Estoy pasando el plumero. Vienen todos, y en las últimas horas se sumaron mi tía Verónica y mi prima Sabrina...
sábado, 25 de agosto de 2012
viernes, 24 de agosto de 2012
Algún día tenía que ser. Y ese día va a llegar pronto. El Dr. Pradera
me extendió la licencia; se termina el período y tengo que volver al trabajo.
Como diría mi abuela, no hay tutía (menos con Rebeca al mando del cuartel).
En un principio creí que no iba a poder llegar a la clínica. Laura me iba a acompañar; pero hoy a la mañana me llamó para
disculparse. No podía hacerme el favor porque mis horarios se superponían con
los de Franco y su primera visita al hospital después del incidente de las gotas y de la fractura de muñeca.
Estuve agradecida. Me pareció el pretexto perfecto para faltar y aplazar mi
deber en el calendario. No intenté llamar a mi hermana; sabía que estaba
ocupada con los últimos arreglos antes de viajar a Mendoza nuevamente. A mi
mamá le corté antes de que atendiera. Lo que me detuvo fue imaginármela
entrometiendo su permanente entre el hueco de los dos asientos delanteros del taxi, para
parlotear con el conductor. Iba a terminar contándole toda mi vida y seguro, le iba comparar mi problema con un sarpullido de acné. Esa escena tenía un solo
final; de los nervios, dentro mío, se iba a desatar una ola de ataques de
pánico y para detenerlo iba a arrojarme sobre el pavimento con el taxi en movimiento.
La cigarrera rosa y plateada que encontré apoyada en la mesa de la
cocina mataron mi abstinencia. Le robé dos cigarrillos a Mandy, me preparé un
cortado y me fui a sentar en la reposera del balcón, acompañada por un Capitán
adormilado. Se me empaparon los pies y los tuve que dejar al descubierto. El balcón
tenía unos charcos que todavía no habían caído por el desagüe común. Por los agujeros de la reja husmeé la vereda. Los hombres caminaban a sus trabajos
vestidos con remeras de mangas cortas, como si las altas temperaturas de estos
dos últimos días los hubieran convencido de estar en medio de un verano
permanente. No escuché los golpecitos de Maxi en el ventanal; eso hizo que me lanzara un par de ojotas en la nuca. Las calcé en mis pies y entré al living hecha una
furia. Los humores se invirtieron, y terminó enojándose conmigo porque no
quería ir al psiquiatra. Me arrastró hasta la habitación y me obligó a
cambiarme. Él se fue a la suya y diez minutos después lo encontré en la cocina
desayunando con Mandy. Los dos querían llevarme.
El viaje pasó desapercibido. Mandy cruzó algunos semáforos en rojo y se
concentró más en agarrar la entrepierna de Maxi que el volante de su
escarabajo violeta, pero como conductora asignada se ganó todos mis respetos. Y
Maxi fue hermoso. La mayor parte del recorrido logró mantenerme entretenida con
el juego “Ni sí, ni no, ni blanco, ni negro”. Lo mejor fue la competencia
beatlemaníaca. Ganaba el que canturreaba un disco ordenado y completo de Los
Beatles. Ganó Mandy, que había elegido el álbum Revolver y se sabía las once
canciones de memoria. El tránsito estaba horrible y pesado, pero la conductora
logró escurrirse hábilmente en cada hueco que
dejaban los conductores atontados que todavía no habían logrado abrir
los ojos por tanta lagaña apelotonada en los lagrimales.
Maxi no bajó del auto; cada uno tiene su fobia y la de él tiene que ver
con un pasado que encierra hospitales, clínicas, médicos y salas de espera. Los
repele desde que el cáncer se llevó a Mónica, su mamá. Le pedí a Mandy que se
quedara con él, pero ninguno de los dos quiso dejarme sola. Maxi me deseó suerte y nos perdimos en la calle
Uruguay.
Subimos cuatro pisos por escalera y bordeamos tres pasillos blancos e
infinitos. Cada intersección estaba decorada por unos maceteros anchos de
aluminio de los que se asomaban unos girasoles de plásticos desnutridos y
berretas, y unos loritos de madera parecidos a los que suelen ofertar los
locales del Puerto de Frutos. Mandy me hizo sentar en la sala, junto con dos
señoras mayores que no dejaban de celarse las revistas que habían elegido. Me obligó a hojear una
revista que hablaba sobre el polo en Argentina. Cuando notaba que no quería leer, hacía preguntas sobre mi familia, Laura
y Maxi. Se la notaba nerviosa, como si tuviera miedo de que no llegara al
consultorio.
El Dr. Pradera tardó porque no podía deshacerse de un paciente
extrañamente reiterativo que, aparentemente, lo había retenido en el
consultorio, en la puerta de su despacho, en el pasillo y en la misma sala.
Logró liberarse de él cuando gritó, por encima de su cabeza, “María Alcorta”.
Tardé en reconocer mi primer nombre pero me levanté de un tirón. Estuve sola
durante más de quince minutos sentada en una silla cuadrada y rígida. Utilicé
el tiempo en ordenar mi discurso. Pero Pradera tenía un método estructurado y
totalitario, en el que yo, paradójicamente, no tuve una presencia realmente
activa. Él preguntaba y yo contestaba con sí o con no; no admitía los “no sé” o los
“depende” y cuando se me escapaban, volvía a preguntar con impaciencia.
Respondí más de cincuenta preguntas que no puedo recordar. Traté de intervenir
en la mayoría, pero Pradera enseguida me interrumpía con otra y no daba
respiro: ¿hace terapia?, ¿toma drogas?, ¿salió ayer?, ¿evita a la gente?, ¿su
último episodio fue hace más de una semana?, ¿sufrió algún síntoma durante el
viaje de hoy?...
La impotencia me dejó aniquilada. El doctor ni se inmutó; al final se retorció las puntas del bigote blanco, y
después de garabatear y sellar el certificado médico me fulminó:
- Mire, si trabaja con su terapeuta como es debido, su cuadro debería
mejorar de acá a veintiocho días. Es un caso que no debería presentar
mayores inconvenientes; pasado este lapso estaría en condiciones de
mayores inconvenientes; pasado este lapso estaría en condiciones de
volver a las actividades normales.
Casi lo asfixio con la cortina blanca que se desprendía del barral metálico
de la camilla. Traté de hacer mi último esfuerzo:
-¿Cómo sabe que mi caso no va a empeorar?
Y me calló.
- Mírese. Lleva dos horas fuera de su casa.
Durante el viaje de vuelta hice que dormía. No tenía ganas de hablar
con ninguno de los dos. Me dejaron en la puerta del edificio y subí al
departamento arrastrándome por las escaleras. Me quedé dormida en el sillón. Y
me desperté dos horas antes de la sesión.
VilmaMiriam me atendió extremadamente festiva. No
acepté su café y pasé directamente al living para hundirme en el sillón de
Clara. Le conté que mi nueva jefa me quería de vuelta y que el psiquiatra me
había extendido la licencia hasta el próximo mes. Como todas estas últimas
semanas, Clara me alentó. Fue positiva. Cambió el enfoque apoyando a Pradera. Dijo que esta era una buena oportunidad para avanzar y esforzarse como nunca. Apostó
todas las fichas, tanto, que volvió a cambiarme el ejercicio.
jueves, 23 de agosto de 2012
Insospechado. Jamás creí que iba a terminar tomando un café con el "Sin
Cara" del "B". Debería dejar de llamarlo así, ya no tiene
sentido. Tiene la cara completa y un lunar por encima del labio superior que
bordea al cachete izquierdo, a lo Marilyn Monroe, que antes había pasado desapercibido.
Además ya sé su nombre, sé su apellido y otros datos curiosos; por ejemplo por qué
robó el tender.
Bajé sola a hacer el ejercicio. Durante la cena de anoche Maxi y yo nos
devanamos el cerebro con los posibles regalos de cumpleaños de Mandy; la lista
no me conformó. Mi consejo final fue que le regalara algo único y extravagante.
No sé que habrá entendido por "único" y "extravagante": hoy
a la mañana lo vi analizando detenidamente un mapa que imprimió de la página de
un famoso museo, y lo escuché en el baño secreteando por teléfono. Me cambié y
le pedí que me acompañara al bar. Se negó y me dijo que tenía algo muy
importante que hacer. Me miró de manera cómplice esperando que le preguntara
qué. Fui complaciente. Me susurró, como si algún oído intruso pudiera
escucharlo, que tenía tres horas para comenzar la "Operación
Maniquí". Resolví que no iba a preocuparme. Maxi es un vendedor de humo nato;
y siempre se las ingenia para hacerme creer en historias ficticias enredadas en falsos suspensos, debe ser la manera que tiene de transmitir lo que los libros
le enseñan. Bajamos juntos, nos despedimos en la esquina y le deseé buena suerte
con la "Operación Maniquí".
Después de tantos días con lluvia me dio pena no poder sentarme a
disfrutar los pequeños rayitos de sol que caían en la esquina del bar. Me senté
en la misma mesa del lunes y me recibió un mozo rechoncho que no conocía y que,
cada vez que se acercaba para retirar o para traer algo de la mesa, se ponía a
entonar canciones de Sandro. Me dio un poco de pudor interrumpirlo, pero tuve
que cortar fríamente el estribillo de "Así" para pedirle el cortado
habitual. Fue necio. Hasta que no terminó la letra no dejó de refregar su trapo
agujereado sobre la mesa. Volvió con el cortado y un repertorio renovado; entonó
"Penumbras" hasta el final, y con una especie de giros rudimentarios de
ballet terminó al lado de la mesa de un señor mayor, aferrándose dramáticamente
a la bandeja de los pedidos.
No escuché que el llamador de ángeles se revolviera en la puerta de
entrada, y tampoco lo vi caminar hacia mi mesa, estaba muy concentrada mirando al
restaurador de marcos de la esquina de enfrente. A diferencia de la calle, en el
interior del bar, la vista a su negocio es más personal. Alcanzaba a ver todo
lo que había en el segundo piso. Hasta me pareció distinguir que enmarcaba la
réplica de un cuadro de Quinquela Martín. Me hipnoticé con su paz; fue la única
manera que encontré para evitar pensar en el ejercicio, en Rebeca y en el
psiquiatra del viernes. Tardé en focalizarlo:
- ¿Solita?, ¿Y tus novios?
Me reí. El "Sin Cara" me pidió permiso para sentarse, y
accedí. Dejó la guitarra apoyada en la silla de al lado. Se desenredó el pelo
negro y lacio, y cruzó los dedos sobre la mesa con confianza. El mozo cantor se
acercó silbando una versión remixada de "Rosa, Rosa" y el "Sin
Cara", distendido, le sirvió de público completando con un silbido
envidiable las partes que el doble de Sandro dejaba inconclusas. Haber
colaborado en su juego fue beneficioso, porque a diferencia de otros pedidos el
porrón que pidió llegó fugazmente. Como ninguno de los dos habló, el "Sin
Cara" me extendió la mano y se presentó formalmente:
- Hola, soy Nacho. Mucho gusto.
Aunque no tuve nada que ver, me dio las gracias por haberlo ayudado
con la cerradura. Yo le pedí disculpas por haberle incrustado en la frente el
láser de metal, el día que se cortó la luz. Me dijo que le habían dado dos
puntos por el incidente; y después de ver mi mueca de disgusto lo desmintió con
una risotada. Le dije que era un tarado. Nos reímos y se hizo un silencio que me
incomodó. Estaba inexplicablemente nerviosa; y preguntarle por el robo del
tender fue lo primero que se me ocurrió. Se volvió a reír y reclinó su cabeza
confidencialmente hasta acaparar mi lado en la mesa. Dejando sus dientes
perfectos a la vista, me admitió que fue la única manera que consiguió para mantenerla
desolada. Se cansó de que lo echaran de la terraza cada vez que daba sus conciertos
a la luz de la luna. Me pareció desvergonzado, pero poético. Estaba empezando a
oscurecer. Miré el reloj y sentí una punzada de alarma en panza. Había pasado
una hora fuera de mi casa y tenía miedo de que el exceso se volviera en mi contra.
Le dije que tenía que irme y se empecinó en pagar la cuenta. Caminamos juntos
hasta nuestro edificio. Se colgó la guitarra al
hombro y se despidió. Tenía que tocar en un bar de provincia.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Rebeca hablaba en serio. No debería estar asombrada, al contrario, tendría que haber imaginado lo que se traía entre las garras. Lo que no pensé es que iba a tener
visitas tan pronto.
Ayer, la compañía de Juan me dejó fuera
de combate. Durante las dos horas que pasamos juntos no volvimos a tocar el tema de
mi agorafobia. De hecho no hubo tiempo para hablar de nada; solamente
intercambiamos dos o tres palabras cuando nos sentamos en el sillón para desentumecernos con la televisión; “cambia” y “deja acá” fueron las muletillas más usadas. Pareciera que entre nosotros hay un acuerdo silencioso. Los dos sabemos bien
que estamos colaborando en la misma causa; una causa gratuita y sin fines
de lucro. Llegada la hora de la cena, le sonó el celular, se cambió delante de mí, y
nos despedimos sin darnos ninguna explicación. No hacía falta, ya nos la habíamos dado.
Me quedé dormida en el sillón y me
desperté por el peso de Capitán en mis piernas. Me dio ternura descubrir que Maxi me había tapado hasta la
cabeza con su acolchado de la infancia; había vuelto tarde y se había
levantado temprano para disfrutar la luz del día. Lo encontré en la cocina; ya
había desayunado y estaba leyendo el diario. Fue solidario por conveniencia. Tostó el pan integral, calentó en el microondas una taza con café con
leche y durante todo el desayuno me habló de Mandy. Está preocupadísimo por el
próximo evento: el cumpleaños de ella. Demandó toda mi atención; me asustó cuando me hizo soltar el cuchillo untado con manteca con un golpe seco para apretarme las dos manos. Con los ojos llorosos me
pidió que lo asesorara con el regalo de cumpleaños. Sin despegar los ojos de las baldosas repitió que
“estaba desesperado” y concluyó el pedido con un “no quiero decepcionarla”.
Una mirada rápida y superficial
encallarían a Mandy en lo común. Así fue la mía al principio; me da un poco de
culpa haber pensado que su cerebro podría compararse con el de una ameba, pero
las pocas veces que la vi noté ciertos detalles estereotipados: los mechones
rosas que habían quemado su pelo rubio natural, las minifaldas con telas
estampadas o las plataformas altas decoradas con un strass relampagueante. Estaba errada. De ahora en adelante
me prometí darle un buen trato. Lo que sí de ninguna manera voy a poder soportar es su adictiva tendencia al spanglish; esa manera natural con la que alterna libremente las palabras en
castellano con un inglés pomposo, puramente decorativo. Mandy no es ninguna tonta. Maxi me explicó que tiene su propio local de ropa en Barrio Norte, que aparentemente le va muy bien y que con el dinero que gana ayuda a sus padres y a sus
hermanos. La descripción positiva sobre ella hizo que retirara todas las conclusiones
negativas y desacertadas. Tiene mi total apoyo: es una
mujer que disfruta de sus logros y sus resultados, que sabe disfrutar el dinero y la
independencia que este le confiere. Me parece que precisamente eso es lo que le provoca pánico a Maxi. Por ahora llegamos a
pocas conclusiones para su regalo: ropa no.
El timbre sonó una vez. Maxi atendió
malhumorado; tapó el auricular con la mano y me susurró que en la entrada había
un médico. Subió y lo recibí amablemente. Era un púber. Tenía puesto un
guardapolvo blanco; que, más que un médico, lo hacían parecer un gnomo fugado de una escuela
pública. Me dio la impresión de que su barba debía haber sido un tema central
en su adolescencia y en su madurez; en la pera y en las comisuras de la boca se le
asomaban tres pelos desérticos y ennegrecidos como clavos pinchosos. Fue una visita breve; creo que se apuró porque se sintió avergonzado cuando del portafolio azul extrajo los papeles
reglamentarios junto con un cómic de los X-men. Me hizo las preguntas de rutina;
charlamos sobre mi trastorno de ansiedad, y me dio una tarjeta con un número de teléfono para que
concertara un turno con el psiquiatra. Nos despedimos, pero volvió a subir porque
se había olvidado la campera.
Retrasé la llamada al centro médico lo más que pude. Mi orgullo me forzaba a rebelarme ante Rebeca, pero desistí rápidamente. Tenía que actuar con cautela. Realmente desconozco hasta dónde estará dispuesta a llegar para perjudicarme; de hecho no me
extrañaría que la víbora cascabel ya estuviera enterada de que recibí al gnomo inexperto, y de que finalmente llamé al psiquiatra para acordar un turno. Tengo que
ir el viernes a las 11:00 hs.
martes, 21 de agosto de 2012
La víbora me mordió, y para deshacerme momentáneamente de ella tuve que pedirle ayuda al mamut.
Llamé al trabajo a la mañana. Me atendió la recepcionista de la semana pasada con su acostumbrado tonito robótico y orgulloso. Me pidió mi nombre y lo mecanografío en su base de datos. Me dejó en espera. No me quiso transferir al interno de Rebeca; le había dicho que estaba ocupada y me transmitió su mensaje sin filtros. Rebeca quería que la contactara en un horario en que no la molestara. Eran las 9:30 hs. Yo sé que a esa hora, en la productora, no suelen haber grandes movimientos; todos están ocupados repitiendo el desayuno. Intenté llamar pasadas las 15:30 hs. La recepcionista repitió el proceso, y Rebeca volvió a estar ocupada.
Llamé al trabajo a la mañana. Me atendió la recepcionista de la semana pasada con su acostumbrado tonito robótico y orgulloso. Me pidió mi nombre y lo mecanografío en su base de datos. Me dejó en espera. No me quiso transferir al interno de Rebeca; le había dicho que estaba ocupada y me transmitió su mensaje sin filtros. Rebeca quería que la contactara en un horario en que no la molestara. Eran las 9:30 hs. Yo sé que a esa hora, en la productora, no suelen haber grandes movimientos; todos están ocupados repitiendo el desayuno. Intenté llamar pasadas las 15:30 hs. La recepcionista repitió el proceso, y Rebeca volvió a estar ocupada.
Joaquín tenía la misma tendencia evasora.
Trataba al personal de igual forma, pero podía permitírselo: trabajaba doce
horas seguidas, se llevaba el trabajo a casa, y se ocupaba, mal o bien, de las necesidades del resto de sus
empleados.
Volví a llamar a las 18:50 hs antes de que se fueran todos. No quería que la espera se extendiera un día más.
Creo que las voces suelen
reflejar el carácter y el aspecto físico de las personas; y la voz de Fabiana me transmitía
la imagen más aburrida del mundo. Podía visualizarla como una muñequita de cera, pálida y
alta, con el pelo estático, recogido por una coleta corta y casta. Seguramente
debe vestirse todos los días con polleras y camisas
aburridas, sin estampas; lisas y fibrosas de un color gris viejo y manchado. Me
pidió mi nombre nuevamente. Se lo deletreé con rabia y me constató por tercera vez en su
cacharro informático. Estuve esperando en la línea durante cinco minutos. A los quince presioné el altavoz, y me entretuve con una tarea mucho más productiva. Dejé el teléfono
sobre la hornalla. Me calcé los guantes de goma naranja en las manos y rasqueteé el horno.
Durante la espera despegué dos capas de grasa amarillentas y olorosas. Rasqueteé con furia; más cuando mis oídos se empacharon por el “Hola, Ferchu” de Rebeca. Tenía la misma mala
energía de siempre y arrastraba las palabras con una marcada soberbia.
Lo que sí le tengo que reconocer es que no se anduvo con vueltas; fue
incisiva:
- Bueno, “Ferchu”, vamos a seguir los
pasos. Hay que ser prolija. Te va
a visitar un médico laboral a tu casa. Quiero cerciorarme de que todo
esté
en...orden.
Si quiso hacerme sentir incomoda lo
logró. La confianza irónica con la que usó mi nombre hizo que me retorciera del asco, y también que no haya disimulado la necesidad imperiosa de ejercer el control en mi vida como suele hacerlo con el resto. De mala gana le hubiera escupido todas las preguntas que indirectamente me
daba a entender con su últimatum: ¿qué otros pasos restaban?, ¿a qué llamaba orden?, ¿pensaba que
estaba actuando, y que mandarme un médico era la solución a su incertidumbre?
Preferí callarme la boca; no tenía por qué justificarme. Acepté la visita sin
objeciones. El único error que cometí fue preguntarle por el día en que iba a venir el
médico:
- “Ferchu”, si estás en tu casa no
importa. ¿No te parece?
Terminó la pregunta con unas carcajadas mefistofélicas. No la quise escuchar más. Me despedí amablemente
y corté. Estaba colérica: tenía rabia y energía de sobra para derribar lo que
se interpusiera en mi camino. En mi mente se formó la imagen de un mamut. Automáticamente se asocio con otra imagen. Me venció el impulsó y lo llamé. Juan me atendió al segundo
llamado con un carraspeo seductor y viril. Traté de mantener las formas; fui
distante y sincera. Le pedí que pasara la tarde conmigo; y le aclaré varias
veces que era una tarde sin compromisos. Vino a la hora. No gané yo. El que me
derribó en la cama fue él.
lunes, 20 de agosto de 2012
Batí un nuevo
récord. No huí a mi casa. No me refugié en el baño. No tuve palpitaciones; no sentí ni un solo calambre. Pero no estoy completamente feliz; no
llegué a escuchar lo que Sofía tenía para decirme.
De treinta y
cinco minutos pasé a cronometrar cincuenta minutos. Me gustaría haber empezado
ayer, pero no pude porque el “Sin Cara” y su cerradura le robaron a Maxi el
poco tiempo de ocio que tenía. Intenté con Laura, pero ya había planeado pasar
una tarde romántica con Franco que, hoy a la mañana, viajaba por cuestiones
laborales a Carmen de Patagones. Tenía miedo de dar un espectáculo; sola no iba
a ir. Además, para este ejercicio, Clara me aconsejó un millón de veces que
alguien de confianza se prestara a hacerme compañía por si algo no salía bien.
Hoy, como Laura estaba sola y deprimida, me llamó para ofrecerme su
ayuda. Nos encontramos en hall de mi casa y caminamos juntas hasta la esquina.
Por un momento me tentó la costumbre. Miré a la mesita de afuera con
melancolía; la sentía como una vieja amiga de parrandas abandonada. Pero Laura
me empujó hasta la puerta principal, que se abrió sola por el peso de mi
cuerpo. El llamador de ángeles hizo que los tres comensales que se
encontraban desparramados en las puntas nos examinaran meticulosamente. Me
sentí como una radiografía humana; especialmente cuando el mozo se paró delante
de nosotras y meneó el pañuelo blanco en la mano, señalándonos un
estacionamiento libre al fondo. Como mis piernas no respondieron a su
sugerencia, Laura continuó empujándome. No le hice caso a ninguno de los dos.
Me giré y me senté en la mesa que estaba más cerca de la puerta. Me pareció la
mejor opción en caso de que volvieran los síntomas. Leí y releí el menú aunque
sabía que al final, mis nervios, me iban a llevar a pedir lo de siempre. Pedí
un cortado en jarrito y Laura se pidió
un submarino con una porción de tarta de manzana, y le explicó al mozo que
tenía angustia oral.
Al bar el nombre le sienta perfectamente. “Harmony” es armonioso:
cada vez que alguien abría la puerta una ráfaga fría se entremezclaba con el
olor que despedían las medialunas de manteca y de grasa que estaban apoyadas
sobre el mostrador. Los clientes solamente se molestaban entre ellos para
pedirse los rubros aislados de los diarios despedazados. La música funcional
era relajante. La que no estaba relajada era Laura, que cada dos por tres
mutilaba furiosamente el aire con la cucharita. Me contó que a Luqui lo habían
expulsado de natación porque, a diferencia del resto de los chicos del grupo, no había
aprendido a flotar y usaba las cabezas de los compañeritos para mantenerse en
la superficie, y que también hacía tres días que lo habían inscripto en unas prácticas de básquet en el mismo polideportivo. También me habló de su crisis
personal; quiere volver a retomar sus estudios pero no sabe como alternarlos
con las tareas de la casa, el nene y los viajes de Franco. Volví a mirar el
reloj cuando los temas se habían agotado, y cuando Laura ya no tenía ni un solo
cristal de azúcar en el platito de café para pegarse en la yema del dedo
índice. Era enfermizo verla. Parecía una rata nerviosa; demostraba su malestar
mordisqueándolos con las paletas. La acompañé hasta el auto, la hice soltar los sobres de azúcar que se había robado, y nos despedimos. Subí los
nueve pisos por escalera. En el pasillo me encontré con Sofía que estaba
tocando la puerta de mi departamento. Pasó al living y le ofrecí gaseosa y Titas.
Me convenció de mirar una película. Se sentó en el suelo con las piernas
cruzadas y leyó en silencio, durante más de diez minutos, las sinopsis del
reverso de las cajitas. Del montón terminó eligiendo un drama; El niño pez. No
hablamos durante toda la película. Faltando poco para el final me robó el
control y la detuvo con el botón de pausa. No me había dado cuenta que lloraba
hasta que giré la cabeza. La abracé. Fue peor; lloraba a cántaros. Su pregunta me incomodó y me tomó por sorpresa:
-¿Te
puedo contar un secreto?
No me miraba; estaba avergonzada por algo. Antes que le dijera que sí,
que me podía contar cualquier cosa, unos gritos que repetían su nombre llegaban
del pasillo. Era su abuela. Se limpió los ojos y se fue corriendo sin ver el
final de la película.
domingo, 19 de agosto de 2012
Mi edificio tiene catorce pisos y cada
uno de ellos cuenta con tres departamentos. El piso catorce corresponde a la
terraza. La dejé de visitar incluso antes de que mi abuela falleciera; es una
terraza tétrica y fantasmagórica. La puerta de entrada es de un aluminio
vencido y peligroso que sigo odiando hasta el día de hoy; cada vez que subía y
la rozaba perdía un pedacito de piel. Las ventanas tienen unos vidrios
esmerilados de color caramelo, y todas están rajadas de arriba hasta abajo.
Hay una bacha de un metro por un metro de acero inoxidable que podría usarse habitualmente
sino estuviera tapada desde hace décadas con los pelos blanquecinos y crespos
del pekinés marchito de la “Vieja Normis” del 3 “C”. Hasta hace algunos años mi
abuela era una de las pocas vecinas que usaba el tender colectivo. En realidad,
lo hacía por exquisita y coqueta. No le importaba cargar el canasto de ropa
hasta el último piso, y siempre justificaba el esfuerzo diciendo que, en el
balcón, la ropa se impregnaba con la fragancia penetrante de las macetas de
romero y albahaca de los naturistas del octavo. Miles de veces, a la hora de
vestir sus polleras y sus remeras floreadas, la escuché gritarles a los del
octavo que se sentía adobada como un pizza a la piedra. Pero un día no subió
más; alguien se había apropiado del tender. Cuando me mudé con mi abuela,
sospeché que el ladrón era Florindo.
Evidencias no me faltaban. En repetidas oportunidades, al pasar, lo había
escuchado quejarse por la suciedades que dejaban el resto de los inquilinos. Y
robar el tender me parecía una buena extrategia para evitar que nadie más
subiera. Pero no...
El Sin Cara del “B”, irrumpió nuestro
domingo con unos desesperados golpes en la puerta. Como Maxi estaba planchado
el pantalón negro de trabajo sobre la mesada de la cocina, y estaba mucho más
cerca de la puerta atendió él. Yo estaba en la computadora. No dejé mi trabajo
hasta que escuché su voz. Me asomé hasta el recibidor arrastrándome en la silla. Maxi, que estaba con unos boxers rayados, me tapaba la visión.
Tuve que acercarme para confirmarlo: lo vi apoyado contra la pared del pasillo,
frotándose la frente. Con las pocas líneas que cruzaron entendí que, nuestro
vecino, había dejado las llaves dentro de su departamento, y necesitaba el número
de un cerrajero. Maxi que, más de una vez, por borracho o por despistado se
había quedado afuera de su ex departamento le comentó que le iba a salir carísimo y se
ofreció a solucionarle el problema.
A veces odio la bondad espontánea de mi
amigo. Puede parecer poco solidario, pero si hubiese estado sola me hubiera
quedado espiándolo detrás de la mirilla engrasándome los dedos, una y otra vez,
con una bolsa de papas fritas aireadas.
Sin mi consentimiento lo hizo pasar al
living y me vi obligada a saludarlo. Maxi lo hizo sentar en el sillón. A todo esto, yo ya había
vuelto a concentrarme en mi tema. Después de escucharlo abrir y cerrar los
cajones de su habitación, volvió con una ganzúa, y un alambre a medio doblar.
Daba gracia. Protestaba porque le faltaba una pinza y me exigió a mí que se la
pidiera prestada a Florindo. Como yo me negué, dejó las cosas y se fue
refunfuñando hasta lo del portero. El silencio me incomodaba. Me arrepentí.
Creo que prefería mendigarle una herramienta al pez globo del portero que escucharlo
despegarse la cuerina de los jeans. Además, como lo tenía de espaldas a mí no
me podía deshacer de la idea de que se estaba sonriendo, con esos dientes
blancos y esculturales de propaganda de dentífrico. Me di vuelta para
comprobarlo y efectivamente fue así. Me dio tanta bronca que lo hice evidente:
-¿De qué te
reís nene?
- De los boxers
de tu novio.
Solté una risita tonta. Traté de taparme
la boca con la mano pero lo notó
enseguida:
- Así estás más
linda.
Nos levantamos sobresaltados cuando escuchamos los ruidos del pasillo; era Florindo
desatornillando la cerradura. Maxi, estaba parado junto a él dándole forma al
alambre con la pinza. Lo vimos transpirar durante quince minutos. Con una mano
mecía el alambre y con la otra la ganzúa. Estaba por darse por vencido cuando la puerta mágicamente se destrabó. El viento que corría por mi departamento hizo que se abriera de par en par. Ni el mismísimo Florindo lo notó. Lo reconocí
porque estaba abierto de costado; parpadeé bastante antes de afirmarlo: al
final del pasillo estaba el tender contra la pared. No lo reconocí a primera vista porque, debajo del mantel blanco, tenía apoyado algo macizo que lo
hacía confundir con una simple mesita. Creo que el “Sin Cara” vio mi cara de
asombro porque se empezó a reír.
sábado, 18 de agosto de 2012
Me forcé a dormir bien temprano. Resultó
que en un estado incierto, mitad dormida-mitad despierta, el escenario común de
mi sueño se había vuelto una pesadilla. Repentinamente dejé de vagar por los
pasillos de un garaje, cuando el suelo se transformó abruptamente en una laguna
de color gris tiza. Sobre la laguna se sobreimprimían las caras de Martín,
Joaquín, Rebeca y de Juan. Juntos formaban un gran omelette giratorio. Un
omelette podrido y mohoso. Abrían y cerraban la boca, pero no hablaban. Me veía
a mí misma en tercera persona, tapándome la nariz y acercándome al borde de la
laguna con paso firme. Y me caí. Me desperté sobresaltada y angustiada. Traté
de conciliar el sueño nuevamente. Conté ovejas e intenté visualizarme tomando
sol en una isla paradisíaca que había visto en la contratapa de una revista de
chimentos que Maxi se había robado del bar, pero ninguna de estas técnicas
funcionaron. Se me ocurrió descargarme unos sonidos terapéuticos. En el fondo
debía estar completamente vencida, porque me volví a perder entre sueños a partir de la tercera
repetición del graznido de una bandada de gaviotas. Tampoco lo escuché llegar a
Maxi.
Me desperté pasadas las doce del mediodía
con un soundtrack que se extendía por todos los cuartos y llegaba desde la
cocina. Me parecía que los timbrazos aislados intentaban componer la música de
“Tapa tapita”. Era un sonido impaciente y quejoso que se repetía en mi cabeza hacía
rato. Toqué el portero y esperé cruzada de brazos en el pasillo. La recibí con
una sonrisa, pero mi mamá no se detuvo. Me gritó y pasó directamente al cuarto de baño. Olga venía detrás suyo con unos pasitos picarones e inseguros, rebalsada de bolsas
de supermercado. Parecía una ardilla remojada. Tenía los tirabuzones rojos
achatados sobre el cráneo, que bien, podían ser producto de la humedad o de una mala
praxis ejecutada por su peluquera de confianza. Siguió de largo hasta la
cocina y se quedó inmóvil al lado de la heladera. Me pareció que debía tener miedo de
que ventilara algo de lo que había visto la semana pasada, porque de vez en
cuando se asomaba por el marco de la
puerta para espiarme. Quería susurrarle que no
se preocupara; que no me interesaba comentarle a nadie la relación clandestina
que mantiene con Florindo; más que nada tenía intenciones de asesorarla sutilmente:
por lo que sé, su esposo, Victorio, es un viejo amargado y vividor, pero por
otra parte Florindo tiene otras características peores... Pero el aullido de mi
mamá me borró todo el discurso que había formulado. Corrí al living y los
encontré. Estaba recostada en el sillón con los ojos tapados, y Maxi, que
estaba agachado a su lado disculpándose, tapaba sus partes pudendas con un
libro abierto. A la escena casi pornográfica se había sumado Mandy que, en un
acto solidario, se había acercado hasta él para taparlo con el sobrante del
acolchado de los Thundercats que la envolvía. Como mi mamá no quería volver de
su estado de shock (igual vi que espiaba las partes bajas de Maxi por los agujeros que
dejaban sus dedos), los obligué a vestirse y los eché a la habitación. Por otra
parte, Olga, seguía refugiada en la cocina. Como su panza kilométrica afectaba
mis movimientos en el espacio, e impedía que le preparara un té relajante a mi
mamá, tuve que obligarla a los gritos a que sacara a Capitán a pasear. Me dejaron desquiciada. Esperamos a
que volviera, y nos despedimos. Mi mamá, Olga y Mandy compartieron el ascensor,
y yo bajé los cinco pisos a pie.
Por suerte me atendió Clara. Tenía pavor de que me recibiera
VilmaMiriam, porque seguro me iba a preguntar como me había salido el mejunje
de porquerías que me había recetado para mi falsa gripe. Nos sentamos en
nuestro espacio habitual, e inmediatamente la puse al tanto de las novedades de
las últimas dos semanas: los resultados del ejercicio y el encuentro (y desencuentro)
con Juan. Pasé por todos los estados emocionales. Lloré. Me reí de mí misma.
Volví a llorar. Volví a reír. Suspiré. Estrujé con furia un almohadón y perdí parte
del relleno. Volqué tres veces el kukicha que me había convidado. Pero la escuché y me calmé. Al final, como Clara
estaba satisfecha con los resultados, me propuso avanzar un escalón más.
viernes, 17 de agosto de 2012
Podían haber pasado dos cosas: que me tomara la mano y lo lamentara junto a mí, o que se vistiera y saliera huyendo lejos de mí. Pero las dos profecías se entremezclaron patéticamente. Me tomó la mano, y después huyó.
Mi inesperada confesión rompió la escena romántica, y también desvalorizó el plato gourmet que había preparado. Estábamos recostados en la cama. Él tenía la espalda contra el respaldo de madera. Yo usaba su pecho descubierto de almohada. Realmente no pensaba en nada. El cielo, que se dejaba espiar por la ventana de mi cuarto, me había hipnotizado con un show de relámpagos de colores, y Juan, que viajaba de canal en canal, se había atontado con los destellos que producía el televisor. Dejó el control sobre la mesa de luz, se levantó de la cama y robó, del sillón de mimbre, mi bata de baño rosa. Lo perdí de vista cuando se agachó para recolectar las pantuflas de Kitty que estaban bajo la cama. Me dijo que estaba famélico. Quería preparar algo para comer. Me ofrecí a ayudarlo, pero se rió. Me sacudió el pelo, dejando por sentado que intentaba mimarme. Tardó media hora. Lo escuchaba revolver cacharros, y lavar utensilios. Esa pausa me bastó para volver a un recuerdo que tenía sepultado hacía tiempo. Eran una serie de imágenes sueltas que se entrometieron en mis pensamientos sin permiso, que sólo cobraron un significado real cuando puse a prueba mi sentido común. La imagen final que, a diferencia del resto había tardado un poco más en salir de su escondite secreto, me hizo comprender que tenía buenas razones para olvidarme de aquel día. Retrocedí en el tiempo y en el espacio; volví nuevamente a las vacaciones: tenía los dedos hundidos en una arena pura y brillante. Mi hermana y mi mamá, estaban recostadas en unas reposeras blancas. Charlaban animadamente. Mi papá estaba aislado del resto de la familia; en realidad, estaba más cerca de la carpa de otra familia que de la nuestra. Tenía el diario extendido sobre las rodillas. Los anteojos de aviador le tapaban los ojos, pero su cabeza estaba direccionada hacia una mujer que tenía la cola del color de un carbón; brillaba excesivamente gracias a la magia del aceite de bebé. Yo miraba hacia la orilla, arrugaba los ojos y tapaba el sol con una de mis manos. A muchos metros de distancia, Pablo y Juan jugaban al fútbol. Caminé hacia ellos. Me detuve en varias oportunidades antes de llegar a su canchita improvisada... El resto no lo recordé hasta que Juan volvió de la cocina. Trajo cuatro sándwiches y dos vasos con gaseosa. Había rebanado dos tomates; también había cortado el queso fresco en fetas prolijas. Se sentó en la cama, cruzó las piernas para sostener el plato más cómodamente y me ofreció un sándwich. En vez de comerlo me detuve a inspeccionarlo detalladamente. Me obsesioné con la mayonesa. La miraba como si estuviera compuesta del desenlace que me estaba faltando. Para mi sorpresa, sí lo tenía. Volví de un tirón: ...me había acercado algunos metros más. Protestaba porque quería jugar a la pelota. En verdad, quería estar lo más cerca posible de Juan. Recorrí las dos puntas para convencerlos por separado. Mi berrinche se había vuelto pesado. No hablaba pero sentía que mi voz era diez mil veces más aguda. Sus caras se impacientaban. Y mi hermano lo resolvió de la mejor manera. Me dio un pelotazo inesperado en el medio de la cara que me dejó seca. Tardé en llorar, porque no quería que me vieran. Los dos se reían de mí. Juan se revolcaba en la arena. Hasta que no pude con el dolor y la bronca, y me largué a llorar. El vendedor ambulante que vociferaba a los cuatro vientos que tenía los mejores choclos, calentitos y fresquitos, fue el único que se apiadó. Los espantó a los dos. Me alcanzó un choclo embadurnado en una salsa densa de color amarillo huevo y me llevó a la carpa con mi papá y mi mamá.
Apoyé el sándwich de vuelta en su plato. Lo miré fijamente. Los hoyuelos se le habían borrado repentinamente. Necesité comprobar su reacción antes de que fuera tarde. Traté de ser concisa y resuelta:
- Tengo agorafobia. No puedo salir de mi casa.
Se refregó la cabeza. Sus pelos, pinchudos como clavos, cambiaban de ángulo con cada movimiento. Me pareció que era un tic nervioso. Juan me hizo algunas preguntas. Traté de ser práctica y directa. Apoyó el plato en la mesita de luz. Se cruzó la bata con las dos manos. Me tomó de la mano y me la acarició en silencio. Su celular sonó antes de que alguno de los dos pudiera agregar algo más. Atendió en la habitación, y caminó hasta el cuarto de baño. Volvió con cuatro arrugas en la frente que delataban un nuevo estado anímico. No quise hacer preguntas. Se puso el pantalón negro, se pudo la camisa blanca y se anudó la corbata fugazmente. Alisó el ambo negro que estaba desparramado en el piso. Finalmente se volvió a sentar para decirme:
- Bueno, es pasajero. Ya vas a poder.
Me dio un beso en la frente. Lo acompañé hasta la puerta, nos abrazamos y prometimos llamarnos.
jueves, 16 de agosto de 2012
Casi paso por alto el nuevo tachón en mi almanaque mental. Ayer se cumplieron tres meses desde mi último viaje en el colectivo 101, y de que el médico octogenario de barba color cenicienta me diagnosticara con un aire frío y rutinario que estaba pasando por un cuadro nervioso. Tanto él, como el psiquiatra que me atendió al día siguiente, (el que me aseguró un principio de agorafobia), se deben haber olvidado de mí y de mi situación. Desconocen que hace más de tres meses que no llevo una vida normal; que vivo del trabajo que realizo desde casa, que para la mayor parte de las tareas normales dependo de terceros, y que mis lazos y mis hobbies quedaron seriamente restringidos. Me impacienta la idea de imaginar que todos los días, otras mujeres y otros hombres, cerca o lejos, deben descubrir por boca de otros especialistas, helados como témpanos, que sus problemas en realidad tienen raíces más profundas y significativas.
Extrañamente, el que no se olvidó de mi aniversario fue Maxi. Hoy, a las 7:30 am, me despertó con un circo de sonidos. Me convenció de salir de la cama cuando me zarandeó en la cara una porción de torta milhojas que, sus compañeros de cierre, se habían repartido entre ellos. Para darle un detalle festivo, se le ocurrió adornarlo con un sahumerio que incrustó torcido en el centro del triángulo. Mientras Maxi se duchaba, yo me mantenía ocupada tragando sin pausa el masacote de hojaldre y dulce de leche. Debía cumplir la obligación que tenía para con Joaquín. Cuando llamé a la productora eran las 9:00 am. Me atendió una voz que no reconocí; que no correspondía a la de Paola, la recepcionista de cera, ni tampoco a la de la víbora cascabel de Rebeca. Se presentó así misma con el nombre de Fabiana y con un destello ingenuo, me recalcó orgullosamente que era la nueva empleada administrativa. No me llamó la atención; estaba acostumbrada a que, cada cinco meses, se incorporaran al staff caras jóvenes y extrañas. Pero nunca hubiera imaginado que, esta vez, el recambio iba a afectarme directamente a mí.
Corté su enérgica presentación y le pregunté por Joaquín. Revolvió en su memoria precoz, y se disculpó por no conocerlo. Me pidió su apellido y se lo deletreé. Ahora tenían otro método. Lo buscó en la computadora, y tras un largo silencio me dio la peor noticia de todas; que impactó en mi frente como un chorro bajo presión. A Joaquín lo habían echado a principio de mes. Seguido, me preguntó mi nombre, y escuché como sus dedos se desplazaban velozmente sobre el teclado. También lo estaba mecanografiando. Mientras registraba su novedosa base datos y clickeaba el ratón compulsivamente, una serie de detalles, a los que no les había prestado demasiada atención, se unieron para clarificarme el panorama: recordé que en las últimas tres semanas no había recibido ni un solo e-mail guía de Joaquín, que en la última quincena había colaborado con Marisa para un nuevo proyecto del que no sabía demasiado, y que la cantidad de fotografías que Rodrigo me mandaba semanalmente habían disminuido considerablemente.
Escuché un último enter seco y traté de hundir el auricular en mi oreja para captar cada una de sus palabras. Por un instante pensé que el corazón se me iba a escapar por la boca. La administrativa me dijo que tenía que comunicarme con la nueva encargada del departamento de diseño, porque no figuraba en su lista de empleados. Dijo su nombre y me mareé. La nueva encargada era Rebeca. Transfirió la llamada directamente a su interno y cinco minutos después, en una espera casi eterna, Rebeca, me atendió con una voz sosa y soberbia. Escuchaba que se mecía una silla, y no pude evitar pensar que disfrutaba esta clase de situaciones. Lo confirmé cuando me dijo que todos estaban al tanto de que mi enigmática ausencia tenía que ver con una licencia psiquiátrica. Como no le contesté continuó hablando. Me informó que estaban analizando mi ''caso'', y me recomendó que la volviera a llamar el martes por la mañana. Solté un gritito ahogado. Traté de ser cordial y corté antes de que se me escapara alguna barbaridad. Me sentía agotada.
Corrí al cuarto de Maxi. Aunque se había acostado limpio, todavía vestía con el uniforme de trabajo. Preferí no despertarlo. Era la técnica que usaba de vez en cuando; los días que generalmente estaba muy cansado y debía despertarse para cumplir nuevamente con el ciclo de trabajo.
Me adorné lo mejor que pude, arremoliné mi pelo en un rodete prolijo, busqué el paraguas beige y caminé hasta el bar. Había dejado la libreta y el cronómetro. No me importó, porque sabía que de todas maneras mi cuerpo me iba a informar el momento exacto en el que debía volver a casa. Pedí un cortado en jarrito y miré a la gente perderse en la niebla de agosto. El celular sonó en el mismo momento que llegó el pedido a la mesa. Era Juan. Se disculpó por su ausencia. Habló de temas aburridos; de mediaciones y de audiencias. Me sedujo con frases románticas y me invitó a disfrutar la tarde con él.
Corté su enérgica presentación y le pregunté por Joaquín. Revolvió en su memoria precoz, y se disculpó por no conocerlo. Me pidió su apellido y se lo deletreé. Ahora tenían otro método. Lo buscó en la computadora, y tras un largo silencio me dio la peor noticia de todas; que impactó en mi frente como un chorro bajo presión. A Joaquín lo habían echado a principio de mes. Seguido, me preguntó mi nombre, y escuché como sus dedos se desplazaban velozmente sobre el teclado. También lo estaba mecanografiando. Mientras registraba su novedosa base datos y clickeaba el ratón compulsivamente, una serie de detalles, a los que no les había prestado demasiada atención, se unieron para clarificarme el panorama: recordé que en las últimas tres semanas no había recibido ni un solo e-mail guía de Joaquín, que en la última quincena había colaborado con Marisa para un nuevo proyecto del que no sabía demasiado, y que la cantidad de fotografías que Rodrigo me mandaba semanalmente habían disminuido considerablemente.
Escuché un último enter seco y traté de hundir el auricular en mi oreja para captar cada una de sus palabras. Por un instante pensé que el corazón se me iba a escapar por la boca. La administrativa me dijo que tenía que comunicarme con la nueva encargada del departamento de diseño, porque no figuraba en su lista de empleados. Dijo su nombre y me mareé. La nueva encargada era Rebeca. Transfirió la llamada directamente a su interno y cinco minutos después, en una espera casi eterna, Rebeca, me atendió con una voz sosa y soberbia. Escuchaba que se mecía una silla, y no pude evitar pensar que disfrutaba esta clase de situaciones. Lo confirmé cuando me dijo que todos estaban al tanto de que mi enigmática ausencia tenía que ver con una licencia psiquiátrica. Como no le contesté continuó hablando. Me informó que estaban analizando mi ''caso'', y me recomendó que la volviera a llamar el martes por la mañana. Solté un gritito ahogado. Traté de ser cordial y corté antes de que se me escapara alguna barbaridad. Me sentía agotada.
Corrí al cuarto de Maxi. Aunque se había acostado limpio, todavía vestía con el uniforme de trabajo. Preferí no despertarlo. Era la técnica que usaba de vez en cuando; los días que generalmente estaba muy cansado y debía despertarse para cumplir nuevamente con el ciclo de trabajo.
Me adorné lo mejor que pude, arremoliné mi pelo en un rodete prolijo, busqué el paraguas beige y caminé hasta el bar. Había dejado la libreta y el cronómetro. No me importó, porque sabía que de todas maneras mi cuerpo me iba a informar el momento exacto en el que debía volver a casa. Pedí un cortado en jarrito y miré a la gente perderse en la niebla de agosto. El celular sonó en el mismo momento que llegó el pedido a la mesa. Era Juan. Se disculpó por su ausencia. Habló de temas aburridos; de mediaciones y de audiencias. Me sedujo con frases románticas y me invitó a disfrutar la tarde con él.
miércoles, 15 de agosto de 2012
Pasaron cuarenta y tres horas horas con treinta minutos desde que lo vi acomodarse el cuello arrugado del sobretodo negro, y cuarenta y tres horas con cuarenta minutos desde que nos atolondramos en el hueco del pasillo, para completar la última sesión de besos antes de despedirnos.
Creo que no debo ser la única que llora por tener un celular desértico. Es triste. Lo inspeccioné minuciosamente cada cinco minutos y no tenía rastros de llamadas perdidas. No mandó ni un mensaje; ni un mísero emoticon con una rosa marchita. Me da vergüenza admitirlo; llegué a convencerme de que debía de haber algún motivo desconocido que justificara su desaparición. Y lo encontré sin esfuerzos: estaba segura de que había una falla generalizada en el servicio de telefonía. Decidida a poner fin a este martirio, me comuniqué con mi empresa. Estuve ejercitando mis dedos por más de una hora. Presioné números, asteriscos y numerales, cuando finalmente pude dar con la teleoperadora. Una chica con una tonadita cordobesa que se presentó con el nombre de Julieta, se ofreció a ayudarme, y rápidamente la inundé con las consultas que había anotado previamente:
1) Si el servicio funcionaba correctamente.
2) Si el pago de este mes había sido transferido en tiempo y forma.
3) Si mi número no estaba siendo víctima de alguna especie de
intervención.
Contestó las dos primeras preguntas con afirmaciones secas y burlonas.
El tercer ítem no recibió ninguna atención, en cambio, fue reemplazado por un silencio prolongado que me desalentó. Pero fui valiente. Taché las opciones con tres líneas que se extendieron de margen a margen, y encerré la última hipótesis con una gran elipse. Era la más sólida de las cuatro. La escuché despedir unas bocanadas dramáticas y luego soltó un bufido que me forzó a despegar la oreja del auricular. Su descargo robótico y monótono me llegó desde la distancia:
El tercer ítem no recibió ninguna atención, en cambio, fue reemplazado por un silencio prolongado que me desalentó. Pero fui valiente. Taché las opciones con tres líneas que se extendieron de margen a margen, y encerré la última hipótesis con una gran elipse. Era la más sólida de las cuatro. La escuché despedir unas bocanadas dramáticas y luego soltó un bufido que me forzó a despegar la oreja del auricular. Su descargo robótico y monótono me llegó desde la distancia:
- No, Señora. Debería recibir las llamadas sin problemas. No interesa
si su pareja y usted no comparten la misma empresa. Probablemente
no la llamó. Siga esperando.
La detesté. Tenía ganas de componer un "Arroz con leche'' monofónico con las teclas del aparato, y dejarla completamente sorda. Reconozco que no fue una pregunta brillante, pero ella no tenía derecho a juzgarme. Se había ofrecido a prestarme su ayuda. Y al contrario, hizo que me sintiera peor. Julieta me confío que el 35% de las llamadas que suele recibir son de mujeres desesperadas que culpan a la empresa de sus fracasos amorosos. Malhumorada terminé disculpándome y corté.
Una hora después mi hermana me llamó para recordarme que mi línea funcionaba igual que siempre. Se invitó a mi casa, y nos amenazó con una ''sorpresita" que "podía ser de gran ayuda". Media hora después, llegó junto con Ariel, y tres colchonetas plegables de color azul bajo el brazo. ML, me obligó a vestir un conjunto de gimnasia y a dibujar mi mejor cara de felicidad. Lo mismo hizo con Maxi, que tuvo que abandonar su esperado momento de ocio, para unirse al grupo espiritual.
La verdad es que la sorpresita era una cagada. Los tres terminamos revolcándonos en el piso imitándolo a Ariel, que parece que además de geólogo es maestro de yoga. No sé si los ejercicios de respiración o la famosa pose del árbol son realmente efectivas para combatir la agorafobia, pero puedo confirmar que, por un rato, ayudaron a que me olvidara de Juan.
La verdad es que la sorpresita era una cagada. Los tres terminamos revolcándonos en el piso imitándolo a Ariel, que parece que además de geólogo es maestro de yoga. No sé si los ejercicios de respiración o la famosa pose del árbol son realmente efectivas para combatir la agorafobia, pero puedo confirmar que, por un rato, ayudaron a que me olvidara de Juan.
martes, 14 de agosto de 2012
Terminamos con los vasos descartables en el piso, y las sábanas manchadas con capuchino y canela. Creo que la última vez que tuve una tarde tan fascinante fue en 1994 con la última transmisión de Jugate Conmigo.
Lo más acertado es decir que recorrí todos los estados. A la mañana había decidido que no iba a ir a encontrarme con él. Al mediodía cambié de opinión. Y cuando llegó la hora señalada, me preparé la cucha para llorar en paz. Mi lamento debe haber traspasado los límites de los barrios de Boedo y San Cristóbal, porque antes de las 17 hs, Juan, me llamó dos veces, y por cobarde no le contesté. La tercera vez que el teléfono repiqueteó me di cuenta de que esta secuencia podía extenderse ilimitadamente sino tomaba una postura. No tenía otra alternativa; tenía que atender. Y lo hice. Me dio muchísima ternura escucharlo. La imagen segura y fuerte que tenía de él se derrumbó; a Juan también se lo notaba en medio de una contradicción gigante. Titubeaba. Con una calma insistente me preguntó cuánto iba a tardar. Arrepentida, le dije que me había confundido el horario, y que lo mejor era que lo dejáramos para otra ocasión. Error. Juan se ofreció a pasar por mi casa. Me asusté. En mi idioma confiar una dirección significa muchas cosas; en otras palabras era cederle un dato privado, y que en algún futuro, si me arrepentía, ya no iba a poder esquivarlo tan fácilmente. No se me ocurrió qué decir y acepté. Tuve cinco minutos para cambiarme y perfumarme. Conseguí sin esfuerzos la imagen que quería reflejar. Estaba sobria pero sensual, es decir, desesperada, pero en silencio. Tocó el portero y lo invité a pasar. Aproveché su viaje y revoleé al "Coco", la "Coca Chillona" y a Capitán al balcón. Un minuto después, llegó cargando dos vasitos térmicos con capuchinos, encastrados en un cartón de viaje. Recorrió el pasillo y la cocina. Me pidió un plato para servir las dos porciones de tarta de manzana y de cheese cake que traía en la bolsa de papel madera. Lo invité a hacer un recorrido completo por la casa, paseando los cafés a medio terminar. La tensión se desplegó por el aire. Y para mí, cada paso significaba un calambre en la panza. Los dos sabíamos que los últimos ambientes que quedaban eran las habitaciones. Le mostré la de Maxi, y traté de tironearlo de nuevo hasta el living. Pero me lo impidió. Mientras le indicaba el camino, me detuvo con un beso telenovelero que luego acompañó con unos pasos imperceptibles. Tanto que, cuando volví a abrir los ojos, estábamos en mi habitación. Tiró su café, y me hizo tirar el mío. Cayeron al suelo salpicando todo lo que había alrededor. Eso me di cuenta después, porque en ese momento no importó nada más.
lunes, 13 de agosto de 2012
Me fui a dormir con una lista mental de pensamientos negativos. Después de que Sofía se volviera a su casa, opté por hacer un arduo trabajo de campo, y me basé en las opiniones de los expertos que me rodean. Aproveché que Maxi me había encomendando despertarlo de su larga hibernación para completar su segundo día de horario nocturno y lo molesté en su lecho con mis inseguridades. Entre sueños me empapó con un balde de teorías ácidas. Antes de sentenciar una respuesta final, como un Gurú sumergido en su universo, meditó con los ojos cerrados, corrió las sábanas blancas dejando entrever sus partes y se rascó pausadamente la entrepierna dos veces. Se frotó otras dos veces el pecho y me reveló que la verdad que buscaba sólo la iba a hallar si primero aprendía a pensar como un hombre. Parpadeé una docena de veces, y me esforcé en procesar sus palabras. Le contesté que era un tarado. Jamás podía pensar como un hombre si efectivamente era una mujer. Limpiándose las lagañas de los lagrimales, bostezó y me resumió crudamente su razonamiento: si alguna vez llegaba a sincerarme, y le llegaba a explicar que sufría de agorafobia, Juan iba salir corriendo más rápido de lo que Speedy Gonzales tardaba en cruzar el desierto de Atacama. Salí de su habitación decepcionada y lo taché definitivamente de mi lista de consejeros.
Con Laura no me fue mejor. De hecho, no me prestó demasiada atención y acaparó la mayor parte de la conversación con su problemática. Me contó que el jueves, antes de cenar, había experimentado con las gotas que el homeópata le había recetado al nene. Secretamente, o no tanto, las volcó en el vermouth de Franco. Todo había resultado desastroso. Como consecuencia, el viernes, su marido tuvo que faltar al trabajo porque no podía mantenerse despierto. A la mañana siguiente pudo lograrlo con mucho esfuerzo, pero las extremidades no le respondieron, y una caída al suelo le provocó una fractura en la muñeca. Ante el panorama, juntos, determinaron que era hora de intentar una alternativa que no incluyera visitar ningún otro consultorio. Por eso, ayer, decidieron probar con los polideportivos. El plan era inscribir a Luqui en alguna actividad física que le absorbiera toda su hiperactividad sanamente; o en varias si una no llegaba a bastar. La llamada se había extendido más de lo soportable. Laura avanzaba y me describía las extensiones de las canchas de volley y de basket, la cantidad de asientos por gradas y sus colores. También contó la cantidad de duchas que colgaban en los vestuarios, y me detalló las condiciones de sus cueritos. Finalmente, llegó a los vidrios que separaban las piletas de natación climatizadas del bar, y me retuvo otros diez minutos preguntándome qué nivel era el que le podía llegar a tocar a su hijo; Laura descartaba terminantemente la categoría de delfín y la de mojarrita. Me enumeró las cualidades innatas por las que ella creía que definitivamente lo iban a posicionar en el de tiburón. Estaba que explotaba. Como quería terminar la charla rápido, le expliqué diplomáticamente que, en natación, todo dependía de cómo el nene se las ingeniara en el agua. Se desilusionó, y momentáneamente pude lograr captar su atención. Pero después de dar unas brazadas inseguras, se lavó las manos diciendo que ella no podía decirme lo que debía hacer. Todo dependía de mí.
La que sí me escuchó pacientemente fue mi hermana, y resultó que el único que logró aconsejar algo realmente sensato fue su novio, Ariel, que interfirió, muy confianzudamente, en nuestra charla por el alta voz. Ariel me alentó a que me encontrara con Juan, y me dio a entender que era muy pronto para que me fijara en los detalles extras. Deduje que mi hermana estaba de acuerdo con él, porque después de un intercambio de palabras fuertes, escuché que sus labios se agruparon para invadirme la línea con unos molestos ruidos de sopapa atrancada. Mi hermana cerró la conversación alegando que no debíamos dudar de Juan, y que ella siempre lo recordaba como un chico bueno y comprensivo.
Me quiero morir. Sólo me quedan algunas horas para repasar mi decisión. ¿Voy o no voy? Esa es la cuestión.
domingo, 12 de agosto de 2012
Sofía se hizo la enferma y faltó a la iglesia. No lo sabía pero es la soprano estrella del coro de los domingos, y hoy tenía que cantar para un centenar de cristianos sedientos de aleluyas. Me tocó la puerta alzando una bolsa de papel con media docena de facturas que habían sobrado en su casa, con los pelos castaños encerrados en una trenza larga y arrastrando unas chancletas rosas y blancas. Como yo estaba igual, me dio lo mismo. Juntas hacíamos un equipo perfecto. La invité a desayunar, le preparé una chocolatada y yo me serví un café con leche. Encerramos a Maxi en su habitación para que se ensordeciera con sus propios ronquidos, y nos pusimos a ver la televisión en silencio. Intercambiamos muy pocas líneas. Las imágenes chatarras se entrelazaban una tras otra sin llamarnos verdaderamente la atención. En mi mente se desplegaba mi propia novela, y ella lo notó. Aunque no entendí porque se levantó de esa manera a lo último, resulta que Sofía es una excelente oyente. La escena había mutado repentinamente hacía una situación surreal: terminé ocupando el sillón con las piernas extendidas y los brazos cruzados sobre mi pecho. Y ella, sentada en la silla de la computadora escuchando las contradicciones que soltaba en voz alta. Le resumí mi relación con Martín. Le conté sobre Juan y los recuerdos que compartíamos. Le narré el encuentro casual del martes. Le leí el ping pong de mensajes de texto que nos habíamos enviado durante todos estos días. También le conté sobre la cancelación del viernes, y del mensaje que me envío hoy a la madrugada, en el que me pedía que nos encontráramos el próximo lunes. Todavía no le respondí. Sofía se sobresaltó cuando grité a viva voz que la solución más sensata que encontraba a este gran escollo era extirparlo de mi cerebro antes de que fuera tarde. Hacer de cuenta que había fabulado todo y olvidarme definitivamente de él; de su voz de bolero carrasposo, de su cuerpo salvaje y su presencia feroz. Pero era una tarea terrible. Me maldije a mi misma más de una vez. Y concluí con un mar de preguntas que antes, había pasado por alto: aunque estuviese mejor que hace unos meses, ¿cómo le iba a explicar que estaba turuleka?, ¿cómo pensaba decirle que solamente podía salir de mi casa por media hora? Y algo más patético: si acababa de terminar un matrimonio que contaba con media década de antigüedad, yo, una dependiente, ¿iba a seducirlo con semejante prontuario para que saliera conmigo?, ¿iba a arrastrarlo para que me escoltara a hacer los ejercicios?, ¿le iba a pedir que me comprara Titas en el chino más cercano?, ¿podía ser todo más deprimente?
Aunque no llegué a ninguna solución consistente, y me enredé en un laberinto de dudas, me sentí aliviada. Sofía había dejado de opinar, y el silencio me estaba incomodando. Me pareció natural incorporarla nuevamente a la conversación preguntándole con un tono cómplice alguna experiencia personal suya:
- ¿Nunca te sentiste así con un compañerito?
Como solamente escuchaba los ronquidos que traspasaban sin dificultades los materiales sólidos de la casa, me incorporé en el sillón, y la busqué con la mirada. Estaba roja de la vergüenza y se incrustaba nerviosamente las uñas en la rodillas. Se levantó, me dio un beso en la frente y salió arrastrando sus chancletas sin hacer ruido.
sábado, 11 de agosto de 2012
Ayer las cancelaciones se extendieron como una gran epidemia. La primera que desparramó el virus fue Olga, que me llamó al mediodía, para avisarme que estaba enferma y que no podía venir. Creía que su garganta se había contagiado de Parkinson. Su voz, al principio firme y segura, se había convertido en un hilo entrecortado y tembloroso. Fue en medio de una de las pausas que tuve un presentimiento extraño; escuché algo parecido a un traqueteo doble, y me pareció que, del otro lado, sus pulmones se habían tragado todo el oxígeno, como si tuviese miedo de que algo se le escapara. No le presté demasiada atención. Era el ascensor que aterrizaba en un piso no muy alejado. Acordamos que iba a venir el lunes, si antes mi mamá no se le adelantaba y cortamos. Llamé al consultorio de Clara y me atendió VilmaMiram. No quería mentirle. Pero, Juan, terminaba la reunión con el cliente de la calle Pavón, a la misma hora que empezaba la sesión. Usé la excusa de Olga. Me tapé la nariz con una hebilla, y me permití sobreactuar un ataque de tos sobre los microagujeros del tubo del teléfono. VilmaMiriam me compadeció. Me recomendó guardar cama, y me dictó de memoria, la famosa receta que había inventado su tatarabuela. Era una sopa con cabellos de angeles y un mix de vegetales crudos con huesos de caracú, que fingí anotar mientras repetía unos "ajás" que intentaban sonar interesados. Me dijo que si algún paciente cancelaba, podíamos acordar un día de recupero, y nos despedimos. Me acicalé de cabo a rabo; y aunque los nueve pisos me hicieron transpirar hasta la última gota de cafeína, corriéndome el delineador y el rimmel que había repasado tan prolijamente, no me podía quejar. Me había atrasado quince minutos, y los valieron. No quiero exagerar, pero estaba despampanante. En la calle intenté congeniar pasos seductores y decididos, pero cuanto más me esforzaba, más adolescente me sentía. Me hacía pis del miedo y la risa; hasta ese momento no había reparado en la idea de que después de tantos años iba a volver a tener una cita con alguien nuevo; alguien que no era Martín. Y me encantaba. Desde que habíamos acordado la hora y el lugar, me había imaginado la imagen perfecta: cuando llegara a la esquina, ahí iba a estar él. Informal pero de traje, con una mueca seductora, revolviéndose impaciente sobre su asiento y sosteniendo en su mano un ramo de rosas blancas, envuelto por un papel transparente de regalo. Yo me iba a morder el labio, iba a revolear los ojos y me iba a excusar por mis cachetes pálidos enrojecidos. Como no me podía arriesgar demasiado, había planificado que, después de media hora, lo iba a invitar a continuar la charla en mi casa. Pero nada de esto pasó. Juan no me esperaba. Pese a que las mesas estaban totalmente vacías, no me desalenté. Mi humor siguió intacto. Irradiaba una luz superior a los últimos rayos del día. Me sorprendí sonriéndole a todos los transeúntes; hasta saludé con un gesto a Andrea la anti del 1° "A", que me descubrió acomodándome el push up izquierdo del corpiño cuando arrastraba, por la misma vereda, su changuito de compra baqueteado. Y lo esperé. Diez minutos. Veinte minutos. Treinta minutos. Treinta y cinco. Era la segunda vez que le rechazaba el menú al mozo, cuando me sonó el celular. Leí la primera frase y se me apelmazó el pecho. No iba a venir, se había ''atrasado''. Volví inmediatamente. En menos de cinco minutos mi humor dejó el subsuelo para descender hasta el subterráneo. La puerta del ascensor se descorrió en el mismo momento que atravesaba el pasillo. Pude confirmar lo que creía cuando asomaron sus panzas. Primero salió Florindo, luego salió Olga, con una distancia fingida. Olga dio un respingo y soltó la cartera que llevaba en la mano. La ayudé a recoger el estuche de los anteojos, la pomada de las várices y el lápiz labial rosa. Así como la encontre, la dejé. Me di media vuelta y subí las escaleras.
viernes, 10 de agosto de 2012
jueves, 9 de agosto de 2012
Estoy nerviosísima. Me como las manos, los codos, los brazos y el cuerpo entero. Lástima que la desubicada "preciosurita" de Maxi me impidió disfrutar a solas mi momento de gloria.
Ayer solamente habían pasado para saludarme y para dejarme en el pasillo los petates del local de ropa de Melany, mientras ellos salían a cenar por Boedo. Me quedé sola, porque Sofía también se había vuelto a su casa.
Tengo la impresión que desde que Maxi comenzó el entrenamiento, nuestras charlas se volvieron terriblemente monótonas. Él me cuenta acerca de su trabajo, y yo le comento como estoy sobrellevando los ejercicios, y también lo que me cuenta Laura durante el día. Por otra parte, el café se volvió un tema recurrente e insostenible; cada vez que se produce un silencio entre nosotros, se incomoda y termina rellenándolo con los conocimientos que adquirió. Es como si en estos últimos tres días le hubiran reducido el cerebro a las proporciones de un grano de café. Me tiene asqueada con los precios, las calidades, las moliendas y las diferencias específicas entre los filtros.
Hoy a la mañana me llevé un susto gigante y varias sorpresas: la primera fue encontrarme con los dos mensajes de texto que Juan me había enviado durante la madrugada. En el primer mensaje me invitaba a juntarnos mañana por la tarde, en el mismo bar; en el otro, admitía que todavía no podía creer que nos hubiésemos encontrado. Y me dijo que, casualmente estos días, anduvo recordándome en soledad, (¡un romántico!).
La segunda sorpresita que descubrí fue que Maxi y la "preciosura" habían pasado la noche juntos. Aunque después de lo del secador de pelo, también, descubrí que se había apropiado de mi toalla personal para secar sus cancheros mechones rosas futuristas y sus perfectos músculos adictos al pilates.
La tercera sorpresa fue cuando me enteré que no se llamaba ni Mariela ni Marianela. Se llama Melany, y le dicen "Mandy". Lo supe porque así la llamó Maxi, cuando le pidió que le acercara el sachet de leche entera de la heladera...
Salí de la cama, no para desayunar con la parejita feliz, sino porque quería recuperar el botín que me había robado: me desperté porque el repiqueteo de sus tacones contra el piso de cerámica de mi cuarto, y su irritante voz cantarina de Palermo Hollywood se habían infiltrado en mi espacio, para robarme el secador de pelo del placar. Casi me muero del infarto cuando vi su sombra. Estaba parada de espaldas, revolviendo descaradamente todos mis estantes. Encendió la luz y la reconocí. Tuve que sujetarme de los bordes de la cama para obligarme a contener los movimientos involuntarios que, mis manos rebeldes, querían completar. Si no la asfixié con la almohada fue porque mi celular hizo vibrar el colchón, y me distraje leyendo los mensajes de Juan. En ese intervalo, ella había desaparecido con mi secador.
Estaba enfurecida. Completamente desquiciada. Me levanté y me asomé a la cocina para gritarle lo que se me ocurriera. Por un momento casi desisto; los encontré a los dos sentados, con las manos entrelazadas, llamándose con sobrenombres patéticos y dándose de comer pequeños bocaditos de tostada. La primera que me vio fue ella. Se asustó y se levantó de la silla para agregar una tasa a la mesa, mientras repetía nerviosamente una y otra vez:
-¡Ay! gordi, disculpame en serio. Te recontra desperté, sorry.
Mientras enrollaba en un pequeño círculo el cable del secador, la fulminaba con la mirada. Maxi me miraba avergonzado, pero no me importó. Y se me escaparon las palabras malvadas:
- Gordi, la próxima te rebano las manos, y no voy a sentir nada
de sorry.
de sorry.
miércoles, 8 de agosto de 2012
Fui una estúpida. No hice el ejercicio de hoy, porque preferí quedarme en mi casa esperando su llamada "para atenderlo más tranquila". Y, Juan, jamás me llamó. Aunque más estúpido fue mi arrebato. En ese momento no tuve piedad, ni tampoco lo lamenté: aplasté todas las burbujas con entera pasión y dedicación. Los resultados fueron óptimos; ninguno de los globitos del protector plástico que, recubría la tapa del centro musical de Maxi, logró sobrevivir. Hacía tiempo que no masacraba una plancha de burbujas con tanta necesidad. De hecho, no tenía intenciones de comenzar ningún tiroteo, pero estaba ansiosa. Corrijo. Estaba desesperada por tener alguna señal de él. Y no me pude contener: los dedos, índice y pulgar, encerraron, muy lentamente, el primer globito hasta hacerlo reventar. Fue un ¡paffff! suave y esponjoso, que flotó en el aire durante un tiempo exagerado. Seguidos, otros dos ¡pafffs! impactaron con la misma cadencia sonora. Fue terapéutico; me sentía menos impaciente. Pero no terminó ahí... Todo empeoró cuando me di cuenta de que, el encuentro reciente, podía llegar a ser analizado con una perspectiva decadente: ¿me pidió el número de teléfono por compromiso?, ¿por qué no me ofreció el suyo?, ¿inventó la reunión con el "importante cliente" para poder escapase más fácilmente de mí?, ¿olfateó un deseo sexual excesivo? La impaciencia me desbordó, y mis dedos se apelmazaron sobre el plástico para acribillar el aire con unos continuos y secos ¡pafpafpafpafpafpafpafpaf! No me bastó: después de usar los diez dedos, me ayudé con los puños, y logré una sincronía perfecta de pequeños estallidos, que terminaron conformando el gran ¡ppppppaaaaaaffffff! colectivo. Detuve la sinfonía cuando escuché que tocaban la puerta. La atendí tan malhumorada que, con un intercambio de miradas, bastó para que comprendiera que, hoy, el vídeo club estaba de paro. No le importó; avanzó hasta el living y se dejó caer hecha un bollo en el sillón. Le ofrecí un vaso con gaseosa y le encendí la televisión. Cuando pude concentrarme en la entrega del día, y olvidarme de Juan, Sofía, quebró con su pregunta inoportuna el armonioso silencio:
-Fer, ¿vos crees que Dios lo ve todo?
Arrastré hacia atrás los pies y tomé impulso. Dejé que la silla me acercara hasta donde estaba ella. De a poco, Sofía, fue asomando su cuerpo tras el respaldo del sillón. Estaba confundida, y sus ojos almendrados parecían buscar entre los míos una respuesta esperanzadora:
Arrastré hacia atrás los pies y tomé impulso. Dejé que la silla me acercara hasta donde estaba ella. De a poco, Sofía, fue asomando su cuerpo tras el respaldo del sillón. Estaba confundida, y sus ojos almendrados parecían buscar entre los míos una respuesta esperanzadora:
-No, a veces debe dormir.
Sofía me sonrió. Antes de que pudiera acotar algo más preciso, Maxi, que acababa de llegar del trabajo acompañado por Marianela (o Mariela), interrumpió nuestra charla a los gritos.
martes, 7 de agosto de 2012
¡No lo puedo creer! Todavía estoy anonadada. Quiero revolcarme en un monte de pasto verde atestado de flores silvestres y escupir por la boca millones de panaderos con los colores de un arco iris primaveral. Por momentos me obligo a pestañear para comprobar que no estoy en medio de una pesadilla romántica-juvenil, pero no... Cada ínfimo detalle que atraviesa mi memoria me indica que todo lo que sucedió fue real, tan real como sus hoyuelos, y su voz rasposa y seductora.
Opté por salir a la tarde. Para ser sincera, tenía miedo de que el mozo de la semana pasada me reconociera como la histérica harapienta que no soportó la espera de un mísero cortado. Por las dudas, dejé a un lado el uniforme roñoso de siempre, y me tomé casi media hora, para decorarme con un poco más de esmero. Combiné mi piloto rojo con las botas de lluvias verdes y negras; me planché el pelo y lo recogí en una cola de caballo alta. Por primera vez en mucho tiempo, cedí ante los accesorios; me anudé al cuello un pañuelo floreado con colores vivos, y oculté el enfermizo color amarillo hepatitis de mis pómulos, con una crema base tostada. A último momento tomé la precaución de llevarme el paraguas plegable de Kitty, en vez del marrón y beige del viernes. Afortunadamente mi aspecto teen me dio la seguridad necesaria para enfrentarme a él. Estoy segura de que si nos hubiéramos cruzado ayer, me hubiese escondido detrás de los escalopes de merluza con puré de zapallo, que promocionaba la opción dos del menú ejecutivo.
Cuando Juan me abordó, estaba sentada en la mesita de afuera de siempre, y mi cortado en jarrito estaba en marcha. Se paró delante de mí esperando algún tipo de exclamación. Dudé. No lo reconocí hasta que escuché su voz: estaba más viejo y más galán que nunca. Fornido, curtido por el sol, con un corte de pelo que le dejaba visible unos pequeños rollitos en la parte baja de la nuca.
Opté por salir a la tarde. Para ser sincera, tenía miedo de que el mozo de la semana pasada me reconociera como la histérica harapienta que no soportó la espera de un mísero cortado. Por las dudas, dejé a un lado el uniforme roñoso de siempre, y me tomé casi media hora, para decorarme con un poco más de esmero. Combiné mi piloto rojo con las botas de lluvias verdes y negras; me planché el pelo y lo recogí en una cola de caballo alta. Por primera vez en mucho tiempo, cedí ante los accesorios; me anudé al cuello un pañuelo floreado con colores vivos, y oculté el enfermizo color amarillo hepatitis de mis pómulos, con una crema base tostada. A último momento tomé la precaución de llevarme el paraguas plegable de Kitty, en vez del marrón y beige del viernes. Afortunadamente mi aspecto teen me dio la seguridad necesaria para enfrentarme a él. Estoy segura de que si nos hubiéramos cruzado ayer, me hubiese escondido detrás de los escalopes de merluza con puré de zapallo, que promocionaba la opción dos del menú ejecutivo.
Cuando Juan me abordó, estaba sentada en la mesita de afuera de siempre, y mi cortado en jarrito estaba en marcha. Se paró delante de mí esperando algún tipo de exclamación. Dudé. No lo reconocí hasta que escuché su voz: estaba más viejo y más galán que nunca. Fornido, curtido por el sol, con un corte de pelo que le dejaba visible unos pequeños rollitos en la parte baja de la nuca.
En un instante, un conjunto de imágenes se organizaron civilizadamente y me arrastraron en un largo flash-back, a las maravillosas vacaciones de la segunda quincena de marzo de 1997: Pablo, mi hermano, que por ese entonces contaba con 17 años, se había rebelado a la tradición familiar. Prefería asfixiarse en la ciudad con sus amigos, antes de tener que soportar el dominó y la generala nocturna, el tejo playero, las paletas de los jubilados, y los aburridos y poco sorpresivos recovecos del Bosque Energético de Miramar. Mis papás, desesperados, intentaron sobornarlo con los métodos básicos: le ofrecieron una escuadrilla de avioncitos de Telgopor, diez pesos diarios en fichas de vídeo juego, y hasta le dieron permiso para someterse a los revolcones de la banana más indomable del Oceáno Atlántico. Finalmente, con el último recurso acertaron. Le ofrecieron invitar a su mejor amigo de la infancia. Y vino Juan. Lo recibimos los cinco, alineados uno al lado del otro, en la plataforma número tres de la terminal de ómnibus. Estaba deslumbrante. Ese día, cuando lo vi transportar el bolso sobre su hombro, pude descubrir unos brazos fornidos en plena metamorfosis, y también, me descubrí a mí misma explicándome durante dos semanas seguidas, si era totalmente cierto lo que todos decían: que las punzadas en el estómago eran los primeros síntomas del amor.
Nos reconocimos en silencio y a la distancia; el estaba parado y yo seguía sentada. Era consciente que lo miraba boquiabierta, pero no me importó. Juan se sentó frente a mí sin solicitarme permiso, y yo lo acepté sin objeciones; él se reía con unas risotadas desmedidas que no tardaron en contagiarme de inmediato. Reclinó hacia adelante la silla de tela azul, y en un tono confidencial me susurró:
- Menos mal que te encontré. Hace tiempo que busco un paraguas
como el tuyo.
- Menos mal que te encontré. Hace tiempo que busco un paraguas
como el tuyo.
Gracias a Juan olvidé, momentáneamente, el verdadero motivo por el cual estaba sentada en aquel bar. Había hecho a un lado la libreta y no volví a mirar el cronómetro. La emoción del encuentro era mutua. Queríamos abarcar muchos temas a la vez, pero al final, terminamos contándonos nada. Sí me afirmó lo que Pablo me había comentado hacía dos meses atrás: que se había separado de su mujer y que había instalado su estudio en pleno microcentro. Le sonó el teléfono, y de un golpe seco, pisamos tierra. Se incorporó agitado y me explicó que en realidad estaba por la zona, porque tenía que encontrarse en la calle Pavón, con un cliente exigente que necesita acelerar los trámites de una sucesión. Me pidió el celular y nos despedimos. Podría haberme vuelto cuando lo vi perderse por la calle Urquiza, pero me sentía bien. Omnipotente y feliz. Tanto, que me quedé sentada disfrutando de los últimos cinco minutos de luz natural, antes de que la oscuridad se fundiera con las primeras luces artificiales de la ciudad.
lunes, 6 de agosto de 2012
El
asado al horno no aplacó nuestras agonías. Al contrario, nos hizo recordar que,
en realidad, no había nada por qué festejar. Con los ojos acuosos, Laura, nos
contó que Franco se convirtió en el nuevo representante de ventas de repuestos
automotrices para la empresa que trabaja. A sus responsabilidades se le agregaron unos viajes semanales al
interior del país. Laura estaba triste. Ahora tiene que lidiar con el problema
del nene sola. Nos contó lo mucho que le dolía ver a su hijo inerte y sedado: el martes pasado comenzó
un tratamiento con un homeópata que le recomendó la psicopedagoga del colegio,
pero desconfía. Sospecha que las gotitas que toma tres veces al día no
provienen de fuentes naturales. Lo bueno es que Luqui dejó de desarmar las
filas en el saludo de bienvenida, de tirarle de las colitas a las nenas, de
dispararle tizas en la cara a los chicos de la secundaria, y de escaparse del aula cuando la
maestra se daba vuelta para escribir en el pizarrón. Ahora se pasa el día sentado,
anotando alguna que otra oración en el cuaderno de clase, y de vez en cuando encestando, con un sorbete, algunas bolitas ensalivadas a las nucas de sus compañeritos. Por otra parte, Maxi tapó su
angustia con tres choripanes con chimichurri, dos morcillas, tres mollejas y
dos kilos de tira de asado. Comimos rápido porque tenía que acostarse
temprano; hoy comenzaba el entrenamiento
en la sede de Ituzaingó. Como no me podía dormir, me quedé charlando hasta la
madrugada con Nicolás, que andaba igual de desvelado. Me preguntó cómo estaba con Martín y preferí sincerarme; le contesté que estaba soltera y que me había peleado con él hacía tres semanas. Nicolás me contó que
estaba intentando mejorar la relación con Carola, su novia, y me pidió que lo
aconsejara (¡justo a mí!). También me confesó que se había copiado del método
de Clara y que, aparentemente, está obteniendo muy buenos resultados con el primer
ejercicio. Me contó unos chismes del foro, me agradeció y nos despedimos.
Lamentablemente no puedo decir lo mismo que él. Hoy, mi ejercicio fue un desastre. Quizás fue la mala energía de ayer a la noche, o la
tristeza de ver a mi amigo irse de casa deprimido... o tal vez, haber esperado por
un café que nunca llegué a probar. Me senté en la misma mesa que compartí con
Maxi, y esperé al mozo. Tardó quince minutos en verme, y cuando lo hizo le pedí
amablemente un cortado. Volví a esperar; mientras tanto cronometraba y tomaba
nota de cómo me sentía. Hasta que tuve la misma sensación de siempre: el ruido,
la calle, la gente, los calambres y la ferviente necesidad de volver. Dejé la
plata sujeta a un servilletero y volví lo más rápido que pude.
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