sábado, 4 de agosto de 2012


Faltaba una hora antes de que Olga se asomara, y yo necesitaba armar un plan para confirmar mis sospechas. No quise perderme ningún movimiento, y la única solución que encontré fue mandar al soldado Máximo Cuevas a montar una brevísima guardia en el hall de entrada. No fue gratis. Tuve que intercambiar un favor: hacerle los dobladillos a su nuevo pantalón de trabajo. Como solemos engañarnos, firmamos el pacto con un apretón de manos. Bajó a relucir su mejor delantal de vieja chusma, y yo me quedé aguardando en la base, intentando enhebrar el hilo negro en la aguja microscópica. Cuando volvió lo confirmó: el ascensor que ambos ocupaban ancló en el décimocuarto piso, la terraza desierta. De repente me acordé de Susana, la mujer de Florindo. Seguramente debía estar en su departamento esperándolo  con el almuerzo frío. La situación, familiarmente conocida, me hizo sentir una repentina tristeza que tardó un tiempo en desaparecer. Como era de esperar, Olga, llegó media hora tarde. Dijo que no pudo pasar a buscar las bolsas, y se escudó en lo primero que se le ocurrió: tuvo que asistir al otorrinolaringólogo de urgencia, motivo por el cual se presionaba, equivocadamente, el hígado. No hablamos mucho. Cada vez que terminaba una frase dejaba escapar una risita embobada. Daba la sensación que no podía soportar los recuerdos recientes de vaya a saber qué imágenes chanchas. La torpeza también fue en aumento. En quince minutos logró desbordar el depósito del baño, decapitar al angelito mientras intentaba sacarle brillo, y también llegó a pisarle, tres veces, la cola a Capitán. Pero lo peor de todo fue verla frotar eróticamente la esponja de metal contra la sartén para despegar los restos de costillita de cerdo adheridos. Era una conejita sexy de entre casa. Estaba a punto de encadenarla al sillón conmigo, y obligarla a mantener una conversación sincera, cuando sonó el timbre. Dos minutos después estaba atendiendo a mi hermana y a Ariel. La visita fue breve; mi hermana tenía planeado seguir mostrándole a su novio la parte sureste de Capital, y yo por otra parte, llegaba tarde a la sesión. 
VilmaMiriam cerró la puerta asustada. Me presionó la panza tan fuerte que tuve miedo de que me hiciera canturrear como un Osito Cariñoso. Me confió que mi retraso le había hecho pensar que había abandonado la terapia para siempre. Esperé pacientemente a que acomodara la tetera sobre la bandeja, y me hizo seguirla con la azucarera. A medida que avanzábamos por el pasillo, el olor a insecticida se volvía cada vez más intenso. Me costó encontrarla, pero después de fijar la vista entre la humareda que provocaba el incienso, pude distinguirla: Clara llevaba un kimono floreado larguísimo. Solamente se le veían las garras de los dedos gordos del pie decorados con dos líneas horizontales, de color amarillas y moradas. El kimono parecía de un material finísimo, y la tela, caía excesivamente por las mangas, tanto, que llegaban a arrastrarse por el piso. El cinturón ancho y el diseño cruzado, hacían que todo se le apelmazara a la altura del pecho. De todas maneras había algo que no funcionaba: las dos trenzas gauchescas que le caían por ambos lados. VilmaMiriam llenó las tazas con una sustancia de color verde oliva radiactivo y se fue. Estuve a punto de escupirlo en su nueva fuente patinada de dorado, pero en ese momento Clara se levantó para abrir la ventana, y lo devolví sin mucho esfuerzo a la taza. De espaldas, me alentó: 
 - Es un kukicha puro.
Apoyé el té en la mesita redonda, y le conté lo bien que había resultado el ejercicio. También hice énfasis en el tiempo que había estado fuera. Pero a Clara no le interesó. En vez de eso, me pidió que le contara qué era lo que había hecho el día previo al ataque. Después continuó con la noche del sábado. Le expliqué que los primeros síntomas se despertaron en el único momento de calma de la noche; cuando observaba a mi familia interactuar desde el sillón. Recordaba no estar pensando en nada que tuviera que ver con la fiesta. O eso creía yo, hasta que me preguntó:
 - Entonces, ¿en qué pensabas?
Pude visualizarme recostada en mi sillón, mirando desde la distancia la vela de cumpleaños de Pablo, apoyada en una servilleta. Y sí me acorde de que sólo pensaba en una cosa: en mi abuela.

viernes, 3 de agosto de 2012


Si pude llegar a la parte áspera, fue por la pequeña ayuda de mi amigo. Maxi volvió del infierno clínico para torturarme. No vi la hora, pero sabía que era demasiado temprano. Me zamarreó y me destapó criminalmente. Estaba con los ojos enrojecidos y  venosos, lo que me hizo recordar que se había despertado a las 7:00 am para viajar hasta el hospital Argerich. El martes, el día de la entrevista, la chica de recursos humanos además de facilitarle discretamente el número de teléfono para una cita futura, le exigió la libreta sanitaria para poder iniciar el entrenamiento. Me arrastró de la cama a la fuerza, y repitió el proceso de ayer. Yo sabía que quería ayudarme, pero también presentía que necesitaba una compañía que le diese ánimo para esquivar lo que se le estaba aproximando. Como recompensa me preparó un tostado de jamón y queso, rebalsado con manteca y mayonesa, y un café con leche. 
Ayer, habíamos acordado que íbamos a salir temprano para evitar la muchedumbre; no tenía intenciones de dar un espectáculo público a la gorra. Esperamos que la lluvia cesara. Él leía desparramado en el sillón, mientras yo completaba, robóticamente, el trabajo del día. Aunque Maxi chequeaba constantemente el pronóstico en la televisión, sabíamos que no iba a parar. No hacía falta ser un meteorólogo experto, para darse cuenta de que el cielo se estaba cayendo a pedazos. Me acordé de que a las 15:00 hs venía Olga para traerme las bolsas con los tuppers de mi mamá, y también para sacar a pasear a Capitán. Recordé que a las 16:00 hs tenía que estar en lo de Clara con el ejercicio completo. Sin pensarlo dos veces, apagué el monitor y me cambié en la habitación. Salí con el paraguas apuntando quijotescamente en dirección al pasillo y le dije:
 - Vamos.
Cuando salimos tuve la misma sensación de siempre: que la avenida San Juan no es precisamente una avenida muy feliz, y menos con lluvia. Debe ser una de las calles con los registros de suicidios más altos de toda la Capital. Diez minutos después, estábamos ubicados en las sillas balnearias del bar Harmony. Nuestras caras estaban embadurnadas por una capa gruesa de grasa, y nuestra mesa estaba cubierta con un rocío pegajoso. Instintivamente, Maxi, se encargó de la parte práctica: llamó al mozo con un gesto de urgencia, le pidió dos cortados en jarrito, lo pagó por adelantado y también, le repitió tres veces que estábamos apurados. Habían pasado otros seis minutos. Tenía la espalda en el aire y los pies enterrados en las baldosas. Cronometré otros dos minutos, y al minuto siguiente llegaron los cortados. Maxi me sonreía. Para distraerme me recordó una historia vieja que, aunque ya la sabía de memoria, hizo que olvidara por completo que estaba apoyada en un mesita mojada en uno de los  días más espantosos del año, controlándome para que mi cuerpo (incluyendo mi culo empapado) no se empezara a acalambrar:
 - Cuando te conocí eras una ratita flacucha y arisca vestida de negro...
En ese entonces, él era un poco más grande; tenía 21 años y una panza cervecera pretenciosa. Había dejado la carrera de letras para intentar suerte con el cine. Yo, en ese entonces, tenía 18 años. Llegó el segundo cuatrimestre y dejó la cursada. Más adelante volvió a la UBA y completó hasta el segundo año de la carrera de bibliotecario. Habíamos comenzado a salir antes de que dejara la facultad de cine. Él, por ese entonces, ya conocía a Laura, mi amiga de toda la vida. En dos meses nos dimos cuenta que nos dábamos asco. Que no nos soportábamos. Y que conectábamos mejor con ropa. Hacía el final del segundo cuatrimestre empecé a salir con Martín, y aunque Maxi y yo no hicimos grandes esfuerzos, él contribuyó a que enterráramos definitivamente nuestra breve relación.
Estuvimos cuarenta minutos en el bar. Un récord que no esperaba. Hasta que los vimos. Si decidí huir no fue por la falta de aire o por una contracción interna; fue porque Olga se paseaba desvergonzadamente en la cuadra de enfrente, abrazada a los michelines de Florindo.



jueves, 2 de agosto de 2012



Ayer a la noche no cenamos juntos. Desde mi habitación pude escuchar el timbre dos veces.  Volvió unos minutos después, y supuse que tenía intenciones de enmendar lo que sus palabras de ogro habían machacado. Quería desestabilizarme con el único arma que sabe que suele funcionar conmigo: un banquete. Pero todavía estaba enojada. Tardó demasiado en darse cuenta. Por eso, cuando me llamó apagué el televisor y no le contesté.
Hoy me quedé hibernando en mi refugio. Vi su débil sombra de Nosferatu reflejarse cuatro veces por debajo de la puerta de mi cuarto. Los truenos contribuían al suspenso. A la quinta no pudo resistirse más y aporreó la puerta salvajemente hasta que se abrió sola. Sin pedir disculpas, entró hecho un remolino, y se sentó en medio de la cama matrimonial para examinarme. Me sentía como una enferma terminal. Se acomodó de espaldas a la pantalla para acaparar mi visión, e intentó formular una disculpa directa:
 - Tenés que salir. Cambiate y cruzamos.
Le corrí la cara con la mano y lo alejé de mi vista. De reojo pude ver que sus cejas espesas se le transformaban en dos paréntesis recargados, dándole a su cara cierto aire caricaturesco. Más que asustarme me dio gracia, la conocía de otros capítulos anteriores: era su intento de mirada de la muerte. Se levantó, subió la persiana, y mientras daba un eterno resoplido, apagó el televisor. Me tiró la campera negra de polar, un corpiño blanco del sillón, me revoleó una calza negra directamente al centro de la cara, y se lo solté:
 - No puedo.
Le tuve que contar lo que había pasado en el baño. También le conté acerca de la peligrosa variación de Clara, y usé la misma metáfora ridícula del coco, para hacerle entender la gravedad del ejercicio: primero tenía que acostumbrarme a la parte áspera y peluda del exterior, para llegar a disfrutar la primera capa comestible. Lo  más importante llegaba después de atravesar todo lo anterior: el jugo. El viernes pasado, cuando la escuchaba, me moría de ganas de revolcarme de la risa sobre su fino porcelanato y su pequeña alfombra  de animal print, pero fui consciente; tenía que estar concentrada en mantener una tristeza sincera por lo de la fuente. El tema del angelito todavía ardía. Cuando Clara concluyó su explicación, dejé de reírme: llegar al bar de la esquina y lograr sentarme en una mesita de afuera, era la parte áspera y fea. Acostumbrarme al ambiente, era la primera capa comestible. Al jugo dulce solamente iba a llegar con el tiempo. El día que pudiera entrar al bar sin sufrir un coma en el intento.
Lo entendió y no le dio importancia. Se portó como hubiese sido otra persona; Laura, por ejemplo:
 - Ahora llueve, y es tarde. Pero mañana vas a bajar conmigo.

miércoles, 1 de agosto de 2012


Me desperté sobresaltada. Lo había esperado con una tarta de jamón y queso, y una sopa crema de pollo que estuve a punto de volcar por la ventana de mi cuarto hasta el patio interno de Fernando y Andrea, los "Antis" del 1° "A". Actuó como un irresponsable. Estuvo con el celular apagado desde que salió de la entrevista y jamás llegó mientras duré despierta. Me había dormido a las 2:30 am, preocupada y ansiosa por saber cómo le había ido. Por eso, salí de la cama con un salto, e instintivamente fui a comprobar si había vuelto. No tuve ningún pudor en abrir la puerta de su habitación de un tirón. Creo que en el fondo, antes de presenciar una fotografía tan triste, hubiese preferido encontrarme con una enredadera de cuerpos desnudos. Lo primero que noté fue que el cuarto estaba totalmente en penumbras. Lo segundo fue que la persiana caía baja y en diagonal. Para lo tercero no tuve que hacer ningún tipo de esfuerzo, porque el olor me invadió sin pedir permiso. La última vez que aspiré algo tan podrido y penetrante, fue cuando tenía veintitrés años, y viajaba en el colectivo de la línea 126 para llegar a casa: un amigo de ese entonces había soltado, abajo de su asiento y luego en el pasillo, dos panchos con papas pay regados con dos litros de fernet, medio litro de vodka con melón y cuatro shots de mezcal. 
Antes de tener un plano general de la tétrica escena tuve que esforzarme, para esquivar las tres torres con libros que lo mantenían oculto como un refugiado en su fortín. Y se dejó ver: estaba tumbado en la cama abrazando a mi palangana verde loro. La palangana tenía una bombacha y dos pares de media. Todo flotaba gracias a la porquería que había largado. La comparación con una gran ensalada de frutas me asqueó y tuve que salir volando. No estaba enojada. La imagen bochornosa, y el paquete transparente que encontré sobre la mesada de la cocina, me obligaron a solidarizarme. El plástico protegía a un pantalón negro y a un chaleco del mismo color. Le preparé un café cargado y lo dejé sobre la mesa junto con un paquete de galletitas de agua. Se despertó dos horas después. Sentada en la silla de la computadora, pude verlo bambolearse hasta la cocina. Abandoné el Photoshop y me senté para hacerle compañía. Lo felicité por las buenas noticias, y me respondió de la peor manera: 
 -¿Vos no tendrías que ocuparte de tus problemas?
Y zarandeó el pulgar, burlonamente, apuntando hacia abajo: a el hall y la calle. Me quedé sentada esperando algún tipo de disculpa. Otra vez era él, La Bestia, sin tacto y egoísta. Mastiqué todas las palabras hirientes que se me ocurrieron, y me las tragué, porque no era su culpa. Él no sabía lo que había pasado el sábado. No se lo conté. Tampoco lo imaginó. Estaba demasiado ocupado pavoneándose con Mariela (o Marianela). De todas formas, si se lo contaba, nunca iba a llegar a entender lo frustrada que me sentía por haber retrocedido, y lo asustada que me tenía el nuevo ejercicio de Clara. Me levanté antes de arrepentirme, y lo dejé solo, lidiando con su resaca. 
Después de mandarle a Marisa un compilado de archivos y algunas ideas funcionales para el nuevo proyecto que se está poniendo en marcha, me conecté para distenderme con la buena energía de Nicolás. Otra vez insistió con el plan de la cámara web, pero lo evadí: el tarado de Martín, supuestamente, podía llegar en cualquier momento.

martes, 31 de julio de 2012

Laura no llegó con los profiteroles, pero trajo medio kilo de bizcochitos chorreados con grasa, media docena de alfajores de maicena explotados de dulce de leche, y una cara del trencito del terror que espantaba. 
La última vez que estuvimos los tres juntos, había sido para festejar el día del amigo, aquella vez que Maxi y yo nos peleamos porque lo encontré arrastrándose, como un pez limpia fondo, cerca del cableado de la computadora. Esa noche, a diferencia de otras, Laura no cumplió con su típica función de mediadora. Al contrario, nos miraba con unos ojos desgastados y ojerosos, y nos explicaba lo mal que les estaban sentando las vacaciones de invierno a  Franco y a ella. Luqui se despertaba hecho un torbellino a las 8:00 am y se acostaba igual de enérgico a las 2:00.
 Hoy, mientras preparaba el mate, nos reveló una noticia espantosa. A la mañana, cuando había dejado a Luqui en el colegio, el director de la institución y la psicopedagoga de turno, la secuestraron para acorralarla en un despacho. Le agitaron en la nariz un cuaderno forrado de un rojo confidencial, y le explicaron cual era su contenido: eran alrededor de ciento veinte quejas que los padres habían registrado desde marzo de este año hasta los primeros días de julio, y también contenía las observaciones que las maestras habían acumulado en el mismo período. Y la amenazaron. La psicopedagoga fue descarnada. Sin hacer ningún tipo de introducción, le soltó en la cara que Luqui padecía un grave trastorno de hiperactividad con déficit de atención. El director no sólo se lavó las manos, sino que también se esculpió las diez uñas y se exfolió las callosidades. Le explicó que la situación del nene era ajena la institución, y que estaban cansados de los disturbios en las aulas, en los pasillos y en los patios. Tampoco iban a tolerar otro accidente. Y fueron terminantes: o el chico iniciaba un tratamiento pronto, o lo expulsaban del colegio.
Laura me sorprendió con su reflexión. Aunque ella como buena madre lo había defendido a capa y espada, hoy, se desarmó completamente y reconoció que su hijo no actuaba como un chico normal.
A las cuatro y media de la tarde, Maxi, cabisbajo y renegado, abandonó la reunión de los tres tristes mosquitos. Ayer a la noche, tirados en la cama, mientras alimentábamos a nuestros rollos con un cóctel de grasas saturadas, recibió la llamada de una importante cadena de cafeterías para concederle una entrevista laboral, y aunque atendió con una incontenida felicidad, cuando tomó prolijamente los datos y cortó, me di cuenta que no era precisamente la propuesta que esperaba. Hicimos lo que pudimos. Como dos madres preocupadas lo escoltamos hasta el ascensor. Después de que Laura le aterrizara el jopo natural y el cuello arrugado de la camisa, nos despedimos y bajó. En ese mismo momento, Sofía, salió al pasillo cumún con unos pequeños pasitos de algodón y se unió a nuestra manada. Nos desparramamos en el sillón para masticar las sobras de los bizcochitos, y Sofía, la cuarta mosquito, elegió azarosamente una película del montón. 

lunes, 30 de julio de 2012



Tendría que haber bajado para hacer el ejercicio nuevo que me dio Clara, pero siento que por más que cumpla con todas las tareas del manual de ayuda al agorafóbico voy a seguir igual. Hoy, en vez de salir, preferí quedarme encerrada en el ciberespacio para hablar con Nicolás. Nuestra última conversación fue el viernes a la noche, así que estaba al tanto de los festejos. Me preguntó cómo me había ido. Sin tapujos le relaté hasta el último detalle. Me dio algunos consejos, y para hacerme sentir mejor me recordó que lo que me pasó fue totalmente normal. Él también está tratando de recuperarse y una vez por mes, como si fuera una cita programada, suele tener una recaída fuerte. Pero a diferencia de mí, Nicolás, sigue un estricto tratamiento que tiene que alternar diaramente con medicación. No me lo dijo tan abiertamente, pero por lo que escribió pude entender que todos los días tiene que escarbar dentro un pastillero cilíndrico, como un sexagenario, para  hacerse de un puñadito de píldoras multicolores. 
Como la conversación se estaba volviendo bastante opaca, preferimos cambiar a otros tópicos más felices, y me comentó dos chismes que estaban corriendo detrás de las bambalinas de nuestro foro. El primer chisme tiene que ver con Margarita, la señora de misiones. Desde su repentina desaparición los malos teclados escriben que se la sospecha de andar en una extraña "onda verde". Parece que Margarita le confió a un integrante del foro que su agorafobia era cierta, pero lo que no era totalmente cierto era su afición por la agricultura, y que en su huerta tiene sepultados unos negocios un poco más turbios: una extensa plantación de cannabis. Por eso, la mayoría argumenta que su ausencia, en verdad, tiene que ver con una posible detención. 
Por otra parte, parece que los chicos de Misiones, Sebastián y Lucía, están pasando por una fuerte crisis en su relación. Dicen que Sebastián no la soporta más (por los comentarios que hace es media reventada), y tiene decidido abandonar el monoambiente que ambos comparten. El problema es que, para hacer abandono de hogar, primero tiene que cruzar la puerta. Después de hablar sobre el resto de los participantes, Nicolás, me hizo una propuesta indecente: me mandó una invitación para vernos por cámara web. También me pidió que conectara la mía. No sé si lo que me hizo rechazar la oferta fue ver reflejados, en la ventana del balcón, mis pelos revolucionados sin planchita, o darme cuenta que estaba vestida con mi remera blanca con la cara sombreada de Humphrey Bogart. Pero evité todo tipo de contacto; le dije que mi amiga Laura había llegado de la panadería con una bandeja de profiteroles.

domingo, 29 de julio de 2012


Si Clara no hubiera atendido cuando la llamé, y si Sofía no se hubiera fugado de la casa, creo que todavía estaría sentada en el inodoro esperando una nueva recaída.
Los primeros en llegar fueron mi hermana y Ariel, su novio mendocino. Unos minutos después, mientras desplegaban sobre la mesita del living una mini feria artesanal compuesta por una montaña de recuerditos de Mendoza y de Salta, llegó Pablo con Mariana, su novia. El primer grito de la noche lo dejó escapar mi mamá. No me dio tiempo a saludarla que ya se estaba quejando porque mi perro “roñoso con olor a Richuelo" se había obsesionado con una de sus piernas. Como la única solución que encontró fue espantarlo a escobazos, tuve que encerrarlo en el balcón. Al rato, su paladar gourmet no pudo resistirse a la tentación. Criticó cada cosa que se llevó a la boca. Le reprochó a Pablo que los fosforitos estaban húmedos, y que el queso estaba rancio. Le aconsejó presentar en su panadería de confianza todas las pruebas; inclusive le separó algunos fosforitos sospechosos en un plato vacío, y me pidió que se los envolviera en una bolsita de plástico. Después le llegó el turno a los sándwiches de miga. Para su experiencia no contábamos con la suficiente variedad; le recriminó a Pablo que había pensado solo en él, porque no había encargado los que "a todo el mundo le gustaban": de ananá con jamón crudo, y de palmitos con mayonesa. Tardó en darse cuenta que los hombres estaban parados, y cuando lo hizo,  desde su asiento comentó que era una vergüenza que mi casa todavía no contara con las sillas suficientes. Hasta que se las agarró con el mendocino. Mi hermana, emocionada, nos relató a todos como había llegado a conocer a Ariel y lo bien que se estaban llevando; también hizo pública la idea de irse a vivir con él a Mendoza. Y ahí a mi mamá se le saltaron los tapones; por eso no dudó en derribar, con flechazos infectados, su burbuja de amor. En un momento de distracción, mientras Pablo abría los regalos, vi como empujaba a Ariel a la cocina. La escuché susurrarle que “no iba a permitir que raptara a su hija preferida", y que su actitud era propia de un “vagoneta”, porque era el hombre el que debía hacer el esfuerzo de mudarse de ciudad. Para alimentar un poco más su disgusto, antes de que no quedara ni un palito de queso sobre la mesa, Maxi, llegó acompañado por una de sus "preciosuras" (no me acuerdo si se llamaba Mariela o Marianela), que terminó acaparando mi computadora para oficiar, sin mi permiso, de DJ durante el resto de la velada. El cruce más fuerte de la noche ocurrió cuando mi mamá me acusó de irresponsable, porque me había olvidado de comprar  las velitas; y para hacerme sentir culpable prohibió cortar la torta de ricota que había traído. La llegada sorpresiva de Sofía me iluminó. Y cometimos un pecado: le pedí que profanara su casa. Aunque tenía miedo que sus abuelos se despertaran, aceptó y cinco minutos después volvió con un velón blanco de misa, que pudo satisfacer el capricho de mi mamá.
Media hora después, nadie criticaba a nadie. Todos charlaban como personas civilizadas. Y de repente, sin ningún aviso, se arruinó todo. Otra vez pensé que me moría. Llegué al baño a tiempo, antes de que el ataque de pánico volviera recargado. Mi imagen era patética; me retorcía en el piso tomándome el pecho con las dos manos, tratando de robarme todo el aire que podía aspirar. Entonces, se me ocurrió llamar a Clara. Lo único que me serenó fue escuchar su voz; solamente hablaba ella. Me repetía, pacientemente, una y otra vez que no me iba a morir y que todo era una creación de mi mente. Se quedó en la línea hasta que asimilé todas sus palabras, y hasta que pude lograr controlarme. Me explicó que el desencadenante podía haber sido cualquier cosa, o un conjunto: la presión que tenía acumulada, la responsabilidad de organizar la fiesta, o tal vez la cantidad de personas concentradas en un espacio reducido. Le prometí que la iba a volver a llamar, y nos despedimos. Me senté en el inodoro y traté de recomponerme. LLoraba porque sentía que en veinte minutos había retrocedido lo poco que había avanzado en tres semanas. Sofía debió escuchar lo que había hablado, o algún sollozo que no pude silenciar; abrió la puerta sin tocar y, con la mano preparada, hizo correr el agua de la canilla, me ayudó a levantarme del inodoro y me alcanzó una toalla.


sábado, 28 de julio de 2012

Todavía no llegaron y por culpa de Maxi estoy con un humor de perros. Para colmo, después del violento intercambio de palabras que tuvimos, me dejó decorando sola con las porquerías made in China que logró recolectar.
A mí me tocó fregar el piso, repasar los muebles y acomodar. Él se encargó de la parte más sencilla, sin embargo, su misión fue un completo fracaso: le dije que me trajera un paquete de globos con colores surtidos, y volvió con tres bolsitas de bombuchas rebozadas y pegoteadas por un polvo blanco. 
Le anoté en mayúsculas que comprara un cartel que dijera "feliz cumpleaños", pero únicamente consiguió un ovillo de guirnaldas hawaianas, alérgicas a la cinta scotch (para conseguir que colgaran armoniosamente sobre la pared del pasillo tuve que mutilar todos los extremos con un cuchillo, y luego enhebrarlas con un hilo de matambre trenzado artesanalmente). 
Pero lo peor de todo fue que le había subrayado con tres colores distintos que necesitábamos urgentemente dos docenas de platitos descartables blancos y lisos, y no sólo no me trajo la cantidad que quería (me trajo una docena), sino que también compró unos originales cacharros de melamina blanca con el logotipo del Dakar en el centro.

viernes, 27 de julio de 2012


Casi me descubre. Estoy segura de que el que le llevó el fuentón espantoso con el angelito pedorro fue el reventado de Florindo. Con esta actitud de cadete vengativo se debe haber cobrado el comentario mala onda que le hice el viernes pasado, cuando lo descubrí husmeando cerca de mi departamento, registrando los movimientos de Olga. 
Olfateé un aroma espeso apenas VilmaMiriam me dejó pasar.  A diferencia de otros viernes, Miriam, me hizo esperar en el sillón externo a su despacho; me cambió el pocillo de café por un vaso Telgopor rebalsado con agua de la canilla; y en vez de colapsarme con sus conocimientos enciclopédicos, solamente se limitó a intercambiar un "adelante" y un "espera por acá". 
En el living encontré a Clara con la misma actitud. Estaba de espaldas a los sillones, mirando a través del ventanal con las manos dentro de los bolsillos de su jardinero de jean. Le faltaban tres chanchitos, un sombrero de paja y una rama entre los dientes; vista de atrás parecía una campesina agobiada por la vista de la enorme ciudad. Hasta que me di cuenta de que, en el silencioso ambiente, sobresalía un ruido familiarmente molesto. Con un solo movimiento, Clara, dio una vuelta teatral y se acercó para desintegrarme con la mirada. Seguido, meneó la cabeza hacia la mesita redonda ubicada a su izquierda. Y la vi. Era la misma fuente con el mismo angelito vomitón que, el viernes pasado, me había regalado a mí. Me quería arrancar la cabeza, revolearla y hacerla chapotear a modo de "sapito" sobre el agua del cuenco amorfo. En un segundo se me atravesaron un sinfín de pensamientos: que la fuente tenía el mismo diseño espantoso que la que me había dado a mí; que quizás estaba viendo una "réplica"; o que tal vez había resucitado: el viernes pasado, antes de entrar al departamento,  se me había ocurrido dejar el pedazo de yeso acuoso en el cuartito de la basura de mi piso; y sospechaba que Florindo me había visto. Por eso no dudé en levantarme  del sillón y gritar con una profunda emoción:
 - ¡Mi fuente!, ¡la encontraste!
Fue todo tan espontáneo que en ningún momento pude darme cuenta de que estaba apretujando muy emotivamente las dos alas del angelito. Hasta que las solté y vi las marcas en mis manos. Clara me había creído. Mirándola de reojo, pude comprobar que las facciones acalambradas de su cara se le iban relajando lentamente. Y tuve que seguir mi acting hasta el final. Le expliqué que hubo un malentendido con las cajas de Maxi, al momento de hacer la limpieza general; por error habíamos despachado cosas mías. Y le dije que nos dimos cuenta tarde, cuando la fuente ya había desaparecido del depósito. 
Aparentemente Clara es muy querida por los vecinos. Todos tienen en sus casas algún tipo de manualidad hecha por "sus propias manos". Por eso "alguien" (fue el pez globo de Florindo), que la encontró, reconoció su toque personal y se la devolvió.
Durante la sesión hablamos de las novedades familiares y de los ejercicios. Como le conté que en esta semana no había tenido grandes problemas, apostó a una dosis más fuerte... También apostó a que no iba  a volver a perder la fuente. Me la regaló por segunda vez.

jueves, 26 de julio de 2012


Volví y encontré a Sofía merendando en mi cocina. Hoy, el que estaba de guardia en el Centro Islamita era el mismo policía flaquito chupa-mate de ayer que, a diferencia del policía rechoncho y pela-mandarinas del martes, me dejó pararme tranquila frente a la puerta del edificio sin importarle mi supuesto look de musulmana. Estaba tan satisfecha con el tiempo que había durado abajo, que subí los nueve pisos con la misma energía que tenía Forrest cruzando Alabama. Pero tengo que confesar que la fotografía que encontré cuando llegué a mi departamento me arruinó un poquito el humor. Maxi y Sofía estaban sumergidos en una atmósfera de secreteo imbancable. Preferí dejarlos solos tomando la chocolatada con facturas y me fui a bañar. Media hora después, la casa estaba en completo silencio. Maxi había salido sin avisar, y Sofía me esperaba en el living. La encontré revisándome la colección de DVDs. Nos sentamos en las reposeras del balcón, y me dijo algo que me horrorizó:
 -En mi casa no me dejan ver películas.  
Me contó que la familia es extremadamente religiosa. Que tanto la madre como el padre son catequistas misioneros que, además de enseñar en colegios públicos y privados, los fines de semana se dedican a viajar por el país para "mantener la palabra de Dios viva y vigente''; y que en realidad son los abuelos los que se ocupan de ella. Para remontar la conversación le conté que el sábado íbamos a tener una reunión, y le dije que le preguntara a sus abuelos si podía venir, pero se negó: no la dejan salir sin supervisión. Lo más triste fue cuando me confío que sus papás jamás le festejaron un cumpleaños; y que solamente celebraban los días religiosos. Como quise darle una pizca de gracia al tema, se me ocurrió comentarle que cuando era chica a mi mamá le encantaba organizar las fiestitas más depresivas del mundo: que para mi onceavo cumpleaños había contratado a una imitadora de la Flaca Escopeta que tenía veinte kilos de más y se desplazaba sobre el escenario con la ayuda de un andador; que para mi doceavo cumpleaños se me había ocurrido pedirles que alquiláramos una pista de patinaje de moda, pero cuatro días antes del festejo, mi mamá, tuvo la brillante idea de hacer una llamada al Gobierno de la Ciudad para chequear el estado del salón, y tras una inspección terminaron clausurando el local por peligroso; no contaba con los suficientes barrales para sujetarse en la pista. Y que a los trece años mientras los padres de mis compañeritos les organizaban a sus hijos los primeros bailes mixtos, con botellita incluida, mi mamá quería copiar la fiestas de disfraces educativas con las que mi tía Verónica torturaba a mis primos; a esa edad tenía la suficiente lucidez como para darme cuenta que antes de disfrazarme de satélite o de invertebrada, lo mejor que podía hacer era perderme en los cines de Lavalle.
Pero lo arruiné todo. En vez de reírse conmigo, se largó a llorar sobre mi hombro. Y tenía razón. Por lo menos tenía el recuerdo de haberlos festejado. Para ponerla contenta la invité a venir a ver películas conmigo. Y se fue antes de que los abuelos se despertaran de la siesta. 

miércoles, 25 de julio de 2012



Se viene el Carnaval Carioca. Mi hermana me llamó. Tuvimos una charla fugaz que duró diez minutos. En los primeros cinco resolvimos el problema; acordamos que el sábado nos reunimos en mi casa y que de paso vamos a aprovechar para festejarle el cumpleaños a Pablo. En los cinco minutos restantes me confesó que en realidad su trabajo había terminado hacía una semana, y que estaba parando en Mendoza: después de estudiar los fenómenos sísmicos en la ciudad de Cafayate decidió trasladarse a Godoy Cruz, para disfrutar una mini luna de miel con un mendocino que conoció en el grupo de investigación. Parece ser que, en solamente dos semanas, el chico logró volarle del cerebro todas las placas tectónicas; porque ya están planeando irse a vivir juntos. Así que, además de traernos un montículo de rocas que juntó mientras picaba una fosa, también va a traer de visita a su nuevo novio.
 Apenas cortamos, llamé a Pablo. Le comenté lo poco que sabía: que su madre  estaba organizando un nuevo plan para engañarnos. La verdad es que no la puedo culpar. Los tres detestamos los cumpleaños de  la misma manera. Por esto mismo, hace más de diez años, organizamos un comité para formalizar la decisión de evitar festejarlos en familia. El problema fue que, cuando mis papás se separaron, mi mamá volvió a retomar el hábito del festejo, y los ideales del comité se disolvieron por completo. Ahora mi mamá se encarga de reunirnos a través de excusas y mentiras: para el último cumpleaños de Pablo, nos había invitado a cada uno, por separado, a cenar a Puerto Madero. Pero resultó que, en realidad, nos esperaba para embarcarnos en un catamarán poblado de jubilados. El catamarán nunca zarpó y nos balanceamos sobre el agua hasta las 21 hs.
Al rato, cuando nos dimos cuenta que el segundo piso se estaba convirtiendo de a poco en una pista de tango, y que lo único que había para tragar eran las sobras de la mesa fría, los tres nos fuimos levantando disimuladamente para naufragar. 
Y ella terminó sola con Nora, su amiga.   
Arreglamos así: Pablo se va a encargar de la comida. Yo me encargo de la casa y los preparativos. Antes de llamar a mi mamá para contarle el cambio de planes, aspiré el humo del sahumerio de lavanda y lo contuve en mis pulmones hasta marearme. Pero sorpresivamente no tuve que justificarme por mis "problemones". Ni siquiera los nombró. Aceptó encantada el plan que habíamos armado. También se ofreció a traer las bebidas y la torta cumpleañera.

martes, 24 de julio de 2012


Estoy segura de que el "Sin Cara" del "B" engaña a la rubia espantapájaros con una gótica depresiva fanática de Tim Burton. Lo descubrí después de que Maxi y yo nos despidiéramos en el hall, y antes de que terminara el ejercicio. Apenas bajamos me apareció, en todo el cuerpo, una erupción que no me dejaba caminar. Mientras me frotaba la espalda con las paredes del hall, decidía a dónde me convenía ir. Preferí acortar el camino. Sin pasar por ninguna esquina, atravesé directamente la avenida hasta llegar a el Centro Islamita ubicado justo enfrente de mi edificio. Me instalé cerca de las escaleras, y al instante, desperté la atención de un policía que estaba montando guardia escondido tras la puerta. Evidentemente, para sus ojos estereotipados, yo era alguna clase de sospechosa. Pero solamente tenía frío: estaba envuelta con un poncho de polar negro. Había usado la capucha para cubrirme el pelo y la cabeza. Me parece que el problema fue la bufanda; había tanto viento que necesité momificarme el cincuenta por ciento de la cara, sobrepasando incluso la altura de la nariz. Como quería dejar de llamar la atención, disimulaba mi sarna nerviosa rascándome con el block de notas. Aunque estaba de espaldas a él, lo escuché bajar y subir las escaleras, dubitativo, más de una vez. Hasta que tomó coraje:
 - Le pido que se corra. Por precaución nadie puede  pararse  delante
    de este edificio.
Tenía ganas de improvisar el sonido de un monótono tic-tac, y un estallido exagerado, pero solamente me descorrí la bufanda de la boca, le pedí disculpas y me alejé. 
Como estaba decidida a completar el ejercicio, caminé treinta metros. Terminé estacionándome en el supermercado chino "Huang Lee". Cronometré cuatro minutos, ocho minutos y quince minutos. A los veinte minutos, el malestar estaba cobrando otra intensidad. Quería volverme. Ya esperando a cruzar la calle alcancé a ver, a unos metros del edificio, a una chica pálida y alta, parada junto a "El Sin Cara" del "B". Me distraje esquivando a un Ford rojo, y me perdí la despedida. Cuando volví a enfocarlos, los encontré caminando hacia lados opuestos.

lunes, 23 de julio de 2012


Si vuelve a pasar lo mismo, Olga y yo, vamos a tener que hablar muy seriamente. Su actitud irresponsable me dejó paralizada durante toda la mañana y gran parte de la tarde. Si salía presentía dos cosas: que apenas me asomara sobre la Avenida San Juan, Olga, iba a aparecer para arruinarme el ejercicio, y que si Maxi llegaba antes que yo, seguramente iba a encontrar a Capitán con algún cachivache suyo dentro del hocico; o lo iba a encontrar revolcándose sobre su acolchado de los Thundercats. Después de esperarla por más de tres horas, me quedé dormida en el sillón. Me desperté por unos bufidos de hipopótamo malhumorado que llegaban desde la cocina. Maxi estaba hecho un rollo de papel mojado; no le había ido bien en la entrevista de trabajo que tenía, y también protestaba porque las neuronas no le alcanzaban ni para abrir una lata de paté. Intenté llamar a Olga para combinar nuevamente el paseo de Capitán, pero su celular estaba apagado. La que no lo tenía apagado era mi mamá, que me llamó para poner a prueba la elasticidad de sus cuerdas vocales; porque impostando la voz, como una periodista de noti-drama del mediodía, me comentó que Olga no antendía el celular desde la mañana y que Gisella, su hija, estaba preocupada porque Olga se había comprometido a acompañarla a la tercera ecografía, y no tenía idea en dónde debían encontrarse. Antes de que mi mamá nos delegara a cada una de nosotras la tarea de empapelar la ciudad con su cara de galleta, junto con la inscripción “Missing Olga”, preferí no contribuir a sus teorías descabelladas y le mentí. Le dije que Olga 
me había llamado para confirmar que iba a pasar, pero que se había retrasado con unos trámites. Cuando se calmó, la voz le cambió completamente y con un tonito amenazador me sorprendió con un ultimátum: como el próximo jueves es el cumpleaños de Pablo, mi hermano, y el viernes mi hermana vuelve de Salta, me pidió que intentara “mentalizarme para salir rapidito”, o que le encontrara la vuelta a “mis problemones”, porque no iba a poder soportar la idea de otro festejo cancelado por mi culpa. Le corté y corrí para atrancarme con un paquete de Titas y una flauta rellena con paté que me convidó Maxi. Cuando pensaba que el día ya había terminado, Olga tocó el timbre y subió. Sin decirme nada, dejó la cartera sobre el sillón, y se fue al baño para liberar, de las medias color piel incendio, sus dos morcillas vascas asfixiadas. Dos minutos después apareció con un jogging gris; se sentó  en el sillón del living y acomodó su cartera. Mientras emparejaba los diminutos tirabuzones de su pelo con una peineta de plástico, le susurré:
 - Mi mamá y tu hija no sabían dónde estabas...
Y cuando dije “dónde estabas”, abrí tanto los ojos que por un momento sentí que se me iban a desprender del cableado interno para quedar colgando en el aire. Pero de todas maneras, Olga, no dijo nada. Salió del living a los tropezones, intentando enlazar  a Capitán con la correa.

domingo, 22 de julio de 2012


Corté gancho con Maxi. Si Laura no hubiese venido a tiempo, además de un kilo y medio de papas también le hubiera escrachado la cara con la sartén.
Después de que dejamos a Sofía en lo de los Vargas, me pasé toda la tarde de ayer mensajeándome con la gente del foro, y también dedicándome a la tarea que me correspondía: controlar la carne al horno rellena que íbamos a cenar los tres por el día del amigo. 
Para mi sorpresa, dos horas antes de que Laura llegara completamente vencida por haberse ofrecido a animarle el cumpleaños a sus sobrinitos gemelos de Lanús, Nicolás, el chico que me maravilla, inició una conversación privada conmigo. De la emoción, la barra espaciadora se disparó como una jabalina a un metro de distancia del teclado. Ahora sé más de él. Me contó que su banda preferida es Pink Floyd, que no es profesor de historia sino que es profesor de geografía, que vive con un hermano ocho años menor que él, que le gustaría tener un perro Labrador color té con leche, y que su libro preferido es "Cien años de soledad". Sin detenerse demasiado me confío unos detalles menos felices: que su papá falleció hace tres años, y que tanto la agorafobia como los ataques de pánico, se le despertaron hace aproximadamente cuatro meses atrás. Traté de levantarle el ánimo; hablamos sobre los países que llegó a visitar. Para hacerme la interesante le mostré unas fotos que había tomado hace bastante, y que llegaron a ser impresas (con mucho esfuerzo) en algunas revistas provinciales. Planifiqué mostrarle las más interesantes hacia el final: una colección de fotografías que había expuesto hacía dos años en una galería de Corrientes, que intentaban reflejar la vida nocturna diaria en la ciudad. 
La conversación se estaba volviendo más íntima: lamentablemente me habló de sus problemas amorosos y de la relación bipolar que mantiene con Carola, la novia.  Quería anudarme las manos con el cable del mouse y evitar cualquier confesión disparatada. No sé por qué, pero le conté sobre la supuesta relación que todavía mantengo con el tarado de Martín. 
A la media hora, Maxi se empacó y se sentó en nuestro ciber colectivo,  porque quería encontrar en su computadora un paso a paso que explicara la cocción de las papas escrachadas. Pero en verdad se mordía los codos por saber de qué me reía;  tanto que su respiración afiebrada de secador de pelo hizo que me diera cuenta que lo tenía flotando como un lorito de pirata sobre uno de mis hombros. 
Después de caminar de la computadora a la cocina durante una hora; me gritó que las papas escrachadas se le estaban desintegrando por tercera vez. Pero yo estaba tan concentrada  en conquistar cibernéticamente a Nicolás, que no llegué a escuchar ninguno de sus lamentos. Hasta que de repente, el monitor se fundió a negro. Maxi estaba en el suelo comprimido como un bicho bolita, con el dedo del delito apoyado sobre la tecla naranja de la zapatilla. Antes de que alcanzara a revolearle algo, Laura tocó el timbre y Maxi se arrastró sobre sus rodillas hasta el portero. 
Terminé esculpiendo sus papas amorfas, e ignorándolo durante toda la cena. 


sábado, 21 de julio de 2012




Y ahora también tengo un orfanato. Eran las 23 hs y el griterío estaba en su punto más álgido, sin embargo, me parecía que el cancionero todavía iba a durar un largo rato.
Como Maxi había salido a tomar unas cervezas con unos amigos, y yo no estaba dispuesta a dejarme ensordecer ni un segundo más gratuitamente; me fui a recluir a mi habitación. 
El televisor estaba saturado por las líneas verdes fosforescentes del volumen, y ni siquiera el parloteo agudo de Mirtha Legrand en "Esposa último modelo", podían tapar lo que las paredes de cartón dejaban filtrar. La historieta era vieja: la nena de los Locos Vargas del "A", quería salir a festejar el día del amigo, y nuevamente sus familiares se lo estaban impidiendo. No quería ver la parte más triste de la historia: ella iba a terminar refregándose los mocos en el piso que  tenemos en común. Pero un gruñido de Capitán me despertó la curiosidad, y fui hasta la puerta para comprobar si ya había empezado la escena dramática. Todavía no. Se escuchaba la misma vocecita protestona, la misma negación y el mismo llanto; pero todo elevado a la octava potencia. Y ahí fue cuando vi salir al "Sin Cara" del "B", acompañado por una rubia artificial. Los dos se habían acercado hasta la puerta de Los Vargas y se reían juntos. "El Sin Cara" la tomaba por la cintura y le susurraba algo al oído. Esperaron el ascensor, y un minuto después bajaron. Volví a mi guarida un poco indignada; la misma persona que hacía un mes se había dejado golpear por el abuelo Vargas en la cara para defender a la pobre nena, ahora se reía de ella acompañada por un espantapájaros chueco. 
Aunque la película era una comedia, me sedó. De lo que pasó después me enteré cuando me levanté. Maxi estaba durmiendo en el sillón. Ni siquiera me pregunté por qué. Supuse que hasta una pila de diarios era más cómoda que su colchoneta baleada. Preparé el desayuno y cuando se despertó, casi le tiro el café con leche dentro de los bóxers, porque me dijo:
 -¿Se levantó Sofía?                                                                       
Era lo único que faltaba; que además de un menjunje de porquerías, me trajera a dormir a sus descerebradas "preciosuras" de una noche. Evidentemente mi cara mutó a algo horrible, porque enseguida se explicó:
 - La chica de enfrente, Fernanda. Era la una de la madrugada.
    Estaba llorando en el pasillo.
Media hora después, Sofía se levantó y la acompañamos en su desayuno. Me sorprendí. A pesar de que tiene rasgos infantiles y un cuerpo simpáticamente achicharrado, tiene quince años y está en tercer año del colegio. No habló mucho, estaba demasiado avergonzada por el alboroto de ayer a la noche; y los anteriores. Me dio mucha tristeza que siendo tan chica tuviera los ojos  hinchados por un llanto injusto. Terminó de comer y los dos la acompañamos al 9° "A". Maxi esperó a que entrara. Una vez que se alejó, pulió su costado diplomático y le susurró muy amablemente a la madre de la nena que si alguno de nosotros dos volvíamos a encontrar a Sofía en el pasillo, íbamos llamar a la policía. Se escabulló dentro de su casa y sin decir nada nos calló con un portazo. 

viernes, 20 de julio de 2012


Me escapé de mi mamá y de Olga por una hora, y me fui a la terapia con Clara. 
Maxi había planeado una huida desde la mañana, al barcito de la esquina de la Plaza Martín Fierro. Pero las visitas llegaron antes de que terminara de afeitarse. Con el paso de los años el ojo crítico y la lengua enroscada de mi mamá se volvió más insoportable, y menos soportable para todos los que tenemos el gusto de rodearla. Hoy como siempre, había sido asquerosamente evidente. Cuando le miró los jeans rotos y la camisa arrugada a Maxi, pudimos ver su intestino comprimido reflejársele en la cara. Sé que en el fondo lo detesta tanto como a Capitán: para ella, Maxi también es un “hippie roñoso con olor a Riachuelo”. Por primera vez en mucho tiempo, estaba contenta por poder salir del departamento. Ni siquiera me importó el acting de Florindo: lo encontré subido a un banquito, apoyado contra la pared. Estaba preparado para montar una pose de trabajo; porque apenas me vio apuntó la virulana chorreada con Odex, que sostenía en la mano, sobre la placa de bronce del noveno piso. Lo saludé y bajé. 
VilmaMiriam me recibió con una gran sonrisa y un cortado humeante. Esperé en el despacho hasta que Clara terminara de organizar sus cosas. Desde el living llegaba el ruido de un chapoteo insufrible. Hasta que me llamó: la Pastora Clara me esperaba sentada con la espalda exageradamente recta pegada al respaldo del sillón. Sobre los brazos extendidos de forma ancestral, caía su pelo de permanente teñido de color negro azabache. Cuando se levantó para correr las cortinas pude verla de cuerpo entero: llevaba unos pantalones de pana color beige y una blusa blanca bordada con unos girasoles grises. Lo más espeluznante de todo fue cuando me di cuenta que estaba descalza. Para evitar mirarle las uñas crecidas pintarrajeadas de verde y naranja, desvié la vista empecinada en descubrir el origen del sonido molesto. Y venía de una pequeña fuente patinada de color ocre que se apoyaba sobre la mesita redonda que Clara tenía a su izquierda. No sabía que era peor, porque de la fuente sobresalía un angelito exhibicionista que vomitaba agua burbujeante sobre un cuenco que sostenía entre sus manos. Clara debía estar mirándome porque me preguntó:
 -¿No es divina?
Le contesté con una mentira piadosa:
 - Es hermosa.
Y me costó caro:
 - Llévatela. Las hago yo, tengo cincuenta más.
Mientras le contaba acerca de la mudanza de Maxi, y mi último encuentro con Martín, Clara pescaba las gemas amarillas que flotaban en el interior de la fuente. 
Hablamos detenidamente sobre los ejercicios de estas dos últimas semanas. Cinco minutos antes de terminar, decidió que ya era tiempo de redoblar la apuesta. Me explicó que vamos a seguir trabajando con los espacios abiertos; y que también es necesario que de a poco me vaya desacostumbrando a “mi espacio seguro”. Ahora la verdadera misión va a consistir en poder trasladarme a la vereda de enfrente o hacia una esquina, intentando hacer exactamente lo mismo que las últimas semanas.
Antes de irme desconectó el cable que hacía funcionar el motorcito de agua. Cuando el ruido se detuvo, me quise morir. Me la estaba regalando de verdad.   
Cargué hasta el noveno piso un malhumor que pesaba más que los quince kilos de yeso que llevaban mis brazos. Estaba toda empapada, porque el ángel endemoniado me había salpicado toda la ropa con los restos de agua que seguía escupiendo por la boca. Cuando completé los cinco pisos, encontré al subnormal de Florindo husmeando los movimientos de mi departamento mientras barría el sector de los “Locos Vargas” del “A”. No me quería meter en sus travesuras románticas, pero me pareció mucho más sano exteriorizar lo que sentía con palabras, que revolearle un pedazo de yeso y abrirle la pelada:
 - Acá cosas raras no. Esperala en el hall.  

jueves, 19 de julio de 2012


Creo que Martín y yo, no vamos a volver a vernos. Después de lo que pasó ayer, tenía pensado quedarme escondida en la cama. Quería que el colchón se abriera en dos, me absorbiera hasta su interior y me asfixiara con una tormenta de plumas. Pero a mi cuarto llegó el olor a tostadas quemadas, y me acordé de que estaba conviviendo con Maxi. Salí de la habitación a los tumbos; en un microsegundo había imaginado que lo iba a encontrar danzando alrededor del primer foco de incendio de la temporada. Y yo estaba dispuesta a apagarlo con las inútiles bombachas que había juntado de la pila de ropa. Por suerte, solamente lo encontré untando cuatro tostadas de pan negro con manteca y mermelada. No lo podía creer. Dos eran para mí. Mientras me sentaba y lo mirada algo extrañada, me sirvió café y me alcanzó la azucarera. Sabía que no podía durar mucho tiempo:
 - Qué fea que sos a la mañana.
No le contesté. Hoy sí tenía razón. Durante toda la noche había llorado por el estúpido de Martín. Me levanté para reflejarme en el microondas y lo comprobé; tenía los ojos aglobados y alrededor de ellos, por tener la piel paspada, se me había formado una pequeña comunidad de arrugas. También sentía que por la noche el Ratón Pérez me había visitado un poco confundido, y me había reemplazado la nariz por dos kilos de morrones rojos. Maxi me miraba. Esperaba que le dijera algo, pero la verdad lo único que quería era llenar un poco el estómago y volverme al cuarto, para matar la mañana petrificada bajo las sábanas. Pero dio el primer paso:
 - Ayer cuando volví, vi a Martín dentro de su auto.
Como Maxi me había avisado con antelación que iba a salir con una “preciosura”, me pareció innecesario comentarle que Martín iba a venir a cenar. No tenía ganas de escuchar el discurso de nadie. Preferí no darle importancia, y le respondí que había pasado un rato para dejarme unas cosas mías.
 -¿Te dejó un vino?
Despegó los brazos que tenía apoyados en la cintura a modo de protesta, y me señaló con un dedo fugaz y vergonzoso, la botella que estaba apoyada en una bolsa de nylon sobre la mesada. El mugriento se las había dado de Sherlock Holmes y la había desenterrado del fondo de la basura;  cuando noté que tenía pegados unos pedacitos de mozzarrella con óregano de la pizza que habíamos encargado a la noche, no me pude contener y exploté de la risa. Inmediatamente volví a recordar la pelea que tuve con Martín y volvió a visitarme el llanto. Maxi me serenó y pude contarle, hasta con una pizca de humor, por qué creía que Martín y yo no nos íbamos a volver a ver: Martín llegó dispuesto a sacarme a cenar afuera. Por las dudas, estaba preparada con una excusa coherente en caso de urgencia; me negué y le dije no podía irme, porque Maxi todavía no tenía las llaves para entrar. Desistió, y un rato después llegó la pizza. Acercamos la mesita ratona y comimos en el sillón. Cuando terminamos, me abordó:
 - El viernes pasado te llamé al trabajo.
Martín lo sabía, y me había puesto a prueba  desde el principio. Tendría que haberlo sospechado cuando la invitación se había tornado a un tono más imperativo; pero no me extrañó. Era él, el que siempre tomaba las riendas, y yo era la que siempre lo seguía, meneando la cola sin chistar.
 - Me atendió una mujer. Me dijo que hace más de dos meses que no vas
    a trabajar. No me sabía decir  ni por qué. Hasta me preguntó a mí. ¿Por
    qué me mentiste?
Estuve a punto de preguntarle si la había atendido la víbora de Rebeca, pero Martín siguió acorralándome:
 - No salís de tu casa. Desde el lunes hasta ayer, te vi salir una vez y
   te quedaste parada en la puerta.
Lo odié profundamente. No lo quería escuchar más. Le quería tapar la boca con las porciones de fainá que habían venido de regalo, y los agujeros nasales con las aceitunas negras que había dejado en el borde del plato. Estaba escandalizada. No razoné lo que le respondí:
 - No. Salí tres veces. En vez de espiarme, ¿por qué no me preguntaste?
 - Porque no me ibas a decir nada.
 - Vos tampoco me dijiste que cagaste a FLA con una guía de turismo.   
Después de reprocharnos un montón de estupideces más, nos  quedamos en silencio durante media hora. Acordamos hablar en otro momento. Nos despedimos con un beso en la mejilla, y se fue.

miércoles, 18 de julio de 2012


Mi casa se convirtió en un centro de refugiados. Ayer a la tarde, los esperé derrumbada en el sillón anestesiando el estómago con un té digestivo. Desde que había hablado con Rebeca y con Joaquín, tenía un nudo en la garganta que no me había dejado comer en todo el día. Pero necesitaba prevenirme. Presentía que en adelante, cada palabra o cada acción iba a caer por mi garganta con la misma velocidad que un yunque en el vacío. Tan equivocada no estaba: mientras que Laura y Maxi pujaban juntos de uno de los extremos del colchón berreta de una plaza y media, prensado como un arrolladito primavera gracias a la cinta de pintor que lo envolvía; yo recorría silenciosamente las escaleras del séptimo y el octavo piso para recolectar, con la ayuda de una palita y un escobillón, las bajas de goma espuma que sufríamos en el camino; cuando logramos llegar al departamento, ya había rebalsado casi dos bolsas de nylon con unas bolas esponjosas de color verde musgo del mismo diámetro que el de unas pelotas de ping pong. Estaba segura que la cantidad era la suficiente como para hacerle una cuchita a la medida exacta de la diminuta VilmaMiriam.
Si en  los dos últimos meses había divagado con la idea de que mi libertad estaba restringiéndose cada vez más; mientras armaba la cama en la nueva habitación de Maxi, no podía dejar de sentir que la pequeña porción que todavía sujetaba esperanzadoramente, estaba empezando a ser absorbida por los agujeros negros de su harapienta colchoneta. También me había dado cuenta que gran parte de mi molestia tenía una explicación menos chiquilina... le iba ceder a Maxi, el único lugar en el mundo que todavía conservaba la esencia de mi abuela; inclusive en el escritorio había mantenido, junto con su antigua máquina de coser, el último trabajo que había dejado sin completar. Y guardé todo por él: Laura movilizaba el Monumento a la Literatura hasta la habitación, al mismo tiempo que yo me encargaba de desocupar el cuarto. 
Estaba agotada tanto física como mentalmente. Y las nuevas porquerías que encontré en el recibidor me terminaron por desacomodar los nervios. A mis espaldas, el tarado de Maxi había complotado con Laura para traer su centro musical que, junto con su colección de vinilos, ocupaban el mismo espacio que un lavarropas. Pero lo que más me indignó fue ver que también había traído su mesa de computación desmontable, carcomida en algunos sectores por alguna bandada de termitas, para que su computadora, más grande que las maquinarias instaladas en el centro de mando de los Power Ranger, tuviera un lugar de apoyo.
Armamos la mesa en la habitación, pero no cabía; la puerta del placar no tenía espacio suficiente como para abrirse. Así que tuvimos que emparejarla junto con la mía. A las diez de la noche, cuando Laura se había ido a su casa, y ya habían pasado unas cuatro horas y media de nuestro primer día de convivencia; mientras Maxi terminaba de arreglar la ropa que alfombraba el piso de su cuarto; huí del ciber comunitario que habíamos desplegado en el living, y bajé a completar los ejercicios. 
Creo que si pude flagelarme durante veinte minutos con los síntomas insufribles de siempre, fue porque en realidad estaba buscando una seguidilla de infartos.

martes, 17 de julio de 2012

Ayer por la mañana había llamado a Joaquín, el jefe de diseño de la productora, pero como estaba ocupado en una reunión de producción hasta la tarde, hoy a primera hora volví a intentarlo nuevamente. 
A pesar de que me estoy comunicando casi a diario con Marisa, la otra fotógrafa; y con Rodrigo, el encargado del área gráfica, para entregarles corregidos los trabajos semanales que me envían; y de que también habíamos llegado a un acuerdo pacífico con Joaquín, tuve la necesidad de charlar un rato con él y hacerle saber que era consciente de que ya había pasado un mes desde la última conversación que tuvimos por teléfono. De las cuarenta personas que actualmente trabajan ahí, me atendió la peor de toda la lacra. Rebeca, la víbora de prensa, me retuvo más de veinte minutos revelándome algunos rumores que se están comentando acerca de mí y de mi "injustificada ausencia". 
A medida que terminaba una hipótesis y comenzaba otra, dejaba entre medio un largo silencio esperando que yo confirmara alguna. Por supuesto que no le di el gusto y vacilé en todas, con el fin de despertar su envenenada expectativa. Por lo que me dijo, algunos anduvieron murmurando que estoy de licencia por embarazo; otros que dejé el trabajo para inaugurar, en la temporada diciembre-enero, un parador en Santa Teresita; otros comentan que la esquizofrenia que venía gestando empeoró y que me estoy recomponiendo por segunda vez en un centro de rehabilitación psiquiátrico; pero la mayoría apostaba fuertemente a la más disparata de todas: que no pude soportar el romance de Joaquín con Paola, la recepcionista de cera, y que por eso preferí renunciar. Después de veinte minutos se me bajaron todas las defensas. Estaba a punto de largarme a llorar. Por eso, le pedí que le avisara a mi jefe que me llamara y corté; también le corté el sueño de convertirse en la Paparazzi destacada del mes, porque de todas formas no participé activamente de su reventado Multiple Choice. 
Joaquín me llamó media hora después. Me preguntó si había podido avanzar, y también me preguntó para cuándo tenía pensado volver. Sin entrar en detalles le conté que había mejorado muchísimo, pero que todavía no podía darle una fecha exacta. Supongo que por mi tono de voz intuyó que estaba triste; y me levantó el ánimo con su agudeza: me aconsejó que no le prestara atención a los comentarios malintencionados de los demás empleados del gallinero; y que lo peor que podía hacer era escuchar a Rebeca, una señora treintañera que llama todos los días desde su oficina a Fono club, para mendigar una amistad ocasional.  

lunes, 16 de julio de 2012


Estoy sulfatada de los pies hasta la cabeza. No quiero atender a nadie más. Desde hace una semana  tengo la sensación de que cada vez que alguien me visita o me llama, solamente es para regarme con un mar de problemas. Hoy no fue la excepción. Por la tarde bajé a hacer el ejercicio, y cuando llegué a cronometrar quince minutos, comencé a sentir la imperiosa necesidad de estar refugiada en mi casa. Y me volví. Estaba completamente agitada, extenuada y malhumorada. Todo empeoró cuando me encontré nuevamente con  los Rastis gigantes que tengo apilados en mi recibidor con la forma de un Arco del Triunfo Romano; sinceramente tenía ganas de llamar al delivery de la Corporación Acme, encargar un atado de explosivos y dinamitar hasta la última torre; más cuando descubrí que de una de las cajas se asomaba la contratapa de un libro con la cara fantasmal de Claudio María Domínguez. Mientras Capitán me arañaba las piernas salvajemente, y me ensordecía con sus inoportunos ladridos de felicidad, sonó el timbre. Era Olga. Al mismo tiempo que me esguinzaba el dedo índice activando el portero, y le repetía  por décimo cuarta vez que abriera, alguien me tocaba la puerta. Era Florindo. Sonriendo malévolamente me exigió el pago de una multa de $55. Ignoré el ademán que hizo para entrar en mi casa, usé mi brazo como barrera de peaje y lo atendí afuera. No tenía intenciones de dejarlo pasar; antes prefería invitar al Petiso Orejudo a tomar el té. Del lado del pasillo me explicó que, desde hacía tres meses, las reglas de convivencia habían sido modificadas por el administrador: para no molestar a ningún vecino quedaban prohibidas las mudanzas los fines de semana. Me sentía nuevamente estafada; por eso le pedí que le transmitiera encarecidamente a Ricardo, el administrador del consorcio, y a los vecinos "botones" que, como no estaba enterada de la nueva modalidad ridícula, no pensaba donar ni un patacón. Y se exasperó. A los gritos se justificó diciendo que las multas no eran limosnas, y que aseguraban un correcto comportamiento colectivo. Cuando Olga salió con las bolsas de compras del ascensor, la oruga Florindo se convirtió en una celestial mariposa. Estaba tan nervioso por verla que para dar una mejor apariencia, estimulaba el brillo de su pelada con el puño de su mameluco. También tenía la boca tan abierta que hasta pude contabilizarle sus múltiples tratamientos de conducto. Por otra parte, Olga, caminaba igual de atolondrada que un pato atravesando un camino de piedras. Ni siquiera podía sostenerle la mirada a Florindo. Después de que los dos se pavonearon unos minutos en silencio, me despedí. Florindo estaba tan distraído que ni siquiera escuchó cuando le sugerí que se metiera la multa en el culo. Sin despedirnos empujé a Olga dentro, y le cerré al portero la puerta en la cara. 
Hace un rato me llamó Martín para invitarme a comer afuera. Usé la mudanza de Maxi como excusa para rechazar la oferta. Después de hacerme un berriche telefónico, que duro más de media hora, arreglamos para que venga el miércoles a la noche.