martes, 4 de septiembre de 2012

No tengo ninguna noticia de Nacho desde el domingo a la madrugada. ¿Y si Maxi tiene razón? Pero no tiene sentido. Fue él, el que me invitó a salir y el que montó la puesta en escena con aquella iluminación teatral. Fue él, el que armó aquel banquete de película pochoclera y el que se acercó a mí, con su instrumento embrujado, para seducirme como a una rata extraviada del club del Flautista de Hamelín. Pero entonces, ¿por qué no me respondió las notitas que pasé por debajo de su puerta?
Pese a los roces de la semana pasada, Maxi y yo estábamos de buen humor. Habíamos acordamos, sabiamente, enterrar el recuerdo del robo del maniquí, para archivarlo en nuestro historial de estupideces. Hoy, aunque no llegué a manifestarlo (y él tampoco), realmente estaba encantada de que volviéramos a viajar juntos después de tanto tiempo. Inclusive no tenía miedo. Me daba seguridad saber que mi amigo estaba orgulloso de mi progreso.  
Como era de mañana, el colectivo 53 se detuvo menos atestado. Una pareja había dejado los asientos que ocupaban y nos pudimos sentar apenas nos subimos. Maxi intentaba leer un libro de ciencia ficción, y yo viajaba con la cabeza apoyada sobre su hombro, mirando a las personas caminar cabizbajas en las sombras del día nublado. Retenidos por el semáforo de Carlos Calvo y Maza, por la ventanilla, vi a un chico de baja estatura y barba apelmazada cruzar por la senda peatonal con un violonchelo envuelto en una funda negra colgando en sus hombros, y no pude evitar asociarlo a una guitarra gigante. Lo pensé al mismo tiempo que lo dije:
 -¿Hoy ya es martes?
Maxi no contestó hasta que le saqué el libro de las manos. Con pena me afirmó lo que en verdad ya sabía. Vi como las arrugas de la frente se le amontonaban, de mayor a menor, en una coreografía perfecta. Las conocía. Eran las arrugas de la lástima:
 -¿El vecino no te habló más?
Si nos hubiésemos sentado cuatro asientos más adelante habría estirado la mano, sin ningún esfuerzo, hasta alcanzar el matafuegos prehistórico que estaba acostado debajo de la máquina de las monedas, para abrirle el hueso frontal. La pregunta me pareció tan cruda que no la contesté.
En ese mismo momento el colectivo se detuvo, y algunas personas descendieron, al mismo tiempo que otras subieron. Maxi me había preguntado algo más, pero a causa del revuelo no alcancé a oírlo. Por eso, con un vozarrón de hincha de fútbol de la popular, se atrevió a repetir:
 -¿¡¿¡¿No concretaron, no?!?!?
Fue horrible. Grité un “NO” estruendoso, que rebotó de punta a punta. Las personas que desfilaban por el pasillo buscando algún hueco para apoyarse nos reprobaron con la mirada, y siguieron de largo. Se oyó una presentación. Había subido un señor que decía vender lapiceras “Parker” originales. Intentaba demostrarles a sus potenciales clientes que estaban hechas de un acero único y envidiable, haciéndolas golpear en los pasamanos.
Las conclusiones de Maxi activaron las compuertas de mi cerebro y dejaron pasar al bichito monstruoso de la duda, que se arrastró absorbiéndolo de a poco. Terminé seca. No entendí lo que quiso decir hasta que lo explicó con su manera cruda habitual. Los gritos del vendedor se oponían a los gritos de Maxi. Era una competencia. El hombre promocionaba las lapiceras a precio de costo como una oportunidad irrepetible, y también nos recordaba los colores originales que disponía: negras y azules, a la vez que Maxi me explicaba, con la garganta desgastada, que para él, el problema era que, Nacho, se había arrepentido de lo que había iniciado; las notitas que yo le había dejado y que él no había contestado eran pruebas concretas. No todo tenía que ver con mi problemita de agorafobia; alegaba gran parte de la culpa a los encontronazos que tuvimos desde que empezamos a hablar. Quizás me estaba evadiendo, porque se había dado cuenta con qué tipo de personalidad estaba tratando. Me hirió. Desplegó sus pensamientos al aire como si estuviera hecha de piedra.  Estaba afectada e indignada. Lo solté sin más:
 -¡¿Qué me estás queriendo decir?!
Maxi no pudo continuar. La interferencia avanzó. Había estado tan concentrada escuchándolo a él, que no había notado que el vendedor estaba estrellando la “Parker” original en el pasamanos que se extendía por encima de mi cabeza. El discurso propagandístico y el ruido metálico sonaba con eco dentro de mi oreja: ¡Parker!, ¡Parker!, ¡Parker!, ¡Parker de acero! El bochinche me transportó a mi infancia; más precisamente a la cocina de mi mamá. Me veía jugando a la batería con sus cucharones, sus ollas y tapas. No me aguanté más y lo expulsé:
 - ¡¡¡¡Dejá de perforarme el tímpano con tu “Parker” berreta!!!!
El silenció cesó de repente. El vendedor congeló los movimientos de su mano, y los pasajeros más morbosos, esos que se estampan contra la ventanilla cada vez que olfatean un accidente, se incorporaron en los asientos de golpe para captar los detalles del incidente. Maxi estaba paralizado, pero su susurró llegó claramente:
 - ...Este es un buen ejemplo.
El vendedor siguió repartiendo las lapiceras enmudecido. Tuve lástima de mí. Quería pedirle disculpas al señor, pero no fui capaz de moverme del asiento. Esperamos a que bajara primero y después lo hicimos nosotros, en Avenida Pedro Goyena y Doblas, y volvimos caminando en silencio.  

lunes, 3 de septiembre de 2012


Fue agotador, pero me siento realizada. En primer lugar porque no estrellé la mochila de Luqui contra la ventanilla, no arranqué el botón negro para abrir las puertas automáticas, ni tampoco canturreé “chofer, chofer apure ese motor”. ¡En total hice treinta minutos de viaje en colectivo! Y la segunda buena noticia es que creo que encontré una cura esporádica para la hiperactividad del hijo de mi mejor amiga...
Sinceramente al principio pensé que no iba a poder subir. No por mí, sino por el servicio. Estuvimos casi una hora esperando que algún 53 llegara vacío. Fue pedirle peras al olmo. Dejamos pasar quince colectivos y cuatro siguieron de largo. Todos estaban repletos de pasajeros y no había manera de que cupiéramos entre la multitud que se apiñaba con las narices pegadas a los vidrios. La mayoría de los ocupantes eran chicos de primaria y secundaria que salían de la escuela. Revolucionados, aullaban, como si se acabaran de reencontrar de unas largas vacaciones de verano. El barullo era infernal, tanto, que los gritos y las risas tapaban sin esfuerzo el catarro automovilístico. Creo que si no hubiese sido por la persistencia de Laura, habría vuelto a casa. Estaba por rendirme, cuando un 53, colmado, se abalanzó hacia nosotras. Mi amiga, con su vista de cóndor, visualizó uno por detrás de aquel, a medio llenar, que se encimaba a la carrocería de su compañero de adelante intentando escabullirse. El chofer avanzaba lentamente con la puerta sellada, esquivándonos con la mirada. Laura soltó a Luqui, comprobó que el semáforo estuviese en rojo y se paró en el medio de la calle con las manos extendidas, obligándolo a frenar. Atrás nuestro teníamos acompañamiento. Otras nueve personas se unieron a la protesta. El chofer, con pelo de puercoespín,  abrió cuando nos amotinamos en la puerta y alzamos al nene. Subí primera, empujada por Laura. El hombre, abalanzado al volante, gruñía que avanzara hasta el fondo, para dejar pasar al resto de las personas, pero los pies no me respondieron. Aceleró bruscamente y  tropecé con el plástico agrietado y gris del piso. No me caí porque llegué a sostenerme del pasamano que atravesaba el lector de tarjetas amarillo. El puercoespín pensó que no iba a pagar por el viaje y de reojo pude ver como giraba el torso sobre la silla de resortes. Antes de que pudiera decirme algo, Laura estaba apoyando la tarjeta en la máquina pagando por los tres. Caminé los primeros pasos, como quien visita una casa por primera vez. Reconocí  la textura del suelo a través de las suelas de mis botas, reparé en los asientos agujereados, reconocí el olor a sudor, y el caos de fragancias, algo desgastadas, que destilaban los cuellos de los pasajeros. Todos los asientos estaban ocupados, y una docena de personas estaban esparcidas por el pasillo. Me acordé de Laura y de Luqui cuando fue demasiado tarde. La descubrí hostigando a un chico de rastas rubias que estaba sentado en la tercera fila. Tenía unos auriculares demenciales que le envolvían las orejas en unos paños esponjosos. Como no la escuchó, Laura, se agachó para vociferarle:
 - ¡A ver!, un asiento para la señora que está embarazada.
Me morí de vergüenza. El chico con pelo de fideos se levantó algo indeciso y torpe. La gente miraba el espectáculo con curiosidad. Especialmente a él, que se había comportado poco caballero; algunos pasajeros ladeaban las cabezas con indignación. Me quería morir. Laura mantenía a Luqui quieto por los hombros y le tapaba la boca para reprimir la risa que mi falso embarazo le había provocado. Me senté y me hundí en el asiento. La señora orejuda y encorvada que estaba sentada conmigo, del lado la ventanilla, no ayudó con su cuestionario: 
 - ¿De cuánto estás nena?
No lo programé. Sonreí tímidamente y le dije lo primero que se me ocurrió: de tres meses y medio. La misma cantidad de días que hacía que no pisaba un colectivo. La señora me entretuvo hablándome de su nieto recién nacido. Fueron cinco minutos, pero me parecieron una eternidad. Muy emocionada, nos contó que se llamaba Simón, y que era el cuarto nene de su hija mayor; eso dijo mientras me acariciaba el vientre con ternura. Se bajó dos paradas después y Laura se sentó del lado la ventanilla con Luqui en las rodillas.  Fue insoportable. Luqui abría la ventanilla. Laura la cerraba. Luqui se paraba. Laura lo sentaba. Luqui hacía burbujas con saliva, y Laura se las arrasaba pacientemente con una carilina. Añoré las caricias de la señora mimosa.  A mi izquierda se había liberado un asiento individual, que me seducía con su comodidad y silencio. Pero me quedé quieta; tenía miedo de que se despertara mi fobia dormida. Preferí concentrarme en el camino que se dejaba espiar por el parabrisas delantero del chofer, soportando los codazos y el pataleo acrobático de mi ahijado. El colectivo avanzaba obstinado por Carlos Calvo. Cinco cuadras. Diez. Nos atascamos algunos minutos. Otras dos y luego algunas más; perdí la cuenta cuando los gritos de Luqui y la voz paciente de mi amiga, resonaron chillonamente en mi cabeza. Se estaba haciendo pis. Bajamos antes de que Carlos Calvo se convirtiera en Pedro Goyena, y caminamos dos cuadras por Avenida La Plata, hasta toparnos con la Avenida San Juan. Arrastramos a Luqui por turnos y pudimos llegar a Boedo. No se hizo encima de milagro; En el bar Miño, una camarera amable la había dejado pasar sin consumir.
Los esperé deambulando por la calle. Y sin saber bien por qué,  repasé la vitrina de un kiosco-bazar. Lo sentí como una señal. Debajo de unas figuritas y una cartuchera de dos pisos, encontré un juego de ajedrez de plástico colorido, muy parecido al que me había regalado mi papá para mi séptimo cumpleaños. Seguí mi instinto. El kiosquero me rebajó el precio porque, si bien la imagen de la tapa se veía perfecta, tenía algunas letras borroneadas. Envolvió la caja en un papel azul con lunares blancos, y la guardó dentro de una bolsita blanca.
Los volví a encontrar en la esquina, y caminamos hasta casa. Laura fue mi cómplice. En el camino logramos persuadirlo con pocas palabras. La curiosidad se le despertó de lleno cuando  hablamos de una guerra y dos reyes, de caballos que saltaban casilleros y de un ejército de peones fiel. El hechizo se completó con dos palabras: jaque mate; el resto lo aprendió en dos horas con la ayuda del manual del juego, sentado en la reposera de mi balcón.



domingo, 2 de septiembre de 2012


Olga se acaba de ir. La pasó a buscar Victorio en su Chevy. No quiso que la acompañara hasta la puerta, pero desde el balcón pude ver el auto naranja arrancar en dirección a la Autopista 9 de Julio.
Hoy, igual que el viernes y el sábado, Olga, se pasó la mañana sentada en las dos sillas unidas, embobada con los platos coloridos y atiborrados que proponía un cocinero de aspecto triangular y acento centroamericano. Parecía una gallina sobrealimentada; empollaba un mate de boca ancha y el termo negro de acero inoxidable entre sus piernas gruesas. Asombrosamente después de una hora de sorber litros y litros de agua, el contenido, se mantenía caliente gracias a la temperatura de sus carnes. El vapor se levantaba como una nube sobre su cara y le empañaban los vidrios de los anteojos, pero a Olga, eso, pareció no molestarle. Estaba ausente. Las tres veces que la llamé no respondió a su nombre. Sólo conseguí volverla a la realidad cuando desenchufé el cable del aparato de la zapatilla. Mi intención era captar su atención. Pero la pantalla gris inactiva sirvió de espejo; las manos jóvenes y el cuchillo descomunal, que rebanaban con destreza unos pimientos verdes aglobados en cuadraditos casi invisibles, desaparecieron bruscamente, y los ojos de Olga, recibieron el reflejo triste que daba de sí misma, como una bofetada en las retinas. El efecto volcán fue instantáneo. Los espasmos comenzaron en la panza y continuaron en la garganta, haciendo vibrar las dos sillas. Explotó en llanto en menos de un minuto. Las palabras de consuelo no sirvieron. Intenté con mucho esfuerzo bordear su panza con los brazos y la abracé en silencio hasta que el cuerpo se le desentumeció. Se limpió los mocos en la blusa y recuperó el aliento con los mates que le ofrecí. La acompañé en silencio sentada en el sillón, y cuando me dijo que estaba preparada para afrontar su situación, me cambié en mi habitación, dejé mi celular en la mesa del living y salí del departamento.  
Caminé por la calle 24 de Noviembre hasta llegar a la Avenida Independencia y volví con pasos cortos y lentos por Dean Funes hasta llegar a  la Avenida San Juan. Como había pasado solamente media hora, preferí seguir hasta la esquina, en donde está el bar, y me senté en mi mesita de afuera. Varié el menú, el viaje me había dado sed. Le pedí al mozo un jugo de naranja exprimido que tomé con sorbos mezquinos y volví después de cuarenta minutos. Me pareció el tiempo suficiente como para que Olga pudiera hablar por teléfono con todos los miembros de su familia y si gustaba, hasta con la vecina.
Cuando volví encontré mi celular en el mismo lugar y temí encontrarla tirada en mi cama mirando la televisión. Pero Olga estaba vestida y perfumada, arreglándose el pelo frente al espejo del baño. La mueca de angustia se había transformado en una sonrisa de alivio. Las noticias fueron buenas. El final feliz llegó solo. Olga no había presionado ni un solo botón para conseguirlo; no se animó a llamar a su marido. El valiente fue Victorio, que la llamó directamente a su teléfono rogándole que volviera con él.
        

sábado, 1 de septiembre de 2012

Ayer tardó tanto que llegué a detestarlo. Eran las 23:00 hs y no aparecía. Y claro, confiados en que nuestros departamentos estaban pegados uno al lado del otro no nos habíamos intercambiado los celulares. La noche se había vuelto una tragedia para mí, y una comedia para Maxi que pegaba una risotadas estúpidas mientras yo me sumergía cada vez más en la cuerina del sillón y en las grasas saturadas de las dos variedades de bolsas de papas fritas que tenía sobre mi panza. Mandy intentaba controlarlo, pero él seguía picaneándome con su estupidez. Todavía seguía algo resentido por lo del maniquí. 
Olga, que estaba hipnotizada con los programas de cocina, no me llevó el apunte cuando le dije que iba a salir, y tampoco le llamó la atención que, después de cuatro horas de habérselo dicho, todavía estuviera a unos metros suyos recostada en el sillón. No se había movido en toda la tarde de su lugar. Seguía sentada sobre dos sillas unidas (en una no le entra el cuerpo), pegada a la pantalla del televisor. 
A las 23:30 Olga comenzó a cabecear y a repetir recetas de cocina entre sueños. La desperté y le cedí los derechos del sillón. Era el fin. Me encerré en el baño y clausuré la noche, como siempre suelo hacer cada vez que algo sale mal: me limpié el maquillaje. De la  bronca, cuando me lavé la cara y me quité los restos con unas tiras deshilachadas de papel higiénico barato y áspero, se me levantó la piel del cachete izquierdo, dejándome una aureola fucsia, como las que tienen pintadas esas muñecas peponas gigantescas y mullidas. Colgué en el guardarropa la remera ancha color peltre y plateada; me senté en la cama para tironear violentamente de las calzas negras y labradas, que cayeron en un vuelo furioso al otro lado de la habitación, y me vestí con un short veraniego y una remera-pijama rojo tomate con la temible cara del Tiranosaurio Rex de Jurassic Park. Me lavé los dientes con bronca y me sangraron las encías. Veinte minutos después estaba en la cama tapada de pies a cabeza. Cinco minutos después Mandy tocaba la puerta de mi habitación con un tono de hermana mayor acaramelado y amable:
 -¡Gordiii! Levantate, preciosa. Está el vecinito. 
Me quería morir. Salté de la cama como un resorte, me tapé el cachete con la mano y llegué a la puerta de la entrada haciendo temblar el aire con mis pasos embravecidos. Nacho estaba apoyado en el marco de la puerta. Cuando me vio llegar, la cara se le transformó repentinamente en un signo de interrogación. Con una voz despreocupada le dije que estaba durmiendo. Sacudió la cabeza en ambas direcciones y levantó las manos a la altura de los hombros para pedir una explicación:
 - ¿Por qué?
Lo odié. Era evidente:
 - Es tarde, el bar cerró.
Nacho sacudió la cabeza y se empezó a reír. Avanzó hacia mí y me hizo retroceder; como sabía que Maxi y Mandy estaban escuchando la conversación, me susurró pausadamente al oído:
 - ¿Y quién te invitó a un bar?
Era verdad. ¿Quién había hablado del bar? Laura y yo. Me pidió con un tono conciliador que me fuera a cambiar y me dio un beso en la mejilla.
Mandy me ayudó a taparme la aureola rosada con una base que se había hecho traer de Europa. En el reverso del envase la crema notificaba que tenía el poder de remover superficialmente los tatuajes indeseados. Mi marca reciente se fundió con la piel sana, y sin ese detalle estaba otra vez impecable.
Por mi cambio repentino de humor, lo encontré diferente. Me sentía seducida por el respeto que impartía su fisonomía y la forma en la que el jean azul le moldeaba la cola cuando distribuía el peso de las piernas sobre sus borcegos negros. Nacho me tomó de la mano y me llevó a las escaleras. Por cada escalón subido una ráfaga de aromas se entremetían en mis fosas nasales. Mi nariz de tobogán podía distinguir fácilmente las mezcla que llegaba como una sola: shampoo de bebé, tabaco y cuero nuevo.   
Me tapó los ojos con las manos y me hizo avanzar. La sorpresa había perdido su efecto apenas me invitó a subir por la escalera, pero de todas formas no manché sus buenas intenciones. Descorrió lentamente las manos. Y ahí estábamos. La terraza estaba iluminada por un farol de emergencia de luz blanquecina, que colgaba en un gancho de pared oxidado. La luz no llegaba a iluminar todo el cuadrado, los recovecos se perdían en sombras. Exactamente en el medio distinguí el tender reciclado que Nacho se había robado hacía algunos años y dos banquitos enfrentados. El tender estaba desplegado horizontalmente cumpliendo la función de mesita, exactamente igual que aquella vez que lo identifiqué en su pasillo. El mismo mantel blanco caía recto a los lados, y la picada que Nacho había preparado, se desparramaba ordenada en una tabla de madera mediana, que parecía estar apoyaba sobre una superficie sólida y plana. También había dos copas de vino vacías y un vino tinto de dos años de antigüedad sin abrir entre medio de ellas.
Hablamos. Comimos. Bebimos. Nos reímos. Señalamos tres estrellas fugaces derretirse en la oscuridad. Pero no había llegado lo mejor. Faltaba el final. Nacho se levantó de su asiento y desapareció en el pequeño cuartito de la terraza. Unos minutos después escuché unas pisoteadas rápidas e impacientes, y reapareció con una guitarra acústica roja cruzada por la espalda. Usó los dedos de su mano como una peineta y levantó dos de sus mechones negros delanteros en altura. El jopo lacio que intentaba semejar al del experimentado Elvis se derrumbó hacia el final de la primera canción. Me dio la impresión de que se desplazaba en la terraza con la misma facilidad que en los escenarios de los bares que debía visitar; paseó alrededor de mi banquito como si intentara enredarme en esas melodías simples y profundas que brotaban sin esfuerzo de sus dedos. Su voz grave y cálida, que no llegaba a alcanzar las vibraciones de su ídolo, había encontrado la manera de readaptar y complementar armoniosamente aquel estilo musical característico. Podía haber pasado horas escuchándolo, pero al tercer tema se detuvo. Quería una retribución a cambio. Estiró una gorra imaginara a un público imaginario, y cuando la gorra llegó a mí, tiré de su mano hasta acercarlo a mis labios. Lo único de valor que tenía para ofrecerle a cambio eran mis besos.      

viernes, 31 de agosto de 2012


Olga no me devolvió la llamada. Pasó directamente por mi departamento y me encontró minutos antes de que saliera a hacer el ejercicio. Tenía el tiempo bien administrado: una hora estaba destinada a recorrer el barrio y media hora a llenarme el estómago antes de la sesión con Clara. Miré el reloj y le ofrecí acompañarme; a ella se le ocurrió que podíamos llevar a Capitán con nosotras, que hace semanas está escondido debajo de la mesa lamiéndose las patas atrofiadas o ladrándole a las palomas que se apoyan sobre el cableado de la Avenida San Juan.
Salió a los tropezones. Caminaba compungida mirando a los autos y al perro. Sentí que lo había traído como una excusa, porque se aferraba a la correa roja y amarilla, como si el perro la mantuviera atada y quieta junto a mí, y no al revés. Tomé aire y me concentré para interpretar el rol de Clara. Desde que habíamos bajado al hall no había vuelto a abrir los labios pintarrajeados con esa pasta rosa chicle con la que se suele untar. Inicié la conversación con un tono cálido y formulé las palabras claves: no iba a juzgarla. Mágicamente después de mirarme de reojo, durante unos segundos, se abrió como una ostra sobre la palma de mi mano. Después de caminar seis cuadras, cuando le pregunté por Florindo y por la mujer de él, Susana, se detuvo en seco en la esquina de la calle 24 de Noviembre y se derrumbó sobre mi cuerpo con el peso muerto del suyo. Me empapó el hombro con un torrente de lágrimas gruesas y pesadas que cayeron con la misma fuerza que los baldazos sorpresivos de los aires acondicionados empotrados en las paredes de los edificios. Acariciándole el pelo, noté que unas raíces negras brillantes empezaban a entremezclarse con el rojo oscuro de sus tirabuzones. Y cuando dejó los anteojos bamboleando sobre su pecho me espanté. Descubrí que detrás de los vidrios tenía unos pozos profundos, grisáceos y colorados, que automáticamente me hicieron imaginarla en una bata rosa, sumergida en la oscuridad del living de Florindo. Sí, estaba hecha una piltrafa. Olga se enjugaba las lágrimas delicadamente tratando de no correr la pintura de sus pestañas de plumerillo, mientras me contaba lo apenada y avergonzada que estaba. Se arrepentía de todo: de la fuga adolescente y de haber abandonado a su familia. Creo que cualquier otra persona hubiera abierto los ojos como platos; pero a mí no me movió ni un pelo de la ceja enterarme que Florindo la había engañado. No se había separado de la mujer, y por nada del mundo tenía pensado hacerlo.
Antes de ayer Olga había levantado los mensajes que tenía atascados en la casilla, y asustada, le pidió al pez globo una determinación. Y él, como buen cobarde que es, cambió de actitud, como si Olga se hubiera convertido en un carbón en llamas dentro de sus calzoncillos. Puso las cosas en claro: lo de ellos era una especie de luna de miel, pero sin casamiento. Y la luna de miel tenía una fecha de vencimiento: el lunes, el día en que Susana volvía de visitar a su media hermana tucumana.
Intenté ser objetiva y mantuve al margen mis pensamientos negativos acerca de Florindo. Se conmovió cuando le recordé que Gisella estaba en el quinto mes de embarazo, y que su ausencia seguramente estaba llenándola de disgustos. Se puso peor cuando le notifiqué que mi mamá se había enterado, por Gisella, que su angina, en realidad, era una mentira que ocultaba su romance secreto.
Caminamos durante una hora. El último tramo lo hicimos en silencio. Me pareció que repasaba mentalmente las explicaciones que iba a darle a su marido y a mi mamá. Si Florindo no la quería, no  tenía otra alternativa. Tenía que volver. Le ofrecí que se quedara en mi casa hasta que sus asuntos se resolvieran, pero con la condición de que primero llamara a todos y se disculpara. 
La acompañé hasta el piso de Florindo y la esperé sentada junto con Capitán, en las escaleras mohosas, mientras se despedía y juntaba sus pertenencias. Escuché que el portero le susurraba algunas barbaridades, temiendo despertar la atención de los vecinos; de todas maneras sus pitidos eran tan agudos que traspasaron las paredes marchitas sin esfuerzo.
Bajamos juntas por la escalera. Preparamos sándwiches y comimos en silencio. Le pedí que se bañara y que se acostara en mi cama, y me fui a la terapia.
VilmaMiriam me recibió con una sonrisa. Me preparó un cortado frío y lo tomé mientras esperaba que el turno del paciente anterior terminara. Hablamos poco; estaba muy concentrada rellenando unos formularios. 
Clara despidió al paciente en horario y me hizo pasar al living, mientras se ataba una bandana amarilla en la frente. Tenía un enterito veraniego y corto, que dejaba sus rodillas al descubierto. Parecía estar hecho de una tela fina y sedosa, y el estampado, de flores lilas y amarillas, le daban un aspecto primaveral; combinaban con el cielo azul profundo, sin una sola mancha blanca, que se asomaba por el ventanal. Apartó las hojotas lilas a un costado del sillón, se cruzó de piernas y estiró los dedos del pie hacia arriba. 
Hablamos del ejercicio. Le enumeré las calles que recorrí y contabilicé el tiempo aproximado que estuve fuera. Le conté acerca de mi pelea con Maxi, el incidente con Olga, y los nervios que me generaba la cita con Nacho.
Las advertencias del próximo ejercicio sucedieron como un ritual; tengo que empezar los viajes urgentemente, en lo posible debo hacerlos acompañada, y los primeros no deben durar demasiado. 

jueves, 30 de agosto de 2012


Laura piensa que le gusto al vecino. Quizás tenga razón, porque sino, no me hubiera invitado a salir.
Como justo me estaba depilando lo atendió ella, y se cayeron muy bien. Un minuto bastó para que tomaran confianza. Tanta confianza que a Laura se le escapó su sobrenombre:
-¡Ajá! El famoso "Sin Cara”...
Y Nacho que no entendía nada se quedó callado sin saber que contestar. Corrí al hall con la axila derecha encerada antes de que a mi amiga se le ocurriera explicarle que "Sin Cara" era el sobrenombre con el que se me había ocurrido bautizarlo cuando aún no lo conocía. Como buena cómplice, Laura, se escondió en el marco de la puerta y estiró la oreja cuanto pudo, sin perderse ningún detalle. Necesitaba su escucha atenta para el análisis posterior.
Me da un poco de temor igual. No sé a que se refirió con "salir"; él sabe que no puedo estar mucho tiempo fuera de casa. Con Laura dedujimos que me va a invitar a cenar al bar de la esquina. Pero hay una pieza que no encaja. Nacho dijo que quería darme una sorpresa y si bien, una cena un viernes por la noche en el barcito para mí es toda una novedad, de ninguna manera cabe en la categoría de sorpresas.
Remató la invitación mostrándome su dentadura de galán de cine y me derretí. Algo tenía que pasar. Mi axila rompió el momento de seducción:
 - ¡Cuidado!
Gritó señalándome la pegatina verde en forma de hilos que había comenzado a chorrear en el piso por la presión del brazo. Le di un beso en el cachete y cerré la puerta antes de que cambiara de opinión.

miércoles, 29 de agosto de 2012


Antes de tocar la puerta, tuve una regresión: volví a la primaria; más precisamente al primer grado. Ahí estaba, diminuta y olvidada, sentada junto con otros compañeritos en unos asientos de madera milimétricos que se extendían en lo ancho del rectángulo. El aula era depresiva. No había ventanas, y Marta, la maestra de música y peluquería (casi siempre destinaba media hora de su clase a las cabezas de las nenas más lindas para hacerles unas trenzas cocidas divinas), estaba sentada en penumbras frente a nosotros intentando coordinar las voces disparejas que entonaban “Sal de ahí chivita, chivita”. A veces le daba algún que otro manotazo al bombo, pero ahora, con el paso del tiempo sospecho que era un acto puramente decorativo y que en realidad, no tenía idea de cómo dibujar una clave de sol en las hojas pentagramadas. Tanto a la profesora como a mis compañeritos les fascinaba la misma idea: molestar a la pobre chivita. Repetían las estrofas con furia y determinación, esperando que el palo, el fuego, o el agua obedecieran a la persecución. Cada vez que proponían esa canción, mi inocente cerebro montaba una huelga silenciosa que me llevaba a la misma pregunta una y otra vez:  ¿por qué no dejan a la chiva en paz?
Durante la noche Gisella se encargó de esparcir la triste noticia de que su mamá había hecho abandono de hogar. Me dio bronca no haber sido lo suficientemente rápida. Podría haber inventado algo que pudiera ayudar  a Olga a ganar algo de tiempo, pero en realidad no sabía qué era lo que su hija o Victorio, su marido, sabían acerca de Florindo. Como no colaboré, Gisella, se dio por vencida, y recurrió a la última alternativa: se puso en contacto con mi mamá. Y ella sí que no tuvo pelos en la lengua. La desenrolló en busca de venganza, apenas se enteró de que Olga no había faltado a su trabajo por una simple angina, y vendió a Florindo como carnada fresca.
Hoy a la mañana me tocó a mí. Desayuné un combo de atrocidades que mi mamá se encargó de traspasarme por el celular. Conmigo tampoco se guardó nada. Empezó su discurso hablándome de desgracias y de descuidos. Terminó envolviéndome en una red de responsabilidades que me apuntaban con una flecha de neón como la única culpable. Su razonamiento era tan básico que daba gracia. Todo recaía en mí porque Florindo era mi portero. Hasta que al final me colmó la paciencia. Apagué el teléfono e inexplicablemente mi cuerpo dio las primeras señales de libertad. Necesité despejarme. Era el momento ideal para repetir el mismo recorrido de ayer. Iba a invitarlo a Maxi, pero estaba desmayado en su cama vestido con el pantalón negro y el chaleco de trabajo. Además desde que se fue con el maniquí a cuestas, no habíamos tenido oportunidad de firmar el tratado de paz. 
Hice el recorrido con algunas variaciones. Avancé por Urquiza, doblé por Humberto 1º y completé tres cuadras más. Pero mis piernas me hicieron retroceder por donde vine. Atravesé Carlos Calvo y Estados Unidos, y llegué hasta la Avenida Independecia. Volví por la Rioja. Me senté en los escalones de la misma despensa que, a diferencia de ayer, me pareció mucho más moderna. La gente caminaba en ambos sentidos concentrada en las baldosas, y yo exploraba sus caras en la búsqueda de una respuesta que develara la incógnita que más me preocupaba: ¿dónde estaba Olga?
Volví al edificio. Subí los nueve pisos por la escalera y me oxigené antes de seguir los restantes. Anclé en el décimo tercer piso con los pulmones en la mano. Me llamó la atención el deterioro. El olor a humedad era invasivo y las paredes, oscurecidas, transpiraban por culpa de la caldera general. Apoyé los nudillos en la puerta de Florindo. Y tambaleé. La risa de Olga complementada con la de Florindo llegó a mis oídos con claridad. Estaban viendo la televisión. Electrificada, sacudí la cabeza. Otra vez no. Yo no iba a sacar a la chiva de ese lugar. Volví con sancadas ligeras y llegué a mi piso liberada. No me contuve a entrar a casa. La llamé desde el pasillo. Me atendió el contestador y le dejé un mensaje cómplice, en el que le pedía que se comunicara conmigo en cuanto pudiera. 
Se me borró la sonrisa con la actitud infantil de Maxi. Sofía no tenía la culpa. Maxi se estaba riendo de algún chiste que dejó de ser gracioso apenas me vio parada en la puerta de la cocina. Golpeó la taza en la mesa, anunciando el fin de la diversión, y Sofía se colgó la mochila colorada en la espalda. En ningún momento me miró. Me dio un beso en el cachete y se fue, otra vez.   

martes, 28 de agosto de 2012


Maxi y yo nos peleamos. Forcejeamos tanto por el monigote que se robó, que lo solté asqueada cuando sentí que interpretábamos un matrimonio rabioso en pleno divorcio debatiéndose por el amor de un hijo. No aceptó devolverlo. Decidido, desempolvó un bolso del placard y desarmó el maniquí a los tirones, cobrándole la culpa de nuestra pelea. Se escudó argumentando que estaba seguro de que el guardia de seguridad no iba a aceptar reembolsarle la plata, y que tampoco se iba a arriesgar a montarlo en la misma vitrina, ante la vista de los demás. Tenía otro punto a favor: el cumpleaños de Mandy fue ayer. Era cierto que no había tiempo de encontrar un regalo tan especial. El orgullo nos persiguió hasta el final; ninguno de los dos dimos señales de reconciliación y se fue refunfuñando con el bolso cargado al hombro y un dedo de plástico torcido,  asomándose por el hueco que dejaba el cierre azul. 
Hoy me sentí sola; otra vez no contaba con la ayuda de mi mejor amigo, que se había vuelto tan necesaria como imprescindible. La casa estaba vacía y Capitán ni siquiera se acercaba a mí para refregarme en las calzas sus pelos amarronados y rojizos impregnados con fragancia a riachuelo. Hasta él rechazaba la dosis de caricias diarias, que bien dispuesta estaba a darle. Estaba estancada en una palangana. El trabajo no resultó mejor. Descargué los archivos que me envió Rodrigo con una determinación que duró lo que un estornudo en la punta de la nariz. Visualicé las fotos, las cerré y volví a repetir el proceso, sin encontrar la inspiración usual que pudiera salvar los errores de los fotógrafos altaneros y engreídos del trabajo. Caras subexpuestas, paisajes quemados y cuerpos fragmentados se mezclaban con la idea del ejercicio incompleto que vengo posponiendo desde que Clara me lo planteó. Y de repente: la revelación. Las palabras de apoyo florecieron en el aire atravesando la puerta de cedro hasta llegar con fuerza hacia la silla giratoria en la que estaba sentada. Tuve que asomarme al pasillo para comprobar que Clara no estuviera vociferando lo que necesitaba escuchar a través de un megáfono. Y no. Era mi imaginación. El pasillo estaba vacío y solamente se escuchaba al abuelo de Sofía cantar una canción que hablaba sobre la multiplicación de los panes. Cerré la puerta y me senté a repasar mis miedos. Me convencí con algo cierto: en realidad, no había un peligro inminente. Lo que me alteraba era el rechazo que despertaba el cambio de escenario. Dejar el bar y vagar por las calles de los barrios de Boedo y San Cristóbal hasta encontrar la parada de un colectivo cuyo recorrido desconociera. Ahora tenía que volver a encontrarme con ellas después de tantos meses. Sin lugar a dudas, el ejercicio previo era una tontería comparado con el ejercicio real; el real es una verdadera batalla para mí: el primer viaje en colectivo. Se me hace un nudo en la garganta cada vez que me imagino sentada otra vez en donde comenzó todo.
Me arremoliné una bufanda bordo al cuello, y elegí la campera más abrigada que encontré colgada en mi guardarropa. Cinco minutos después estaba respirando la brisa violenta y fría de la mañana, que inundó mis pulmones con un aire fresco y rejuvenecedor. Caminé las dos primeras cuadras insegura; a la vista de cualquier fuerza de seguridad podía parecer sospechosa de todos los delitos. Sentía que mis ojos reflejaban una mirada temerosa e indescifrable. Hice las tres cuadras siguientes con alivio. Doblé por Carlos Calvo porque siempre me resultó una calle poco transitada, salvo por algún que otro grupito de adolescentes extraviados y rebeldes que se amontonaban en las esquinas para compartir los primeros cigarrillos o las primera petacas comunitarias. Hoy no había nadie, salvo por una joven parejita de colegiales que se escondía en el hueco del garaje de un edificio gris para darse los primeros besos. Por el resto, me sentí como en un pueblito desértico y adormecido. Se habían enmudecido todo los sonidos; tampoco se oían avanzar autos que mancharan el silencio con los carraspeos de sus motores. Volví sobre mis pasos cuando habían pasado veinte minutos, porque todavía tenía que elegir la parada del colectivo. Retomé por La Rioja, y recordé que sobre Humberto 1°  pasaba el 53. La parada también era compartida por el 126, pero aunque nunca lo tomé con frecuencia recordaba su trayecto de memoria. Me quedé algunos minutos sentada en los escalones de la despensa antigua de la esquina, disfrutando del sol que me alumbraba la cara. En total vi diez colectivos pasar, y cuando contaba el onceavo, sonó el celular. El tono histérico hizo que no la reconociera. Tuvo que gritarme su nombre varias veces. Era Gisella, la hija de Olga. Pasó por alto todo tipo de cortesía: no quiso saber cómo estaba, ni me entretuvo con comentarios sobre el clima. Su pregunta prepotente y acelerada me tomó desprevenida:
 - ¿Quién es Florindo?
No hice ningún tipo de declaración. Cordialmente le sugerí que hablara con su mamá. Y qué sorpresa me llevé. No podía porque Olga había se había ido de la casa hacía dos días.
    

lunes, 27 de agosto de 2012



Tengo miedo de que en cualquier momento suenen las sirenas de la culpabilidad, derrumben la puerta de mi departamento a  patadas y me lleven a rastras por encabezar el comando. Todavía no lo puedo creer. Siento que tengo toda la responsabilidad: mi mejor amigo es un ladrón del patrimonio histórico nacional.
Me desperté temprano y Maxi no estaba, en cambio, en la cocina encontré una nota enganchada en el pico de la pava silbadora, que más que enigmática me pareció infantil; es decir, muy propia de él: “No te puedo acompañar. Fin de la exitosa Operación Maniquí”. El problema no era que no me acompañara en el momento que más lo necesitaba; podía empezar el ejercicio nuevo en otro momento, pero sentí que la estupidez de mi amigo se estaba extendiendo como nunca.
Seguía siendo de mañana cuando me tocó la puerta. Corrí y la abrí emocionada. Me decepcioné. Pensé que Sofía había faltado a la escuela y venía a visitarme, pero no. Era el “Sin Cara” del “B”, corrijo...era Nacho. Me descubrió vestida con los boxers de Martín y la remera blanca con la cara de Humphrey Bogart. Avergonzada, me cubrí con las manos y entorné la puerta con movimientos torpes. Rompió el hielo. De repente, con un dramatismo improvisado se acomodó un sombrero imaginario, bamboleó sus ojos serios sobre los míos, como Bogart en los últimos minutos de "Casablanca" y repitió:
  - Siempre tendremos París.
Ganó. Gracias a su espontaneidad me reí como una tonta. Hizo otros dos chistes que me distendieron. Terminé entornando la puerta totalmente hasta dejar mi ridiculez al descubierto. Se hizo un silencio incómodo; solamente se escuchaba el roce de su mano sobre la puerta de madera y mi pie izquierdo pisando el derecho. La invitación me tomó desprevenida:
  - ¿Vamos a desayunar?
Dudé. No encontré motivos para decirle que no. Me pareció un gesto hermoso. Acepté y, de los nervios, la puerta se me escapó de las manos dando un portazo seco. Estuve lista en media hora; quince minutos estuvieron destinados a vestirme y otros quince resultaron suficientes para arreglar el desastre universal que tenía en el pelo. Cuando salí Nacho seguía en el pasillo. Caminé directamente hacia la escalera. No hizo preguntas y unos pisos después lo descubrí siguiéndome por detrás. 
El camino se hizo eterno. La media cuadra que teníamos que completar se extendió en el horizonte infinitamente, parecía que el bar no quería ser encontrado. La culpa la tenían los comentarios ocurrentes de Nacho que hacían que me detuviera constantemente para doblarme en dos producto de la risa.
El bar estaba desolado. No reconocía a ningún cliente; el único estaba seis mesas más atrás. Era un policía rechoncho atrancándose con una canasta de medialunas. El resto fue un dejà vu. El mismo mozo cantor de la semana pasada nos trajo el menú acompañado por las primeras líneas de “Café la humedad”. El show se repitió cuando volvió haciendo malabares con las dos tazas con café con leche y los dos tostados de jamón y queso, mientras repetía con una voz rasposa y festiva “cara de tramposo y ojos de atorrante, con el pelo largo y la lengua picante...”. Sonaba espantoso. Fue como escuchar un gato sarnoso apaleado. No quisimos herirlo; se lo festejamos, aunque nos arrepentimos cuando volvió a tomarse el atrevimiento de destrozar el hit de Cacho Castaña.
Desayunamos tranquilos. Ninguno de los dos parecía nervioso. Nacho me contó algunas curiosidades de su vida en general, y de su profesión de músico: tiene veintinueve años. Toca la guitarra desde los diez. Su primera banda se llamó "La balada del rey" en homenaje a Elvis Presley, su cantante preferido. También me contó que toca en bares con su mejor amigo, y que da clases de guitarra cuando está ajustado con el dinero. La peor parte fue cuando me tocó hablar de mí; me costó ordenar la información. Escatimé tanto en los detalles que, al final, resulté demasiado evidente. Y Nacho fue tan exacto que estuve a punto de escupirle la espuma en la cara:
- ¿Cómo estás con la agorafobia?
Mi actitud fue previsible: primero no contesté, después negué la afirmación que escondía su pregunta y al final fui sincera. Al parecer Nacho se dio cuenta de mi problema la vez que nos encontramos en la puerta de nuestro edificio; el día que me escondí detrás de la columna para evitarlo. No me supo explicar cómo era que lo sabía. Solamente dijo que tenía una conducta similar a la de su hermano menor, que sufrió el mismo trastorno hace algunos años. Hablar de su hermano hizo que su sonrisa blanquecina se ocultara tras una mueca de angustia, así que desviamos la conversación a otros tópicos.
Una hora y diez después el bar se empezó a llenar con los primeros clientes del mediodía, la mayoría eran empleados que buscaban un respiro en el almuerzo. Como los cuchillos se estrellaban con los tenedores y dejaban nuestras voces en segundo plano, salimos despavoridos. La avenida explotaba de autos pero inmediatamente encontramos paz para nuestros oídos. A diferencia de la ida, el camino de regreso se había vuelto demasiado corto. Quería seguir conversando con él por horas; fui tan impulsiva que me sorprendí: lo invité a tomar un café en mi casa. Consultó el reloj y se disculpó. Tenía que dar clases; era muy tarde para cancelar. Nos despedimos en el pasillo.
La felicidad duró muy poco. En el living me encontré con una imagen absurda, que rondaba, en algún punto, la depravación. Maxi estaba encastrándole un brazo al torso de un maniquí amarillento y polvoriento que estaba recostado sobre el piso. Realmente no sé que fue más terrible, el entusiasmo con que lo dijo, o como zarandeó la mano desarticulada cuando lo dijo:
 - ¿A qué no sabes de quién es?
Fue instantáneo. El mareo arrastró mi cuerpo hasta el sillón. Me quería tapar los oídos; desentenderme de lo que podía llegar a escuchar. Resultó imposible. Su voz se filtró igual. Maxi consiguió el regalo "único" y "extravagante" con la ayuda de uno de los guardias de seguridad del Museo Evita; que tras un largo trabajo de hormiga se las ingenió para contrabandear las extremidades del maniquí del diseñador más famoso del país: Paco Jamandreu. 

domingo, 26 de agosto de 2012



Excepto por la noticia que me dio mi hermano sobre Juan, podría decirse que fue una despedida armoniosa. Todo fue gracias a Verónica, mi tía, y a mi prima Sabrina, que aplacaron de un hondazo los comentarios sulfatados de mi mamá. Quedó con la autoestima rota. 
La que motivó la reunión fue ML, porque, hoy domingo, se va a Mendoza junto con Ariel y no fijaron una fecha de vuelta. A Pablo y a mí nos confesó la verdad: lo propuso por una cuestión práctica; no tiene tiempo para visitar a cada uno por separado, y prefería abstenerse al lavado de cerebro inbancable de su madre sin nuestra compañía. Fui la última de la lista en enterarse del evento; y el viernes a la noche, por suerte, el plan me llegó organizado: nos reuníamos en mi casa, Ariel se encargaba de la comida, mi mamá del postre y la tía Verónica de las bebidas. El nombre de mi tía, flotó en mi cerebro durante varios minutos. No me lo creí, y tuve que hacérselo repetir cuatro veces, porque las carcajadas de mi hermana me desorientaron. Me contó que cuando volvió del viaje, nuestra prima Sabrina, que también es geóloga, la había contactado para juntarse, y nunca habían llegado a concretar el encuentro. A ML se le ocurrió invitarla y de paso, a Verónica. A la tía la invitó para hacernos la noche más ligera a todos nosotros; pensó que la presencia de una podía hacer callar la boca a la otra. Desde que mis papás se separaron se volvieron archienemigas: Verónica es la hermana de mi papá; y si bien en la juventud, entre ellas, existieron innumerables roces por tonterías como quién tenía el vestido más lindo, cuál de los hijos era el prodigio de la familia, o quién daba la mejor fiestita de cumpleaños, la rivalidad explotó el día que mi tía defendió con  uñas y dientes el romance de su hermano con la japonesa. De hecho, Verónica es la única que conoce personalmente a la señorita Woo, y por lo que tenemos entendido a pesar de que mi papá no se molesta en cruzar la frontera para visitarnos, Verónica y su familia todos los años pasan las fiestas en Montevideo con ellos dos. Pensamos que las diferencias culturales podían generar algunos vacíos entre Verónica y Woo, pero no. Se llevan increíblemente bien.
Como siempre la primera que llegó fue ML, cargando una pizzera con una larga pila de discos planos, envueltos en un film. A primera vista me habían parecido panqueques, pero un examen minucioso me demostró que la masa despedía un olor semejante al del pan y que, a la vista, la textura era algo acartonada y seca. Ariel trajo el relleno en una olla negra parecida a las que los dibujantes intentan hacerle usar a las brujas cachavachas en los dibujos animados. Era para alimentar a un batallón. Su inestable cuerpo raquítico hacía que la tapa de la olla se bamboleara en el aire. La apoyó sobre la mesada y con emoción me presentó el menú de la noche: pan Chapati y garbanzos. Olía riquísimo; el revuelto se convirtió un sahumerio especiado que perfumó la casa con un baile de sabores, y el pan que me robé para mentirle al estómago resultó suave al paladar y extremadamente vicioso. En los descuidos de mi hermana y mi cuñado, derrumbé tres pisos de la torre y engordé veinte kilos.
Mi tía y mi prima llegaron una hora después y se ubicaron en las sillas de la mesa del living; sorpresivamente Pablo y Mariana fueron los siguientes y por último llegó mi mamá. Se aniquilaron con la mirada desde que se vieron. Mi tía se acomodó en el asiento e hizo sonar las cadenitas de oro del cuello, en cambio, mi mamá apuntó directamente a su Talón de Aquiles, mi prima:
 - ¡Qué pena! Si hubiese sabido que éramos tantos hubiera comprado
    otro kilito de helado.
Se hizo un silencio incómodo. Nadie contestó. Le robé el helado y lo guardé en el freezer. De la variedad de oraciones malvadas que colecciona, fue lo peor que pudo haber dicho. Sabrina desde que es chica tiene algunos kilos extras que no tiene intenciones de perder, y Verónica nunca respetó su cuerpo. Durante años intentó cuidarlo obsesivamente como si fuera una extensión del suyo.
El plato fue un furor; lo mejor que comí en mucho tiempo. Mi prima impulsó con aplausos las felicitaciones al cocinero y todos la imitamos, menos mi mamá que se la paso revolviendo los garbanzos con desconfianza. Dijo que no tenía hambre, pero todos la vimos mordisquear dos discos de pan Chapati, una vez que los descuartizó y los desparramó por la mesa para ver de  qué estaban hechos.
Las culpas fueron repartidas. El primer error lo tuvo Pablo cuando, por distraído o tarado, le preguntó a Verónica por mi papá. Como no cabía esperar otra reacción, mi mamá, empezó a agitarse en el asiento. Y la tía, que se quería cobrar la deuda anterior, le contestó con la misma malicia. Le dijo que mi papá estaba maravillosamente feliz y que se lo notaba enamorado de su mujer como el primer día. Pareció que estábamos disfrutando de un partido de tenis, porque todos giramos la cabeza para no perdernos los instantes previos a la devolución de mi mamá. Se arregló el pelo inflado de extra de Hairspray y la saboteó:
 - Enamorado de la plata de la oriental. Igual que vos, “la amiga”. 
   ¡Qué Mentira! Vas a Montevideo porque tenés asegurado el bisturí
   gratis.
Lanzó una granada. Los pómulos de Verónica se saturaron de rojo, y se estancaron en el bordo. La coreografía fue perfecta. Todos giramos la cabeza hacia la cabecera, donde estaba sentada la tía:
 - Tenés envidia y querida, aunque te pese, mi amiga Woo con tu cuello
   podría hacer maravillas.
Giramos la cabeza por costumbre. Sabíamos que la pelota había picado dentro, pero también que había volado por sobre la tribuna. Mi mamá no podía disimular la vergüenza. Levantaba el mentón exageradamente para estirar algunos pliegues que caían en la parte alta del cuello. Se levantó y se fue al baño. No volvió a hablar durante el resto de la noche y se sentó apartada para escucharnos conversar.
Maxi llegó cuando comíamos el postre. A Sabrina le caía muy bien, porque cada vez que lo miraba se reía como una pava; más cuando se agruparon para jugar al Pictonary. Los dúos fueron mixtos y por sorteo: Mariana y Ariel, Verónica y ML, Sabrina y Maxi, y Pablo y yo. Nuestro dúo fue una vergüenza. No entendíamos nuestros dibujos y nos culpamos con bronca por el fracaso. Abandonamos antes de que la derrota fuera penosa. Igual, al rato, lavando los platos nos olvidamos. En ningún momento fui evidente, pero quise saber qué sabía de Juan; le pregunté si últimamente había hablado con él. Su respuesta fue como un hachazo en la frente:
 - Hace un mes. Comimos en la casa. Volvió con la mujer.
Me sentí protagonista de una novela del mediodía, pero sin ese flagelo cursi e innecesario. Busqué su nombre en el celular, le agradecí por las tardes que me hizo pasar y lo borré definitivamente.

sábado, 25 de agosto de 2012

Estoy pasando el plumero. Vienen todos, y en las últimas horas se sumaron mi tía Verónica y mi prima Sabrina...

viernes, 24 de agosto de 2012


Algún día tenía que ser. Y ese día va a llegar pronto. El Dr. Pradera me extendió la licencia; se termina el período y tengo que volver al trabajo. Como diría mi abuela, no hay tutía (menos con Rebeca al mando del cuartel).
En un principio creí que no iba a poder llegar a la clínica. Laura me iba a acompañar; pero hoy a la mañana me llamó para disculparse. No podía hacerme el favor porque mis horarios se superponían con los de Franco y su primera visita al hospital después del incidente de las gotas y de la fractura de muñeca. Estuve agradecida. Me pareció el pretexto perfecto para faltar y aplazar mi deber en el calendario. No intenté llamar a mi hermana; sabía que estaba ocupada con los últimos arreglos antes de viajar a Mendoza nuevamente. A mi mamá le corté antes de que atendiera. Lo que me detuvo fue imaginármela entrometiendo su permanente entre el hueco de los dos asientos delanteros del taxi, para parlotear con el conductor. Iba a terminar contándole toda mi vida y seguro, le iba comparar mi problema con un sarpullido de acné. Esa escena tenía un solo final; de los nervios, dentro mío, se iba a desatar una ola de ataques de pánico y para detenerlo  iba a arrojarme sobre el pavimento con el taxi en movimiento.
La cigarrera rosa y plateada que encontré apoyada en la mesa de la cocina mataron mi abstinencia. Le robé dos cigarrillos a Mandy, me preparé un cortado y me fui a sentar en la reposera del balcón, acompañada por un Capitán adormilado. Se me empaparon los pies y los tuve que dejar al descubierto. El balcón tenía unos charcos que todavía no habían caído por el desagüe común. Por los agujeros de la reja husmeé la vereda. Los hombres caminaban a sus trabajos vestidos con remeras de mangas cortas, como si las altas temperaturas de estos dos últimos días los hubieran convencido de estar en medio de un verano permanente. No escuché los golpecitos de Maxi en el ventanal; eso hizo que me lanzara un par de ojotas en la nuca. Las calcé en mis pies y entré al living hecha una furia. Los humores se invirtieron, y terminó enojándose conmigo porque no quería ir al psiquiatra. Me arrastró hasta la habitación y me obligó a cambiarme. Él se fue a la suya y diez minutos después lo encontré en la cocina desayunando con Mandy. Los dos querían llevarme.
El viaje pasó desapercibido. Mandy cruzó algunos semáforos en rojo y se concentró más en agarrar la entrepierna de Maxi que el volante de su escarabajo violeta, pero como conductora asignada se ganó todos mis respetos. Y Maxi fue hermoso. La mayor parte del recorrido logró mantenerme entretenida con el juego “Ni sí, ni no, ni blanco, ni negro”. Lo mejor fue la competencia beatlemaníaca. Ganaba el que canturreaba un disco ordenado y completo de Los Beatles. Ganó Mandy, que había elegido el álbum Revolver y se sabía las once canciones de memoria. El tránsito estaba horrible y pesado, pero la conductora logró escurrirse hábilmente en cada hueco que  dejaban los conductores atontados que todavía no habían logrado abrir los ojos por tanta lagaña apelotonada en los lagrimales. 
Maxi no bajó del auto; cada uno tiene su fobia y la de él tiene que ver con un pasado que encierra hospitales, clínicas, médicos y salas de espera. Los repele desde que el cáncer se llevó a Mónica, su mamá. Le pedí a Mandy que se quedara con él, pero ninguno de los dos quiso dejarme sola. Maxi me deseó suerte y nos perdimos en la calle Uruguay.
Subimos cuatro pisos por escalera y bordeamos tres pasillos blancos e infinitos. Cada intersección estaba decorada por unos maceteros anchos de aluminio de los que se asomaban unos girasoles de plásticos desnutridos y berretas, y unos loritos de madera parecidos a los que suelen ofertar los locales del Puerto de Frutos. Mandy me hizo sentar en la sala, junto con dos señoras mayores que no dejaban de celarse las revistas que habían elegido. Me obligó a hojear una revista que hablaba sobre el polo en Argentina. Cuando notaba que no quería leer, hacía preguntas sobre mi familia, Laura y Maxi. Se la notaba nerviosa, como si tuviera miedo de que no llegara al consultorio.
El Dr. Pradera tardó porque no podía deshacerse de un paciente extrañamente reiterativo que, aparentemente, lo había retenido en el consultorio, en la puerta de su despacho, en el pasillo y en la misma sala. Logró liberarse de él cuando gritó, por encima de su cabeza, “María Alcorta”. Tardé en reconocer mi primer nombre pero me levanté de un tirón. Estuve sola durante más de quince minutos sentada en una silla cuadrada y rígida. Utilicé el tiempo en ordenar mi discurso. Pero Pradera tenía un método estructurado y totalitario, en el que yo, paradójicamente, no tuve una presencia realmente activa. Él preguntaba y yo contestaba con sí o con no; no admitía los “no sé” o los “depende” y cuando se me escapaban, volvía a preguntar con impaciencia. Respondí más de cincuenta preguntas que no puedo recordar. Traté de intervenir en la mayoría, pero Pradera enseguida me interrumpía con otra y no daba respiro: ¿hace terapia?, ¿toma drogas?, ¿salió ayer?, ¿evita a la gente?, ¿su último episodio fue hace más de una semana?, ¿sufrió algún síntoma durante el viaje de hoy?...
La impotencia me dejó aniquilada. El doctor ni se inmutó; al final se  retorció las puntas del bigote blanco, y después de garabatear y sellar el certificado médico me fulminó:
 - Mire, si trabaja con su terapeuta como es debido, su cuadro debería
    mejorar de acá a veintiocho días.  Es un caso que no debería presentar
    mayores inconvenientes; pasado este lapso estaría en condiciones de
    volver a las actividades normales.  
Casi lo asfixio con la cortina blanca que se desprendía del barral metálico de la camilla. Traté de hacer mi último esfuerzo:
 -¿Cómo sabe que mi caso no va a empeorar?
Y me calló.
 - Mírese. Lleva dos horas fuera de su casa. 
Durante el viaje de vuelta hice que dormía. No tenía ganas de hablar con ninguno de los dos. Me dejaron en la puerta del edificio y subí al departamento arrastrándome por las escaleras. Me quedé dormida en el sillón. Y me desperté dos horas antes de la sesión.
VilmaMiriam me atendió extremadamente festiva. No acepté su café y pasé directamente al living para hundirme en el sillón de Clara. Le conté que mi nueva jefa me quería de vuelta y que el psiquiatra me había extendido la licencia hasta el próximo mes. Como todas estas últimas semanas, Clara me alentó. Fue positiva. Cambió el enfoque apoyando a Pradera. Dijo que esta era una buena oportunidad para avanzar y esforzarse como nunca. Apostó todas las fichas, tanto, que volvió a cambiarme el ejercicio.

jueves, 23 de agosto de 2012


Insospechado. Jamás creí que iba a terminar tomando un café con el "Sin Cara" del "B". Debería dejar de llamarlo así, ya no tiene sentido. Tiene la cara completa y un lunar por encima del labio superior que bordea al cachete izquierdo, a lo Marilyn Monroe, que antes había pasado desapercibido. Además ya sé su nombre, sé su apellido y otros datos curiosos; por ejemplo por qué robó el tender.
Bajé sola a hacer el ejercicio. Durante la cena de anoche Maxi y yo nos devanamos el cerebro con los posibles regalos de cumpleaños de Mandy; la lista no me conformó. Mi consejo final fue que le regalara algo único y extravagante. No sé que habrá entendido por "único" y "extravagante": hoy a la mañana lo vi analizando detenidamente un mapa que imprimió de la página de un famoso museo, y lo escuché en el baño secreteando por teléfono. Me cambié y le pedí que me acompañara al bar. Se negó y me dijo que tenía algo muy importante que hacer. Me miró de manera cómplice esperando que le preguntara qué. Fui complaciente. Me susurró, como si algún oído intruso pudiera escucharlo, que tenía tres horas para comenzar la "Operación Maniquí". Resolví que no iba a preocuparme. Maxi es un vendedor de humo nato; y siempre se las ingenia para hacerme creer en historias ficticias enredadas en falsos suspensos, debe ser la manera que tiene de transmitir lo que los libros le enseñan. Bajamos juntos, nos despedimos en la esquina y le deseé buena suerte con la "Operación Maniquí".
Después de tantos días con lluvia me dio pena no poder sentarme a disfrutar los pequeños rayitos de sol que caían en la esquina del bar. Me senté en la misma mesa del lunes y me recibió un mozo rechoncho que no conocía y que, cada vez que se acercaba para retirar o para traer algo de la mesa, se ponía a entonar canciones de Sandro. Me dio un poco de pudor interrumpirlo, pero tuve que cortar fríamente el estribillo de "Así" para pedirle el cortado habitual. Fue necio. Hasta que no terminó la letra no dejó de refregar su trapo agujereado sobre la mesa. Volvió con el cortado y un repertorio renovado; entonó "Penumbras" hasta el final, y con una especie de giros rudimentarios de ballet terminó al lado de la mesa de un señor mayor, aferrándose dramáticamente a la bandeja de los pedidos.
No escuché que el llamador de ángeles se revolviera en la puerta de entrada, y tampoco lo vi caminar hacia mi mesa, estaba muy concentrada mirando al restaurador de marcos de la esquina de enfrente. A diferencia de la calle, en el interior del bar, la vista a su negocio es más personal. Alcanzaba a ver todo lo que había en el segundo piso. Hasta me pareció distinguir que enmarcaba la réplica de un cuadro de Quinquela Martín. Me hipnoticé con su paz; fue la única manera que encontré para evitar pensar en el ejercicio, en Rebeca y en el psiquiatra del viernes. Tardé en focalizarlo:
 - ¿Solita?, ¿Y tus novios?
Me reí. El "Sin Cara" me pidió permiso para sentarse, y accedí. Dejó la guitarra apoyada en la silla de al lado. Se desenredó el pelo negro y lacio, y cruzó los dedos sobre la mesa con confianza. El mozo cantor se acercó silbando una versión remixada de "Rosa, Rosa" y el "Sin Cara", distendido, le sirvió de público completando con un silbido envidiable las partes que el doble de Sandro dejaba inconclusas. Haber colaborado en su juego fue beneficioso, porque a diferencia de otros pedidos el porrón que pidió llegó fugazmente. Como ninguno de los dos habló, el "Sin Cara" me extendió la mano y se presentó formalmente:
 - Hola, soy Nacho. Mucho gusto.
Aunque no tuve nada que ver, me dio las gracias por haberlo ayudado con la cerradura. Yo le pedí disculpas por haberle incrustado en la frente el láser de metal, el día que se cortó la luz. Me dijo que le habían dado dos puntos por el incidente; y después de ver mi mueca de disgusto lo desmintió con una risotada. Le dije que era un tarado. Nos reímos y se hizo un silencio que me incomodó. Estaba inexplicablemente nerviosa; y preguntarle por el robo del tender fue lo primero que se me ocurrió. Se volvió a reír y reclinó su cabeza confidencialmente hasta acaparar mi lado en la mesa. Dejando sus dientes perfectos a la vista, me admitió que fue la única manera que consiguió para mantenerla desolada. Se cansó de que lo echaran de la terraza cada vez que daba sus conciertos a la luz de la luna. Me pareció desvergonzado, pero poético. Estaba empezando a oscurecer. Miré el reloj y sentí una punzada de alarma en panza. Había pasado una hora fuera de mi casa y tenía miedo de que el exceso se volviera en mi contra. Le dije que tenía que irme y se empecinó en pagar la cuenta. Caminamos juntos hasta nuestro edificio. Se colgó la guitarra al hombro y se despidió. Tenía que tocar en un bar de provincia.   

miércoles, 22 de agosto de 2012


Rebeca hablaba en serio. No debería estar asombrada, al contrario, tendría que haber imaginado lo que se traía entre las garras. Lo que no pensé es que iba a tener visitas tan pronto.
Ayer, la compañía de Juan me dejó fuera de combate. Durante las dos horas que pasamos juntos no volvimos a tocar el tema de mi agorafobia. De hecho no hubo tiempo para hablar de nada; solamente intercambiamos dos o tres palabras cuando nos sentamos en el sillón para desentumecernos con la televisión; “cambia” y “deja acá” fueron las muletillas más usadas. Pareciera que entre nosotros hay un acuerdo silencioso. Los dos sabemos bien que estamos colaborando en la misma causa; una causa gratuita y sin fines de lucro. Llegada la hora de la cena, le sonó el celular, se cambió delante de mí, y nos despedimos sin darnos ninguna explicación. No hacía falta, ya nos la habíamos dado. 
Me quedé dormida en el sillón y me desperté por el peso de Capitán en mis piernas. Me dio ternura descubrir que Maxi me había tapado hasta la cabeza con su acolchado de la infancia; había vuelto tarde y se había levantado temprano para disfrutar la luz del día. Lo encontré en la cocina; ya había desayunado y estaba leyendo el diario. Fue solidario por conveniencia. Tostó el pan integral, calentó en el microondas una taza con café con leche y durante todo el desayuno me habló de Mandy. Está preocupadísimo por el próximo evento: el cumpleaños de ella. Demandó toda mi atención; me asustó cuando me hizo soltar el cuchillo untado con manteca con un golpe seco para apretarme las dos manos. Con los ojos llorosos me pidió que lo asesorara con el regalo de cumpleaños. Sin despegar los ojos de las baldosas repitió que “estaba desesperado” y concluyó el pedido con un “no quiero decepcionarla”.
Una mirada rápida y superficial encallarían a Mandy en lo común. Así fue la mía al principio; me da un poco de culpa haber pensado que su cerebro podría compararse con el de una ameba, pero las pocas veces que la vi noté ciertos detalles estereotipados: los mechones rosas que habían quemado su pelo rubio natural, las minifaldas con telas estampadas o las plataformas altas decoradas con un strass relampagueante. Estaba errada. De ahora en adelante me prometí darle un buen trato. Lo que sí de ninguna manera voy a poder soportar es su adictiva tendencia al spanglish; esa manera natural con la que alterna libremente las palabras en castellano con un inglés pomposo, puramente decorativo. Mandy no es ninguna tonta. Maxi me explicó que tiene su propio local de ropa en Barrio Norte, que aparentemente le va muy bien y que con el dinero que gana ayuda a sus padres y a sus hermanos. La descripción positiva sobre ella hizo que retirara todas las conclusiones negativas y desacertadas. Tiene mi total apoyo: es una mujer que disfruta de sus logros y sus resultados, que sabe disfrutar el dinero y la independencia que este le confiere. Me parece que precisamente eso es lo que le provoca pánico a Maxi. Por ahora llegamos a pocas conclusiones para su regalo: ropa no.
El timbre sonó una vez. Maxi atendió malhumorado; tapó el auricular con la mano y me susurró que en la entrada había un médico. Subió y lo recibí amablemente. Era un púber. Tenía puesto un guardapolvo blanco; que, más que un médico, lo hacían parecer un gnomo fugado de una escuela pública. Me dio la impresión de que su barba debía haber sido un tema central en su adolescencia y en su madurez; en la pera y en las comisuras de la boca se le asomaban tres pelos desérticos y ennegrecidos como clavos pinchosos. Fue una visita breve; creo que se apuró porque se sintió avergonzado cuando del portafolio azul extrajo los papeles reglamentarios junto con un cómic de los X-men. Me hizo las preguntas de rutina; charlamos sobre mi trastorno de ansiedad, y me dio una tarjeta con un número de teléfono para que concertara un turno con el psiquiatra. Nos despedimos, pero volvió a subir porque se había olvidado la campera.  
Retrasé la llamada al centro médico lo más que pude. Mi orgullo me forzaba a rebelarme ante Rebeca, pero desistí rápidamente. Tenía que actuar con cautela. Realmente desconozco hasta dónde estará dispuesta a llegar para perjudicarme; de hecho no me extrañaría que la víbora cascabel ya estuviera enterada de que recibí al gnomo inexperto, y de que finalmente llamé al psiquiatra para acordar un turno. Tengo que ir el viernes a las 11:00 hs.

martes, 21 de agosto de 2012


La víbora me mordió, y para deshacerme momentáneamente de ella tuve que pedirle ayuda al mamut. 
Llamé al trabajo a la mañana. Me atendió la recepcionista de la semana pasada con su acostumbrado tonito robótico y orgulloso. Me pidió mi nombre y lo mecanografío en su base de datos. Me dejó en espera. No me quiso transferir al interno de Rebeca; le había dicho que estaba ocupada y me transmitió su mensaje sin filtros. Rebeca quería que la contactara en un horario en que no la molestara. Eran las 9:30 hs. Yo sé que a esa hora, en la productora, no suelen haber grandes movimientos; todos están ocupados repitiendo el desayuno. Intenté llamar pasadas las 15:30 hs. La recepcionista repitió el proceso, y Rebeca volvió a estar ocupada.
Joaquín tenía la misma tendencia evasora. Trataba al personal de igual forma, pero podía permitírselo: trabajaba doce horas seguidas, se llevaba el trabajo a casa, y se ocupaba, mal o bien, de las necesidades del resto de sus empleados. 
Volví a llamar a las 18:50 hs antes de que se fueran todos. No quería que la espera se extendiera un día más.
Creo que las voces suelen reflejar el carácter y el aspecto físico de las personas; y la voz de Fabiana me transmitía la imagen más aburrida del mundo. Podía visualizarla como una muñequita de cera, pálida y alta, con el pelo estático, recogido por una coleta corta y casta. Seguramente debe vestirse todos los días con polleras y camisas aburridas, sin estampas; lisas y fibrosas de un color gris viejo y manchado. Me pidió mi nombre nuevamente. Se lo deletreé con rabia y me constató por tercera vez en su cacharro informático. Estuve esperando en la línea durante cinco minutos. A los quince presioné el altavoz, y me entretuve con una tarea mucho más productiva. Dejé el teléfono sobre la hornalla. Me calcé los guantes de goma naranja en las manos y rasqueteé el horno. Durante la espera despegué dos capas de grasa amarillentas y olorosas. Rasqueteé con furia; más cuando mis oídos se empacharon por el “Hola, Ferchu” de Rebeca. Tenía la misma mala energía de siempre y arrastraba las palabras con una marcada soberbia. Lo que sí le tengo que reconocer es que no se anduvo con vueltas; fue incisiva: 
 - Bueno, “Ferchu”, vamos a seguir los pasos. Hay que ser prolija. Te va
    a visitar un médico laboral a tu casa. Quiero cerciorarme de que todo
    esté en...orden.
Si quiso hacerme sentir incomoda lo logró. La confianza irónica con la que usó mi nombre hizo que me retorciera del asco, y también que no haya disimulado la necesidad imperiosa de ejercer el control en mi vida como suele hacerlo con el resto. De mala gana le hubiera escupido todas las preguntas que indirectamente me daba a entender con su últimatum: ¿qué otros pasos restaban?, ¿a qué llamaba orden?, ¿pensaba que estaba actuando, y que mandarme un médico era la solución a su incertidumbre? Preferí callarme la boca; no tenía por qué justificarme. Acepté la visita sin objeciones. El único error que cometí fue preguntarle por el día en que iba a venir el médico:
 - “Ferchu”, si estás en tu casa no importa. ¿No te parece?
Terminó la pregunta con unas carcajadas mefistofélicas. No la quise escuchar más. Me despedí amablemente y corté. Estaba colérica: tenía rabia y energía de sobra para derribar lo que se interpusiera en mi camino. En mi mente se formó la imagen de un mamut. Automáticamente se asocio con otra imagen. Me venció el impulsó y lo llamé. Juan me atendió al segundo llamado con un carraspeo seductor y viril. Traté de mantener las formas; fui distante y sincera. Le pedí que pasara la tarde conmigo; y le aclaré varias veces que era una tarde sin compromisos. Vino a la hora. No gané yo. El que me derribó en la cama fue él. 

lunes, 20 de agosto de 2012


Batí un nuevo récord. No huí a mi casa. No me refugié en el baño. No tuve palpitaciones; no sentí ni un solo calambre. Pero no estoy completamente feliz; no llegué a escuchar lo que Sofía tenía para decirme.
De treinta y cinco minutos pasé a cronometrar cincuenta minutos. Me gustaría haber empezado ayer, pero no pude porque el “Sin Cara” y su cerradura le robaron a Maxi el poco tiempo de ocio que tenía. Intenté con Laura, pero ya había planeado pasar una tarde romántica con Franco que, hoy a la mañana, viajaba por cuestiones laborales a Carmen de Patagones. Tenía miedo de dar un espectáculo; sola no iba a ir. Además, para este ejercicio, Clara me aconsejó un millón de veces que alguien de confianza se prestara a hacerme compañía por si algo no salía bien.
Hoy, como Laura estaba sola y deprimida, me llamó para ofrecerme su ayuda. Nos encontramos en hall de mi casa y caminamos juntas hasta la esquina. Por un momento me tentó la costumbre. Miré a la mesita de afuera con melancolía; la sentía como una vieja amiga de parrandas abandonada. Pero Laura me empujó hasta la puerta principal, que se abrió sola por el peso de mi cuerpo. El llamador de ángeles hizo que los tres comensales que se encontraban desparramados en las puntas nos examinaran meticulosamente. Me sentí como una radiografía humana; especialmente cuando el mozo se paró delante de nosotras y meneó el pañuelo blanco en la mano, señalándonos un estacionamiento libre al fondo. Como mis piernas no respondieron a su sugerencia, Laura continuó empujándome. No le hice caso a ninguno de los dos. Me giré y me senté en la mesa que estaba más cerca de la puerta. Me pareció la mejor opción en caso de que volvieran los síntomas. Leí y releí el menú aunque sabía que al final, mis nervios, me iban a llevar a pedir lo de siempre. Pedí un cortado en jarrito y  Laura se pidió un submarino con una porción de tarta de manzana, y le explicó al mozo que tenía angustia oral.
Al bar el nombre le sienta perfectamente. “Harmony” es armonioso: cada vez que alguien abría la puerta una ráfaga fría se entremezclaba con el olor que despedían las medialunas de manteca y de grasa que estaban apoyadas sobre el mostrador. Los clientes solamente se molestaban entre ellos para pedirse los rubros aislados de los diarios despedazados. La música funcional era relajante. La que no estaba relajada era Laura, que cada dos por tres mutilaba furiosamente el aire con la cucharita. Me contó que a Luqui lo habían expulsado de natación porque, a diferencia del resto de los chicos del grupo, no había aprendido a flotar y usaba las cabezas de los compañeritos para mantenerse en la superficie, y  que también hacía tres días que lo habían inscripto en unas prácticas de básquet en el mismo polideportivo. También me habló de su crisis personal; quiere volver a retomar sus estudios pero no sabe como alternarlos con las tareas de la casa, el nene y los viajes de Franco. Volví a mirar el reloj cuando los temas se habían agotado, y cuando Laura ya no tenía ni un solo cristal de azúcar en el platito de café para pegarse en la yema del dedo índice. Era enfermizo verla. Parecía una rata nerviosa; demostraba su malestar mordisqueándolos con las paletas. La acompañé hasta el auto, la hice soltar los sobres de azúcar que se había robado, y nos despedimos. Subí los nueve pisos por escalera. En el pasillo me encontré con Sofía que estaba tocando la puerta de mi departamento. Pasó al living y le ofrecí gaseosa y Titas. Me convenció de mirar una película. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y leyó en silencio, durante más de diez minutos, las sinopsis del reverso de las cajitas. Del montón terminó eligiendo un drama; El niño pez. No hablamos durante toda la película. Faltando poco para el final me robó el control y la detuvo con el botón de pausa. No me había dado cuenta que lloraba hasta que giré la cabeza. La abracé. Fue peor; lloraba a cántaros. Su pregunta me incomodó y me tomó por sorpresa:
  -¿Te puedo contar un secreto?
No me miraba; estaba avergonzada por algo. Antes que le dijera que sí, que me podía contar cualquier cosa, unos gritos que repetían su nombre llegaban del pasillo. Era su abuela. Se limpió los ojos y se fue corriendo sin ver el final de la película.        

domingo, 19 de agosto de 2012


Mi edificio tiene catorce pisos y cada uno de ellos cuenta con tres departamentos. El piso catorce corresponde a la terraza. La dejé de visitar incluso antes de que mi abuela falleciera; es una terraza tétrica y fantasmagórica. La puerta de entrada es de un aluminio vencido y peligroso que sigo odiando hasta el día de hoy; cada vez que subía y la rozaba perdía un pedacito de piel. Las ventanas tienen unos vidrios esmerilados de color caramelo, y todas están rajadas de arriba hasta abajo. Hay una bacha de un metro por un metro de acero inoxidable que podría usarse habitualmente sino estuviera tapada desde hace décadas con los pelos blanquecinos y crespos del pekinés marchito de la “Vieja Normis” del 3 “C”. Hasta hace algunos años mi abuela era una de las pocas vecinas que usaba el tender colectivo. En realidad, lo hacía por exquisita y coqueta. No le importaba cargar el canasto de ropa hasta el último piso, y siempre justificaba el esfuerzo diciendo que, en el balcón, la ropa se impregnaba con la fragancia penetrante de las macetas de romero y albahaca de los naturistas del octavo. Miles de veces, a la hora de vestir sus polleras y sus remeras floreadas, la escuché gritarles a los del octavo que se sentía adobada como un pizza a la piedra. Pero un día no subió más; alguien se había apropiado del tender. Cuando me mudé con mi abuela, sospeché que el ladrón era  Florindo. Evidencias no me faltaban. En repetidas oportunidades, al pasar, lo había escuchado quejarse por la suciedades que dejaban el resto de los inquilinos. Y robar el tender me parecía una buena extrategia para evitar que nadie más subiera. Pero no...
El Sin Cara del “B”, irrumpió nuestro domingo con unos desesperados golpes en la puerta. Como Maxi estaba planchado el pantalón negro de trabajo sobre la mesada de la cocina, y estaba mucho más cerca de la puerta atendió él. Yo estaba en la computadora. No dejé mi trabajo hasta que escuché su voz. Me asomé hasta el recibidor arrastrándome en la silla. Maxi, que estaba con unos boxers rayados, me tapaba la visión. Tuve que acercarme para confirmarlo: lo vi apoyado contra la pared del pasillo, frotándose la frente. Con las pocas líneas que cruzaron entendí que, nuestro vecino, había dejado las llaves dentro de su departamento, y necesitaba el número de un cerrajero. Maxi que, más de una vez, por borracho o por despistado se había quedado afuera de su ex departamento le comentó que le iba a salir carísimo y se ofreció a solucionarle el problema.
A veces odio la bondad espontánea de mi amigo. Puede parecer poco solidario, pero si hubiese estado sola me hubiera quedado espiándolo detrás de la mirilla engrasándome los dedos, una y otra vez, con una bolsa de papas fritas aireadas.
Sin mi consentimiento lo hizo pasar al living y me vi obligada a saludarlo. Maxi lo hizo sentar  en el sillón. A todo esto, yo ya había vuelto a concentrarme en mi tema. Después de escucharlo abrir y cerrar los cajones de su habitación, volvió con una ganzúa, y un alambre a medio doblar. Daba gracia. Protestaba porque le faltaba una pinza y me exigió a mí que se la pidiera prestada a Florindo. Como yo me negué, dejó las cosas y se fue refunfuñando hasta lo del portero. El silencio me incomodaba. Me arrepentí. Creo que prefería mendigarle una herramienta al pez globo del portero que escucharlo despegarse la cuerina de los jeans. Además, como lo tenía de espaldas a mí no me podía deshacer de la idea de que se estaba sonriendo, con esos dientes blancos y esculturales de propaganda de dentífrico. Me di vuelta para comprobarlo y efectivamente fue así. Me dio tanta bronca que lo hice evidente:
-¿De qué te reís nene?
- De los boxers de tu novio.
Solté una risita tonta. Traté de taparme la boca con la  mano pero lo notó enseguida:
- Así estás más linda.
Nos levantamos sobresaltados cuando escuchamos los  ruidos del pasillo; era Florindo desatornillando la cerradura. Maxi, estaba parado junto a él dándole forma al alambre con la pinza. Lo vimos transpirar durante quince minutos. Con una mano mecía el alambre y con la otra la ganzúa. Estaba por darse por vencido cuando la puerta mágicamente se destrabó. El viento que corría por  mi departamento hizo que se abriera de par en par. Ni el mismísimo Florindo lo notó. Lo reconocí porque estaba abierto de costado; parpadeé bastante antes de afirmarlo: al final del pasillo estaba el tender contra la pared. No lo reconocí a primera vista porque, debajo del mantel blanco, tenía apoyado algo macizo que lo hacía confundir con una simple mesita. Creo que el “Sin Cara” vio mi cara de asombro porque se empezó a reír.