domingo, 9 de septiembre de 2012


Si lo hubiera sabido antes, probablemente todo el espectáculo del pasillo se hubiera podido evitar. Pero creo que era una cuestión de tiempo...
Las feligresas me obligaron a madrugar. Aporrearon la puerta y no se detuvieron hasta que les abrí. Sabía que en algún momento iban a venir, pero no sabía que las iba a recibir tan temprano. Era la abuela Vargas y la madre de Sofía, que la reclamaban para ir a la iglesia.
Hasta hoy, no me había dado cuenta de que nunca había intercambiado una palabra con la madre de Sofía, inclusive, fue la primera vez que la veía de cerca. 
Las dos estaban vestidas de un luto dominguero: polleras negras y camisas grises. Indudablemente eran madre e hija. Me llamó la atención la anchura de sus frentes, despejadas y blancas; ambas tenían la misma superficie que la de un pizarrón de pared. También llevaban un peinado idéntico: los pelos estaban estirados y mojados hacia atrás, atados con un rodete estricto, casi militar, acentuándoles las caras cuadradas. Una era el retrato vivo de la otra, lo único que las diferenciaba era el paso del tiempo en la piel y en el color del pelo. Me alegré de que Sofía no se les pareciera en nada. Ella, al contrario, tiene unas facciones suaves y angelicales.
La anciana Vargas estaba en segundo plano, solamente observaba a su hija interactuar; de vez en cuando, la veía acribillarme, por encima del hombro de su hija, con sus ojos felinos. La mamá de Sofía estaba pegada al marco de la puerta; me invadía. Tenía la sensación de que intentaba escabullirse dentro de mi casa. En la mano sostenía una percha de madera, y, en ella, se bamboleaba un vestido largo de color topo, con un moño negro en el pecho algo infantil; deduje inmediatamente que era de Sofía.
Me saludó con una sonrisa excesivamente cordial. Sabía que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano intentando esconder la rabia que sentía por la situación. 
Con un tono impostado me pidió que le devolviera la hija; iban a llegar tarde. La negativa hizo que el peinado se le atrofiara. Algunos pelos aislados se le irguieron. Amablemente le expliqué que no iba a permitir que trataran a Sofía como un paquete, también les comuniqué que nadie la retenía y que ella iba a volver cuando tuviera ganas; por último agregué que dormía y no tenía intenciones de despertarla. 
La mujer agitó el vestido embravecida, y lo alisó cuando se dio cuenta de que, mi cara marcada por las sábanas, no iba a tolerar su muestra de violencia matutina. Recobró la cordialidad e intentó convencerme con el ruego más inútil que pude escuchar en mi vida:
 - Vos no entendés. La tienen que purificar...
La palabra purificar me entró por un oído, bailó la conga dentro de mi cabeza, y salió disparado por el otro, junto con una avalancha de risas. La madre de Sofía retrocedió enfurecida y le cedió el lugar a la abuela.
La anciana tomó las riendas de la situación. Cuando abrió la boca noté que tenía los dientes filosos y amarillos, y que, de cerca, el color de sus ojos eran de un verde agua desgastado. Me miró en silencio con una sonrisa, y destapó un hilo de voz oscuro y críptico, con el que intentó intimidarme:   
 - Esta nena tiene pensamientos malos...
Traté de sonar lo menos irónica posible, pero de todas maneras se me escapó:
 -¿Por qué, señora?, ¿porque quiere salir como el resto de las chicas de su  
   edad?
La abuela se volvió a quedar en silencio. Parecía que algo la excedía, la horrorizaba.
El estornudo me hizo girar. No había visto que Maxi se había acercado, descalzo y sin remera, hasta nosotras, sonándose la nariz con una servilleta. Las dos lo miraron despectivamente. Inesperadamente habló:
 - Señora, acá nadie va a purificar a nadie. Y va a volver cuando se 
    dejen de joder con sus amenazas precámbricas. Sofía no tiene ningún
    problema. Ustedes como familia deberían apoyarla.
Las expresiones de la cara se les contrajeron, y vi como la abuela cerraba la boca, tragándose lo que estaba a punto de decir. Sospeché. La mirada de Maxi era firme. Hablaba enojado. Él sabía algo que yo no sabía. La madre de Sofía avanzó, hasta quedar frente a él:
 - Pasado mañana va a venir el padre y ya vamos a ver si...
Maxi la interrumpió, sin vueltas, les recordó que en primer lugar todo había empezado porque la habían echado al pasillo otra vez.  Antes de cerrarles la puerta, les dijo que si intentaban hacernos otro tipo de manifestación, él se iba encargar personalmente de difamarlos en todo el edificio, y que si eso no los espantaba, los iba a denunciar por maltrato de menores. La última imagen que tuvimos de ellas, fueron sus bocas entreabiertas.
Cuando me terminé de preparar el cortado, Maxi se había vuelto a acostar en el sillón. Estaba tapado hasta la altura de los ojos. Dejé la taza en el suelo y lo zamarreé con impaciencia. No estaba segura qué era lo que debía preguntar. Pero sí estaba segura de qué había pasado algo por alto. La pregunta nació sola:
 -¿Qué fue ese discurso?
Maxi se reclinó en el sillón. Echó una mirada rápida en dirección a su habitación, donde estaba durmiendo Sofía. Después de un suspiro interminable, me traspasó los ojos con una mirada confidencial. Su susurro llegó tan claro como todo lo demás:
 -Fer, Sofía es gay. Le gustan las chicas.

 







sábado, 8 de septiembre de 2012


Creo que ayer fue una de las noches más horribles de mi vida. Me cuesta creer que Nacho haya sido tan idiota. Todavía no sé lo que pasó. Hasta ahora, Sofía, no quiso hablar demasiado. El único que logró sonsacarle algunas palabras fue Maxi.
Estuve a las diez. A Nacho no le importó mi retraso. Tardé una hora más de lo previsto, y aunque me acicalé hasta la uña del dedo gordo del pie, la imagen final no consiguió satisfacerme. El error fue haberme obsesionado con la idea de innovar el peinado. Me había parecido una idea brillante imitar, como en internet, el look inolvidable de Audrey Hepburn en "Desayuno con diamantes". Pero cuarenta minutos de peluquería doméstica y unos tutoriales en la red, no lograron que el rodete castaño oscuro y las hebillas negras se me derritieran desde el centro de la cabeza hacia los costados, como un cucurucho de chocolate amargo con pasas al rhum. 
El encuentro fue torpe: Nacho me arrancó del pasillo con un tirón al interior de su casa, acorralándome en la puerta de entrada. Sus manos, descontroladas por un breve brote de pasión, hicieron que soltara bruscamente la bolsa de nylon que llevaba en la mano. El resultado fue desbastador. Las dos botellas de cerveza artesanal, que había robado de la bodega personal de Maxi, estallaron en el mismo momento que tocaron el suelo, y la mitad de la noche nos la pasamos estrujando, por turnos, los trapos rejillas amarillos en la bacha de la cocina. 
En cuestión de segundos, el líquido, se había avecinado como un maremoto al pequeño living-dormitorio, remojando los dos pequeños puffs negros de cuero ecológico que Nacho tenía opuestos en una mesa ratona negra forrada del mismo material. Como la ventana de su living-dormitorio está encerrada por el resto de la construcción del edificio, el aire no circulaba. El vaho a alcohol se encadenó a todos los materiales que se encontraban a nuestro alrededor. Lo mismo había pasado con nuestras pieles y nuestras ropas, éramos dos sahumerios de malta y cebada.
El portero sonó cuando ya habíamos terminado de limpiar, y Nacho bajó a buscar el pedido al segundo timbrazo.
En su breve ausencia noté que la decoración del departamento se basaba únicamente en las guitarras. Tiene siete guitarras distintas colgadas en la pared. Dos son eléctricas y las cuatro restantes, a simple vista, parecían iguales; salvo por los colores. 
Mi cena terminó en la segunda porción de pizza, y Nacho abandonó el triángulo que había empezado, cuando me vio sentarme en el sillón-cama, color verde botella. El sillón era lamentable. El rechazo inicial fue mutuo. Los resortes metálicos sobresalían por encima del colchón, rasposos e inflados incrustándose en mi cola. El roce me hacía dar pequeños respingos de dolor.
Nacho apiló las servilletas en la caja de cartón y llevó la gaseosa a la cocina. Volvió al living-dormitorio en un parpadeo, con una risa juguetona que, hasta ese entonces, no había conocido. Me invitó a ponerme más cómoda,  y estiró el sillón-cama, atléticamente, a lo largo de la diminuta habitación. El colchón era tan chato como un disco de vinilo.  
Con la mirada fija en mí, Nacho, se desató los cordones, y logró descalzarse un borcego con la ayuda del otro. Sin consultas ni planes, inclinó mi cuerpo hacía atrás, y se entretuvo limpiándome los mechones de pelo de la cara. Me besó. Se lo devolví. Me volvió a besar. Y de repente, no quise que lo volviera hacer. Estaba incómoda. Me sentía recostada sobre la cama de un faquir. Con cada mínimo movimiento, el sillón-cama, maullaba dolorido. Por otra parte, él emanaba una ráfaga a ebrio que espantaba.
Como en una película de terror, el grito, llegó de lejos para estacionarse en la puerta de Nacho. Fue tan desaforado que me heló:
 - ¡¡El señor que castiga a los pecadores!!
Seguido pude advertir un llanto familiar. Y otra vez el grito de la mujer:
 - ¡¡El señor que castiga a los pecadores!!
El llanto dejó de ser familiar, era personal. Venía más allá del pasillo; venía de la derecha. De la casa de Sofía. Me recliné apoyando los codos sobre la cama para escuchar mejor:
 - ¡¡Como a vos!!
Nacho oía atento. Pero a la vez, seguía igual de cargoso, acariciándome el pelo que me bordeaba las orejas. 
El llanto de Sofía me parecía cada vez más cercano. Dudé.  Y después de darme cuenta que no podía estar imaginándolo, me levanté alborotada del sillón-cama. Pero enseguida volví a caer, empujada por el tirón de Nacho. Me giró la cara hacia él y me volvió a besar. Hasta que la misma voz desencajada repitió:
 -¡¡Pecadora!!
La puerta de los Locos Vargas se cerró. La distinguí enseguida. También pude reconocer los pasitos que se arrastraban por el pasillo. Conocía ese  roce: provenían de las chancletas rosas de Sofía. Volví a tomar impulso y Nacho consiguió retenerme. Intenté soltarme, pero mantuvo su mano firme apoyada en mi hombro. Lo miré furiosa:
 -¿Qué haces, nene?
Del otro lado escuchaba que Sofía estaba derribando mi puerta a golpes. Nacho se rió. Me miraba con gracia. Hasta que no habló, no estuve segura de abandonarlo:
 - Bueno, no te pongas así. Es la pendeja que llora los sábados.
Eso bastaba. Me quería ir. Me levanté con tanta bronca que Nacho se balanceó hacia atrás con las manos en el aire. Dio un suspiro largo:
 - Dale, Fer, ¿te vas a ir por esto?
Y fue lo último que dijo antes de que cerrara la puerta. 
Todo había sido real. Sofía estaba sentada con la espalda vencida sobre mi puerta. Desde mi lado del pasillo, por debajo de la puerta de los Vargas, se podía llegar a ver una sombra intermitente pasearse de un lado a otro. 
Cuando Maxi llegó del trabajo, Sofía, nos contó que la de los gritos había sido su mamá. Durmió la mayor parte del sábado.


viernes, 7 de septiembre de 2012



Entreabrí los ojos y estaba todo en blanco. Blanquísimo; de un blanco especular. Quería despertarme, cambiar la diapositiva. Pero resultó imposible. No estaba soñando que viajaba sentada en una aerosilla al corazón del cerro montoto en pleno Bariloche; fue mucho mejor que un sueño. Tenía un cuadrado de papel en blanco pegado en mi frente, que caía sobre mis ojos, hasta taparme los labios. Con la respiración entrecortada, la hoja se levantó en el aire y gracias a la distancia, leí y releí unas palabras, de trazos suaves y grises, escritas con lapicera negra: era un mensaje de Nacho. Recuperé la conciencia totalmente y las asociaciones se unieron en mi cabeza sin esfuerzo. No había duda; la había dejado debajo de mi puerta y el tarado de Maxi se había encargado de cortar dos trozos de cinta de pintor para adherirlo en mi frente como una calcomanía en un parabrisas. El mensaje decía:
-Perdoname que no te avisé. Reemplazo de último momento. Pasa por mi 
  casa cuando te despiertes. Ignacio.
Volé de la cama y me vestí en un microsegundo. En la cocina, encontré a Maxi tomando mates y leyendo el diario. Mandy ya se había ido a trabajar. Automatizado, sin levantar la vista del suplemento, me señaló la cafetera. El café estaba fuerte y frío, pero lo tomé de un sorbo como un shot de tequila. Me envolví en mi  campera negra, y antes de salir, Maxi, me miró fijamente; entre risas, me advirtió:
 - Fer...lleva paraguas.
Le di un beso en la cabeza y salí del departamento. Nacho abrió la puerta enseguida. Me estaba esperando. Tenía la campera de cuero puesta y llevaba un morral del mismo color cruzado sobre el pecho. No entendí que era lo que le causaba tanta gracia, hasta que despegó un pedacito de cinta blanca que había resucitado inexplicablemente en mi cachete izquierdo. El dolor hizo que soltara un gritito ahogado. 
Salimos indecisos. Él no había desayunado y yo tenía ganas de comer un tostado king. Sin un acuerdo previo, caminamos hasta el bar. Había dejado de llover, pero los paños azules de las sillas seguían chorreando unas gotas del tamaño de unas pelotas de golf, que bajaban violentamente por los caños grises de acero hasta desembocar en la vereda.
Como la masa de nubes manchadas absorbieron por completo la luz natural, el interior del bar estaba iluminado al máximo por los paneles de luz naranja; y gracias a ellas, las paredes rojas, refulgían mostrándose en algunos sectores con un rojo sangre cegador. El mozo cantor no estaba de humor. Tardó añares en atendernos, confundió el pedido de Nacho con el de un señor mayor que estaba a seis mesas de distancia, y cuando volvió con el correcto, lo hundió con un golpe seco en la mesa, salpicando la espuma esponjosa del café irlandés en el mentón de Nacho. Se lo limpié riéndome, como él antes lo había hecho con la cinta de pintor.
Batiendo escandalosamente la cuchara, se disculpó por su repentina ausencia. El domingo por la tarde, Federico su mejor amigo y bajista del dúo, había conseguido, a último momento, la posibilidad de dar dos presentaciones en un teatro pequeño de la ciudad de Uribelarrea. También se disculpó por no avisarme que, el miércoles a la noche, tuvo que reemplazar a un guitarrista de una banda amiga, indispuesto por una gastroenteritis.
A la hora, Nacho notó mi cara de preocupación. Eran las doce y media del mediodía. Había  tiempo de sobra, pero la idea del ejercicio incompleto me impacientaba. Cuanto más tarde se hiciera menos probabilidades tenía de encontrar un colectivo vacío; además a las 16:00 hs tenía que estar en lo de Clara.  Nacho fue insistente:
 - Dejame acompañarte, por favor. Tengo un alumno recién a las tres.
Me negué por vergüenza. Me daba muchísimo miedo lo que pudiera llegar a pasar; pero a Nacho no le importó y cuando salimos del bar se me pegó a mi cuerpo como un perro de la calle sin dueño.
El 53 vino recargado. La multitud estaba desparramada por todos los recovecos aprovechando al máximo el ínfimo espacio de la cafetera destartalada; la comparación con una gran empanada de carne cortada a cuchillo, rebalsada de contenido, no me pareció tan alocada. 
Hicimos la mayor parte del viaje parados. Axilas, brazos y demás partes del cuerpo humano se entrecruzaron entre nosotros distanciándonos. Durante el viaje Nacho no me dio respiro. La seguridad que me demostró en tierra se desvaneció apenas arrancamos, con la verborragia que se le disparó inconscientemente. Me di cuenta de que era la manera que tenía para tranquilizarse. Estaba aterrado de que tuviera un ataque ahí mismo, junto a él. A los gritos me hablaba de sus películas preferidas, las bélicas. Me enteré de que tiene especial simpatía por Pelotón y ¡Viven!, y también por un norteamericano, ya fallecido, que cuenta con una docena de películas de culto. Inmediatamente continúo hablando de sus ex-parejas: solo tuvo una novia a los dieciocho años, y el resto fueron relaciones esporádicas que le llegaron a durar lo mismo que una púa de guitarra en un recital. Asentí con la cabeza restándole importancia a ese pequeño detalle, que contaba como un dato secundario y aleatorio; no me sorprendió que lo atribuyera a su complicada profesión. 
Bajamos en el cruce de la Avenida Pedro Goyena y Beauchef. Sentí que nos alejamos más de lo que hubiese querido.  
Hicimos la vuelta a pie, y Nacho recién comenzó a distenderse cuando cruzamos la Avenida Boedo. 
LLegamos al edificio cuando faltaba media hora para su clase. En el hall, no me pude negar a usar el ascensor. Nacho tenía razón: si había podido estar más de dos horas fuera de mi casa, por qué no iba a poder estar cincuenta segundos en un cubículo asfixiante. Me convenció con su promesa:
 - Ni lo vas a sentir.
Y fue verdad. Ni lo sentí; lo que sí sentí fueron sus labios, que durante todo el trayecto se apoyaron sin permiso, cálidos, sobre los míos.  
Nos despedimos en un espacio intermedio a nuestras puertas. La invitación de último momento me dejó sin aliento:
 - ¿Comes conmigo? A las nueve. Departamento del "Sin Cara" del "B".
Me miró desafiante; y no pude contener la epidemia de risas que estallaron de repente. Le dije que aceptaba, nos dimos un beso, y nos despedimos.
A las 16:00 pm estaba sentada en el despacho de VilmaMiriam, esperando que Clara se reorganizara. Diez minutos después me llamó desde el living. 
La encontré con las piernas despatarradas sobre el sillón opuesto, que descorrió apenas me vio. El vestidito crema, bordado con flores rojas y verdes, que llevaba puesto era lamentable; parecía una bolsa de arpillera de estilo country, erosionado por el paso del tiempo.
Se puso increíblemente feliz cuando le conté los resultados de los ejercicios. Me abrazó y me besó los cachetes. Llamó a VilmaMiriam con un rugido y le pidió que hiciera una ronda de Kukicha, que cinco minutos después estaba escupiendo en la taza de té. Clara quiere que mis viajes se extiendan más.

jueves, 6 de septiembre de 2012


Primero el mentiroso de Juan, ahora Nacho. Es la segunda vez en menos de un mes que me dejan plantada. Y lo peor es que, en la espera, no me sentí como una plantita cualquiera, o un yuyo triste, como los tréboles milagrosos que crecen entre medio de los ladrillos de algunas fachadas, o como el rejunte de hojas mezquinas que venden con sobreprecio algunos puesteros de la Chacarita, frente al cementerio. Me sentía como un racimo importado, recientemente florecido, perfumado y vistoso. Me había bañado, peinado y maquillado, casi, profesionalmente. Había elegido de mi guardarropa una combinación de prendas exquisitas. No voy a exagerar; no estaba para “matar”, pero sí estaba segura de que podía llegar a infartarlo. Todo para nada. 
Nacho no pasó cuando terminó de dar clases, como prometió. Lo esperé esperanzada hasta la madrugada. Se me ocurrió que quizás se le había hecho tardísimo, igual que el viernes. Pero no. Los segundos se apilaron unos sobre otros, para convertirse en minutos, y más tarde en horas. Y no vino. La metamorfosis fue un proceso. No era más un racimo florecido; intercambié el perfume especiado, de canela y vainilla, con el que me había embadurnado el cuello y las muñecas, por una fragancia invasiva a churrasquito sangriento y grasiento, que había cocinado para Maxi y para mí. Además, la humareda, que había escapado por los costados de la tapa de la sartén, removió la humedad que flotaba en el departamento, achicharrándome todos los pétalos que pacientemente había alisado con la planchita; mis pelos volvieron a su forma natural: las ondas tristes de un sauce eléctrico. A las doce y media me rendí. Deshojé, resignada, las prendas que llevaba puestas, y me vestí con una remera ancha de color marrón. Sí. No era un racimo despampanante venido del extranjero, tampoco era un trébol calvo. Ni siquiera era una hojarasca. Era un tubérculo podrido y oxidado. Una papa amarronada y negra que estaba comenzando a echar sus primeros brotes blancos y mohosos, como una enredadera, en la silla de la computadora.
Para colmo, cuando Maxi volvió del bar, ni siquiera me agradeció por la comida. Estaba ocupado con Mandy. No le conté lo que había pasado con el vecino. ¿Para qué, para que se rieran de mí?
El único que cambió mi humor fue Nicolás. No sabía si estaba en la computadora, porque debajo de su “nickname” tenía un cartel rojo amenazante, que daba a entender que estaba ocupado. No me importó. Lo molesté igual, y, al minuto, me respondió. Las primeras líneas que aparecieron en el pequeño recuadrito blanco sonaron frías; tenían un claro tono de reproche e indiferencia, que no se había molestado en ocultar. Realmente estaba muy enojado. Confesó. Estaba molesto por mi repentina desaparición. Tenía razón. Me olvidé de él completamente. No había vuelto a dejar ningún mensaje en el foro, y de un día para el otro no volvimos a hablar. Tampoco le contesté los mensajes que me había dejado en mi casilla personal.  
Omití la explicación: Juan. Desde el encuentro casual con Juan, solamente había usado la computadora para cumplir mis obligaciones laborales. 
Costó, pero de a poco pude ablandarlo. A la hora, ya éramos los mismos amigos cibernéticos de antes.
Durante mi ausencia pasaron tres cosas: Margarita, la señora de misiones, se curó de su agorafobia. Todos nos habíamos creído las estupideces que un tal Omar había publicado, en las que decía que Margarita, en realidad, se dedicaba a unos negocios oscuros. Nicolás me secreteó que, hace tres semanas, la mujer escribió en el foro desmintiendo las acusaciones, y contó la verdad. Sus hijos le habían tendido una trampa. La sedaron y la llevaron al centro de la ciudad, directamente a las manos de un curandero muy famoso. Margarita aseguró que se recuperó del mal repentinamente, cuando el brujo le apoyó sus manos santas en la frente. También nos invitó a hospedarnos en su casa, en caso de que quisiéramos probar ese método efectivo.
Los chicos de Miramar no pudieron resolver sus diferencias. Lucía contó en el foro, que se separaron y que ya no conviven más. Pero también dijo que siguen compartiendo el mismo edificio. Sebastián resolvió su problema fácilmente; pudo conseguir un departamento dos pisos más arriba del de ella. Igual se siguen hablando por la página; parece que Lucía está despechada por el abandono, y porque él se llevó el dálmata sin su consentimiento.
La otra noticia tiene que ver con Nicolás: había roto con Carola definitivamente. Fue ella la que lo dejó a él. No hice ningún comentario, pero las razones de Carola me parecieron bastante egoístas: le dijo que no podía soportar más la relación; sentía que se estaba volviendo agorafóbica a la par de él. Y lo más feo de todo, es que le dio la noticia el día de su cumpleaños.
Me puso muy contenta saber sobre los progresos de Nicolás. Hace poco descubrió que correr no le provoca el mismo pánico que caminar. Ahora, todo los días trota alrededor de tres manzanas.

miércoles, 5 de septiembre de 2012


Soy una estúpida. Quedé como aquello que no quería parecer: una neurótica. Pero todo había sido culpa de Maxi y sus teorías taradas.
Nacho debió haber llegado pasado el mediodía, cuando yo no estaba, porque al salir de mi departamento pude comprobar con la ayuda de una espátula de cocina, plana y alargada, que los papelitos que le había dejado todavía estaban ahí. En total, en tres días, le dejé tres notas distintas que reflejaban que era una acechadora en potencia. Las dos primeras decían algo así como:
-¿Querés hacer algo? Podemos tomar un café y visitar al mozo cantor. Fer.
- Cuando puedas tocame la puerta. ¡Vayamos a la terraza! Tu vecina.
El primer papelito era bastante sobrio y, el segundo, inofensivo en apariencia, parecía esconder otro tipo de mensaje. El que había dejado ayer a la noche, inspirada en el discurso de Maxi, era el peor:
-¿Te olvidaste de mí? ¿Hice algo mal? ¿Hablamos? Fernanda.
Era tristísimo. No era propio de una persona que acaba de conocer a otra; era de una novia arrastrada, asquerosamente melosa y celosa. Tenía que romperlo en veinte mil pedacitos. No quería demostrarle que estaba empezando a obsesionarme con él. Lo iba a espantar.
Mientras hundía la espátula más y más, en la pequeña abertura que dejaba la puerta y el piso, la pregunta seguía repitiéndose obsesivamente en mi cabeza: ¿si no había vuelto, dónde estaba?
En casi veinte minutos había conseguido recuperar las dos primeras notas, pero estaba empecinada en alcanzar el tercer papel. La suciedad me pesó en todos los sentidos; sabía que estaba haciendo algo incorrecto pero no podía detenerme. El pasillo estaba helado, sin embargo, sentía unas gotas, finitas y nerviosas, caer, como una cascada, desde el cuello hasta el tiro del pantalón; las rodillas se me estaban acalambrando y con cada cambio de postura, mis rótulas crujían como una galletita de agua partida al medio. Lo que me daba más asco era sentir las pelotitas negras del suelo apestoso pegarse en mis manos húmedas. Fue un trabajo difícil. Tanteé durante algunos minutos, a ciegas, sin saber exactamente en qué ángulo podía estar el papel más chico...Y sentí que me desmayaba. El ascensor se abrió. Me ahogué con mi propia saliva, y me paralicé completamente. Pero resucité. Era la abuela de Sofía que salía con un changuito de compras. Dejé escapar el aire que tenía atrancado, y me serené. No podía engañar a nadie, pero sí a una señora mayor. Me aferré al típico cliché como un salvavidas: disimulé buscando un “algo” microscópico que había dejado caer en el suelo. Afortunadamente la anciana no tenía los anteojos puestos y sentí alivio; no había podido ocultar el mango de la espátula que sobresalía, negro y brillante, como una extensión extraña de la puerta de madera. Si no lo miraba con detalle, podía confundirlo tranquilamente con un pie que salía, desde adentro del departamento, para trabar la puerta. Pasó por mi izquierda y la saludé. La señora no respondió; era lógico, debía seguir ofendida por la amenaza que, Maxi y yo, le hicimos a su hija la última vez que encontramos a Sofía en el pasillo común. La abuela se limitó a mirarme con el entrecejo fruncido mientras revolvía la cartera en busca de sus llaves. La perdí de vista cuando entró a su casa. Guardé la espátula y desistí. Sentía que, del otro lado del pasillo, la anciana estaba incrustado sus ojos amarillos y maliciosos en la mirilla, siguiendo cada uno de mis movimientos. Me paré con felicidad, simulando haber encontrado ese algo invisible que buscaba; sacudí la mugre que tenía pegada en la ropa y bajé por la escalera.
Exceptuando el susto que tuve a causa de unas contracciones repentinas que terminaron convirtiéndose en un fuerte ataque de tos, mi primer viaje sola fue todo un éxito. Salir sin compañía no fue un asalto de valentía; en verdad, tomé conciencia de que no tenía otra opción. Perder el trabajo no está en mis planes; de hecho podría empeorarlo todo. Y si mis amigos no pueden acompañarme, no puedo darme el lujo de sentarme a ver como avanzan los días. El veinticuatro de octubre está a un suspiro de distancia.
Por precaución, no me arriesgué a seguir más de lo debido. Bajé en las mismas calles que ayer. Y volví feliz de que todo hubiera resultado sin problemas...
Cuando llegué a casa, me invadió un mar de alegría. La luz del departamento de Nacho estaba encendida; debajo de la puerta se filtraban unas sombras en movimiento. Había vuelto. No lo dudé. Toqué la puerta con coscorrones exagerados. Eran los nervios. Repasé mis argumentos: quería explicarle que me había confundido; que lo que decía el mensaje no era exactamente lo que quería darle a entender. Que lo había escrito rápido al pasar y... Entreabrió la puerta y estiró el cuello, dejando solamente su cabeza y su pelo lacio desaliñado. Me dedicó una sonrisa rápida. Nos dimos un beso torpe, y seguido, echó una ojeada fugaz hacia el interior, como si temiera que alguien pudiera estar mirándolo. Eso bastó para que dudara. ¡Había alguien! Sino, ¿por qué iba a mirar hacia atrás? Mi tono, celoso e infantil, sonó tan estúpido como lo que pasó después:
 - Ahh...¿Tenés compañía?
Nacho, con un gesto de asombro, estiró las cejas hacia arriba, y no contestó. Me mordí el labio reprimiendo la mueca de malhumor que amenazaba con exponer mis sentimientos encontrados. Abrió la puerta y avanzó hasta a mí. Sus risas volvieron con un efecto boomerang; chocaron en las paredes del pasillo y volvieron a mis oídos nuevamente. No lo quería mirar, desvié mis ojos y sólo volvieron a encontrarse con los de él, cuando me dijo:
 - Disculpá, estoy dando clases.
Era verdad. Al fondo me pareció distinguir a la chica que ya había visto salir del edificio; la gótica salida de un fotograma de la película “Eduardo Manostijeras”. La distinguí desde la distancia: el contraste entre la piel transparente de su cara y sus pelos negros carbón fueron demasiado fuertes. Tenía una guitarra apoyada en las rodillas, y la vista clavada en una partitura. Me reí aliviada y le pedí disculpas. Nacho me dio un beso en la mejilla. Prometió avisarme cuando terminara, y antes de trabar la puerta, se quedó con la última palabra:
 - Leí el papel...nada. Dejá.
La puerta se trabó. Y yo me quedé descifrando que podía significar ese “nada” final.


martes, 4 de septiembre de 2012

No tengo ninguna noticia de Nacho desde el domingo a la madrugada. ¿Y si Maxi tiene razón? Pero no tiene sentido. Fue él, el que me invitó a salir y el que montó la puesta en escena con aquella iluminación teatral. Fue él, el que armó aquel banquete de película pochoclera y el que se acercó a mí, con su instrumento embrujado, para seducirme como a una rata extraviada del club del Flautista de Hamelín. Pero entonces, ¿por qué no me respondió las notitas que pasé por debajo de su puerta?
Pese a los roces de la semana pasada, Maxi y yo estábamos de buen humor. Habíamos acordamos, sabiamente, enterrar el recuerdo del robo del maniquí, para archivarlo en nuestro historial de estupideces. Hoy, aunque no llegué a manifestarlo (y él tampoco), realmente estaba encantada de que volviéramos a viajar juntos después de tanto tiempo. Inclusive no tenía miedo. Me daba seguridad saber que mi amigo estaba orgulloso de mi progreso.  
Como era de mañana, el colectivo 53 se detuvo menos atestado. Una pareja había dejado los asientos que ocupaban y nos pudimos sentar apenas nos subimos. Maxi intentaba leer un libro de ciencia ficción, y yo viajaba con la cabeza apoyada sobre su hombro, mirando a las personas caminar cabizbajas en las sombras del día nublado. Retenidos por el semáforo de Carlos Calvo y Maza, por la ventanilla, vi a un chico de baja estatura y barba apelmazada cruzar por la senda peatonal con un violonchelo envuelto en una funda negra colgando en sus hombros, y no pude evitar asociarlo a una guitarra gigante. Lo pensé al mismo tiempo que lo dije:
 -¿Hoy ya es martes?
Maxi no contestó hasta que le saqué el libro de las manos. Con pena me afirmó lo que en verdad ya sabía. Vi como las arrugas de la frente se le amontonaban, de mayor a menor, en una coreografía perfecta. Las conocía. Eran las arrugas de la lástima:
 -¿El vecino no te habló más?
Si nos hubiésemos sentado cuatro asientos más adelante habría estirado la mano, sin ningún esfuerzo, hasta alcanzar el matafuegos prehistórico que estaba acostado debajo de la máquina de las monedas, para abrirle el hueso frontal. La pregunta me pareció tan cruda que no la contesté.
En ese mismo momento el colectivo se detuvo, y algunas personas descendieron, al mismo tiempo que otras subieron. Maxi me había preguntado algo más, pero a causa del revuelo no alcancé a oírlo. Por eso, con un vozarrón de hincha de fútbol de la popular, se atrevió a repetir:
 -¿¡¿¡¿No concretaron, no?!?!?
Fue horrible. Grité un “NO” estruendoso, que rebotó de punta a punta. Las personas que desfilaban por el pasillo buscando algún hueco para apoyarse nos reprobaron con la mirada, y siguieron de largo. Se oyó una presentación. Había subido un señor que decía vender lapiceras “Parker” originales. Intentaba demostrarles a sus potenciales clientes que estaban hechas de un acero único y envidiable, haciéndolas golpear en los pasamanos.
Las conclusiones de Maxi activaron las compuertas de mi cerebro y dejaron pasar al bichito monstruoso de la duda, que se arrastró absorbiéndolo de a poco. Terminé seca. No entendí lo que quiso decir hasta que lo explicó con su manera cruda habitual. Los gritos del vendedor se oponían a los gritos de Maxi. Era una competencia. El hombre promocionaba las lapiceras a precio de costo como una oportunidad irrepetible, y también nos recordaba los colores originales que disponía: negras y azules, a la vez que Maxi me explicaba, con la garganta desgastada, que para él, el problema era que, Nacho, se había arrepentido de lo que había iniciado; las notitas que yo le había dejado y que él no había contestado eran pruebas concretas. No todo tenía que ver con mi problemita de agorafobia; alegaba gran parte de la culpa a los encontronazos que tuvimos desde que empezamos a hablar. Quizás me estaba evadiendo, porque se había dado cuenta con qué tipo de personalidad estaba tratando. Me hirió. Desplegó sus pensamientos al aire como si estuviera hecha de piedra.  Estaba afectada e indignada. Lo solté sin más:
 -¡¿Qué me estás queriendo decir?!
Maxi no pudo continuar. La interferencia avanzó. Había estado tan concentrada escuchándolo a él, que no había notado que el vendedor estaba estrellando la “Parker” original en el pasamanos que se extendía por encima de mi cabeza. El discurso propagandístico y el ruido metálico sonaba con eco dentro de mi oreja: ¡Parker!, ¡Parker!, ¡Parker!, ¡Parker de acero! El bochinche me transportó a mi infancia; más precisamente a la cocina de mi mamá. Me veía jugando a la batería con sus cucharones, sus ollas y tapas. No me aguanté más y lo expulsé:
 - ¡¡¡¡Dejá de perforarme el tímpano con tu “Parker” berreta!!!!
El silenció cesó de repente. El vendedor congeló los movimientos de su mano, y los pasajeros más morbosos, esos que se estampan contra la ventanilla cada vez que olfatean un accidente, se incorporaron en los asientos de golpe para captar los detalles del incidente. Maxi estaba paralizado, pero su susurró llegó claramente:
 - ...Este es un buen ejemplo.
El vendedor siguió repartiendo las lapiceras enmudecido. Tuve lástima de mí. Quería pedirle disculpas al señor, pero no fui capaz de moverme del asiento. Esperamos a que bajara primero y después lo hicimos nosotros, en Avenida Pedro Goyena y Doblas, y volvimos caminando en silencio.  

lunes, 3 de septiembre de 2012


Fue agotador, pero me siento realizada. En primer lugar porque no estrellé la mochila de Luqui contra la ventanilla, no arranqué el botón negro para abrir las puertas automáticas, ni tampoco canturreé “chofer, chofer apure ese motor”. ¡En total hice treinta minutos de viaje en colectivo! Y la segunda buena noticia es que creo que encontré una cura esporádica para la hiperactividad del hijo de mi mejor amiga...
Sinceramente al principio pensé que no iba a poder subir. No por mí, sino por el servicio. Estuvimos casi una hora esperando que algún 53 llegara vacío. Fue pedirle peras al olmo. Dejamos pasar quince colectivos y cuatro siguieron de largo. Todos estaban repletos de pasajeros y no había manera de que cupiéramos entre la multitud que se apiñaba con las narices pegadas a los vidrios. La mayoría de los ocupantes eran chicos de primaria y secundaria que salían de la escuela. Revolucionados, aullaban, como si se acabaran de reencontrar de unas largas vacaciones de verano. El barullo era infernal, tanto, que los gritos y las risas tapaban sin esfuerzo el catarro automovilístico. Creo que si no hubiese sido por la persistencia de Laura, habría vuelto a casa. Estaba por rendirme, cuando un 53, colmado, se abalanzó hacia nosotras. Mi amiga, con su vista de cóndor, visualizó uno por detrás de aquel, a medio llenar, que se encimaba a la carrocería de su compañero de adelante intentando escabullirse. El chofer avanzaba lentamente con la puerta sellada, esquivándonos con la mirada. Laura soltó a Luqui, comprobó que el semáforo estuviese en rojo y se paró en el medio de la calle con las manos extendidas, obligándolo a frenar. Atrás nuestro teníamos acompañamiento. Otras nueve personas se unieron a la protesta. El chofer, con pelo de puercoespín,  abrió cuando nos amotinamos en la puerta y alzamos al nene. Subí primera, empujada por Laura. El hombre, abalanzado al volante, gruñía que avanzara hasta el fondo, para dejar pasar al resto de las personas, pero los pies no me respondieron. Aceleró bruscamente y  tropecé con el plástico agrietado y gris del piso. No me caí porque llegué a sostenerme del pasamano que atravesaba el lector de tarjetas amarillo. El puercoespín pensó que no iba a pagar por el viaje y de reojo pude ver como giraba el torso sobre la silla de resortes. Antes de que pudiera decirme algo, Laura estaba apoyando la tarjeta en la máquina pagando por los tres. Caminé los primeros pasos, como quien visita una casa por primera vez. Reconocí  la textura del suelo a través de las suelas de mis botas, reparé en los asientos agujereados, reconocí el olor a sudor, y el caos de fragancias, algo desgastadas, que destilaban los cuellos de los pasajeros. Todos los asientos estaban ocupados, y una docena de personas estaban esparcidas por el pasillo. Me acordé de Laura y de Luqui cuando fue demasiado tarde. La descubrí hostigando a un chico de rastas rubias que estaba sentado en la tercera fila. Tenía unos auriculares demenciales que le envolvían las orejas en unos paños esponjosos. Como no la escuchó, Laura, se agachó para vociferarle:
 - ¡A ver!, un asiento para la señora que está embarazada.
Me morí de vergüenza. El chico con pelo de fideos se levantó algo indeciso y torpe. La gente miraba el espectáculo con curiosidad. Especialmente a él, que se había comportado poco caballero; algunos pasajeros ladeaban las cabezas con indignación. Me quería morir. Laura mantenía a Luqui quieto por los hombros y le tapaba la boca para reprimir la risa que mi falso embarazo le había provocado. Me senté y me hundí en el asiento. La señora orejuda y encorvada que estaba sentada conmigo, del lado la ventanilla, no ayudó con su cuestionario: 
 - ¿De cuánto estás nena?
No lo programé. Sonreí tímidamente y le dije lo primero que se me ocurrió: de tres meses y medio. La misma cantidad de días que hacía que no pisaba un colectivo. La señora me entretuvo hablándome de su nieto recién nacido. Fueron cinco minutos, pero me parecieron una eternidad. Muy emocionada, nos contó que se llamaba Simón, y que era el cuarto nene de su hija mayor; eso dijo mientras me acariciaba el vientre con ternura. Se bajó dos paradas después y Laura se sentó del lado la ventanilla con Luqui en las rodillas.  Fue insoportable. Luqui abría la ventanilla. Laura la cerraba. Luqui se paraba. Laura lo sentaba. Luqui hacía burbujas con saliva, y Laura se las arrasaba pacientemente con una carilina. Añoré las caricias de la señora mimosa.  A mi izquierda se había liberado un asiento individual, que me seducía con su comodidad y silencio. Pero me quedé quieta; tenía miedo de que se despertara mi fobia dormida. Preferí concentrarme en el camino que se dejaba espiar por el parabrisas delantero del chofer, soportando los codazos y el pataleo acrobático de mi ahijado. El colectivo avanzaba obstinado por Carlos Calvo. Cinco cuadras. Diez. Nos atascamos algunos minutos. Otras dos y luego algunas más; perdí la cuenta cuando los gritos de Luqui y la voz paciente de mi amiga, resonaron chillonamente en mi cabeza. Se estaba haciendo pis. Bajamos antes de que Carlos Calvo se convirtiera en Pedro Goyena, y caminamos dos cuadras por Avenida La Plata, hasta toparnos con la Avenida San Juan. Arrastramos a Luqui por turnos y pudimos llegar a Boedo. No se hizo encima de milagro; En el bar Miño, una camarera amable la había dejado pasar sin consumir.
Los esperé deambulando por la calle. Y sin saber bien por qué,  repasé la vitrina de un kiosco-bazar. Lo sentí como una señal. Debajo de unas figuritas y una cartuchera de dos pisos, encontré un juego de ajedrez de plástico colorido, muy parecido al que me había regalado mi papá para mi séptimo cumpleaños. Seguí mi instinto. El kiosquero me rebajó el precio porque, si bien la imagen de la tapa se veía perfecta, tenía algunas letras borroneadas. Envolvió la caja en un papel azul con lunares blancos, y la guardó dentro de una bolsita blanca.
Los volví a encontrar en la esquina, y caminamos hasta casa. Laura fue mi cómplice. En el camino logramos persuadirlo con pocas palabras. La curiosidad se le despertó de lleno cuando  hablamos de una guerra y dos reyes, de caballos que saltaban casilleros y de un ejército de peones fiel. El hechizo se completó con dos palabras: jaque mate; el resto lo aprendió en dos horas con la ayuda del manual del juego, sentado en la reposera de mi balcón.



domingo, 2 de septiembre de 2012


Olga se acaba de ir. La pasó a buscar Victorio en su Chevy. No quiso que la acompañara hasta la puerta, pero desde el balcón pude ver el auto naranja arrancar en dirección a la Autopista 9 de Julio.
Hoy, igual que el viernes y el sábado, Olga, se pasó la mañana sentada en las dos sillas unidas, embobada con los platos coloridos y atiborrados que proponía un cocinero de aspecto triangular y acento centroamericano. Parecía una gallina sobrealimentada; empollaba un mate de boca ancha y el termo negro de acero inoxidable entre sus piernas gruesas. Asombrosamente después de una hora de sorber litros y litros de agua, el contenido, se mantenía caliente gracias a la temperatura de sus carnes. El vapor se levantaba como una nube sobre su cara y le empañaban los vidrios de los anteojos, pero a Olga, eso, pareció no molestarle. Estaba ausente. Las tres veces que la llamé no respondió a su nombre. Sólo conseguí volverla a la realidad cuando desenchufé el cable del aparato de la zapatilla. Mi intención era captar su atención. Pero la pantalla gris inactiva sirvió de espejo; las manos jóvenes y el cuchillo descomunal, que rebanaban con destreza unos pimientos verdes aglobados en cuadraditos casi invisibles, desaparecieron bruscamente, y los ojos de Olga, recibieron el reflejo triste que daba de sí misma, como una bofetada en las retinas. El efecto volcán fue instantáneo. Los espasmos comenzaron en la panza y continuaron en la garganta, haciendo vibrar las dos sillas. Explotó en llanto en menos de un minuto. Las palabras de consuelo no sirvieron. Intenté con mucho esfuerzo bordear su panza con los brazos y la abracé en silencio hasta que el cuerpo se le desentumeció. Se limpió los mocos en la blusa y recuperó el aliento con los mates que le ofrecí. La acompañé en silencio sentada en el sillón, y cuando me dijo que estaba preparada para afrontar su situación, me cambié en mi habitación, dejé mi celular en la mesa del living y salí del departamento.  
Caminé por la calle 24 de Noviembre hasta llegar a la Avenida Independencia y volví con pasos cortos y lentos por Dean Funes hasta llegar a  la Avenida San Juan. Como había pasado solamente media hora, preferí seguir hasta la esquina, en donde está el bar, y me senté en mi mesita de afuera. Varié el menú, el viaje me había dado sed. Le pedí al mozo un jugo de naranja exprimido que tomé con sorbos mezquinos y volví después de cuarenta minutos. Me pareció el tiempo suficiente como para que Olga pudiera hablar por teléfono con todos los miembros de su familia y si gustaba, hasta con la vecina.
Cuando volví encontré mi celular en el mismo lugar y temí encontrarla tirada en mi cama mirando la televisión. Pero Olga estaba vestida y perfumada, arreglándose el pelo frente al espejo del baño. La mueca de angustia se había transformado en una sonrisa de alivio. Las noticias fueron buenas. El final feliz llegó solo. Olga no había presionado ni un solo botón para conseguirlo; no se animó a llamar a su marido. El valiente fue Victorio, que la llamó directamente a su teléfono rogándole que volviera con él.
        

sábado, 1 de septiembre de 2012

Ayer tardó tanto que llegué a detestarlo. Eran las 23:00 hs y no aparecía. Y claro, confiados en que nuestros departamentos estaban pegados uno al lado del otro no nos habíamos intercambiado los celulares. La noche se había vuelto una tragedia para mí, y una comedia para Maxi que pegaba una risotadas estúpidas mientras yo me sumergía cada vez más en la cuerina del sillón y en las grasas saturadas de las dos variedades de bolsas de papas fritas que tenía sobre mi panza. Mandy intentaba controlarlo, pero él seguía picaneándome con su estupidez. Todavía seguía algo resentido por lo del maniquí. 
Olga, que estaba hipnotizada con los programas de cocina, no me llevó el apunte cuando le dije que iba a salir, y tampoco le llamó la atención que, después de cuatro horas de habérselo dicho, todavía estuviera a unos metros suyos recostada en el sillón. No se había movido en toda la tarde de su lugar. Seguía sentada sobre dos sillas unidas (en una no le entra el cuerpo), pegada a la pantalla del televisor. 
A las 23:30 Olga comenzó a cabecear y a repetir recetas de cocina entre sueños. La desperté y le cedí los derechos del sillón. Era el fin. Me encerré en el baño y clausuré la noche, como siempre suelo hacer cada vez que algo sale mal: me limpié el maquillaje. De la  bronca, cuando me lavé la cara y me quité los restos con unas tiras deshilachadas de papel higiénico barato y áspero, se me levantó la piel del cachete izquierdo, dejándome una aureola fucsia, como las que tienen pintadas esas muñecas peponas gigantescas y mullidas. Colgué en el guardarropa la remera ancha color peltre y plateada; me senté en la cama para tironear violentamente de las calzas negras y labradas, que cayeron en un vuelo furioso al otro lado de la habitación, y me vestí con un short veraniego y una remera-pijama rojo tomate con la temible cara del Tiranosaurio Rex de Jurassic Park. Me lavé los dientes con bronca y me sangraron las encías. Veinte minutos después estaba en la cama tapada de pies a cabeza. Cinco minutos después Mandy tocaba la puerta de mi habitación con un tono de hermana mayor acaramelado y amable:
 -¡Gordiii! Levantate, preciosa. Está el vecinito. 
Me quería morir. Salté de la cama como un resorte, me tapé el cachete con la mano y llegué a la puerta de la entrada haciendo temblar el aire con mis pasos embravecidos. Nacho estaba apoyado en el marco de la puerta. Cuando me vio llegar, la cara se le transformó repentinamente en un signo de interrogación. Con una voz despreocupada le dije que estaba durmiendo. Sacudió la cabeza en ambas direcciones y levantó las manos a la altura de los hombros para pedir una explicación:
 - ¿Por qué?
Lo odié. Era evidente:
 - Es tarde, el bar cerró.
Nacho sacudió la cabeza y se empezó a reír. Avanzó hacia mí y me hizo retroceder; como sabía que Maxi y Mandy estaban escuchando la conversación, me susurró pausadamente al oído:
 - ¿Y quién te invitó a un bar?
Era verdad. ¿Quién había hablado del bar? Laura y yo. Me pidió con un tono conciliador que me fuera a cambiar y me dio un beso en la mejilla.
Mandy me ayudó a taparme la aureola rosada con una base que se había hecho traer de Europa. En el reverso del envase la crema notificaba que tenía el poder de remover superficialmente los tatuajes indeseados. Mi marca reciente se fundió con la piel sana, y sin ese detalle estaba otra vez impecable.
Por mi cambio repentino de humor, lo encontré diferente. Me sentía seducida por el respeto que impartía su fisonomía y la forma en la que el jean azul le moldeaba la cola cuando distribuía el peso de las piernas sobre sus borcegos negros. Nacho me tomó de la mano y me llevó a las escaleras. Por cada escalón subido una ráfaga de aromas se entremetían en mis fosas nasales. Mi nariz de tobogán podía distinguir fácilmente las mezcla que llegaba como una sola: shampoo de bebé, tabaco y cuero nuevo.   
Me tapó los ojos con las manos y me hizo avanzar. La sorpresa había perdido su efecto apenas me invitó a subir por la escalera, pero de todas formas no manché sus buenas intenciones. Descorrió lentamente las manos. Y ahí estábamos. La terraza estaba iluminada por un farol de emergencia de luz blanquecina, que colgaba en un gancho de pared oxidado. La luz no llegaba a iluminar todo el cuadrado, los recovecos se perdían en sombras. Exactamente en el medio distinguí el tender reciclado que Nacho se había robado hacía algunos años y dos banquitos enfrentados. El tender estaba desplegado horizontalmente cumpliendo la función de mesita, exactamente igual que aquella vez que lo identifiqué en su pasillo. El mismo mantel blanco caía recto a los lados, y la picada que Nacho había preparado, se desparramaba ordenada en una tabla de madera mediana, que parecía estar apoyaba sobre una superficie sólida y plana. También había dos copas de vino vacías y un vino tinto de dos años de antigüedad sin abrir entre medio de ellas.
Hablamos. Comimos. Bebimos. Nos reímos. Señalamos tres estrellas fugaces derretirse en la oscuridad. Pero no había llegado lo mejor. Faltaba el final. Nacho se levantó de su asiento y desapareció en el pequeño cuartito de la terraza. Unos minutos después escuché unas pisoteadas rápidas e impacientes, y reapareció con una guitarra acústica roja cruzada por la espalda. Usó los dedos de su mano como una peineta y levantó dos de sus mechones negros delanteros en altura. El jopo lacio que intentaba semejar al del experimentado Elvis se derrumbó hacia el final de la primera canción. Me dio la impresión de que se desplazaba en la terraza con la misma facilidad que en los escenarios de los bares que debía visitar; paseó alrededor de mi banquito como si intentara enredarme en esas melodías simples y profundas que brotaban sin esfuerzo de sus dedos. Su voz grave y cálida, que no llegaba a alcanzar las vibraciones de su ídolo, había encontrado la manera de readaptar y complementar armoniosamente aquel estilo musical característico. Podía haber pasado horas escuchándolo, pero al tercer tema se detuvo. Quería una retribución a cambio. Estiró una gorra imaginara a un público imaginario, y cuando la gorra llegó a mí, tiré de su mano hasta acercarlo a mis labios. Lo único de valor que tenía para ofrecerle a cambio eran mis besos.      

viernes, 31 de agosto de 2012


Olga no me devolvió la llamada. Pasó directamente por mi departamento y me encontró minutos antes de que saliera a hacer el ejercicio. Tenía el tiempo bien administrado: una hora estaba destinada a recorrer el barrio y media hora a llenarme el estómago antes de la sesión con Clara. Miré el reloj y le ofrecí acompañarme; a ella se le ocurrió que podíamos llevar a Capitán con nosotras, que hace semanas está escondido debajo de la mesa lamiéndose las patas atrofiadas o ladrándole a las palomas que se apoyan sobre el cableado de la Avenida San Juan.
Salió a los tropezones. Caminaba compungida mirando a los autos y al perro. Sentí que lo había traído como una excusa, porque se aferraba a la correa roja y amarilla, como si el perro la mantuviera atada y quieta junto a mí, y no al revés. Tomé aire y me concentré para interpretar el rol de Clara. Desde que habíamos bajado al hall no había vuelto a abrir los labios pintarrajeados con esa pasta rosa chicle con la que se suele untar. Inicié la conversación con un tono cálido y formulé las palabras claves: no iba a juzgarla. Mágicamente después de mirarme de reojo, durante unos segundos, se abrió como una ostra sobre la palma de mi mano. Después de caminar seis cuadras, cuando le pregunté por Florindo y por la mujer de él, Susana, se detuvo en seco en la esquina de la calle 24 de Noviembre y se derrumbó sobre mi cuerpo con el peso muerto del suyo. Me empapó el hombro con un torrente de lágrimas gruesas y pesadas que cayeron con la misma fuerza que los baldazos sorpresivos de los aires acondicionados empotrados en las paredes de los edificios. Acariciándole el pelo, noté que unas raíces negras brillantes empezaban a entremezclarse con el rojo oscuro de sus tirabuzones. Y cuando dejó los anteojos bamboleando sobre su pecho me espanté. Descubrí que detrás de los vidrios tenía unos pozos profundos, grisáceos y colorados, que automáticamente me hicieron imaginarla en una bata rosa, sumergida en la oscuridad del living de Florindo. Sí, estaba hecha una piltrafa. Olga se enjugaba las lágrimas delicadamente tratando de no correr la pintura de sus pestañas de plumerillo, mientras me contaba lo apenada y avergonzada que estaba. Se arrepentía de todo: de la fuga adolescente y de haber abandonado a su familia. Creo que cualquier otra persona hubiera abierto los ojos como platos; pero a mí no me movió ni un pelo de la ceja enterarme que Florindo la había engañado. No se había separado de la mujer, y por nada del mundo tenía pensado hacerlo.
Antes de ayer Olga había levantado los mensajes que tenía atascados en la casilla, y asustada, le pidió al pez globo una determinación. Y él, como buen cobarde que es, cambió de actitud, como si Olga se hubiera convertido en un carbón en llamas dentro de sus calzoncillos. Puso las cosas en claro: lo de ellos era una especie de luna de miel, pero sin casamiento. Y la luna de miel tenía una fecha de vencimiento: el lunes, el día en que Susana volvía de visitar a su media hermana tucumana.
Intenté ser objetiva y mantuve al margen mis pensamientos negativos acerca de Florindo. Se conmovió cuando le recordé que Gisella estaba en el quinto mes de embarazo, y que su ausencia seguramente estaba llenándola de disgustos. Se puso peor cuando le notifiqué que mi mamá se había enterado, por Gisella, que su angina, en realidad, era una mentira que ocultaba su romance secreto.
Caminamos durante una hora. El último tramo lo hicimos en silencio. Me pareció que repasaba mentalmente las explicaciones que iba a darle a su marido y a mi mamá. Si Florindo no la quería, no  tenía otra alternativa. Tenía que volver. Le ofrecí que se quedara en mi casa hasta que sus asuntos se resolvieran, pero con la condición de que primero llamara a todos y se disculpara. 
La acompañé hasta el piso de Florindo y la esperé sentada junto con Capitán, en las escaleras mohosas, mientras se despedía y juntaba sus pertenencias. Escuché que el portero le susurraba algunas barbaridades, temiendo despertar la atención de los vecinos; de todas maneras sus pitidos eran tan agudos que traspasaron las paredes marchitas sin esfuerzo.
Bajamos juntas por la escalera. Preparamos sándwiches y comimos en silencio. Le pedí que se bañara y que se acostara en mi cama, y me fui a la terapia.
VilmaMiriam me recibió con una sonrisa. Me preparó un cortado frío y lo tomé mientras esperaba que el turno del paciente anterior terminara. Hablamos poco; estaba muy concentrada rellenando unos formularios. 
Clara despidió al paciente en horario y me hizo pasar al living, mientras se ataba una bandana amarilla en la frente. Tenía un enterito veraniego y corto, que dejaba sus rodillas al descubierto. Parecía estar hecho de una tela fina y sedosa, y el estampado, de flores lilas y amarillas, le daban un aspecto primaveral; combinaban con el cielo azul profundo, sin una sola mancha blanca, que se asomaba por el ventanal. Apartó las hojotas lilas a un costado del sillón, se cruzó de piernas y estiró los dedos del pie hacia arriba. 
Hablamos del ejercicio. Le enumeré las calles que recorrí y contabilicé el tiempo aproximado que estuve fuera. Le conté acerca de mi pelea con Maxi, el incidente con Olga, y los nervios que me generaba la cita con Nacho.
Las advertencias del próximo ejercicio sucedieron como un ritual; tengo que empezar los viajes urgentemente, en lo posible debo hacerlos acompañada, y los primeros no deben durar demasiado. 

jueves, 30 de agosto de 2012


Laura piensa que le gusto al vecino. Quizás tenga razón, porque sino, no me hubiera invitado a salir.
Como justo me estaba depilando lo atendió ella, y se cayeron muy bien. Un minuto bastó para que tomaran confianza. Tanta confianza que a Laura se le escapó su sobrenombre:
-¡Ajá! El famoso "Sin Cara”...
Y Nacho que no entendía nada se quedó callado sin saber que contestar. Corrí al hall con la axila derecha encerada antes de que a mi amiga se le ocurriera explicarle que "Sin Cara" era el sobrenombre con el que se me había ocurrido bautizarlo cuando aún no lo conocía. Como buena cómplice, Laura, se escondió en el marco de la puerta y estiró la oreja cuanto pudo, sin perderse ningún detalle. Necesitaba su escucha atenta para el análisis posterior.
Me da un poco de temor igual. No sé a que se refirió con "salir"; él sabe que no puedo estar mucho tiempo fuera de casa. Con Laura dedujimos que me va a invitar a cenar al bar de la esquina. Pero hay una pieza que no encaja. Nacho dijo que quería darme una sorpresa y si bien, una cena un viernes por la noche en el barcito para mí es toda una novedad, de ninguna manera cabe en la categoría de sorpresas.
Remató la invitación mostrándome su dentadura de galán de cine y me derretí. Algo tenía que pasar. Mi axila rompió el momento de seducción:
 - ¡Cuidado!
Gritó señalándome la pegatina verde en forma de hilos que había comenzado a chorrear en el piso por la presión del brazo. Le di un beso en el cachete y cerré la puerta antes de que cambiara de opinión.

miércoles, 29 de agosto de 2012


Antes de tocar la puerta, tuve una regresión: volví a la primaria; más precisamente al primer grado. Ahí estaba, diminuta y olvidada, sentada junto con otros compañeritos en unos asientos de madera milimétricos que se extendían en lo ancho del rectángulo. El aula era depresiva. No había ventanas, y Marta, la maestra de música y peluquería (casi siempre destinaba media hora de su clase a las cabezas de las nenas más lindas para hacerles unas trenzas cocidas divinas), estaba sentada en penumbras frente a nosotros intentando coordinar las voces disparejas que entonaban “Sal de ahí chivita, chivita”. A veces le daba algún que otro manotazo al bombo, pero ahora, con el paso del tiempo sospecho que era un acto puramente decorativo y que en realidad, no tenía idea de cómo dibujar una clave de sol en las hojas pentagramadas. Tanto a la profesora como a mis compañeritos les fascinaba la misma idea: molestar a la pobre chivita. Repetían las estrofas con furia y determinación, esperando que el palo, el fuego, o el agua obedecieran a la persecución. Cada vez que proponían esa canción, mi inocente cerebro montaba una huelga silenciosa que me llevaba a la misma pregunta una y otra vez:  ¿por qué no dejan a la chiva en paz?
Durante la noche Gisella se encargó de esparcir la triste noticia de que su mamá había hecho abandono de hogar. Me dio bronca no haber sido lo suficientemente rápida. Podría haber inventado algo que pudiera ayudar  a Olga a ganar algo de tiempo, pero en realidad no sabía qué era lo que su hija o Victorio, su marido, sabían acerca de Florindo. Como no colaboré, Gisella, se dio por vencida, y recurrió a la última alternativa: se puso en contacto con mi mamá. Y ella sí que no tuvo pelos en la lengua. La desenrolló en busca de venganza, apenas se enteró de que Olga no había faltado a su trabajo por una simple angina, y vendió a Florindo como carnada fresca.
Hoy a la mañana me tocó a mí. Desayuné un combo de atrocidades que mi mamá se encargó de traspasarme por el celular. Conmigo tampoco se guardó nada. Empezó su discurso hablándome de desgracias y de descuidos. Terminó envolviéndome en una red de responsabilidades que me apuntaban con una flecha de neón como la única culpable. Su razonamiento era tan básico que daba gracia. Todo recaía en mí porque Florindo era mi portero. Hasta que al final me colmó la paciencia. Apagué el teléfono e inexplicablemente mi cuerpo dio las primeras señales de libertad. Necesité despejarme. Era el momento ideal para repetir el mismo recorrido de ayer. Iba a invitarlo a Maxi, pero estaba desmayado en su cama vestido con el pantalón negro y el chaleco de trabajo. Además desde que se fue con el maniquí a cuestas, no habíamos tenido oportunidad de firmar el tratado de paz. 
Hice el recorrido con algunas variaciones. Avancé por Urquiza, doblé por Humberto 1º y completé tres cuadras más. Pero mis piernas me hicieron retroceder por donde vine. Atravesé Carlos Calvo y Estados Unidos, y llegué hasta la Avenida Independecia. Volví por la Rioja. Me senté en los escalones de la misma despensa que, a diferencia de ayer, me pareció mucho más moderna. La gente caminaba en ambos sentidos concentrada en las baldosas, y yo exploraba sus caras en la búsqueda de una respuesta que develara la incógnita que más me preocupaba: ¿dónde estaba Olga?
Volví al edificio. Subí los nueve pisos por la escalera y me oxigené antes de seguir los restantes. Anclé en el décimo tercer piso con los pulmones en la mano. Me llamó la atención el deterioro. El olor a humedad era invasivo y las paredes, oscurecidas, transpiraban por culpa de la caldera general. Apoyé los nudillos en la puerta de Florindo. Y tambaleé. La risa de Olga complementada con la de Florindo llegó a mis oídos con claridad. Estaban viendo la televisión. Electrificada, sacudí la cabeza. Otra vez no. Yo no iba a sacar a la chiva de ese lugar. Volví con sancadas ligeras y llegué a mi piso liberada. No me contuve a entrar a casa. La llamé desde el pasillo. Me atendió el contestador y le dejé un mensaje cómplice, en el que le pedía que se comunicara conmigo en cuanto pudiera. 
Se me borró la sonrisa con la actitud infantil de Maxi. Sofía no tenía la culpa. Maxi se estaba riendo de algún chiste que dejó de ser gracioso apenas me vio parada en la puerta de la cocina. Golpeó la taza en la mesa, anunciando el fin de la diversión, y Sofía se colgó la mochila colorada en la espalda. En ningún momento me miró. Me dio un beso en el cachete y se fue, otra vez.   

martes, 28 de agosto de 2012


Maxi y yo nos peleamos. Forcejeamos tanto por el monigote que se robó, que lo solté asqueada cuando sentí que interpretábamos un matrimonio rabioso en pleno divorcio debatiéndose por el amor de un hijo. No aceptó devolverlo. Decidido, desempolvó un bolso del placard y desarmó el maniquí a los tirones, cobrándole la culpa de nuestra pelea. Se escudó argumentando que estaba seguro de que el guardia de seguridad no iba a aceptar reembolsarle la plata, y que tampoco se iba a arriesgar a montarlo en la misma vitrina, ante la vista de los demás. Tenía otro punto a favor: el cumpleaños de Mandy fue ayer. Era cierto que no había tiempo de encontrar un regalo tan especial. El orgullo nos persiguió hasta el final; ninguno de los dos dimos señales de reconciliación y se fue refunfuñando con el bolso cargado al hombro y un dedo de plástico torcido,  asomándose por el hueco que dejaba el cierre azul. 
Hoy me sentí sola; otra vez no contaba con la ayuda de mi mejor amigo, que se había vuelto tan necesaria como imprescindible. La casa estaba vacía y Capitán ni siquiera se acercaba a mí para refregarme en las calzas sus pelos amarronados y rojizos impregnados con fragancia a riachuelo. Hasta él rechazaba la dosis de caricias diarias, que bien dispuesta estaba a darle. Estaba estancada en una palangana. El trabajo no resultó mejor. Descargué los archivos que me envió Rodrigo con una determinación que duró lo que un estornudo en la punta de la nariz. Visualicé las fotos, las cerré y volví a repetir el proceso, sin encontrar la inspiración usual que pudiera salvar los errores de los fotógrafos altaneros y engreídos del trabajo. Caras subexpuestas, paisajes quemados y cuerpos fragmentados se mezclaban con la idea del ejercicio incompleto que vengo posponiendo desde que Clara me lo planteó. Y de repente: la revelación. Las palabras de apoyo florecieron en el aire atravesando la puerta de cedro hasta llegar con fuerza hacia la silla giratoria en la que estaba sentada. Tuve que asomarme al pasillo para comprobar que Clara no estuviera vociferando lo que necesitaba escuchar a través de un megáfono. Y no. Era mi imaginación. El pasillo estaba vacío y solamente se escuchaba al abuelo de Sofía cantar una canción que hablaba sobre la multiplicación de los panes. Cerré la puerta y me senté a repasar mis miedos. Me convencí con algo cierto: en realidad, no había un peligro inminente. Lo que me alteraba era el rechazo que despertaba el cambio de escenario. Dejar el bar y vagar por las calles de los barrios de Boedo y San Cristóbal hasta encontrar la parada de un colectivo cuyo recorrido desconociera. Ahora tenía que volver a encontrarme con ellas después de tantos meses. Sin lugar a dudas, el ejercicio previo era una tontería comparado con el ejercicio real; el real es una verdadera batalla para mí: el primer viaje en colectivo. Se me hace un nudo en la garganta cada vez que me imagino sentada otra vez en donde comenzó todo.
Me arremoliné una bufanda bordo al cuello, y elegí la campera más abrigada que encontré colgada en mi guardarropa. Cinco minutos después estaba respirando la brisa violenta y fría de la mañana, que inundó mis pulmones con un aire fresco y rejuvenecedor. Caminé las dos primeras cuadras insegura; a la vista de cualquier fuerza de seguridad podía parecer sospechosa de todos los delitos. Sentía que mis ojos reflejaban una mirada temerosa e indescifrable. Hice las tres cuadras siguientes con alivio. Doblé por Carlos Calvo porque siempre me resultó una calle poco transitada, salvo por algún que otro grupito de adolescentes extraviados y rebeldes que se amontonaban en las esquinas para compartir los primeros cigarrillos o las primera petacas comunitarias. Hoy no había nadie, salvo por una joven parejita de colegiales que se escondía en el hueco del garaje de un edificio gris para darse los primeros besos. Por el resto, me sentí como en un pueblito desértico y adormecido. Se habían enmudecido todo los sonidos; tampoco se oían avanzar autos que mancharan el silencio con los carraspeos de sus motores. Volví sobre mis pasos cuando habían pasado veinte minutos, porque todavía tenía que elegir la parada del colectivo. Retomé por La Rioja, y recordé que sobre Humberto 1°  pasaba el 53. La parada también era compartida por el 126, pero aunque nunca lo tomé con frecuencia recordaba su trayecto de memoria. Me quedé algunos minutos sentada en los escalones de la despensa antigua de la esquina, disfrutando del sol que me alumbraba la cara. En total vi diez colectivos pasar, y cuando contaba el onceavo, sonó el celular. El tono histérico hizo que no la reconociera. Tuvo que gritarme su nombre varias veces. Era Gisella, la hija de Olga. Pasó por alto todo tipo de cortesía: no quiso saber cómo estaba, ni me entretuvo con comentarios sobre el clima. Su pregunta prepotente y acelerada me tomó desprevenida:
 - ¿Quién es Florindo?
No hice ningún tipo de declaración. Cordialmente le sugerí que hablara con su mamá. Y qué sorpresa me llevé. No podía porque Olga había se había ido de la casa hacía dos días.
    

lunes, 27 de agosto de 2012



Tengo miedo de que en cualquier momento suenen las sirenas de la culpabilidad, derrumben la puerta de mi departamento a  patadas y me lleven a rastras por encabezar el comando. Todavía no lo puedo creer. Siento que tengo toda la responsabilidad: mi mejor amigo es un ladrón del patrimonio histórico nacional.
Me desperté temprano y Maxi no estaba, en cambio, en la cocina encontré una nota enganchada en el pico de la pava silbadora, que más que enigmática me pareció infantil; es decir, muy propia de él: “No te puedo acompañar. Fin de la exitosa Operación Maniquí”. El problema no era que no me acompañara en el momento que más lo necesitaba; podía empezar el ejercicio nuevo en otro momento, pero sentí que la estupidez de mi amigo se estaba extendiendo como nunca.
Seguía siendo de mañana cuando me tocó la puerta. Corrí y la abrí emocionada. Me decepcioné. Pensé que Sofía había faltado a la escuela y venía a visitarme, pero no. Era el “Sin Cara” del “B”, corrijo...era Nacho. Me descubrió vestida con los boxers de Martín y la remera blanca con la cara de Humphrey Bogart. Avergonzada, me cubrí con las manos y entorné la puerta con movimientos torpes. Rompió el hielo. De repente, con un dramatismo improvisado se acomodó un sombrero imaginario, bamboleó sus ojos serios sobre los míos, como Bogart en los últimos minutos de "Casablanca" y repitió:
  - Siempre tendremos París.
Ganó. Gracias a su espontaneidad me reí como una tonta. Hizo otros dos chistes que me distendieron. Terminé entornando la puerta totalmente hasta dejar mi ridiculez al descubierto. Se hizo un silencio incómodo; solamente se escuchaba el roce de su mano sobre la puerta de madera y mi pie izquierdo pisando el derecho. La invitación me tomó desprevenida:
  - ¿Vamos a desayunar?
Dudé. No encontré motivos para decirle que no. Me pareció un gesto hermoso. Acepté y, de los nervios, la puerta se me escapó de las manos dando un portazo seco. Estuve lista en media hora; quince minutos estuvieron destinados a vestirme y otros quince resultaron suficientes para arreglar el desastre universal que tenía en el pelo. Cuando salí Nacho seguía en el pasillo. Caminé directamente hacia la escalera. No hizo preguntas y unos pisos después lo descubrí siguiéndome por detrás. 
El camino se hizo eterno. La media cuadra que teníamos que completar se extendió en el horizonte infinitamente, parecía que el bar no quería ser encontrado. La culpa la tenían los comentarios ocurrentes de Nacho que hacían que me detuviera constantemente para doblarme en dos producto de la risa.
El bar estaba desolado. No reconocía a ningún cliente; el único estaba seis mesas más atrás. Era un policía rechoncho atrancándose con una canasta de medialunas. El resto fue un dejà vu. El mismo mozo cantor de la semana pasada nos trajo el menú acompañado por las primeras líneas de “Café la humedad”. El show se repitió cuando volvió haciendo malabares con las dos tazas con café con leche y los dos tostados de jamón y queso, mientras repetía con una voz rasposa y festiva “cara de tramposo y ojos de atorrante, con el pelo largo y la lengua picante...”. Sonaba espantoso. Fue como escuchar un gato sarnoso apaleado. No quisimos herirlo; se lo festejamos, aunque nos arrepentimos cuando volvió a tomarse el atrevimiento de destrozar el hit de Cacho Castaña.
Desayunamos tranquilos. Ninguno de los dos parecía nervioso. Nacho me contó algunas curiosidades de su vida en general, y de su profesión de músico: tiene veintinueve años. Toca la guitarra desde los diez. Su primera banda se llamó "La balada del rey" en homenaje a Elvis Presley, su cantante preferido. También me contó que toca en bares con su mejor amigo, y que da clases de guitarra cuando está ajustado con el dinero. La peor parte fue cuando me tocó hablar de mí; me costó ordenar la información. Escatimé tanto en los detalles que, al final, resulté demasiado evidente. Y Nacho fue tan exacto que estuve a punto de escupirle la espuma en la cara:
- ¿Cómo estás con la agorafobia?
Mi actitud fue previsible: primero no contesté, después negué la afirmación que escondía su pregunta y al final fui sincera. Al parecer Nacho se dio cuenta de mi problema la vez que nos encontramos en la puerta de nuestro edificio; el día que me escondí detrás de la columna para evitarlo. No me supo explicar cómo era que lo sabía. Solamente dijo que tenía una conducta similar a la de su hermano menor, que sufrió el mismo trastorno hace algunos años. Hablar de su hermano hizo que su sonrisa blanquecina se ocultara tras una mueca de angustia, así que desviamos la conversación a otros tópicos.
Una hora y diez después el bar se empezó a llenar con los primeros clientes del mediodía, la mayoría eran empleados que buscaban un respiro en el almuerzo. Como los cuchillos se estrellaban con los tenedores y dejaban nuestras voces en segundo plano, salimos despavoridos. La avenida explotaba de autos pero inmediatamente encontramos paz para nuestros oídos. A diferencia de la ida, el camino de regreso se había vuelto demasiado corto. Quería seguir conversando con él por horas; fui tan impulsiva que me sorprendí: lo invité a tomar un café en mi casa. Consultó el reloj y se disculpó. Tenía que dar clases; era muy tarde para cancelar. Nos despedimos en el pasillo.
La felicidad duró muy poco. En el living me encontré con una imagen absurda, que rondaba, en algún punto, la depravación. Maxi estaba encastrándole un brazo al torso de un maniquí amarillento y polvoriento que estaba recostado sobre el piso. Realmente no sé que fue más terrible, el entusiasmo con que lo dijo, o como zarandeó la mano desarticulada cuando lo dijo:
 - ¿A qué no sabes de quién es?
Fue instantáneo. El mareo arrastró mi cuerpo hasta el sillón. Me quería tapar los oídos; desentenderme de lo que podía llegar a escuchar. Resultó imposible. Su voz se filtró igual. Maxi consiguió el regalo "único" y "extravagante" con la ayuda de uno de los guardias de seguridad del Museo Evita; que tras un largo trabajo de hormiga se las ingenió para contrabandear las extremidades del maniquí del diseñador más famoso del país: Paco Jamandreu.