismo que las últimas semanas.
Antes de irme desconectó el cable que hacía funcionar el motorcito de agua. Cuando el ruido se detuvo, me quise morir. Me la estaba regalando de verdad.   
Cargué hasta el noveno piso un malhumor que pesaba más que los quince kilos de yeso que llevaban mis brazos. Estaba toda empapada, porque el ángel endemoniado me había salpicado toda la ropa con los restos de agua que seguía escupiendo por la boca. Cuando completé los cinco pisos, encontré al subnormal de Florindo husmeando los movimientos de mi departamento mientras barría el sector de los “Locos Vargas” del “A”. No me quería meter en sus travesuras románticas, pero me pareció mucho más sano exteriorizar lo que sentía con palabras, que revolearle un pedazo de yeso y abrirle la pelada:
 - Acá cosas raras no. Esperala en el hall.  

jueves, 19 de julio de 2012


Creo que Martín y yo, no vamos a volver a vernos. Después de lo que pasó ayer, tenía pensado quedarme escondida en la cama. Quería que el colchón se abriera en dos, me absorbiera hasta su interior y me asfixiara con una tormenta de plumas. Pero a mi cuarto llegó el olor a tostadas quemadas, y me acordé de que estaba conviviendo con Maxi. Salí de la habitación a los tumbos; en un microsegundo había imaginado que lo iba a encontrar danzando alrededor del primer foco de incendio de la temporada. Y yo estaba dispuesta a apagarlo con las inútiles bombachas que había juntado de la pila de ropa. Por suerte, solamente lo encontré untando cuatro tostadas de pan negro con manteca y mermelada. No lo podía creer. Dos eran para mí. Mientras me sentaba y lo mirada algo extrañada, me sirvió café y me alcanzó la azucarera. Sabía que no podía durar mucho tiempo:
 - Qué fea que sos a la mañana.
No le contesté. Hoy sí tenía razón. Durante toda la noche había llorado por el estúpido de Martín. Me levanté para reflejarme en el microondas y lo comprobé; tenía los ojos aglobados y alrededor de ellos, por tener la piel paspada, se me había formado una pequeña comunidad de arrugas. También sentía que por la noche el Ratón Pérez me había visitado un poco confundido, y me había reemplazado la nariz por dos kilos de morrones rojos. Maxi me miraba. Esperaba que le dijera algo, pero la verdad lo único que quería era llenar un poco el estómago y volverme al cuarto, para matar la mañana petrificada bajo las sábanas. Pero dio el primer paso:
 - Ayer cuando volví, vi a Martín dentro de su auto.
Como Maxi me había avisado con antelación que iba a salir con una “preciosura”, me pareció innecesario comentarle que Martín iba a venir a cenar. No tenía ganas de escuchar el discurso de nadie. Preferí no darle importancia, y le respondí que había pasado un rato para dejarme unas cosas mías.
 -¿Te dejó un vino?
Despegó los brazos que tenía apoyados en la cintura a modo de protesta, y me señaló con un dedo fugaz y vergonzoso, la botella que estaba apoyada en una bolsa de nylon sobre la mesada. El mugriento se las había dado de Sherlock Holmes y la había desenterrado del fondo de la basura;  cuando noté que tenía pegados unos pedacitos de mozzarrella con óregano de la pizza que habíamos encargado a la noche, no me pude contener y exploté de la risa. Inmediatamente volví a recordar la pelea que tuve con Martín y volvió a visitarme el llanto. Maxi me serenó y pude contarle, hasta con una pizca de humor, por qué creía que Martín y yo no nos íbamos a volver a ver: Martín llegó dispuesto a sacarme a cenar afuera. Por las dudas, estaba preparada con una excusa coherente en caso de urgencia; me negué y le dije no podía irme, porque Maxi todavía no tenía las llaves para entrar. Desistió, y un rato después llegó la pizza. Acercamos la mesita ratona y comimos en el sillón. Cuando terminamos, me abordó:
 - El viernes pasado te llamé al trabajo.
Martín lo sabía, y me había puesto a prueba  desde el principio. Tendría que haberlo sospechado cuando la invitación se había tornado a un tono más imperativo; pero no me extrañó. Era él, el que siempre tomaba las riendas, y yo era la que siempre lo seguía, meneando la cola sin chistar.
 - Me atendió una mujer. Me dijo que hace más de dos meses que no vas
    a trabajar. No me sabía decir  ni por qué. Hasta me preguntó a mí. ¿Por
    qué me mentiste?
Estuve a punto de preguntarle si la había atendido la víbora de Rebeca, pero Martín siguió acorralándome:
 - No salís de tu casa. Desde el lunes hasta ayer, te vi salir una vez y
   te quedaste parada en la puerta.
Lo odié profundamente. No lo quería escuchar más. Le quería tapar la boca con las porciones de fainá que habían venido de regalo, y los agujeros nasales con las aceitunas negras que había dejado en el borde del plato. Estaba escandalizada. No razoné lo que le respondí:
 - No. Salí tres veces. En vez de espiarme, ¿por qué no me preguntaste?
 - Porque no me ibas a decir nada.
 - Vos tampoco me dijiste que cagaste a FLA con una guía de turismo.   
Después de reprocharnos un montón de estupideces más, nos  quedamos en silencio durante media hora. Acordamos hablar en otro momento. Nos despedimos con un beso en la mejilla, y se fue.

miércoles, 18 de julio de 2012


Mi casa se convirtió en un centro de refugiados. Ayer a la tarde, los esperé derrumbada en el sillón anestesiando el estómago con un té digestivo. Desde que había hablado con Rebeca y con Joaquín, tenía un nudo en la garganta que no me había dejado comer en todo el día. Pero necesitaba prevenirme. Presentía que en adelante, cada palabra o cada acción iba a caer por mi garganta con la misma velocidad que un yunque en el vacío. Tan equivocada no estaba: mientras que Laura y Maxi pujaban juntos de uno de los extremos del colchón berreta de una plaza y media, prensado como un arrolladito primavera gracias a la cinta de pintor que lo envolvía; yo recorría silenciosamente las escaleras del séptimo y el octavo piso para recolectar, con la ayuda de una palita y un escobillón, las bajas de goma espuma que sufríamos en el camino; cuando logramos llegar al departamento, ya había rebalsado casi dos bolsas de nylon con unas bolas esponjosas de color verde musgo del mismo diámetro que el de unas pelotas de ping pong. Estaba segura que la cantidad era la suficiente como para hacerle una cuchita a la medida exacta de la diminuta VilmaMiriam.
Si en  los dos últimos meses había divagado con la idea de que mi libertad estaba restringiéndose cada vez más; mientras armaba la cama en la nueva habitación de Maxi, no podía dejar de sentir que la pequeña porción que todavía sujetaba esperanzadoramente, estaba empezando a ser absorbida por los agujeros negros de su harapienta colchoneta. También me había dado cuenta que gran parte de mi molestia tenía una explicación menos chiquilina... le iba ceder a Maxi, el único lugar en el mundo que todavía conservaba la esencia de mi abuela; inclusive en el escritorio había mantenido, junto con su antigua máquina de coser, el último trabajo que había dejado sin completar. Y guardé todo por él: Laura movilizaba el Monumento a la Literatura hasta la habitación, al mismo tiempo que yo me encargaba de desocupar el cuarto. 
Estaba agotada tanto física como mentalmente. Y las nuevas porquerías que encontré en el recibidor me terminaron por desacomodar los nervios. A mis espaldas, el tarado de Maxi había complotado con Laura para traer su centro musical que, junto con su colección de vinilos, ocupaban el mismo espacio que un lavarropas. Pero lo que más me indignó fue ver que también había traído su mesa de computación desmontable, carcomida en algunos sectores por alguna bandada de termitas, para que su computadora, más grande que las maquinarias instaladas en el centro de mando de los Power Ranger, tuviera un lugar de apoyo.
Armamos la mesa en la habitación, pero no cabía; la puerta del placar no tenía espacio suficiente como para abrirse. Así que tuvimos que emparejarla junto con la mía. A las diez de la noche, cuando Laura se había ido a su casa, y ya habían pasado unas cuatro horas y media de nuestro primer día de convivencia; mientras Maxi terminaba de arreglar la ropa que alfombraba el piso de su cuarto; huí del ciber comunitario que habíamos desplegado en el living, y bajé a completar los ejercicios. 
Creo que si pude flagelarme durante veinte minutos con los síntomas insufribles de siempre, fue porque en realidad estaba buscando una seguidilla de infartos.

martes, 17 de julio de 2012

Ayer por la mañana había llamado a Joaquín, el jefe de diseño de la productora, pero como estaba ocupado en una reunión de producción hasta la tarde, hoy a primera hora volví a intentarlo nuevamente. 
A pesar de que me estoy comunicando casi a diario con Marisa, la otra fotógrafa; y con Rodrigo, el encargado del área gráfica, para entregarles corregidos los trabajos semanales que me envían; y de que también habíamos llegado a un acuerdo pacífico con Joaquín, tuve la necesidad de charlar un rato con él y hacerle saber que era consciente de que ya había pasado un mes desde la última conversación que tuvimos por teléfono. De las cuarenta personas que actualmente trabajan ahí, me atendió la peor de toda la lacra. Rebeca, la víbora de prensa, me retuvo más de veinte minutos revelándome algunos rumores que se están comentando acerca de mí y de mi "injustificada ausencia". 
A medida que terminaba una hipótesis y comenzaba otra, dejaba entre medio un largo silencio esperando que yo confirmara alguna. Por supuesto que no le di el gusto y vacilé en todas, con el fin de despertar su envenenada expectativa. Por lo que me dijo, algunos anduvieron murmurando que estoy de licencia por embarazo; otros que dejé el trabajo para inaugurar, en la temporada diciembre-enero, un parador en Santa Teresita; otros comentan que la esquizofrenia que venía gestando empeoró y que me estoy recomponiendo por segunda vez en un centro de rehabilitación psiquiátrico; pero la mayoría apostaba fuertemente a la más disparata de todas: que no pude soportar el romance de Joaquín con Paola, la recepcionista de cera, y que por eso preferí renunciar. Después de veinte minutos se me bajaron todas las defensas. Estaba a punto de largarme a llorar. Por eso, le pedí que le avisara a mi jefe que me llamara y corté; también le corté el sueño de convertirse en la Paparazzi destacada del mes, porque de todas formas no participé activamente de su reventado Multiple Choice. 
Joaquín me llamó media hora después. Me preguntó si había podido avanzar, y también me preguntó para cuándo tenía pensado volver. Sin entrar en detalles le conté que había mejorado muchísimo, pero que todavía no podía darle una fecha exacta. Supongo que por mi tono de voz intuyó que estaba triste; y me levantó el ánimo con su agudeza: me aconsejó que no le prestara atención a los comentarios malintencionados de los demás empleados del gallinero; y que lo peor que podía hacer era escuchar a Rebeca, una señora treintañera que llama todos los días desde su oficina a Fono club, para mendigar una amistad ocasional.  

lunes, 16 de julio de 2012


Estoy sulfatada de los pies hasta la cabeza. No quiero atender a nadie más. Desde hace una semana  tengo la sensación de que cada vez que alguien me visita o me llama, solamente es para regarme con un mar de problemas. Hoy no fue la excepción. Por la tarde bajé a hacer el ejercicio, y cuando llegué a cronometrar quince minutos, comencé a sentir la imperiosa necesidad de estar refugiada en mi casa. Y me volví. Estaba completamente agitada, extenuada y malhumorada. Todo empeoró cuando me encontré nuevamente con  los Rastis gigantes que tengo apilados en mi recibidor con la forma de un Arco del Triunfo Romano; sinceramente tenía ganas de llamar al delivery de la Corporación Acme, encargar un atado de explosivos y dinamitar hasta la última torre; más cuando descubrí que de una de las cajas se asomaba la contratapa de un libro con la cara fantasmal de Claudio María Domínguez. Mientras Capitán me arañaba las piernas salvajemente, y me ensordecía con sus inoportunos ladridos de felicidad, sonó el timbre. Era Olga. Al mismo tiempo que me esguinzaba el dedo índice activando el portero, y le repetía  por décimo cuarta vez que abriera, alguien me tocaba la puerta. Era Florindo. Sonriendo malévolamente me exigió el pago de una multa de $55. Ignoré el ademán que hizo para entrar en mi casa, usé mi brazo como barrera de peaje y lo atendí afuera. No tenía intenciones de dejarlo pasar; antes prefería invitar al Petiso Orejudo a tomar el té. Del lado del pasillo me explicó que, desde hacía tres meses, las reglas de convivencia habían sido modificadas por el administrador: para no molestar a ningún vecino quedaban prohibidas las mudanzas los fines de semana. Me sentía nuevamente estafada; por eso le pedí que le transmitiera encarecidamente a Ricardo, el administrador del consorcio, y a los vecinos "botones" que, como no estaba enterada de la nueva modalidad ridícula, no pensaba donar ni un patacón. Y se exasperó. A los gritos se justificó diciendo que las multas no eran limosnas, y que aseguraban un correcto comportamiento colectivo. Cuando Olga salió con las bolsas de compras del ascensor, la oruga Florindo se convirtió en una celestial mariposa. Estaba tan nervioso por verla que para dar una mejor apariencia, estimulaba el brillo de su pelada con el puño de su mameluco. También tenía la boca tan abierta que hasta pude contabilizarle sus múltiples tratamientos de conducto. Por otra parte, Olga, caminaba igual de atolondrada que un pato atravesando un camino de piedras. Ni siquiera podía sostenerle la mirada a Florindo. Después de que los dos se pavonearon unos minutos en silencio, me despedí. Florindo estaba tan distraído que ni siquiera escuchó cuando le sugerí que se metiera la multa en el culo. Sin despedirnos empujé a Olga dentro, y le cerré al portero la puerta en la cara. 
Hace un rato me llamó Martín para invitarme a comer afuera. Usé la mudanza de Maxi como excusa para rechazar la oferta. Después de hacerme un berriche telefónico, que duro más de media hora, arreglamos para que venga el miércoles a la noche. 
  

domingo, 15 de julio de 2012


Todavía no convivimos, y ya estamos teniendo fallas en la comunicación. Como ayer a la noche Maxi se enteró de que el martes es el último día que tiene para entregar las llaves del departamento; hoy a la mañana, sin ningún tipo de aviso, comenzó el calvario. Y estoy fastidiadísima; en mi propio recibidor tengo un piquete intelectual encabezado por los autores más reconocidos de la literatura internacional: a mí me tocó desempeñarme como encargada de la seguridad del edificio; que consistió en permitir el ingreso y egreso de los demás miembros del personal. Maxi, el responsable del transporte externo, se encargó de descargar y de arrastrar el stock con la ayuda de un changuito metálico. Su recorrido abarcaba una distancia aproximada de cien metros; desde el auto de Laura hasta la puerta del ascensor. Mientras tanto, Laura, la responsable del transporte interno, tenía la obligación de asegurar el arribo de las cajas desde la planta baja hasta el noveno piso. Su tarea también tenía un plus: tenía que deslizar a las pasajeras hasta la puerta de mi departamento. Cuando me di cuenta que nueve de las cajas, de la docena que habíamos subido, contenían únicamente los libros fallados que Maxi se fue robando de la librería, sentí el impulso de lapidarlo con los extensos volúmenes de "El Señor de los Anillos". Pero lo que más me exasperó fue descubrir que no tuvo la amabilidad de cumplir con lo único que le había  pedido: en las tres cajas restantes encontré su mugrosa colección de máquinas de escribir Remington. Como me negué terminantemente a hospedar a sus peligrosos cacharros provenientes del Mercado de las Pulgas, y también a patrocinar la producción de armas biológicas; le di un plazo de 48 hs para desmantelarlas, para envolverlas con unas cintas de precaución y por último, para arrojarlas en algún descampado. Las piezas están tan sobresalidas y oxidadas que cualquiera que dejara caer un pelo insignificante por accidente, sobre los prehistóricos teclados Qwerty, tendría asegurado contraer tétanos. O leptospirosis. No me extrañaría que debajo de tanta lata machacada, un grupo de ratas VIP, no estuviese disfrutando de un pequeño cóctel privado.

sábado, 14 de julio de 2012


Ayer estaba sentada y preparada para encontrarme con Clara desde las 15:20. Estaba nerviosa por verla de nuevo. También tengo que admitir que estaba un poco arrepentida por la propuesta que le había hecho a Maxi; pero cada vez que pensaba en llamarlo para cancelar todo, sentía a mi grillo Pepito, mordisqueándome el cerebelo. Antes de bajar al octavo piso, me crucé con el “Sin Cara” del “B”. Desde la distancia, pude advertir su radiante aura de felicidad. No me contuve y pasé por su lado, ventilando una exagerada indiferencia: cada vez que lo veo  siento que en mi cabeza se entremezcla el sonido de mensaje recibido del Messenger, y una carita smiley con el lema “sonría lo estamos filmando”. Me parece que se olvidó por completo lo irrespetuoso que fue el miércoles cuando nos despedimos; en el mismo momento que apoyé los pies en el primer escalón, lo escuché saludándome con un “Hola Fernanda”. Cuando levanté la mirada para fulminarlo con mis ojos inyectados, me resbalé y tropecé. Si no me hubiese sujetado de la baranda podía haber llegado tranquilamente al piso de Clara, rebotando y dando tumbos como los resortes multicolores que ofertaban en los mostradores deprimentes de los “todos por dos pesos”. Cuando el “Sin Cara” asomó su pelo lacio hasta el palco principal, le grité que me dejara en paz y que dejara de acosarme; le repetí dos veces que no lo conocía y tampoco tenía interés en hacerlo, y que también podía pasar a buscar su asombroso kit de porquerías cuando se le antojara. Mientras me arreglaba la ropa desencajada, pude ver su boca ensancharse diez centímetros más; parecía el Guasón. Me contuve las ganas de hacerlo barrenar por los siguientes pisos para provocarle un surtido de fracturas expuestas, y sin despedirme, lo dejé solo otra vez. Miriam me abrió enseguida. Como Clara estaba ocupada con una llamada de urgencia, me convidó un café y me invitó a sentarme en uno de los sillones de su despacho. Quince minutos con ella, me bastaron para querer superar  a Van Gogh; estaba dispuesta a extirparme las dos orejas. Al mismo tiempo que le asentía con la cabeza, confirmaba su parecido con el de Vilma; Miriam opinaba acerca de las diferencias existentes entre los elefantes africanos del bosque y los elefantes asiáticos, sobre la sensación descomunal que había experimentado cuando tuvo en frente suyo la Pirámide de Keops y las distintas hipótesis que había elaborado para encontrar las causas del hipo. Estaba a punto de enumerarme las plantas vasculares que conocía, cuando milagrosamente, Clara apareció para liberarme. Me condujo hasta el living y nos sentamos en nuestros lugares habituales. Le pedí disculpas por todo lo que pasó, y le alegró saber que había empezado con las prácticas.  Me alivió sentir que la costumbre seguía intacta; Clara me hablaba con su tono cálido característico, y mantenía su look cachivache de siempre.

viernes, 13 de julio de 2012


Ni siquiera habían pasado quince minutos desde que nos despedimos cuando, ayer a la madrugada, Martín me empezó a saturar el celular con un enjambre de piropos chatarras. 
Mientras leía las líneas acarameladas que caían apiladas unas tras otras, podía visualizarlo despegando los papelitos con frases románticonas de los chocolatines Dos Corazones que, seguro, debía tener escondidos en la guantera del auto para hacerle un Copy Paste directo a mi celular. No lo soportaba más. Después de comentarle a Laura la noche decepcionante que pasé ayer, preferí encapsularme completamente, y apagué el cacharro. Debió enterarse la noticia de  Maxi después de que cortamos; porque hoy a la mañana Laura me sorprendió con una sinfonía de timbrazos. No pudo contenerse ni siquiera a subir, que a través del portero, escupió el reporte con la noticia de último momento: Maxi estaba arreglando los últimos detalles para volverse a Pehuajó. No me dio ni medio segundo para digerir lo que había escuchado que ya la tenía afuera arañándome la puerta. Todo fue muy rápido. Apenas le abrí, veía como de a poco retrocedía por el pasillo mientras que, a los gritos, me hacía un breve resumen: tenía a Luqui encerrado en el auto para ir a la consulta con el pediatra, y como tenía miedo de que otra vez se le volviera a escapar, lo dejó sedado en el asiento trasero con la ayuda de la melodía insufrible de Adriana y su sapo Pepe convulsivo. Todavía no había terminado de inhalar, cuando me soltó la segunda parte: como el padre de Maxi está cansado de hacerle de prestamista, le aconsejó que se volviera al pueblo para trabajar nuevamente en la imprenta junto a él. Mientras cerraba la puerta del ascensor me gritó que me tocaba a mí comunicarme. Pensaba que todo su monólogo había terminado, pero volvió a tocar el timbre y remató su visita con una opinión que “no podía contener más porque iba a explotar”: me recriminó lo tarada que había sido al haberme dejado seducir por el tránsfuga de Martín. Cerré la puerta, me senté y llamé a Maxi. Corté, y decidida a cometer uno de los peores errores de mi vida, volví a intentarlo. Después de cinco tonos me atendió el contestador y como no tenía un discurso preparado, se me arremolinaron todas las emociones:
"¡Maxi,medijoLauraquetequeresirporfavorveníaquedarteenmicasaeltiempoquenecesites!porfavorporfavor,llam...". Y se cortó.
Pasados algunos minutos, el celular sonó. Después de contarle que había podido completar durante dos días seguidos los ejercicios que mi terapeuta me  había dado, de relatarle como me había dado cuenta de que Martín me mentía en la cara, y de alabar la lista de pros que había hecho para convencerme de que vivamos juntos, le pude levantar el ánimo y también pude convencerlo. Conseguí que se quede acá, conmigo. 

jueves, 12 de julio de 2012


Cuando ayer, a las 19 hs, me sonó el celular pensé que iba a entrar en estado de coma. Mientras presionaba el botón verde para atender, le rogué hasta a Santa Gilda que Martín no me estuviese esperando fuera del trabajo. Pero solamente llamó para avisarme que estaba estancado en un rodaje y que tenía para dos horas más. La segunda preocupación que se me presentó fue la comida. Menos mal que tenía dos cajas de ravioles de ricota con jamón que Olga había comprado y congelado antes de ayer. Quería darle una bienvenida cálida, pero a su vez no quería dármelas de Choly Berreteaga, y desplegarme en la cocina con tres mil cuencos a medio usar. Tampoco exageré con la apariencia. Aunque combiné hasta el talón de la media, estaba casual, como si hubiese tenido un día de trabajo normal. No estaba segura con qué intención, pero tengo que confesar que me depilé intensivamente; inclusive dejé visibles los dedos gordos del pie. Martín llegó una hora y media después, con un vino, dos rosas rojas (bastante pobre) y una película. Ya la habíamos visto juntos; así que supuse que él también tenía intenciones contradictorias: no quería estar atento del todo al televisor...
Comimos, hablamos y nos reímos. Pusimos la película y nos acurrucamos en el sillón. A los treinta minutos, mientras Ethan Hawke y Julie Delpy recorrían las calles de París, sorprendí a Martín mirándome fijamente. Como me estaba poniendo nerviosa, yo lo evadía alternando la mirada entre sus ojos de Pepelepu y los subtítulos color amarillo huevo.  Hasta que me dio un beso. Yo se lo devolví. Y la cadena de seducción se extendió un largo rato más. Nos habíamos perdido tres cuartos de la película,  cuando se me ocurrió preguntarle:
 - ¿Y tu novia, FLA?
Lo descoloqué. Se enderezó de un tirón. Me corrió cariñosamente un mechón tras la oreja e intentó convencerme:
 - No estamos más. La dejé.
Su timbre de voz se había vuelto dos tonos más agudo. Dudé. Martín estaba mintiendo otra vez, y las líneas que hacía un mes había intercambiado con FLA, explotaron y se desparramaron en mi cerebro. No podía decirle que había hablado con ella. Tampoco podía saber que yo sabía de su pequeño romance en Playa del Carmen. Tomé un poco de distancia, miré la pantalla y volví a preguntar:
 -¿Y hace cuánto se separaron?
Durante cinco minutos se rió como un estúpido, hipnotizado por los créditos de la película. Finalmente su pequeña cabeza de ameba encontró la respuesta incorrecta y mi alarma de danger se activó, disparando luces intermitentes rojas:
 - Antes de irme a México. ¿Te acordás?
Martín estaba decidido a pasar la noche en mi casa. Pero después de la segunda mentira, evité todo tipo de contacto: tenía el cuerpo envuelto con un manto de alambres con púas, y si se sobrepasaba, estaba dispuesta a aumentarle a cada uno de sus poros unos cuantos centímetros más de profundidad. 
Me excusé; le dije que se había hecho muy tarde y que tenía que levantarme temprano. Quedamos en vernos en estos días. Nos besamos y se fue.

DÍA 6. NOTAS PARA CLARA.
No me crucé con nadie y pude hacer los ejercicios correctamente. Pero resistí menos que ayer, y los síntomas fueron iguales. Aunque detesté al "Sin Cara", soporté más tiempo con él. De todas maneras, mañana Clara va a estar muy orgullosa de mí.

miércoles, 11 de julio de 2012




Esperé a la hora del almuerzo para evitar cruzarme con Florindo, pero terminé encontrándome con el tarado del vecino. Me sentía como Harriet la espía. Antes de salir me había preparado el morral con los bártulos necesarios: un reloj con cronómetro, una libretita y el celular. Bajé fugazmente los nueve pisos por escalera y me cercioré de que el portero no estuviese vegetando en su despacho; yo tenía razón, Florindo, estaba "torrando" con Susana. Y salí a la calle.
Clara me había dicho que no era necesario que me alejara del edificio, por eso, me quedé en la entrada de garage, cerca de la columna. Al principio me sentía bien, inclusive, estaba contenta de ver a la gente pasear. Hasta que me empecé a sentir  mal. De todas maneras hice un esfuerzo y me estacioné en mi lugar. También anoté lo que iba sintiendo en las hojas del block. 
El cronómetro marcaba que sólo habían pasado ocho minutos, cuando lo vi llegar, caminando de la mano izquierda de la vereda. Podría haber entrado, pero estaba empecinada en terminar el ejercicio. Faltando menos de cincuenta metros, me escondí. Mientras lo veía avanzar yo giraba, como un pollo al spiedo, tras la columna. Por el reflejo de la puerta lo vi sacando sus llaves. Y me abordó:
 -¿No te gustaron los gatos?
Lo aborrecí. Me había visto y sin embargo, me hizo girar como una calesita alrededor del pedazo de mármol. No tenía intenciones de intercambiar ni dos palabras, así que me quedé leyendo lo que había escrito para Clara. Pero "El Sin Cara", insistente, se me acercó por el costado. Malhumorada le contesté:
 -¿Perdón?
 - El felpudo. ¿Te sentís bien?, estás pálida. Muy blanca. 
Yo sabía que sí. Pero como su sonrisa y su reafirmación constante me hacían acordar al detestable de Gianola  en la  prueba de la blancura, le puse cara de nada y lo ignoré. No me había dado cuenta que llevaba una guitarra colgada al hombro, hasta que la apoyó sobre la columna e intentó abrazarme por la cintura. Me quería arrastrar contra mi voluntad hasta el interior del edificio. Su actitud me desquició. Yo tenía que quedarme. Y me defendí: le azoté las dos manos, como un Critter recientemente vacunado con el block de hojas mientras que al mismo tiempo vociferaba, a los cuatro vientos, la palabra desubicado.
El "Sin Cara", tomó su  guitarra, me miró fijamente unos segundos, agitó el juego de llaves dentro de su mano y volvió a la puerta. Antes de cerrar me dijo:
- Sos una desagradecida nena.
Tenía razón. Pero cada vez que pienso lo asquerosamente simpático y solidario que es me dan arcadas. 

martes, 10 de julio de 2012



Martín me acaba de llamar. Viene mañana a la noche, después de “nuestros trabajos”, con un vino y una película.  Se ofreció a pasarme a buscar por la productora, pero me negué. Tengo pánico de que no me haga caso. Me estoy arrepintiendo de todo.


Todo me pareció muy raro. Me había preparado mentalmente desde muy temprano. El viernes tengo intenciones de sorprender a Clara, y mostrarle mi arrepentimiento, completando los ejercicios que vengo postergando. Entonces, al mediodía, bajé muy bien predispuesta los nueve pisos por escalera. Pero, atravesando el pasillo, encontré que en la puerta de entrada del lado de afuera, estaba Olga sosteniéndole el escobillón a Florindo, y a su vez encontré que Florindo le estaba cargando las bolsas a Olga. A todo esto Olga se meneaba por la risa, como un Puching Ball borracho, mientras que Florindo abría y cerraba la boca exageradamente, como un Pacman después de una sobredosis de fantasmas. No pude ver nada más, porque abrieron la puerta de entrada y yo, nerviosa, subí disparada por la escalera. Luego de diez minutos tocó la puerta, la saludé y no le dije nada. Pero sé que algo anda mal: desde el baño podía escuchar que, mientras acomodaba en el freezer lo que había traído, entonaba empalagosamente “No sé tú”.

lunes, 9 de julio de 2012


Fue la tarde más terrible y deprimente de la historia. Si hubiesen pasado por la televisión el Tate Show o Lunes Bus, no me hubiera podido risistir a hacerme el harakiri con el sable del Libertador. Pero afortunadamente la respuesta vía Facebook que recibí de Nicolás, hace unas horas, me estampó una sonrisa que hasta ahora no puedo borrarme de la cara. 

Hoy a la mañana vino Laura, para explotarme clandestinamente con los “últimos arreglitos" del disfraz de Luqui; pero como tiene menos costura que los pajarracos de Utilísima, tuve que empezar completamente de cero su antigua confección. En consecuencia nos pasamos toda la mañana, divertidísimas, probándole al Simón Bolívar enano, su pequeñísimo traje de prócer: mañana los alumnitos del 1er y 2do grado del colegio Normal° 8, serán los encargados de representar un hermosísimo acto en conmemoración del día de la Independencia.
Lo más lógico hubiese sido que Laura actuara como una persona normal, pero me pareció que todavía estaba indignada con la mala experiencia que había tenido el año pasado cuando tuvo que  devolver el disfraz que había alquilado; los dueños le cobraron una multa, superior a tres días de alquiler, por colorear el esmoquin con cuatro manchas marrones de palito bombón helado. Por este trauma no resuelto crucificó todo su fin de semana: desde el día que compró el rollo de paño azul en la calle Azcuénaga lo viene paseando por toda la ciudad, sobresaliendo del baúl auto, como un cuarto pasajero. 
Cuando estábamos cociendo las hombreras no pudo con la culpa y se largó a llorar. Entre sollozos me reveló un gran secreto: hace tres semanas esperó a Teresita, la maestra de Luqui, en la puerta del colegio con la intención de manifestar su disconformidad por el papel de vendedor de velas que originalmente le había tocado a su hijo. Ante el pedido, la maestra, se negó rotundamente y le recriminó lo sucedido el año pasado, cuando "el depravado ser" le había arrancado el disfraz de papel crep a cada una de las nenas que actuaban como flores en "El Principito", para verles las bombachas. Finalmente después de discutir un largo rato en plena vía pública, Laura, la amenazó con exponer el romance que estaba teniendo con José, el director de la institución. Y Teresita cedió el papel de bolo venezolano. Lo que no negoció de ninguna manera fue un rol protágonico nacional. De todas maneras Laura lo aceptó chocha.

Y la frutilla rojiza, gigante y verdosa del postre: Nicolás me pidió disculpas por no contestarme los mensajes. Me dijo que tuvo unos días espantosos. Pude deducir, por algunas frases en su muro, que "tuvo problemas del corazón". También me dijo que yo le parecía muy linda (cada vez que lo leo resucito: morí millones de veces) y que le encanta saber que, por lo menos, estamos más cerca que los otros miembros del foro. Un divino. Traté de hacerme la interesante, pero le contesté a los cinco minutos.

domingo, 8 de julio de 2012


Como no sé nada de Martín desde el jueves, por un momento, imaginé que el de las sorpresitas había sido él. Hoy a la tarde, cuando le abrí la puerta a mi mamá, me encontré con tres regalos: el primero era un felpudo enrollado color bordó adornado con las siluetas de  tres gatos negros. El segundo era el diario del día de hoy, y el tercero, estaba en un estuche gris que se abría, desde el costado,  con la ayuda de un cierre de plástico. Mientras intentaba abrirlo, mi mamá, chorreaba su incontenida curiosidad sobre mi hombro, al mismo tiempo que me ametrallaba con sus típicas preguntas infantiles. No paró hasta que desenfundé el contenido y se lo dejé ver: adentro había una linterna aparatosamente amarilla cargada con dos baterias. Y temí lo peor. No sé si "El Sin Cara" del "B" me está chantajeando, (porque si dejó el diario quiere decir que, en algún momento, vió a Capitán raptarle los diarios a "Locos Vargas" del "A"), o simplemente quiso "disculparse", con un gesto amable, por el espectáculo que armamos ayer a la noche. Igual no pienso arruinar la entrada con ese felpudo de vieja con ruleros.

sábado, 7 de julio de 2012



Volvió la luz. Pero cada vez que me acuerdo de cómo le incrusté el láser de metal en el medio de la frente al pobre hombre, me quiero morir.
Tenía la sensación de que el corte había sido premeditado porque, desde el balcón, podía comprobar como la avenida San Juan se alzaba, en todas sus direcciones, desafiantemente radiactiva. Incluso, en comparación con otros días, las calles parecían estar mucho más iluminadas que las avenidas del Time Square. Desde la ventana de mi cuarto también podía ver que, casualmente, el único departamento que estaba iluminado era el del portero. 
Después de dos horas de estar sin luz, por más que lo intentaba, no podía olvidarme del episodio que había visto, hacía dos noches, en el canal Infinito: unos especialistas en cuestiones paranormales visitaban, con unos aparatosos Kohinoors sujetos a sus espaldas, casas “embrujadas” con la intención de "aspirar" los supuestos espíritus malignos que las rondaban. A todo esto Capitán tampoco ayudaba. Me exasperaba sentirlo desplazarse, como una boa constrictora, entre mis piernas. Lo que yo necesitaba era un perro lazarillo que no me hiciera sobresaltar con el roce de su cola; si hubiese tenido un paquete de velas, se las hubiera clavado una por una dentro de su pequeño hocico hasta convertirlo en el reno Rodolfo. 
La situación me estaba superando, y preferí acostarme.  Me daba miedo hasta mi propia habitación. No podía dejar de imaginar que, después de muerta, iba a volver a este mundo con el cuerpo de un reproductor DVD, porque aunque no hubiese electricidad intuía que los artefactos tenían vida, y que además, tenían un lenguaje basado en crujidos. 
Estaba desbordada. Quise llamar a Maxi para suplicarle que viniera a rescatarme, pero mi celular se apagó en el primer intento. Y me cansé. Salté de la cama con la idea de desbaratar el plan maléfico de Florindo: yo sabía que estaba en alguna parte del edificio complotando contra los  tapones de la caja de luz. Quería un arreglo inmediato. Me abastecí con lo único que tenía a mano, y salí decidida al ataque apuntando el láser metálico que Martín había colgado en sus llaves, hacia ya bastantes años. 
El edificio además de encontrarse muy oscuro estaba demasiado revuelto: se escuchaban gritos, chirridos de sillas y hasta me pareció oír, dos pisos más abajo, que alguien batía enérgicamente un cubilete. Estaba subiendo sigilosamente la escalera para llegar al departamento de Florindo, cuando escuché que alguien estaba subiendo a mi piso. Se me erizó el alma oír unos pies arrastrándose sobre el descanso de la escalera. Y me detuve. No se sintió nada más. Pero unos segundos después percibí una respiración agitada y entrecortada. El sonido iba en aumento. Me temblaba hasta el lóbulo de la oreja. Alguien, que tampoco veía nada, se estaba acercando. Sentía rozar sus ropas contra la pared. Entonces, nerviosa, apunté el láser contra la oscuridad, y tuve la muy mala suerte de embocar la luz roja en la córnea del ojo del “Sin Cara” del "B"; en consecuencia, "El Sin Cara", pegó un grito espantoso. Como yo estaba aturdida y asustada, acompañé su grito con mi grito. Pero lo peor fue que, liberando la angustia contenida que tenía, le lancé el láser de metal en el medio de la frente. Me pareció que acerté porque, inmediatamente pegó un alarido más fuerte que el anterior. Lo dejé solo en la oscuridad. 

viernes, 6 de julio de 2012



Sustituí con tareas estúpidas la responsabilidad más importante que tenía  en el día. Y cuando maduré, fue tarde. 
Mi casa se había convertido en una feria americana; me pasé toda la mañana desmantelando pantalones, camperas y pulloveres de estación de las múltiples bolsas de consorcio y también, detectando como en un Buscaminas, todas las pequeña bolitas de naftalina que había plantado dentro de cada uno de los bolsillos. Como estaba de buen humor me probé algunas prendas. Inclusive hasta usé a Capitán como espectador del mini desfile que monté. Y estaba divina. Pero a medida que fue avanzando la tarde, mis ganas de hacer la gran Edipo fueron en aumento; no podía soportar ver, como las agujas del reloj avanzaban tan descaradamente. Quería arrancarme los ojos y usarlos de repuesto para el mouse. Al rato, tanto mi imagen como mi actitud eran lamentables: me había puesto un gorro con pompón a rayas y además, había desperdiciado tres cuartos de hora en disfrutar, a través de la ventanilla del lavarropas, la fantástica tanda de ropa negra danzar bajo el agua. Realmente lo había decidido; no tenía intenciones de ir a la sesión. Pero no podía dejar de imaginar a Clara, esperándome recostada, cruzada de piernas en el sillón con la mirada hippie perdida entre las copas calvas de los árboles, que intentaban tapar con buena voluntad la entristecida vista que ofrecía la autopista. 
Veinte minutos después, mientras le cepillaba el lomo a Capitán, entendí que  me estaba comportando como la típica nena caprichosa, que sublima sus infantiles emociones con el pelo de su raquítica Barbie. Y tomé consciencia.  Eran las 19 pm, pero igual quería encontrarla y pedirle disculpas. Llegué a su departamento con la intención de entregarle mi corazón, pero me abrió Miriam. Cuando nos saludamos estuve a tan sólo un nombre de llamarla Vilma: estaba más enana que la semana pasada y su pelo con corte casquito, junto con la montura cuadrada de sus anteojos, inevitablemente, me hicieron acordar a la nerd de Scooby-Doo. Por otra parte, Miriam, no podía dejar de mirarme el pompón caído. Finalmente me confirmó lo peor: Clara se sentía terriblemente angustiada con mi caso. Me dijo que como hoy había intuído que no iba a venir a tiempo, le había hecho cancelar el turno con su paciente posterior.
Su confesión me desarmó. Me puse a llorar  en la puerta del consultorio, y Vilma me abrazó.