Estoy emparchada como una
pelota de fútbol. Una pelota escuálida, con nariz de tobogán kilométrico y un
cuerpo atetado que pelotearon sin respiro hasta desinflar. Quizás esta especie
de fobia sea una señal a renunciar a todo lo que hay afuera y encerrarme en mi
casa para terminar siendo una vieja loca come Titas que mata el tiempo siendo
la Robin Hood de los gatos-trepa-techos. Ni siquiera puedo hacer eso porque
vivo en departamento y detesto a los gatos. Si tuviera suficiente valor no
sería yo.
jueves, 17 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
Laura me vino a buscar para ir a la clínica. Llegó una
hora y media más temprano de lo previsto. Le abrí la puerta vistiendo los bóxers que conservo de Martín y los pelos en guerra. Me contó que su suegra estaba
haciendo un curso de crochet para retomar la práctica y que se auto visitaba
todos los domingos en su casa, increpando a la familia con pequeñas bolsas de
supermercado repletas de prendas tejidas. Me contó que su hijo Luqui, estaba
teniendo problemas de conducta en el colegio y que en su última andanza se le
ocurrió clavarle el punzón a su maestra en el culo. Laura tuvo que dar
explicaciones y se defendió alegando que, "la culpa era de la maestra por
enseñarle a los chicos actividades prácticas con armas blancas". Antes de
salir le confesé que tenía miedo. Se rió de manera cómplice y me hizo entrega
de un Clonazepam. Jamás se me cruzó que mi amiga se dopaba. Me dijo que no era
para preocuparse, que sólo los usaba en casos de fuerza mayor, como la última
vez, que fue para evitar escuchar a Franco, su esposo, romperle la paciencia por
el descenso de River. Me lo tomé y esperamos una horita más. Después de
automedicarme, no sentí el cuerpo, no sentí el viaje y tengo vagos recuerdos de
la clínica. Lo que sí recuerdo es la cara de Ted Bundy del psiquiatra que me
atendió y que musitó palabras como “licencia”, “terapia,” “pánico” y
“agorafobia”. Cuatro horas después, me desperté en mi cama tapada con el buzo
de Martín y abollando el papel que certifica que necesito unos cuantos días de
licencia. Había soñado que me perseguía un asesino. Cuando me atrapó, me tenía
en un cuarto oscuro a Titas y Coca.
martes, 15 de mayo de 2012
Es el segundo día que no pude ir. Ni
bien entré a mi departamento dejé todo lo que cargaba, me desnudé y dentro de
la ducha lloré. Lloré todo lo que mi termotanque daba. Nadie quiere un ataque
cardíaco en un colectivo roñoso atiborrado de desconocidos con fragancia a cola
de otoño, yo no soy la excepción. El médico vino alrededor de las 15 hs. Era un
freezer que zarandeaba un nido blanco en la pera. Por un momento imaginé que
en vez del estetoscopio traía regalos. Traté, pero no pude evitar deshacerme de
la idea de un árbol genealógico encabezado por Papá Noel.
- Cuénteme, ¿qué le pasó?
- Creo que tuve un infarto.
Me miró con la cara torcida. Con ese
comentario, por mí, sus siete años de estudio se podían ir bien por la
tangente, por eso me respondió lo siguiente:
- Ajá, ¿y qué más?
Tomé su cara de pocos amigos como una invitación a
callarme y evité por el día sentirme más estúpida. Me revisó lo que creyó
pertinente.
-¿Usted
fuma?
- Sí
-¿Cuánto
fuma?
- Depende
el día.
-¿Cuánto
fuma?
- Un
paquete y medio por día.
- No le
digo que no fume, pero evítelo. Evite también el café,
cafiaspirinas, bebidas energizantes. Nada de ansiolíticos.
cafiaspirinas, bebidas energizantes. Nada de ansiolíticos.
Pensé que ahí terminaba todo, pero agregó algo que
no quería escuchar:
- Es mejor
que consulte a un psiquiatra, lo suyo es emocional.
Cerró su
maletín dando la consulta por terminada. Entendí que hacer otro tipo de
pregunta estaba de más. Así que, dejó unos papeles y se fue. Calculé dos minutos
antes de habilitar el portero. Me preparé un cortado, encendí un cigarrillo
y me acomodé para pensar qué dijo cuando se refirió a “lo suyo es emocional”.
Se me cruzaron mil imágenes que pensé analizar en otro momento. Llamé
nuevamente al trabajo y hablé con Joaquín, el responsable del diseño en la productora y le dije que tenía extensión para dos días. Llamé a mi amiga Laura
que apenas atendió, me inundó de noticias. Cuando colgué, me había olvidado para
qué la necesitaba, así que la volví a llamar y brevemente le expliqué
obstinadamente mi pre infarto. Quedamos en que mañana me lleva en auto a consultar con el “doctor de lo emocional”.
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