viernes, 31 de agosto de 2012


Olga no me devolvió la llamada. Pasó directamente por mi departamento y me encontró minutos antes de que saliera a hacer el ejercicio. Tenía el tiempo bien administrado: una hora estaba destinada a recorrer el barrio y media hora a llenarme el estómago antes de la sesión con Clara. Miré el reloj y le ofrecí acompañarme; a ella se le ocurrió que podíamos llevar a Capitán con nosotras, que hace semanas está escondido debajo de la mesa lamiéndose las patas atrofiadas o ladrándole a las palomas que se apoyan sobre el cableado de la Avenida San Juan.
Salió a los tropezones. Caminaba compungida mirando a los autos y al perro. Sentí que lo había traído como una excusa, porque se aferraba a la correa roja y amarilla, como si el perro la mantuviera atada y quieta junto a mí, y no al revés. Tomé aire y me concentré para interpretar el rol de Clara. Desde que habíamos bajado al hall no había vuelto a abrir los labios pintarrajeados con esa pasta rosa chicle con la que se suele untar. Inicié la conversación con un tono cálido y formulé las palabras claves: no iba a juzgarla. Mágicamente después de mirarme de reojo, durante unos segundos, se abrió como una ostra sobre la palma de mi mano. Después de caminar seis cuadras, cuando le pregunté por Florindo y por la mujer de él, Susana, se detuvo en seco en la esquina de la calle 24 de Noviembre y se derrumbó sobre mi cuerpo con el peso muerto del suyo. Me empapó el hombro con un torrente de lágrimas gruesas y pesadas que cayeron con la misma fuerza que los baldazos sorpresivos de los aires acondicionados empotrados en las paredes de los edificios. Acariciándole el pelo, noté que unas raíces negras brillantes empezaban a entremezclarse con el rojo oscuro de sus tirabuzones. Y cuando dejó los anteojos bamboleando sobre su pecho me espanté. Descubrí que detrás de los vidrios tenía unos pozos profundos, grisáceos y colorados, que automáticamente me hicieron imaginarla en una bata rosa, sumergida en la oscuridad del living de Florindo. Sí, estaba hecha una piltrafa. Olga se enjugaba las lágrimas delicadamente tratando de no correr la pintura de sus pestañas de plumerillo, mientras me contaba lo apenada y avergonzada que estaba. Se arrepentía de todo: de la fuga adolescente y de haber abandonado a su familia. Creo que cualquier otra persona hubiera abierto los ojos como platos; pero a mí no me movió ni un pelo de la ceja enterarme que Florindo la había engañado. No se había separado de la mujer, y por nada del mundo tenía pensado hacerlo.
Antes de ayer Olga había levantado los mensajes que tenía atascados en la casilla, y asustada, le pidió al pez globo una determinación. Y él, como buen cobarde que es, cambió de actitud, como si Olga se hubiera convertido en un carbón en llamas dentro de sus calzoncillos. Puso las cosas en claro: lo de ellos era una especie de luna de miel, pero sin casamiento. Y la luna de miel tenía una fecha de vencimiento: el lunes, el día en que Susana volvía de visitar a su media hermana tucumana.
Intenté ser objetiva y mantuve al margen mis pensamientos negativos acerca de Florindo. Se conmovió cuando le recordé que Gisella estaba en el quinto mes de embarazo, y que su ausencia seguramente estaba llenándola de disgustos. Se puso peor cuando le notifiqué que mi mamá se había enterado, por Gisella, que su angina, en realidad, era una mentira que ocultaba su romance secreto.
Caminamos durante una hora. El último tramo lo hicimos en silencio. Me pareció que repasaba mentalmente las explicaciones que iba a darle a su marido y a mi mamá. Si Florindo no la quería, no  tenía otra alternativa. Tenía que volver. Le ofrecí que se quedara en mi casa hasta que sus asuntos se resolvieran, pero con la condición de que primero llamara a todos y se disculpara. 
La acompañé hasta el piso de Florindo y la esperé sentada junto con Capitán, en las escaleras mohosas, mientras se despedía y juntaba sus pertenencias. Escuché que el portero le susurraba algunas barbaridades, temiendo despertar la atención de los vecinos; de todas maneras sus pitidos eran tan agudos que traspasaron las paredes marchitas sin esfuerzo.
Bajamos juntas por la escalera. Preparamos sándwiches y comimos en silencio. Le pedí que se bañara y que se acostara en mi cama, y me fui a la terapia.
VilmaMiriam me recibió con una sonrisa. Me preparó un cortado frío y lo tomé mientras esperaba que el turno del paciente anterior terminara. Hablamos poco; estaba muy concentrada rellenando unos formularios. 
Clara despidió al paciente en horario y me hizo pasar al living, mientras se ataba una bandana amarilla en la frente. Tenía un enterito veraniego y corto, que dejaba sus rodillas al descubierto. Parecía estar hecho de una tela fina y sedosa, y el estampado, de flores lilas y amarillas, le daban un aspecto primaveral; combinaban con el cielo azul profundo, sin una sola mancha blanca, que se asomaba por el ventanal. Apartó las hojotas lilas a un costado del sillón, se cruzó de piernas y estiró los dedos del pie hacia arriba. 
Hablamos del ejercicio. Le enumeré las calles que recorrí y contabilicé el tiempo aproximado que estuve fuera. Le conté acerca de mi pelea con Maxi, el incidente con Olga, y los nervios que me generaba la cita con Nacho.
Las advertencias del próximo ejercicio sucedieron como un ritual; tengo que empezar los viajes urgentemente, en lo posible debo hacerlos acompañada, y los primeros no deben durar demasiado. 

jueves, 30 de agosto de 2012


Laura piensa que le gusto al vecino. Quizás tenga razón, porque sino, no me hubiera invitado a salir.
Como justo me estaba depilando lo atendió ella, y se cayeron muy bien. Un minuto bastó para que tomaran confianza. Tanta confianza que a Laura se le escapó su sobrenombre:
-¡Ajá! El famoso "Sin Cara”...
Y Nacho que no entendía nada se quedó callado sin saber que contestar. Corrí al hall con la axila derecha encerada antes de que a mi amiga se le ocurriera explicarle que "Sin Cara" era el sobrenombre con el que se me había ocurrido bautizarlo cuando aún no lo conocía. Como buena cómplice, Laura, se escondió en el marco de la puerta y estiró la oreja cuanto pudo, sin perderse ningún detalle. Necesitaba su escucha atenta para el análisis posterior.
Me da un poco de temor igual. No sé a que se refirió con "salir"; él sabe que no puedo estar mucho tiempo fuera de casa. Con Laura dedujimos que me va a invitar a cenar al bar de la esquina. Pero hay una pieza que no encaja. Nacho dijo que quería darme una sorpresa y si bien, una cena un viernes por la noche en el barcito para mí es toda una novedad, de ninguna manera cabe en la categoría de sorpresas.
Remató la invitación mostrándome su dentadura de galán de cine y me derretí. Algo tenía que pasar. Mi axila rompió el momento de seducción:
 - ¡Cuidado!
Gritó señalándome la pegatina verde en forma de hilos que había comenzado a chorrear en el piso por la presión del brazo. Le di un beso en el cachete y cerré la puerta antes de que cambiara de opinión.

miércoles, 29 de agosto de 2012


Antes de tocar la puerta, tuve una regresión: volví a la primaria; más precisamente al primer grado. Ahí estaba, diminuta y olvidada, sentada junto con otros compañeritos en unos asientos de madera milimétricos que se extendían en lo ancho del rectángulo. El aula era depresiva. No había ventanas, y Marta, la maestra de música y peluquería (casi siempre destinaba media hora de su clase a las cabezas de las nenas más lindas para hacerles unas trenzas cocidas divinas), estaba sentada en penumbras frente a nosotros intentando coordinar las voces disparejas que entonaban “Sal de ahí chivita, chivita”. A veces le daba algún que otro manotazo al bombo, pero ahora, con el paso del tiempo sospecho que era un acto puramente decorativo y que en realidad, no tenía idea de cómo dibujar una clave de sol en las hojas pentagramadas. Tanto a la profesora como a mis compañeritos les fascinaba la misma idea: molestar a la pobre chivita. Repetían las estrofas con furia y determinación, esperando que el palo, el fuego, o el agua obedecieran a la persecución. Cada vez que proponían esa canción, mi inocente cerebro montaba una huelga silenciosa que me llevaba a la misma pregunta una y otra vez:  ¿por qué no dejan a la chiva en paz?
Durante la noche Gisella se encargó de esparcir la triste noticia de que su mamá había hecho abandono de hogar. Me dio bronca no haber sido lo suficientemente rápida. Podría haber inventado algo que pudiera ayudar  a Olga a ganar algo de tiempo, pero en realidad no sabía qué era lo que su hija o Victorio, su marido, sabían acerca de Florindo. Como no colaboré, Gisella, se dio por vencida, y recurrió a la última alternativa: se puso en contacto con mi mamá. Y ella sí que no tuvo pelos en la lengua. La desenrolló en busca de venganza, apenas se enteró de que Olga no había faltado a su trabajo por una simple angina, y vendió a Florindo como carnada fresca.
Hoy a la mañana me tocó a mí. Desayuné un combo de atrocidades que mi mamá se encargó de traspasarme por el celular. Conmigo tampoco se guardó nada. Empezó su discurso hablándome de desgracias y de descuidos. Terminó envolviéndome en una red de responsabilidades que me apuntaban con una flecha de neón como la única culpable. Su razonamiento era tan básico que daba gracia. Todo recaía en mí porque Florindo era mi portero. Hasta que al final me colmó la paciencia. Apagué el teléfono e inexplicablemente mi cuerpo dio las primeras señales de libertad. Necesité despejarme. Era el momento ideal para repetir el mismo recorrido de ayer. Iba a invitarlo a Maxi, pero estaba desmayado en su cama vestido con el pantalón negro y el chaleco de trabajo. Además desde que se fue con el maniquí a cuestas, no habíamos tenido oportunidad de firmar el tratado de paz. 
Hice el recorrido con algunas variaciones. Avancé por Urquiza, doblé por Humberto 1º y completé tres cuadras más. Pero mis piernas me hicieron retroceder por donde vine. Atravesé Carlos Calvo y Estados Unidos, y llegué hasta la Avenida Independecia. Volví por la Rioja. Me senté en los escalones de la misma despensa que, a diferencia de ayer, me pareció mucho más moderna. La gente caminaba en ambos sentidos concentrada en las baldosas, y yo exploraba sus caras en la búsqueda de una respuesta que develara la incógnita que más me preocupaba: ¿dónde estaba Olga?
Volví al edificio. Subí los nueve pisos por la escalera y me oxigené antes de seguir los restantes. Anclé en el décimo tercer piso con los pulmones en la mano. Me llamó la atención el deterioro. El olor a humedad era invasivo y las paredes, oscurecidas, transpiraban por culpa de la caldera general. Apoyé los nudillos en la puerta de Florindo. Y tambaleé. La risa de Olga complementada con la de Florindo llegó a mis oídos con claridad. Estaban viendo la televisión. Electrificada, sacudí la cabeza. Otra vez no. Yo no iba a sacar a la chiva de ese lugar. Volví con sancadas ligeras y llegué a mi piso liberada. No me contuve a entrar a casa. La llamé desde el pasillo. Me atendió el contestador y le dejé un mensaje cómplice, en el que le pedía que se comunicara conmigo en cuanto pudiera. 
Se me borró la sonrisa con la actitud infantil de Maxi. Sofía no tenía la culpa. Maxi se estaba riendo de algún chiste que dejó de ser gracioso apenas me vio parada en la puerta de la cocina. Golpeó la taza en la mesa, anunciando el fin de la diversión, y Sofía se colgó la mochila colorada en la espalda. En ningún momento me miró. Me dio un beso en el cachete y se fue, otra vez.   

martes, 28 de agosto de 2012


Maxi y yo nos peleamos. Forcejeamos tanto por el monigote que se robó, que lo solté asqueada cuando sentí que interpretábamos un matrimonio rabioso en pleno divorcio debatiéndose por el amor de un hijo. No aceptó devolverlo. Decidido, desempolvó un bolso del placard y desarmó el maniquí a los tirones, cobrándole la culpa de nuestra pelea. Se escudó argumentando que estaba seguro de que el guardia de seguridad no iba a aceptar reembolsarle la plata, y que tampoco se iba a arriesgar a montarlo en la misma vitrina, ante la vista de los demás. Tenía otro punto a favor: el cumpleaños de Mandy fue ayer. Era cierto que no había tiempo de encontrar un regalo tan especial. El orgullo nos persiguió hasta el final; ninguno de los dos dimos señales de reconciliación y se fue refunfuñando con el bolso cargado al hombro y un dedo de plástico torcido,  asomándose por el hueco que dejaba el cierre azul. 
Hoy me sentí sola; otra vez no contaba con la ayuda de mi mejor amigo, que se había vuelto tan necesaria como imprescindible. La casa estaba vacía y Capitán ni siquiera se acercaba a mí para refregarme en las calzas sus pelos amarronados y rojizos impregnados con fragancia a riachuelo. Hasta él rechazaba la dosis de caricias diarias, que bien dispuesta estaba a darle. Estaba estancada en una palangana. El trabajo no resultó mejor. Descargué los archivos que me envió Rodrigo con una determinación que duró lo que un estornudo en la punta de la nariz. Visualicé las fotos, las cerré y volví a repetir el proceso, sin encontrar la inspiración usual que pudiera salvar los errores de los fotógrafos altaneros y engreídos del trabajo. Caras subexpuestas, paisajes quemados y cuerpos fragmentados se mezclaban con la idea del ejercicio incompleto que vengo posponiendo desde que Clara me lo planteó. Y de repente: la revelación. Las palabras de apoyo florecieron en el aire atravesando la puerta de cedro hasta llegar con fuerza hacia la silla giratoria en la que estaba sentada. Tuve que asomarme al pasillo para comprobar que Clara no estuviera vociferando lo que necesitaba escuchar a través de un megáfono. Y no. Era mi imaginación. El pasillo estaba vacío y solamente se escuchaba al abuelo de Sofía cantar una canción que hablaba sobre la multiplicación de los panes. Cerré la puerta y me senté a repasar mis miedos. Me convencí con algo cierto: en realidad, no había un peligro inminente. Lo que me alteraba era el rechazo que despertaba el cambio de escenario. Dejar el bar y vagar por las calles de los barrios de Boedo y San Cristóbal hasta encontrar la parada de un colectivo cuyo recorrido desconociera. Ahora tenía que volver a encontrarme con ellas después de tantos meses. Sin lugar a dudas, el ejercicio previo era una tontería comparado con el ejercicio real; el real es una verdadera batalla para mí: el primer viaje en colectivo. Se me hace un nudo en la garganta cada vez que me imagino sentada otra vez en donde comenzó todo.
Me arremoliné una bufanda bordo al cuello, y elegí la campera más abrigada que encontré colgada en mi guardarropa. Cinco minutos después estaba respirando la brisa violenta y fría de la mañana, que inundó mis pulmones con un aire fresco y rejuvenecedor. Caminé las dos primeras cuadras insegura; a la vista de cualquier fuerza de seguridad podía parecer sospechosa de todos los delitos. Sentía que mis ojos reflejaban una mirada temerosa e indescifrable. Hice las tres cuadras siguientes con alivio. Doblé por Carlos Calvo porque siempre me resultó una calle poco transitada, salvo por algún que otro grupito de adolescentes extraviados y rebeldes que se amontonaban en las esquinas para compartir los primeros cigarrillos o las primera petacas comunitarias. Hoy no había nadie, salvo por una joven parejita de colegiales que se escondía en el hueco del garaje de un edificio gris para darse los primeros besos. Por el resto, me sentí como en un pueblito desértico y adormecido. Se habían enmudecido todo los sonidos; tampoco se oían avanzar autos que mancharan el silencio con los carraspeos de sus motores. Volví sobre mis pasos cuando habían pasado veinte minutos, porque todavía tenía que elegir la parada del colectivo. Retomé por La Rioja, y recordé que sobre Humberto 1°  pasaba el 53. La parada también era compartida por el 126, pero aunque nunca lo tomé con frecuencia recordaba su trayecto de memoria. Me quedé algunos minutos sentada en los escalones de la despensa antigua de la esquina, disfrutando del sol que me alumbraba la cara. En total vi diez colectivos pasar, y cuando contaba el onceavo, sonó el celular. El tono histérico hizo que no la reconociera. Tuvo que gritarme su nombre varias veces. Era Gisella, la hija de Olga. Pasó por alto todo tipo de cortesía: no quiso saber cómo estaba, ni me entretuvo con comentarios sobre el clima. Su pregunta prepotente y acelerada me tomó desprevenida:
 - ¿Quién es Florindo?
No hice ningún tipo de declaración. Cordialmente le sugerí que hablara con su mamá. Y qué sorpresa me llevé. No podía porque Olga había se había ido de la casa hacía dos días.
    

lunes, 27 de agosto de 2012



Tengo miedo de que en cualquier momento suenen las sirenas de la culpabilidad, derrumben la puerta de mi departamento a  patadas y me lleven a rastras por encabezar el comando. Todavía no lo puedo creer. Siento que tengo toda la responsabilidad: mi mejor amigo es un ladrón del patrimonio histórico nacional.
Me desperté temprano y Maxi no estaba, en cambio, en la cocina encontré una nota enganchada en el pico de la pava silbadora, que más que enigmática me pareció infantil; es decir, muy propia de él: “No te puedo acompañar. Fin de la exitosa Operación Maniquí”. El problema no era que no me acompañara en el momento que más lo necesitaba; podía empezar el ejercicio nuevo en otro momento, pero sentí que la estupidez de mi amigo se estaba extendiendo como nunca.
Seguía siendo de mañana cuando me tocó la puerta. Corrí y la abrí emocionada. Me decepcioné. Pensé que Sofía había faltado a la escuela y venía a visitarme, pero no. Era el “Sin Cara” del “B”, corrijo...era Nacho. Me descubrió vestida con los boxers de Martín y la remera blanca con la cara de Humphrey Bogart. Avergonzada, me cubrí con las manos y entorné la puerta con movimientos torpes. Rompió el hielo. De repente, con un dramatismo improvisado se acomodó un sombrero imaginario, bamboleó sus ojos serios sobre los míos, como Bogart en los últimos minutos de "Casablanca" y repitió:
  - Siempre tendremos París.
Ganó. Gracias a su espontaneidad me reí como una tonta. Hizo otros dos chistes que me distendieron. Terminé entornando la puerta totalmente hasta dejar mi ridiculez al descubierto. Se hizo un silencio incómodo; solamente se escuchaba el roce de su mano sobre la puerta de madera y mi pie izquierdo pisando el derecho. La invitación me tomó desprevenida:
  - ¿Vamos a desayunar?
Dudé. No encontré motivos para decirle que no. Me pareció un gesto hermoso. Acepté y, de los nervios, la puerta se me escapó de las manos dando un portazo seco. Estuve lista en media hora; quince minutos estuvieron destinados a vestirme y otros quince resultaron suficientes para arreglar el desastre universal que tenía en el pelo. Cuando salí Nacho seguía en el pasillo. Caminé directamente hacia la escalera. No hizo preguntas y unos pisos después lo descubrí siguiéndome por detrás. 
El camino se hizo eterno. La media cuadra que teníamos que completar se extendió en el horizonte infinitamente, parecía que el bar no quería ser encontrado. La culpa la tenían los comentarios ocurrentes de Nacho que hacían que me detuviera constantemente para doblarme en dos producto de la risa.
El bar estaba desolado. No reconocía a ningún cliente; el único estaba seis mesas más atrás. Era un policía rechoncho atrancándose con una canasta de medialunas. El resto fue un dejà vu. El mismo mozo cantor de la semana pasada nos trajo el menú acompañado por las primeras líneas de “Café la humedad”. El show se repitió cuando volvió haciendo malabares con las dos tazas con café con leche y los dos tostados de jamón y queso, mientras repetía con una voz rasposa y festiva “cara de tramposo y ojos de atorrante, con el pelo largo y la lengua picante...”. Sonaba espantoso. Fue como escuchar un gato sarnoso apaleado. No quisimos herirlo; se lo festejamos, aunque nos arrepentimos cuando volvió a tomarse el atrevimiento de destrozar el hit de Cacho Castaña.
Desayunamos tranquilos. Ninguno de los dos parecía nervioso. Nacho me contó algunas curiosidades de su vida en general, y de su profesión de músico: tiene veintinueve años. Toca la guitarra desde los diez. Su primera banda se llamó "La balada del rey" en homenaje a Elvis Presley, su cantante preferido. También me contó que toca en bares con su mejor amigo, y que da clases de guitarra cuando está ajustado con el dinero. La peor parte fue cuando me tocó hablar de mí; me costó ordenar la información. Escatimé tanto en los detalles que, al final, resulté demasiado evidente. Y Nacho fue tan exacto que estuve a punto de escupirle la espuma en la cara:
- ¿Cómo estás con la agorafobia?
Mi actitud fue previsible: primero no contesté, después negué la afirmación que escondía su pregunta y al final fui sincera. Al parecer Nacho se dio cuenta de mi problema la vez que nos encontramos en la puerta de nuestro edificio; el día que me escondí detrás de la columna para evitarlo. No me supo explicar cómo era que lo sabía. Solamente dijo que tenía una conducta similar a la de su hermano menor, que sufrió el mismo trastorno hace algunos años. Hablar de su hermano hizo que su sonrisa blanquecina se ocultara tras una mueca de angustia, así que desviamos la conversación a otros tópicos.
Una hora y diez después el bar se empezó a llenar con los primeros clientes del mediodía, la mayoría eran empleados que buscaban un respiro en el almuerzo. Como los cuchillos se estrellaban con los tenedores y dejaban nuestras voces en segundo plano, salimos despavoridos. La avenida explotaba de autos pero inmediatamente encontramos paz para nuestros oídos. A diferencia de la ida, el camino de regreso se había vuelto demasiado corto. Quería seguir conversando con él por horas; fui tan impulsiva que me sorprendí: lo invité a tomar un café en mi casa. Consultó el reloj y se disculpó. Tenía que dar clases; era muy tarde para cancelar. Nos despedimos en el pasillo.
La felicidad duró muy poco. En el living me encontré con una imagen absurda, que rondaba, en algún punto, la depravación. Maxi estaba encastrándole un brazo al torso de un maniquí amarillento y polvoriento que estaba recostado sobre el piso. Realmente no sé que fue más terrible, el entusiasmo con que lo dijo, o como zarandeó la mano desarticulada cuando lo dijo:
 - ¿A qué no sabes de quién es?
Fue instantáneo. El mareo arrastró mi cuerpo hasta el sillón. Me quería tapar los oídos; desentenderme de lo que podía llegar a escuchar. Resultó imposible. Su voz se filtró igual. Maxi consiguió el regalo "único" y "extravagante" con la ayuda de uno de los guardias de seguridad del Museo Evita; que tras un largo trabajo de hormiga se las ingenió para contrabandear las extremidades del maniquí del diseñador más famoso del país: Paco Jamandreu. 

domingo, 26 de agosto de 2012



Excepto por la noticia que me dio mi hermano sobre Juan, podría decirse que fue una despedida armoniosa. Todo fue gracias a Verónica, mi tía, y a mi prima Sabrina, que aplacaron de un hondazo los comentarios sulfatados de mi mamá. Quedó con la autoestima rota. 
La que motivó la reunión fue ML, porque, hoy domingo, se va a Mendoza junto con Ariel y no fijaron una fecha de vuelta. A Pablo y a mí nos confesó la verdad: lo propuso por una cuestión práctica; no tiene tiempo para visitar a cada uno por separado, y prefería abstenerse al lavado de cerebro inbancable de su madre sin nuestra compañía. Fui la última de la lista en enterarse del evento; y el viernes a la noche, por suerte, el plan me llegó organizado: nos reuníamos en mi casa, Ariel se encargaba de la comida, mi mamá del postre y la tía Verónica de las bebidas. El nombre de mi tía, flotó en mi cerebro durante varios minutos. No me lo creí, y tuve que hacérselo repetir cuatro veces, porque las carcajadas de mi hermana me desorientaron. Me contó que cuando volvió del viaje, nuestra prima Sabrina, que también es geóloga, la había contactado para juntarse, y nunca habían llegado a concretar el encuentro. A ML se le ocurrió invitarla y de paso, a Verónica. A la tía la invitó para hacernos la noche más ligera a todos nosotros; pensó que la presencia de una podía hacer callar la boca a la otra. Desde que mis papás se separaron se volvieron archienemigas: Verónica es la hermana de mi papá; y si bien en la juventud, entre ellas, existieron innumerables roces por tonterías como quién tenía el vestido más lindo, cuál de los hijos era el prodigio de la familia, o quién daba la mejor fiestita de cumpleaños, la rivalidad explotó el día que mi tía defendió con  uñas y dientes el romance de su hermano con la japonesa. De hecho, Verónica es la única que conoce personalmente a la señorita Woo, y por lo que tenemos entendido a pesar de que mi papá no se molesta en cruzar la frontera para visitarnos, Verónica y su familia todos los años pasan las fiestas en Montevideo con ellos dos. Pensamos que las diferencias culturales podían generar algunos vacíos entre Verónica y Woo, pero no. Se llevan increíblemente bien.
Como siempre la primera que llegó fue ML, cargando una pizzera con una larga pila de discos planos, envueltos en un film. A primera vista me habían parecido panqueques, pero un examen minucioso me demostró que la masa despedía un olor semejante al del pan y que, a la vista, la textura era algo acartonada y seca. Ariel trajo el relleno en una olla negra parecida a las que los dibujantes intentan hacerle usar a las brujas cachavachas en los dibujos animados. Era para alimentar a un batallón. Su inestable cuerpo raquítico hacía que la tapa de la olla se bamboleara en el aire. La apoyó sobre la mesada y con emoción me presentó el menú de la noche: pan Chapati y garbanzos. Olía riquísimo; el revuelto se convirtió un sahumerio especiado que perfumó la casa con un baile de sabores, y el pan que me robé para mentirle al estómago resultó suave al paladar y extremadamente vicioso. En los descuidos de mi hermana y mi cuñado, derrumbé tres pisos de la torre y engordé veinte kilos.
Mi tía y mi prima llegaron una hora después y se ubicaron en las sillas de la mesa del living; sorpresivamente Pablo y Mariana fueron los siguientes y por último llegó mi mamá. Se aniquilaron con la mirada desde que se vieron. Mi tía se acomodó en el asiento e hizo sonar las cadenitas de oro del cuello, en cambio, mi mamá apuntó directamente a su Talón de Aquiles, mi prima:
 - ¡Qué pena! Si hubiese sabido que éramos tantos hubiera comprado
    otro kilito de helado.
Se hizo un silencio incómodo. Nadie contestó. Le robé el helado y lo guardé en el freezer. De la variedad de oraciones malvadas que colecciona, fue lo peor que pudo haber dicho. Sabrina desde que es chica tiene algunos kilos extras que no tiene intenciones de perder, y Verónica nunca respetó su cuerpo. Durante años intentó cuidarlo obsesivamente como si fuera una extensión del suyo.
El plato fue un furor; lo mejor que comí en mucho tiempo. Mi prima impulsó con aplausos las felicitaciones al cocinero y todos la imitamos, menos mi mamá que se la paso revolviendo los garbanzos con desconfianza. Dijo que no tenía hambre, pero todos la vimos mordisquear dos discos de pan Chapati, una vez que los descuartizó y los desparramó por la mesa para ver de  qué estaban hechos.
Las culpas fueron repartidas. El primer error lo tuvo Pablo cuando, por distraído o tarado, le preguntó a Verónica por mi papá. Como no cabía esperar otra reacción, mi mamá, empezó a agitarse en el asiento. Y la tía, que se quería cobrar la deuda anterior, le contestó con la misma malicia. Le dijo que mi papá estaba maravillosamente feliz y que se lo notaba enamorado de su mujer como el primer día. Pareció que estábamos disfrutando de un partido de tenis, porque todos giramos la cabeza para no perdernos los instantes previos a la devolución de mi mamá. Se arregló el pelo inflado de extra de Hairspray y la saboteó:
 - Enamorado de la plata de la oriental. Igual que vos, “la amiga”. 
   ¡Qué Mentira! Vas a Montevideo porque tenés asegurado el bisturí
   gratis.
Lanzó una granada. Los pómulos de Verónica se saturaron de rojo, y se estancaron en el bordo. La coreografía fue perfecta. Todos giramos la cabeza hacia la cabecera, donde estaba sentada la tía:
 - Tenés envidia y querida, aunque te pese, mi amiga Woo con tu cuello
   podría hacer maravillas.
Giramos la cabeza por costumbre. Sabíamos que la pelota había picado dentro, pero también que había volado por sobre la tribuna. Mi mamá no podía disimular la vergüenza. Levantaba el mentón exageradamente para estirar algunos pliegues que caían en la parte alta del cuello. Se levantó y se fue al baño. No volvió a hablar durante el resto de la noche y se sentó apartada para escucharnos conversar.
Maxi llegó cuando comíamos el postre. A Sabrina le caía muy bien, porque cada vez que lo miraba se reía como una pava; más cuando se agruparon para jugar al Pictonary. Los dúos fueron mixtos y por sorteo: Mariana y Ariel, Verónica y ML, Sabrina y Maxi, y Pablo y yo. Nuestro dúo fue una vergüenza. No entendíamos nuestros dibujos y nos culpamos con bronca por el fracaso. Abandonamos antes de que la derrota fuera penosa. Igual, al rato, lavando los platos nos olvidamos. En ningún momento fui evidente, pero quise saber qué sabía de Juan; le pregunté si últimamente había hablado con él. Su respuesta fue como un hachazo en la frente:
 - Hace un mes. Comimos en la casa. Volvió con la mujer.
Me sentí protagonista de una novela del mediodía, pero sin ese flagelo cursi e innecesario. Busqué su nombre en el celular, le agradecí por las tardes que me hizo pasar y lo borré definitivamente.

sábado, 25 de agosto de 2012

Estoy pasando el plumero. Vienen todos, y en las últimas horas se sumaron mi tía Verónica y mi prima Sabrina...

viernes, 24 de agosto de 2012


Algún día tenía que ser. Y ese día va a llegar pronto. El Dr. Pradera me extendió la licencia; se termina el período y tengo que volver al trabajo. Como diría mi abuela, no hay tutía (menos con Rebeca al mando del cuartel).
En un principio creí que no iba a poder llegar a la clínica. Laura me iba a acompañar; pero hoy a la mañana me llamó para disculparse. No podía hacerme el favor porque mis horarios se superponían con los de Franco y su primera visita al hospital después del incidente de las gotas y de la fractura de muñeca. Estuve agradecida. Me pareció el pretexto perfecto para faltar y aplazar mi deber en el calendario. No intenté llamar a mi hermana; sabía que estaba ocupada con los últimos arreglos antes de viajar a Mendoza nuevamente. A mi mamá le corté antes de que atendiera. Lo que me detuvo fue imaginármela entrometiendo su permanente entre el hueco de los dos asientos delanteros del taxi, para parlotear con el conductor. Iba a terminar contándole toda mi vida y seguro, le iba comparar mi problema con un sarpullido de acné. Esa escena tenía un solo final; de los nervios, dentro mío, se iba a desatar una ola de ataques de pánico y para detenerlo  iba a arrojarme sobre el pavimento con el taxi en movimiento.
La cigarrera rosa y plateada que encontré apoyada en la mesa de la cocina mataron mi abstinencia. Le robé dos cigarrillos a Mandy, me preparé un cortado y me fui a sentar en la reposera del balcón, acompañada por un Capitán adormilado. Se me empaparon los pies y los tuve que dejar al descubierto. El balcón tenía unos charcos que todavía no habían caído por el desagüe común. Por los agujeros de la reja husmeé la vereda. Los hombres caminaban a sus trabajos vestidos con remeras de mangas cortas, como si las altas temperaturas de estos dos últimos días los hubieran convencido de estar en medio de un verano permanente. No escuché los golpecitos de Maxi en el ventanal; eso hizo que me lanzara un par de ojotas en la nuca. Las calcé en mis pies y entré al living hecha una furia. Los humores se invirtieron, y terminó enojándose conmigo porque no quería ir al psiquiatra. Me arrastró hasta la habitación y me obligó a cambiarme. Él se fue a la suya y diez minutos después lo encontré en la cocina desayunando con Mandy. Los dos querían llevarme.
El viaje pasó desapercibido. Mandy cruzó algunos semáforos en rojo y se concentró más en agarrar la entrepierna de Maxi que el volante de su escarabajo violeta, pero como conductora asignada se ganó todos mis respetos. Y Maxi fue hermoso. La mayor parte del recorrido logró mantenerme entretenida con el juego “Ni sí, ni no, ni blanco, ni negro”. Lo mejor fue la competencia beatlemaníaca. Ganaba el que canturreaba un disco ordenado y completo de Los Beatles. Ganó Mandy, que había elegido el álbum Revolver y se sabía las once canciones de memoria. El tránsito estaba horrible y pesado, pero la conductora logró escurrirse hábilmente en cada hueco que  dejaban los conductores atontados que todavía no habían logrado abrir los ojos por tanta lagaña apelotonada en los lagrimales. 
Maxi no bajó del auto; cada uno tiene su fobia y la de él tiene que ver con un pasado que encierra hospitales, clínicas, médicos y salas de espera. Los repele desde que el cáncer se llevó a Mónica, su mamá. Le pedí a Mandy que se quedara con él, pero ninguno de los dos quiso dejarme sola. Maxi me deseó suerte y nos perdimos en la calle Uruguay.
Subimos cuatro pisos por escalera y bordeamos tres pasillos blancos e infinitos. Cada intersección estaba decorada por unos maceteros anchos de aluminio de los que se asomaban unos girasoles de plásticos desnutridos y berretas, y unos loritos de madera parecidos a los que suelen ofertar los locales del Puerto de Frutos. Mandy me hizo sentar en la sala, junto con dos señoras mayores que no dejaban de celarse las revistas que habían elegido. Me obligó a hojear una revista que hablaba sobre el polo en Argentina. Cuando notaba que no quería leer, hacía preguntas sobre mi familia, Laura y Maxi. Se la notaba nerviosa, como si tuviera miedo de que no llegara al consultorio.
El Dr. Pradera tardó porque no podía deshacerse de un paciente extrañamente reiterativo que, aparentemente, lo había retenido en el consultorio, en la puerta de su despacho, en el pasillo y en la misma sala. Logró liberarse de él cuando gritó, por encima de su cabeza, “María Alcorta”. Tardé en reconocer mi primer nombre pero me levanté de un tirón. Estuve sola durante más de quince minutos sentada en una silla cuadrada y rígida. Utilicé el tiempo en ordenar mi discurso. Pero Pradera tenía un método estructurado y totalitario, en el que yo, paradójicamente, no tuve una presencia realmente activa. Él preguntaba y yo contestaba con sí o con no; no admitía los “no sé” o los “depende” y cuando se me escapaban, volvía a preguntar con impaciencia. Respondí más de cincuenta preguntas que no puedo recordar. Traté de intervenir en la mayoría, pero Pradera enseguida me interrumpía con otra y no daba respiro: ¿hace terapia?, ¿toma drogas?, ¿salió ayer?, ¿evita a la gente?, ¿su último episodio fue hace más de una semana?, ¿sufrió algún síntoma durante el viaje de hoy?...
La impotencia me dejó aniquilada. El doctor ni se inmutó; al final se  retorció las puntas del bigote blanco, y después de garabatear y sellar el certificado médico me fulminó:
 - Mire, si trabaja con su terapeuta como es debido, su cuadro debería
    mejorar de acá a veintiocho días.  Es un caso que no debería presentar
    mayores inconvenientes; pasado este lapso estaría en condiciones de
    volver a las actividades normales.  
Casi lo asfixio con la cortina blanca que se desprendía del barral metálico de la camilla. Traté de hacer mi último esfuerzo:
 -¿Cómo sabe que mi caso no va a empeorar?
Y me calló.
 - Mírese. Lleva dos horas fuera de su casa. 
Durante el viaje de vuelta hice que dormía. No tenía ganas de hablar con ninguno de los dos. Me dejaron en la puerta del edificio y subí al departamento arrastrándome por las escaleras. Me quedé dormida en el sillón. Y me desperté dos horas antes de la sesión.
VilmaMiriam me atendió extremadamente festiva. No acepté su café y pasé directamente al living para hundirme en el sillón de Clara. Le conté que mi nueva jefa me quería de vuelta y que el psiquiatra me había extendido la licencia hasta el próximo mes. Como todas estas últimas semanas, Clara me alentó. Fue positiva. Cambió el enfoque apoyando a Pradera. Dijo que esta era una buena oportunidad para avanzar y esforzarse como nunca. Apostó todas las fichas, tanto, que volvió a cambiarme el ejercicio.

jueves, 23 de agosto de 2012


Insospechado. Jamás creí que iba a terminar tomando un café con el "Sin Cara" del "B". Debería dejar de llamarlo así, ya no tiene sentido. Tiene la cara completa y un lunar por encima del labio superior que bordea al cachete izquierdo, a lo Marilyn Monroe, que antes había pasado desapercibido. Además ya sé su nombre, sé su apellido y otros datos curiosos; por ejemplo por qué robó el tender.
Bajé sola a hacer el ejercicio. Durante la cena de anoche Maxi y yo nos devanamos el cerebro con los posibles regalos de cumpleaños de Mandy; la lista no me conformó. Mi consejo final fue que le regalara algo único y extravagante. No sé que habrá entendido por "único" y "extravagante": hoy a la mañana lo vi analizando detenidamente un mapa que imprimió de la página de un famoso museo, y lo escuché en el baño secreteando por teléfono. Me cambié y le pedí que me acompañara al bar. Se negó y me dijo que tenía algo muy importante que hacer. Me miró de manera cómplice esperando que le preguntara qué. Fui complaciente. Me susurró, como si algún oído intruso pudiera escucharlo, que tenía tres horas para comenzar la "Operación Maniquí". Resolví que no iba a preocuparme. Maxi es un vendedor de humo nato; y siempre se las ingenia para hacerme creer en historias ficticias enredadas en falsos suspensos, debe ser la manera que tiene de transmitir lo que los libros le enseñan. Bajamos juntos, nos despedimos en la esquina y le deseé buena suerte con la "Operación Maniquí".
Después de tantos días con lluvia me dio pena no poder sentarme a disfrutar los pequeños rayitos de sol que caían en la esquina del bar. Me senté en la misma mesa del lunes y me recibió un mozo rechoncho que no conocía y que, cada vez que se acercaba para retirar o para traer algo de la mesa, se ponía a entonar canciones de Sandro. Me dio un poco de pudor interrumpirlo, pero tuve que cortar fríamente el estribillo de "Así" para pedirle el cortado habitual. Fue necio. Hasta que no terminó la letra no dejó de refregar su trapo agujereado sobre la mesa. Volvió con el cortado y un repertorio renovado; entonó "Penumbras" hasta el final, y con una especie de giros rudimentarios de ballet terminó al lado de la mesa de un señor mayor, aferrándose dramáticamente a la bandeja de los pedidos.
No escuché que el llamador de ángeles se revolviera en la puerta de entrada, y tampoco lo vi caminar hacia mi mesa, estaba muy concentrada mirando al restaurador de marcos de la esquina de enfrente. A diferencia de la calle, en el interior del bar, la vista a su negocio es más personal. Alcanzaba a ver todo lo que había en el segundo piso. Hasta me pareció distinguir que enmarcaba la réplica de un cuadro de Quinquela Martín. Me hipnoticé con su paz; fue la única manera que encontré para evitar pensar en el ejercicio, en Rebeca y en el psiquiatra del viernes. Tardé en focalizarlo:
 - ¿Solita?, ¿Y tus novios?
Me reí. El "Sin Cara" me pidió permiso para sentarse, y accedí. Dejó la guitarra apoyada en la silla de al lado. Se desenredó el pelo negro y lacio, y cruzó los dedos sobre la mesa con confianza. El mozo cantor se acercó silbando una versión remixada de "Rosa, Rosa" y el "Sin Cara", distendido, le sirvió de público completando con un silbido envidiable las partes que el doble de Sandro dejaba inconclusas. Haber colaborado en su juego fue beneficioso, porque a diferencia de otros pedidos el porrón que pidió llegó fugazmente. Como ninguno de los dos habló, el "Sin Cara" me extendió la mano y se presentó formalmente:
 - Hola, soy Nacho. Mucho gusto.
Aunque no tuve nada que ver, me dio las gracias por haberlo ayudado con la cerradura. Yo le pedí disculpas por haberle incrustado en la frente el láser de metal, el día que se cortó la luz. Me dijo que le habían dado dos puntos por el incidente; y después de ver mi mueca de disgusto lo desmintió con una risotada. Le dije que era un tarado. Nos reímos y se hizo un silencio que me incomodó. Estaba inexplicablemente nerviosa; y preguntarle por el robo del tender fue lo primero que se me ocurrió. Se volvió a reír y reclinó su cabeza confidencialmente hasta acaparar mi lado en la mesa. Dejando sus dientes perfectos a la vista, me admitió que fue la única manera que consiguió para mantenerla desolada. Se cansó de que lo echaran de la terraza cada vez que daba sus conciertos a la luz de la luna. Me pareció desvergonzado, pero poético. Estaba empezando a oscurecer. Miré el reloj y sentí una punzada de alarma en panza. Había pasado una hora fuera de mi casa y tenía miedo de que el exceso se volviera en mi contra. Le dije que tenía que irme y se empecinó en pagar la cuenta. Caminamos juntos hasta nuestro edificio. Se colgó la guitarra al hombro y se despidió. Tenía que tocar en un bar de provincia.   

miércoles, 22 de agosto de 2012


Rebeca hablaba en serio. No debería estar asombrada, al contrario, tendría que haber imaginado lo que se traía entre las garras. Lo que no pensé es que iba a tener visitas tan pronto.
Ayer, la compañía de Juan me dejó fuera de combate. Durante las dos horas que pasamos juntos no volvimos a tocar el tema de mi agorafobia. De hecho no hubo tiempo para hablar de nada; solamente intercambiamos dos o tres palabras cuando nos sentamos en el sillón para desentumecernos con la televisión; “cambia” y “deja acá” fueron las muletillas más usadas. Pareciera que entre nosotros hay un acuerdo silencioso. Los dos sabemos bien que estamos colaborando en la misma causa; una causa gratuita y sin fines de lucro. Llegada la hora de la cena, le sonó el celular, se cambió delante de mí, y nos despedimos sin darnos ninguna explicación. No hacía falta, ya nos la habíamos dado. 
Me quedé dormida en el sillón y me desperté por el peso de Capitán en mis piernas. Me dio ternura descubrir que Maxi me había tapado hasta la cabeza con su acolchado de la infancia; había vuelto tarde y se había levantado temprano para disfrutar la luz del día. Lo encontré en la cocina; ya había desayunado y estaba leyendo el diario. Fue solidario por conveniencia. Tostó el pan integral, calentó en el microondas una taza con café con leche y durante todo el desayuno me habló de Mandy. Está preocupadísimo por el próximo evento: el cumpleaños de ella. Demandó toda mi atención; me asustó cuando me hizo soltar el cuchillo untado con manteca con un golpe seco para apretarme las dos manos. Con los ojos llorosos me pidió que lo asesorara con el regalo de cumpleaños. Sin despegar los ojos de las baldosas repitió que “estaba desesperado” y concluyó el pedido con un “no quiero decepcionarla”.
Una mirada rápida y superficial encallarían a Mandy en lo común. Así fue la mía al principio; me da un poco de culpa haber pensado que su cerebro podría compararse con el de una ameba, pero las pocas veces que la vi noté ciertos detalles estereotipados: los mechones rosas que habían quemado su pelo rubio natural, las minifaldas con telas estampadas o las plataformas altas decoradas con un strass relampagueante. Estaba errada. De ahora en adelante me prometí darle un buen trato. Lo que sí de ninguna manera voy a poder soportar es su adictiva tendencia al spanglish; esa manera natural con la que alterna libremente las palabras en castellano con un inglés pomposo, puramente decorativo. Mandy no es ninguna tonta. Maxi me explicó que tiene su propio local de ropa en Barrio Norte, que aparentemente le va muy bien y que con el dinero que gana ayuda a sus padres y a sus hermanos. La descripción positiva sobre ella hizo que retirara todas las conclusiones negativas y desacertadas. Tiene mi total apoyo: es una mujer que disfruta de sus logros y sus resultados, que sabe disfrutar el dinero y la independencia que este le confiere. Me parece que precisamente eso es lo que le provoca pánico a Maxi. Por ahora llegamos a pocas conclusiones para su regalo: ropa no.
El timbre sonó una vez. Maxi atendió malhumorado; tapó el auricular con la mano y me susurró que en la entrada había un médico. Subió y lo recibí amablemente. Era un púber. Tenía puesto un guardapolvo blanco; que, más que un médico, lo hacían parecer un gnomo fugado de una escuela pública. Me dio la impresión de que su barba debía haber sido un tema central en su adolescencia y en su madurez; en la pera y en las comisuras de la boca se le asomaban tres pelos desérticos y ennegrecidos como clavos pinchosos. Fue una visita breve; creo que se apuró porque se sintió avergonzado cuando del portafolio azul extrajo los papeles reglamentarios junto con un cómic de los X-men. Me hizo las preguntas de rutina; charlamos sobre mi trastorno de ansiedad, y me dio una tarjeta con un número de teléfono para que concertara un turno con el psiquiatra. Nos despedimos, pero volvió a subir porque se había olvidado la campera.  
Retrasé la llamada al centro médico lo más que pude. Mi orgullo me forzaba a rebelarme ante Rebeca, pero desistí rápidamente. Tenía que actuar con cautela. Realmente desconozco hasta dónde estará dispuesta a llegar para perjudicarme; de hecho no me extrañaría que la víbora cascabel ya estuviera enterada de que recibí al gnomo inexperto, y de que finalmente llamé al psiquiatra para acordar un turno. Tengo que ir el viernes a las 11:00 hs.

martes, 21 de agosto de 2012


La víbora me mordió, y para deshacerme momentáneamente de ella tuve que pedirle ayuda al mamut. 
Llamé al trabajo a la mañana. Me atendió la recepcionista de la semana pasada con su acostumbrado tonito robótico y orgulloso. Me pidió mi nombre y lo mecanografío en su base de datos. Me dejó en espera. No me quiso transferir al interno de Rebeca; le había dicho que estaba ocupada y me transmitió su mensaje sin filtros. Rebeca quería que la contactara en un horario en que no la molestara. Eran las 9:30 hs. Yo sé que a esa hora, en la productora, no suelen haber grandes movimientos; todos están ocupados repitiendo el desayuno. Intenté llamar pasadas las 15:30 hs. La recepcionista repitió el proceso, y Rebeca volvió a estar ocupada.
Joaquín tenía la misma tendencia evasora. Trataba al personal de igual forma, pero podía permitírselo: trabajaba doce horas seguidas, se llevaba el trabajo a casa, y se ocupaba, mal o bien, de las necesidades del resto de sus empleados. 
Volví a llamar a las 18:50 hs antes de que se fueran todos. No quería que la espera se extendiera un día más.
Creo que las voces suelen reflejar el carácter y el aspecto físico de las personas; y la voz de Fabiana me transmitía la imagen más aburrida del mundo. Podía visualizarla como una muñequita de cera, pálida y alta, con el pelo estático, recogido por una coleta corta y casta. Seguramente debe vestirse todos los días con polleras y camisas aburridas, sin estampas; lisas y fibrosas de un color gris viejo y manchado. Me pidió mi nombre nuevamente. Se lo deletreé con rabia y me constató por tercera vez en su cacharro informático. Estuve esperando en la línea durante cinco minutos. A los quince presioné el altavoz, y me entretuve con una tarea mucho más productiva. Dejé el teléfono sobre la hornalla. Me calcé los guantes de goma naranja en las manos y rasqueteé el horno. Durante la espera despegué dos capas de grasa amarillentas y olorosas. Rasqueteé con furia; más cuando mis oídos se empacharon por el “Hola, Ferchu” de Rebeca. Tenía la misma mala energía de siempre y arrastraba las palabras con una marcada soberbia. Lo que sí le tengo que reconocer es que no se anduvo con vueltas; fue incisiva: 
 - Bueno, “Ferchu”, vamos a seguir los pasos. Hay que ser prolija. Te va
    a visitar un médico laboral a tu casa. Quiero cerciorarme de que todo
    esté en...orden.
Si quiso hacerme sentir incomoda lo logró. La confianza irónica con la que usó mi nombre hizo que me retorciera del asco, y también que no haya disimulado la necesidad imperiosa de ejercer el control en mi vida como suele hacerlo con el resto. De mala gana le hubiera escupido todas las preguntas que indirectamente me daba a entender con su últimatum: ¿qué otros pasos restaban?, ¿a qué llamaba orden?, ¿pensaba que estaba actuando, y que mandarme un médico era la solución a su incertidumbre? Preferí callarme la boca; no tenía por qué justificarme. Acepté la visita sin objeciones. El único error que cometí fue preguntarle por el día en que iba a venir el médico:
 - “Ferchu”, si estás en tu casa no importa. ¿No te parece?
Terminó la pregunta con unas carcajadas mefistofélicas. No la quise escuchar más. Me despedí amablemente y corté. Estaba colérica: tenía rabia y energía de sobra para derribar lo que se interpusiera en mi camino. En mi mente se formó la imagen de un mamut. Automáticamente se asocio con otra imagen. Me venció el impulsó y lo llamé. Juan me atendió al segundo llamado con un carraspeo seductor y viril. Traté de mantener las formas; fui distante y sincera. Le pedí que pasara la tarde conmigo; y le aclaré varias veces que era una tarde sin compromisos. Vino a la hora. No gané yo. El que me derribó en la cama fue él. 

lunes, 20 de agosto de 2012


Batí un nuevo récord. No huí a mi casa. No me refugié en el baño. No tuve palpitaciones; no sentí ni un solo calambre. Pero no estoy completamente feliz; no llegué a escuchar lo que Sofía tenía para decirme.
De treinta y cinco minutos pasé a cronometrar cincuenta minutos. Me gustaría haber empezado ayer, pero no pude porque el “Sin Cara” y su cerradura le robaron a Maxi el poco tiempo de ocio que tenía. Intenté con Laura, pero ya había planeado pasar una tarde romántica con Franco que, hoy a la mañana, viajaba por cuestiones laborales a Carmen de Patagones. Tenía miedo de dar un espectáculo; sola no iba a ir. Además, para este ejercicio, Clara me aconsejó un millón de veces que alguien de confianza se prestara a hacerme compañía por si algo no salía bien.
Hoy, como Laura estaba sola y deprimida, me llamó para ofrecerme su ayuda. Nos encontramos en hall de mi casa y caminamos juntas hasta la esquina. Por un momento me tentó la costumbre. Miré a la mesita de afuera con melancolía; la sentía como una vieja amiga de parrandas abandonada. Pero Laura me empujó hasta la puerta principal, que se abrió sola por el peso de mi cuerpo. El llamador de ángeles hizo que los tres comensales que se encontraban desparramados en las puntas nos examinaran meticulosamente. Me sentí como una radiografía humana; especialmente cuando el mozo se paró delante de nosotras y meneó el pañuelo blanco en la mano, señalándonos un estacionamiento libre al fondo. Como mis piernas no respondieron a su sugerencia, Laura continuó empujándome. No le hice caso a ninguno de los dos. Me giré y me senté en la mesa que estaba más cerca de la puerta. Me pareció la mejor opción en caso de que volvieran los síntomas. Leí y releí el menú aunque sabía que al final, mis nervios, me iban a llevar a pedir lo de siempre. Pedí un cortado en jarrito y  Laura se pidió un submarino con una porción de tarta de manzana, y le explicó al mozo que tenía angustia oral.
Al bar el nombre le sienta perfectamente. “Harmony” es armonioso: cada vez que alguien abría la puerta una ráfaga fría se entremezclaba con el olor que despedían las medialunas de manteca y de grasa que estaban apoyadas sobre el mostrador. Los clientes solamente se molestaban entre ellos para pedirse los rubros aislados de los diarios despedazados. La música funcional era relajante. La que no estaba relajada era Laura, que cada dos por tres mutilaba furiosamente el aire con la cucharita. Me contó que a Luqui lo habían expulsado de natación porque, a diferencia del resto de los chicos del grupo, no había aprendido a flotar y usaba las cabezas de los compañeritos para mantenerse en la superficie, y  que también hacía tres días que lo habían inscripto en unas prácticas de básquet en el mismo polideportivo. También me habló de su crisis personal; quiere volver a retomar sus estudios pero no sabe como alternarlos con las tareas de la casa, el nene y los viajes de Franco. Volví a mirar el reloj cuando los temas se habían agotado, y cuando Laura ya no tenía ni un solo cristal de azúcar en el platito de café para pegarse en la yema del dedo índice. Era enfermizo verla. Parecía una rata nerviosa; demostraba su malestar mordisqueándolos con las paletas. La acompañé hasta el auto, la hice soltar los sobres de azúcar que se había robado, y nos despedimos. Subí los nueve pisos por escalera. En el pasillo me encontré con Sofía que estaba tocando la puerta de mi departamento. Pasó al living y le ofrecí gaseosa y Titas. Me convenció de mirar una película. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y leyó en silencio, durante más de diez minutos, las sinopsis del reverso de las cajitas. Del montón terminó eligiendo un drama; El niño pez. No hablamos durante toda la película. Faltando poco para el final me robó el control y la detuvo con el botón de pausa. No me había dado cuenta que lloraba hasta que giré la cabeza. La abracé. Fue peor; lloraba a cántaros. Su pregunta me incomodó y me tomó por sorpresa:
  -¿Te puedo contar un secreto?
No me miraba; estaba avergonzada por algo. Antes que le dijera que sí, que me podía contar cualquier cosa, unos gritos que repetían su nombre llegaban del pasillo. Era su abuela. Se limpió los ojos y se fue corriendo sin ver el final de la película.        

domingo, 19 de agosto de 2012


Mi edificio tiene catorce pisos y cada uno de ellos cuenta con tres departamentos. El piso catorce corresponde a la terraza. La dejé de visitar incluso antes de que mi abuela falleciera; es una terraza tétrica y fantasmagórica. La puerta de entrada es de un aluminio vencido y peligroso que sigo odiando hasta el día de hoy; cada vez que subía y la rozaba perdía un pedacito de piel. Las ventanas tienen unos vidrios esmerilados de color caramelo, y todas están rajadas de arriba hasta abajo. Hay una bacha de un metro por un metro de acero inoxidable que podría usarse habitualmente sino estuviera tapada desde hace décadas con los pelos blanquecinos y crespos del pekinés marchito de la “Vieja Normis” del 3 “C”. Hasta hace algunos años mi abuela era una de las pocas vecinas que usaba el tender colectivo. En realidad, lo hacía por exquisita y coqueta. No le importaba cargar el canasto de ropa hasta el último piso, y siempre justificaba el esfuerzo diciendo que, en el balcón, la ropa se impregnaba con la fragancia penetrante de las macetas de romero y albahaca de los naturistas del octavo. Miles de veces, a la hora de vestir sus polleras y sus remeras floreadas, la escuché gritarles a los del octavo que se sentía adobada como un pizza a la piedra. Pero un día no subió más; alguien se había apropiado del tender. Cuando me mudé con mi abuela, sospeché que el ladrón era  Florindo. Evidencias no me faltaban. En repetidas oportunidades, al pasar, lo había escuchado quejarse por la suciedades que dejaban el resto de los inquilinos. Y robar el tender me parecía una buena extrategia para evitar que nadie más subiera. Pero no...
El Sin Cara del “B”, irrumpió nuestro domingo con unos desesperados golpes en la puerta. Como Maxi estaba planchado el pantalón negro de trabajo sobre la mesada de la cocina, y estaba mucho más cerca de la puerta atendió él. Yo estaba en la computadora. No dejé mi trabajo hasta que escuché su voz. Me asomé hasta el recibidor arrastrándome en la silla. Maxi, que estaba con unos boxers rayados, me tapaba la visión. Tuve que acercarme para confirmarlo: lo vi apoyado contra la pared del pasillo, frotándose la frente. Con las pocas líneas que cruzaron entendí que, nuestro vecino, había dejado las llaves dentro de su departamento, y necesitaba el número de un cerrajero. Maxi que, más de una vez, por borracho o por despistado se había quedado afuera de su ex departamento le comentó que le iba a salir carísimo y se ofreció a solucionarle el problema.
A veces odio la bondad espontánea de mi amigo. Puede parecer poco solidario, pero si hubiese estado sola me hubiera quedado espiándolo detrás de la mirilla engrasándome los dedos, una y otra vez, con una bolsa de papas fritas aireadas.
Sin mi consentimiento lo hizo pasar al living y me vi obligada a saludarlo. Maxi lo hizo sentar  en el sillón. A todo esto, yo ya había vuelto a concentrarme en mi tema. Después de escucharlo abrir y cerrar los cajones de su habitación, volvió con una ganzúa, y un alambre a medio doblar. Daba gracia. Protestaba porque le faltaba una pinza y me exigió a mí que se la pidiera prestada a Florindo. Como yo me negué, dejó las cosas y se fue refunfuñando hasta lo del portero. El silencio me incomodaba. Me arrepentí. Creo que prefería mendigarle una herramienta al pez globo del portero que escucharlo despegarse la cuerina de los jeans. Además, como lo tenía de espaldas a mí no me podía deshacer de la idea de que se estaba sonriendo, con esos dientes blancos y esculturales de propaganda de dentífrico. Me di vuelta para comprobarlo y efectivamente fue así. Me dio tanta bronca que lo hice evidente:
-¿De qué te reís nene?
- De los boxers de tu novio.
Solté una risita tonta. Traté de taparme la boca con la  mano pero lo notó enseguida:
- Así estás más linda.
Nos levantamos sobresaltados cuando escuchamos los  ruidos del pasillo; era Florindo desatornillando la cerradura. Maxi, estaba parado junto a él dándole forma al alambre con la pinza. Lo vimos transpirar durante quince minutos. Con una mano mecía el alambre y con la otra la ganzúa. Estaba por darse por vencido cuando la puerta mágicamente se destrabó. El viento que corría por  mi departamento hizo que se abriera de par en par. Ni el mismísimo Florindo lo notó. Lo reconocí porque estaba abierto de costado; parpadeé bastante antes de afirmarlo: al final del pasillo estaba el tender contra la pared. No lo reconocí a primera vista porque, debajo del mantel blanco, tenía apoyado algo macizo que lo hacía confundir con una simple mesita. Creo que el “Sin Cara” vio mi cara de asombro porque se empezó a reír.  

sábado, 18 de agosto de 2012


Me forcé a dormir bien temprano. Resultó que en un estado incierto, mitad dormida-mitad despierta, el escenario común de mi sueño se había vuelto una pesadilla. Repentinamente dejé de vagar por los pasillos de un garaje, cuando el suelo se transformó abruptamente en una laguna de color gris tiza. Sobre la laguna se sobreimprimían las caras de Martín, Joaquín, Rebeca y de Juan. Juntos formaban un gran omelette giratorio. Un omelette podrido y mohoso. Abrían y cerraban la boca, pero no hablaban. Me veía a mí misma en tercera persona, tapándome la nariz y acercándome al borde de la laguna con paso firme. Y me caí. Me desperté sobresaltada y angustiada. Traté de conciliar el sueño nuevamente. Conté ovejas e intenté visualizarme tomando sol en una isla paradisíaca que había visto en la contratapa de una revista de chimentos que Maxi se había robado del bar, pero ninguna de estas técnicas funcionaron. Se me ocurrió descargarme unos sonidos terapéuticos. En el fondo debía estar completamente vencida, porque me volví a perder entre sueños a partir de la tercera repetición del graznido de una bandada de gaviotas. Tampoco lo escuché llegar a Maxi.
Me desperté pasadas las doce del mediodía con un soundtrack que se extendía por todos los cuartos y llegaba desde la cocina. Me parecía que los timbrazos aislados intentaban componer la música de “Tapa tapita”. Era un sonido impaciente y quejoso que se repetía en mi cabeza hacía rato. Toqué el portero y esperé cruzada de brazos en el pasillo. La recibí con una sonrisa, pero mi mamá no se detuvo. Me gritó y pasó directamente al cuarto de baño. Olga venía detrás suyo con unos pasitos picarones e inseguros, rebalsada de bolsas de supermercado. Parecía una ardilla remojada. Tenía los tirabuzones rojos achatados sobre el cráneo, que bien, podían ser producto de la humedad o de una mala praxis ejecutada por su peluquera de confianza. Siguió de largo hasta la cocina y se quedó inmóvil al lado de la heladera. Me pareció que debía tener miedo de que ventilara algo de lo que había visto la semana pasada, porque de vez en cuando se asomaba por el  marco de la puerta para espiarme. Quería susurrarle que no se preocupara; que no me interesaba comentarle a nadie la relación clandestina que mantiene con Florindo; más que nada tenía intenciones de asesorarla sutilmente: por lo que sé, su esposo, Victorio, es un viejo amargado y vividor, pero por otra parte Florindo tiene otras características peores... Pero el aullido de mi mamá me borró todo el discurso que había formulado. Corrí al living y los encontré. Estaba recostada en el sillón con los ojos tapados, y Maxi, que estaba agachado a su lado disculpándose, tapaba sus partes pudendas con un libro abierto. A la escena casi pornográfica se había sumado Mandy que, en un acto solidario, se había acercado hasta él para taparlo con el sobrante del acolchado de los Thundercats que la envolvía. Como mi mamá no quería volver de su estado de shock (igual vi que espiaba las partes bajas de Maxi por los agujeros que dejaban sus dedos), los obligué a vestirse y los eché a la habitación. Por otra parte, Olga, seguía refugiada en la cocina. Como su panza kilométrica afectaba mis movimientos en el espacio, e impedía que le preparara un té relajante a mi mamá,  tuve que obligarla a los gritos a que sacara a Capitán a pasear. Me dejaron desquiciada. Esperamos a que volviera, y nos despedimos. Mi mamá, Olga y Mandy compartieron el ascensor, y yo bajé  los cinco pisos a pie.
Por suerte me atendió Clara. Tenía pavor de que me recibiera VilmaMiriam, porque seguro me iba a preguntar como me había salido el mejunje de porquerías que me había recetado para mi falsa gripe. Nos sentamos en nuestro espacio habitual, e inmediatamente la puse al tanto de las novedades de las últimas dos semanas: los resultados del ejercicio y el encuentro (y desencuentro) con Juan. Pasé por todos los estados emocionales. Lloré. Me reí de mí misma. Volví a llorar. Volví a reír. Suspiré. Estrujé con furia un almohadón y perdí parte del relleno. Volqué tres veces el kukicha que me había convidado. Pero la escuché y me calmé. Al final, como Clara estaba satisfecha con los resultados, me propuso avanzar un escalón más.  

viernes, 17 de agosto de 2012


Podían haber pasado dos cosas: que me tomara la mano y lo lamentara junto a mí, o que se vistiera y saliera huyendo lejos de mí. Pero las dos profecías se entremezclaron patéticamente. Me tomó la mano, y después huyó. 
Mi inesperada confesión rompió la escena romántica, y también desvalorizó el plato gourmet que había preparado. Estábamos recostados en la cama. Él tenía la espalda contra el respaldo de madera. Yo usaba su pecho descubierto de almohada. Realmente no pensaba en nada. El cielo, que se dejaba espiar por la ventana de mi cuarto, me había hipnotizado con un show de relámpagos de colores, y Juan, que viajaba de canal en canal, se había atontado con los destellos que producía el televisor. Dejó el control sobre la mesa de luz, se levantó de la cama y robó, del sillón de mimbre, mi bata de baño rosa. Lo perdí de vista cuando se agachó para recolectar las pantuflas de Kitty que estaban bajo la cama. Me dijo que estaba famélico.  Quería preparar algo para comer. Me ofrecí a ayudarlo, pero se rió. Me sacudió el pelo, dejando por sentado que intentaba mimarme. Tardó media hora. Lo escuchaba revolver cacharros, y lavar utensilios. Esa pausa me bastó para volver a un recuerdo que tenía sepultado hacía tiempo. Eran una serie de imágenes sueltas que se entrometieron en mis pensamientos sin permiso, que sólo cobraron un significado real cuando puse a prueba mi sentido común. La imagen final que, a diferencia del resto había tardado un poco más en salir de su escondite secreto, me hizo comprender que tenía buenas razones para olvidarme de aquel día. Retrocedí en el tiempo y en el espacio; volví nuevamente a las vacaciones: tenía los dedos hundidos en una arena pura y brillante. Mi hermana y mi mamá, estaban recostadas en unas reposeras blancas. Charlaban animadamente. Mi papá estaba aislado del resto de la familia; en realidad, estaba más cerca de la carpa de otra familia que de la nuestra. Tenía el diario extendido sobre las rodillas. Los anteojos de aviador le tapaban los ojos, pero su cabeza estaba direccionada hacia una mujer que tenía la cola del color de un carbón; brillaba excesivamente gracias a la magia del aceite de bebé. Yo miraba hacia la orilla, arrugaba los ojos y tapaba el sol con una de mis manos. A muchos metros de distancia, Pablo y Juan jugaban al fútbol. Caminé hacia ellos. Me detuve en varias oportunidades antes de llegar a su canchita improvisada... El resto no lo recordé hasta que Juan volvió de la cocina. Trajo cuatro sándwiches y dos vasos con gaseosa. Había rebanado dos tomates; también había cortado el queso fresco en fetas prolijas. Se sentó en la cama, cruzó las piernas para sostener el plato más cómodamente y me ofreció un sándwich. En vez de comerlo me detuve a inspeccionarlo detalladamente. Me obsesioné con la mayonesa. La miraba como si estuviera compuesta del desenlace que me estaba faltando. Para mi sorpresa, sí lo tenía. Volví de un tirón: ...me había acercado algunos metros más. Protestaba porque quería jugar a la pelota. En verdad, quería estar lo más cerca posible de Juan. Recorrí las dos puntas para convencerlos por separado. Mi berrinche se había vuelto pesado. No hablaba pero sentía que mi voz era diez mil veces más aguda. Sus caras se impacientaban. Y mi hermano lo resolvió de la mejor manera. Me dio un pelotazo inesperado en el medio de la cara que me dejó seca. Tardé en llorar, porque no quería que me vieran. Los dos se reían de mí. Juan se revolcaba en la arena. Hasta que no pude con el dolor y la bronca, y me largué a llorar. El vendedor ambulante que vociferaba a los cuatro vientos que tenía los mejores choclos, calentitos y fresquitos, fue el único que se apiadó. Los espantó a los dos. Me alcanzó un choclo embadurnado en una salsa densa de color amarillo huevo y me llevó a la carpa con mi papá y mi mamá.
Apoyé el sándwich de vuelta en su plato. Lo miré fijamente. Los hoyuelos se le habían borrado repentinamente. Necesité comprobar su reacción antes de que fuera tarde. Traté de ser concisa y resuelta:
 - Tengo agorafobia. No puedo salir de mi casa. 
Se refregó la cabeza. Sus pelos, pinchudos como clavos, cambiaban de ángulo con cada movimiento. Me pareció que era un tic nervioso. Juan me hizo algunas preguntas. Traté de ser práctica y directa. Apoyó el plato en la mesita de luz. Se cruzó la bata con las dos manos. Me tomó de la mano y me la acarició en silencio. Su celular sonó antes de que alguno de los dos pudiera agregar algo más. Atendió en la habitación, y caminó hasta el cuarto de baño. Volvió con cuatro arrugas en la frente que delataban  un nuevo estado anímico. No quise hacer preguntas. Se puso el pantalón negro, se pudo la camisa blanca y se anudó la corbata fugazmente. Alisó el ambo negro que estaba desparramado en el piso.  Finalmente se volvió a sentar para decirme:
 - Bueno, es pasajero. Ya vas a poder.
Me dio un beso en la frente. Lo acompañé hasta la puerta, nos abrazamos y prometimos llamarnos.

jueves, 16 de agosto de 2012



Casi paso por alto el nuevo tachón en mi almanaque mental. Ayer se cumplieron tres meses desde mi último viaje en el colectivo 101, y de que el médico octogenario de barba color cenicienta me diagnosticara con un aire frío y rutinario que estaba pasando por un cuadro nervioso. Tanto él, como el psiquiatra que me atendió al día siguiente, (el que me aseguró un principio de agorafobia), se deben haber olvidado de mí y de mi situación. Desconocen que hace más de tres meses que no llevo una vida normal; que vivo del trabajo que realizo desde casa, que para la mayor parte de las tareas normales dependo de terceros, y que mis lazos y mis hobbies quedaron seriamente restringidos. Me impacienta la idea de imaginar que todos los días, otras mujeres y otros hombres, cerca o lejos, deben descubrir por boca de otros especialistas, helados como témpanos, que sus problemas en realidad tienen raíces más profundas y significativas. 
Extrañamente, el que no se olvidó de mi aniversario fue Maxi. Hoy, a las 7:30 am, me despertó con un circo de sonidos. Me convenció de salir de la cama cuando me zarandeó en la cara una porción de torta milhojas que, sus compañeros de cierre, se habían repartido entre ellos. Para darle un detalle festivo, se le ocurrió adornarlo con un sahumerio que incrustó torcido en el centro del triángulo. Mientras Maxi se duchaba, yo me mantenía ocupada tragando sin pausa el masacote de hojaldre y dulce de leche. Debía cumplir la obligación que tenía para con Joaquín. Cuando llamé a la productora eran las 9:00 am. Me atendió una voz que no reconocí; que no correspondía a la de Paola, la recepcionista de cera, ni tampoco a la de la víbora cascabel de Rebeca. Se presentó así misma con el nombre de Fabiana y con un destello ingenuo, me recalcó orgullosamente que era la nueva empleada administrativa. No me llamó la atención; estaba acostumbrada a que, cada cinco meses, se incorporaran al staff caras jóvenes y extrañas. Pero nunca hubiera imaginado que, esta vez, el recambio iba a afectarme directamente a mí. 
Corté su enérgica presentación y le pregunté por Joaquín. Revolvió en su memoria precoz, y se disculpó por no conocerlo. Me pidió su apellido y se lo deletreé. Ahora tenían otro método. Lo buscó en la computadora, y tras un largo silencio me dio la peor noticia de todas; que impactó en mi frente como un chorro bajo presión. A Joaquín lo habían echado a principio de mes. Seguido, me preguntó mi nombre, y escuché como sus dedos se desplazaban velozmente sobre el teclado. También lo estaba mecanografiando. Mientras registraba su novedosa base datos y clickeaba el ratón compulsivamente, una serie de detalles, a los que no les había prestado demasiada atención, se unieron para clarificarme el panorama: recordé que en las últimas tres semanas no había recibido ni un solo e-mail guía de Joaquín, que en la última quincena había colaborado con Marisa para un nuevo proyecto del que no sabía demasiado, y que la cantidad de fotografías que Rodrigo me mandaba semanalmente habían disminuido considerablemente.
Escuché un último enter seco y traté de hundir el auricular en mi oreja para captar cada una de sus palabras. Por un instante pensé que el corazón se me iba a escapar por la boca. La administrativa me dijo que tenía que comunicarme con la nueva encargada del departamento de diseño, porque no figuraba en su lista de empleados. Dijo su nombre y me mareé. La nueva encargada era Rebeca. Transfirió la llamada directamente a su interno y cinco minutos después, en una espera casi eterna, Rebeca, me atendió con una voz sosa y soberbia. Escuchaba que se mecía una silla,  y no pude evitar pensar que disfrutaba esta clase de situaciones. Lo confirmé cuando me dijo que todos estaban al tanto de que mi enigmática ausencia tenía que ver con una licencia psiquiátrica. Como no le contesté continuó hablando. Me informó que estaban analizando mi ''caso'', y me recomendó que la volviera a llamar el martes por la mañana. Solté un gritito ahogado. Traté de ser cordial y corté antes de que se me escapara alguna barbaridad. Me sentía agotada. 
Corrí al cuarto de Maxi. Aunque se había acostado limpio, todavía vestía con el uniforme de trabajo. Preferí no despertarlo. Era la técnica que usaba de vez en cuando; los días que generalmente estaba muy cansado y debía despertarse para cumplir nuevamente con el ciclo de trabajo.
Me adorné lo mejor que pude, arremoliné mi pelo en un rodete prolijo, busqué el paraguas beige y caminé hasta el bar. Había dejado la libreta y el cronómetro. No me importó, porque sabía que de todas maneras mi cuerpo me iba a informar el momento exacto en el que debía volver a casa. Pedí un cortado en jarrito y miré a la gente perderse en la niebla de agosto. El celular sonó en el mismo momento que llegó el pedido a la mesa. Era Juan. Se disculpó por su ausencia. Habló de temas aburridos; de mediaciones y de audiencias. Me sedujo con frases románticas y me invitó a disfrutar la tarde con él. 


miércoles, 15 de agosto de 2012


Pasaron cuarenta y tres horas horas con treinta minutos desde que lo vi acomodarse el cuello arrugado del sobretodo negro, y cuarenta y tres horas con cuarenta minutos desde que nos atolondramos en el hueco del pasillo, para completar la última sesión de besos antes de despedirnos.  
Creo que no debo ser la única que llora por tener un celular desértico. Es triste. Lo inspeccioné minuciosamente cada cinco minutos y no tenía rastros de llamadas perdidas. No mandó ni un mensaje; ni un mísero emoticon con una rosa marchita. Me da vergüenza admitirlo; llegué a convencerme de que debía de haber algún motivo desconocido que justificara su desaparición. Y lo encontré sin esfuerzos: estaba segura de que había una falla generalizada en el servicio de telefonía. Decidida a poner fin a este martirio, me comuniqué con mi empresa. Estuve ejercitando mis dedos por más de una hora. Presioné números, asteriscos y numerales, cuando  finalmente pude dar con la teleoperadora. Una chica con una tonadita cordobesa que se presentó con el nombre de Julieta, se ofreció a ayudarme, y rápidamente la inundé con las consultas que había anotado previamente: 

1) Si el servicio funcionaba correctamente.
2) Si el pago de este mes había sido transferido en tiempo y forma.
3) Si mi número no estaba siendo víctima de alguna especie de
intervención. 

Contestó las dos primeras preguntas con afirmaciones secas y burlonas. 
El tercer ítem no recibió ninguna atención, en cambio, fue reemplazado por un silencio prolongado que me desalentó. Pero fui valiente. Taché las opciones con tres líneas que se extendieron de margen a margen, y encerré la última hipótesis con una gran elipse. Era la más sólida de las cuatro. La escuché despedir unas bocanadas dramáticas y luego soltó un bufido que me forzó a despegar la oreja del auricular. Su descargo robótico y monótono me llegó desde la distancia:
 - No, Señora. Debería recibir las llamadas sin problemas. No interesa 
   si su pareja y usted no comparten la misma empresa. Probablemente
   no la llamó. Siga esperando.
La detesté. Tenía ganas de componer un "Arroz con leche'' monofónico con las teclas del aparato, y dejarla completamente sorda. Reconozco que no fue una pregunta brillante, pero ella no tenía derecho a juzgarme. Se había ofrecido a prestarme su ayuda. Y al contrario, hizo que me sintiera peor. Julieta me confío que el 35% de las llamadas que suele recibir son de mujeres desesperadas que culpan a la empresa de sus fracasos amorosos. Malhumorada terminé disculpándome y corté. 
Una hora después mi hermana me llamó para recordarme que mi línea funcionaba igual que siempre. Se invitó a mi casa, y nos amenazó con una ''sorpresita" que "podía ser de gran ayuda". Media hora después, llegó junto con Ariel, y tres colchonetas plegables de color azul bajo el brazo. ML, me obligó a vestir un conjunto de gimnasia y a dibujar mi mejor cara de felicidad. Lo mismo hizo con Maxi, que tuvo que abandonar su esperado momento de ocio, para unirse al grupo espiritual.
La verdad es que la sorpresita era una cagada. Los tres terminamos revolcándonos en el piso imitándolo a Ariel, que parece que además de geólogo es maestro de yoga. No sé si los ejercicios de respiración o la famosa pose del árbol son realmente efectivas para combatir la agorafobia, pero puedo confirmar que, por un rato, ayudaron a que me olvidara de Juan. 

martes, 14 de agosto de 2012

Terminamos con los vasos descartables en el piso, y las sábanas manchadas con capuchino y canela. Creo que la última vez que tuve una tarde tan fascinante fue en 1994 con la última transmisión de Jugate Conmigo. 
Lo más acertado es decir que recorrí todos los estados. A la mañana había decidido que no iba a ir a encontrarme con él. Al mediodía cambié de opinión. Y cuando llegó la hora señalada, me preparé la cucha para llorar en paz. Mi lamento debe haber traspasado los límites de los barrios de Boedo y San Cristóbal, porque antes de las 17 hs, Juan, me llamó dos veces, y por cobarde no le contesté. La tercera vez que el teléfono repiqueteó me di cuenta de que esta secuencia podía extenderse ilimitadamente sino tomaba una postura. No tenía otra alternativa; tenía que atender. Y lo hice. Me dio muchísima ternura escucharlo. La imagen segura y fuerte que tenía de él se derrumbó; a Juan también se lo notaba en medio de una contradicción gigante. Titubeaba. Con una calma insistente me preguntó cuánto iba a tardar. Arrepentida, le dije que me había confundido el horario, y que lo mejor era que lo dejáramos para otra ocasión. Error. Juan se ofreció a pasar por mi casa. Me asusté. En mi idioma confiar una dirección significa muchas cosas; en otras palabras era cederle un dato privado, y que en algún futuro, si me arrepentía, ya no iba a poder esquivarlo tan fácilmente. No se me ocurrió qué decir y acepté. Tuve cinco minutos para cambiarme y perfumarme. Conseguí sin esfuerzos la imagen que quería reflejar. Estaba sobria pero sensual, es decir, desesperada, pero en silencio. Tocó el portero y lo invité a pasar. Aproveché su viaje y revoleé al "Coco", la "Coca Chillona" y a Capitán al balcón. Un minuto después, llegó cargando dos vasitos térmicos con capuchinos, encastrados en un cartón de viaje. Recorrió el pasillo y la cocina. Me pidió un plato para servir las dos porciones de tarta de manzana y de cheese cake que traía en la bolsa de papel madera. Lo invité a hacer un recorrido completo por la casa, paseando los cafés a medio terminar. La tensión se desplegó por el aire. Y para mí, cada paso significaba un calambre en la panza. Los dos sabíamos que los últimos ambientes que quedaban eran las habitaciones. Le mostré la de Maxi, y traté de tironearlo de nuevo hasta el living. Pero me lo impidió. Mientras le indicaba el camino, me detuvo con un beso telenovelero que luego acompañó con unos pasos imperceptibles. Tanto que, cuando volví a abrir los ojos, estábamos en mi habitación. Tiró su café, y me hizo tirar el mío. Cayeron al suelo salpicando todo lo que había alrededor. Eso me di cuenta después, porque en ese momento no importó nada más.