jueves, 31 de mayo de 2012


Cualquiera podría pensar que después de estar tanto tiempo encerrada, mis piernas son un bosque enmarañado. Pero no. Hay dos cosas que me prometí: superar lo que tenga que superar, y mantener la piel de mi cuerpo lisa y sedosa como el cutis de un recién venido al mundo. Por el momento, lo segundo es lo que estoy logrando más eficazmente.

miércoles, 30 de mayo de 2012


Es más fácil concertar tomar el té con el presidente de una telefonía, reclamarle una falla en el servicio y terminar abrazados intercambiando aplicaciones a través de Bluetooth, que pedirle un favor a mi hermano. Pablo es de las personas que no soportan que se le pida nada. De los que ante la duda suspiran con antelación. Ya desde chicos, me descolocaba su falta de solidaridad hasta por la más mínima pavada: ¿Pablo, le pones la cabeza que le guillotinaste a mi muñeca? Nada. Aunque no este ocupado con un qué hacer, él necesita de unos momentos para practicar una especie de ritual del cuerpo, que lo estimulen a sintonizarse con una fuerza del más allá y así, arrancar los atrofiados motores de su fofa voluntad. Ayer después de que Florindo se fuera a la “guarida con la jermu”, llamé a mi mamá. A veces pienso que ella tranquilamente podría estar plastificada en las estampitas acariciándole los rulos a San Expedito. Tiene el don de armar frases taladrantes capaces de exacerbar hasta a un monje Tibetano. Por eso, decidí explotar su capacidad, pidiéndole que intercediera por mi causa justa y terminar de una vez por todas con esta "Calefodisea". El "Mamácenter" funcionó exitosamente: conseguí que Pablo viniera a la tarde, (también logré que en estos días mi mamá se auto-invitara para “echarme un vistazo”. Supongo que quiere decir, que va a pasar un rato para asegurarse que tenga suficiente agua y luz para la fotosíntesis).  El calefón ya funciona correctamente. Por otra parte Pablo me comentó que, Juan, su mejor amigo de la infancia se separó de la mujer. A pesar de que hace tres días me revolotean en bandada un sinfín de moscas, y que ya hace unos diesiséis olvidé el olor de los árboles, no pude evitar sonreírme por la noticia.

martes, 29 de mayo de 2012



Llamé a Florindo, el portero, a las 9 hs  y me dijo que no tenía problema en bajar a mi departamento al mediodía. A las dos menos cuarto me tocó la puerta. Entró en la cocina y me pidió disculpas detallando los por menores de su atareada vida que hasta el momento, afortunadamente me era desconocida.
 - No te voy a mentir, la verdad, me quedé mirando el programa de Rial en
    la “guarida” con Susana y después nos quedamos "torrando".
Trajo una caja aparatosa, cargada de herramientas que a simple vista parecían ser inútiles. Evidentemente la carga, hizo que se fatigara en exceso, porque transpiraba a baldazos; tenía la frente tan brillante como una mesita de luz repasada con Blem. 
Cuando comenzó a desmenuzar el calefón, me dijo que la tarea en total iba costar unos $350, y agregó despreocupado que la suma era simbólica. Yo sé  muy bien que mi cara refleja no entender estas cosas, también sé que no hablo como si supiera, y por otra parte sé algo más real: el portero es un chanta. El calefón lo había hecho instalar mi abuela hacía tres años. A pesar de que no funciona como yo quiero,  presiento que está en buen estado. Sin pensarlo dos veces, evité que Florindo terminara de arrancar la carcasa y de inmediato le solté lo que me parecía: me parecía excesivo todo; inclusive cómo estaba tironeando bárbaramente de la chapa para descolocarla. Le faltaba gritar YABADABADÚ, porque parecía Pedro Picapiedras destartalando una rockola. Me encantaría poder transcribir en palabras el diagnóstico que sugirió, pero desconozco el lenguaje del calefón. Ahora escribiendo, sospecho que lo que decía sonaba más a los términos de las partes del motor de un auto. Cuando vio mi cara de murciélago rabioso, trató de rebajar más el precio, diciendo que: “lo hacía por $250, pero no por menos”. Yo no iba a permitirme darle $350 injustificados, y menos aún iba a aceptar su liquidación de $250. A esta altura ya no me interesaba ni siquiera, si se ofrecía hacerlo por unas galletitas de agua con queso; lo quería despachar antes de que me naciera un ferviente deseo de incrustarle los colmillos en la pelada. Le agradecí por haberse molestado en venir y me excusé admitiendo que no podía pagarle la cantidad que me pedía. 
La despedida fue rápida: lo invité a que subiera, porque seguro Susana lo estaba esperando para ver Infama. Con todo esto me aseguré dos cosas; que mi primera impresión de Florindo siempre fue la correcta y que el cuidado de mi piso, y en consecuencia el de los “Locos Vargas”  del "A" y "El Sin Cara” del "B", va a pasar mucho más inadvertido ante sus dos ojos de pez globo.

lunes, 28 de mayo de 2012


Sólo me falta un corte de luz para desentenderme del resto de la humanidad. Me vendría bien, pintarme con un corcho negro, comer mazamorra y empanadas con pasas de uva. 
Pasó hace poco, pero extraño el agua caliente como un viejo amigo que se fue hace meses.  Cada vez que me higienizo siento contracciones en el humor.  Tengo frío con el pelo tendido, cual Rapunzel, en la bacha de la cocina. Me siento cómo en el programa de las Tribus cada vez que me tiro agüita, con la mano hecha cuenco. Lo que más me duele es el chorro helado a -2° del bidet.

domingo, 27 de mayo de 2012

Estamos separados hace 4 meses y 24 días. Sí, es verdad, también podría detallar las horas y los minutos, pero ya me siento una boluda, y dar la nota cronometrada no me ayuda a dejar de serlo. Me enteré por el Facebook de Laura que ahora está “en una relación” con FLA. O sea que pasó de la clandestinidad a algo más serio. Conmigo ni en los últimos meses hubiese puesto que estaba en “algo complicado”. 

sábado, 26 de mayo de 2012


Todavía tengo los restos de shampoo en el oído. Me explotó el calefón. Comencé a bañarme cuando escuché una mini explosión proveniente de la cocina. Automáticamente el agua caliente, dejó de ser caliente para volverse helada, como una catarata meteórica de hielos Rolito. Finalmente terminé sujeta a el palo de la cortina, de la que me prendí hasta con los dientes. De todos modos me enrollé, pero evitó  que rodara por la bañera y me abriera un parietal. Inspeccioné el calefón con cierta distancia y concluí que si indagaba con mano propia, además de terminar perdiendo el calefón del todo, probablemente también lo haría con la  mano. Lo único que me falta para cantar bingo es ser manca. Si dentro de 48 hs la situación no se arregla por sí sola, voy a tener que hacer algo que va en contra de mis leyes naturales: pedirle al portero que se asome por mi departamento para indagar en el artefacto. 
No quiero llamarlo; me enerva como parlotea desde las 6:00 am con los encargados de los edificios vecinos, y me encoleriza más, su manera descarada de fisgonear los culos  locales y visitantes que se pasean por el hall. Pero otra alternativa no tengo.

viernes, 25 de mayo de 2012


Encerré a Capitán en la cocina. A las 16 hs vino Clara, la terapeuta. Cuando abrí la puerta me dio la sensación  de que estaba ayudando a una paciente del Moyano a refugiarse. Clara debe tener unos 55 años perfectamente disfrazados por un pelo rubio de permanente. Lo primero que noté fueron unas alpargatas beige, que eran visiblemente incompatibles con el vestido negro con flores rojas que la envolvía, y un desafortunado saquito verde manzana, que asumí, intentaba aportar un aire más canchero al resto. Pensé que quizás era su uniforme de entre casa y de feriado. Pero lo peor era que no podía dejar de mirarle los dientes. Tiene dientes de conejos, uno más picado que el otro. Le ofrecí café y se encendió un cigarrillo. Cuando terminó de revolver fue directa:
 - Miriam, mi asistente, me adelantó algo, pero decime, ¿por qué  crees  
    vos que necesitás estos encuentros?
 - Me siento mal cuando estoy en la calle.
 - ....
 - Hace ya unos diez días sentí que me iba a morir. Es una sensación que
   que creo, no podría llegar a soportar de nuevo.
 - Bien, ¿ya te había pasado?
 - Sí, pero no tan fuerte.
 - ¿Cómo fue eso?, me refiero al más fuerte.
 - Fue el lunes. Pasó en el colectivo.
 - ¿A dónde ibas?, ¿qué colectivo tomaste? ¿Qué hacías?...
 - .... Viajaba en el 101 hacia la productora, yo soy fotógrafa. Estaba
    sentada muy relajada mirando como un viejo se acomodaba el peluquín    
    discretamente. Evidentemente tan discretamente no. El colectivo 
    aceleró y cruzó en rojo. Quedamos varados en el medio de la Avenida 
    Santa Fe. Los conductores de la mano izquierda parecían estar 
    desmayados sobre los volantes porque los bocinazos eran lineales, 
    parecidos a un ringtone polifónico. Cuando por fin avanzamos un bebé 
    rompió en llanto; lloraba demasiado agudo, como un Nenuco falseado. 
    Todo empeoró cuando empezó a combinarlos con intentos de palabras. 
    Yo no soy muy paciente con los nenes; para mí deberían empezar a 
    hablar cuando dejan de llorar; las dos cosas al mismo tiempo son un  
    cóctel explosivo. Cuando todo pareció normalizarse, de repente, 
    empecé a sentir que el corazón se me deformaba de tanto que latía. 
    Me faltaba el aire; pensé que me iba a morir tendida en el asiento 
    y que mi última imagen iba a ser el e-mail de laloquitadeboca escrito 
    con fibrón negro en el asiento  delantero. Empecé a moverme 
    aparatosamente. El colectivo iba lleno y no quería  que desde afuera se  
    viera que a la novia de Robocop le estaba dando un corto circuito...
 - Continúe.
 - Traté de actuar un poco y no bambolearme tanto. Automáticamente 
    me incorporé de un tirón como expulsada por el mismo asiento.
    Parecía una participante de un programa para ganar plata conducido 
    por Julián Weich. Tenía que bajarme y correr. Me llevé bolsos puestos, 
    gente puesta y puteadas puestas. La gente me impedía el paso. Por un 
    instante fabulé que arrancaba el martillito rojo de emergencias y hacía 
    un túnel en el vidrio. Estuve a punto de gritarles a todos que me estaba
    muriendo que ninguno estaba cooperando para que eso no   
    sucediera...
 - ¿Qué hizo?
 - Me bajé. La gente que pasaba me miraba. No había bolsillo en el 
    que cupiera mi cara de espanto o mis extremidades agarrotadas. 
    Caminé unas cuadras y terminé protegiéndome en el garaje 
    de un edificio de la Avenida Las Heras. Me sentía como una rata  
    asustada escondida en una guarida. Pensé en llamar a Martín, 
    pero sentí que de alguna manera no era lo correcto.
 -¿Quién es Martín?
 - Mi ex novio. Entonces llamé a mi mamá y  lo tenía apagado. Por 
    último  se me ocurrió llamar a mi hermana. Necesitaba contarle a 
    algún conocido que me iba a morir. Después de cuatro o cinco tonos, 
    por  suerte, me atendió.
 - ¿Qué le dijo?
 - ML, me voy morir.
 - ¿Cómo ves lo dicho, ahora?
 - Exageré. No estaba en la camilla de un hospital con una enfermera 
    en mi lecho sosteniéndome el celular para que recitara unas últimas 
    palabras mi familia. Fui una boluda. Pero siento que ella respondió 
    de otra forma aún más boluda.
 -¿Qué te respondió?
 - Con una pregunta: ¿te vas a morir?
Dejamos el episodio de lado. Hablamos de cómo estaba compuesta mi   
familia. Me dijo que lo que sucedió fue indudablemente un ataque de  
pánico. No quiso diagnosticarme más y me aconsejó que hasta que no 
avancemos un poco evitara salir a la calle. Va a volver el próximo 
viernes. Eso quiere decir que me voy a tener que acostumbrar a sus  
dientes. 

jueves, 24 de mayo de 2012


Ayer vino Martín. Como no quiero confesarle que estoy en crisis, decidí no dar pena y armé un plan: todo iba a darse muy “casual”. Él iba a llegar a las 19 hs, hora en la que yo, teóricamente también estaría llegando de la productora o de algún exterior. Así que me vestí como si hubiese ido a trabajar. En verdad, quise demostrarle que la soltería estaba sacando la mujer faltal que tengo escondida en algún hueco invisible de mi guardarropa. Creo que se notó, porque me faltaban unas luces intermitentes para terminar de ser un arbolito de navidad. Limpié la casa, incluyendo el balcón, y coloqué estratégicamente pendiendo de un imán de la puerta del freezer, un papel agenda en donde me inventé actividades programadas para el resto de la semana:

“Viernes: Yoga 16 hs. Muestra de arte de segunda mano. Cena en Cleo”
“Sábado: Asado en lo de Jimena. (Llevar vino)”
“Domingo: Cine con Lau (avisar a Maxi). Reorganizar entrega del lunes”

Martín y yo solíamos hacerlo, para saber nuestros horarios. No quería que se le cruzara que estaba inactiva cargando Gatti para los felinos del vecindario. Cuando tocó el timbre lo invité a que subiera. Le abrí la puerta, monté mi mejor cara de cumpleaños sorpresa y le dije:
- Perdón, recién acabo de llegar.
- Sí, veo. Tenés la cartera puesta todavía.
Me invitó a tomar un café afuera, porque el departamento "le traía muchos recuerdos”. Por supuesto que le dije que no; lo evadí diciendo que estaba muy cansada y rápidamente le batí un instantáneo con mi super brazo Top House, antes de que insistiera con el bar de la esquina. No hablamos mucho, lo más interesante fue cuando me preguntó:
- ¿En qué andás?
- Lo de siempre. Mucho, pero mucho trabajo. Hay un auge en     
  construcciones recicladas. Explota todo, increíble. También saliendo 
  mucho, con Lau y con Maxi, ya sabés. Vamos de acá para allá. Somos
  como la perinola; arrancamos y no paramos más. No me puedo quejar,   
  ¿y vos, en qué andas?
 - Mañana me voy a México tres días a presentar las publicidades que  
   grabamos para la empresa que las financia, voy a ver si me quedo una  
   semanita y  recorro Playa del Carmen.
 - Pero qué bien, ¿vas solo, te acompaña uno de los chicos o vas con FLA?
 - Y sobre el transcurso veremos...¿Capitán cómo está?
Por ahora bien, pero miralo por última vez porque te lo hago empanada.

miércoles, 23 de mayo de 2012


Recién llamó Martín. Hoy a la tarde pasa a buscar unas cosas que dejó oxidándose en mi casa y además, viene a visitar a Capitán. Me hubiese gustado que en algunas cuestiones demostrara ser menos miserable y se hubiera a dignado a pagar un flete para que se llevara sus porquerías de una, en vez jugar a la hormiguita trabajadora con su Peugeot 504. En el fondo tengo muchas ganas de verlo, pero también no voy a negar que fantaseo con que se hernie cada músculo cargando las cajas de mi odio. Qué me importa, en estos casos estoy a favor de la solidaridad y darle un poquito a cada uno lo que se tiene por de más. La última vez que discutimos, pero no estando de novios, fue por Capitán. Capitán es nuestro perro, aunque, su antojo. Yo no quería un perro en nuestra (mi) casa. Según el, quiso darme (darse) una sorpresa, entonces, me (se) compró un perro. A mi me encantan los animales, pero soy partidaria de los micro animales, que no son ocupas de la mayor parte de los ambientes hechos para humanos. Capitán mide lo suficiente como para molestarme y pesa más que mis ganas de no tenerlo. Cuando nos peleamos fue la víctima  de la separación. Yo estaba dispuesta a envolverlo en una caja, hacerle suficientes agujeritos en los cuatro lados y dárselo con un moño. No porque no lo quiera. Yo amo a este perro. Pero es  la muestra certera con cola, de que la relación por la que aposté durante cuatro años era una tremenda fantochada. Martín se estaba por mudar a un dos ambientes y consideraba que alquilar algo más grande no eran razones suficientes para contener al “bebé”. Por otra parte, el locador no aceptaba “bichitos”. Yo jamás de los jamases le hubiese alquilado a ningún fenicio que utilizara la palabra “bichitos”, para denominar la amplia gama del reino animal. Ahora, tampoco entiendo como conviví cuatro años con un tarado que se refería a nuestro perro con el apodo de “bebé”... ¡A mí me decías Pinochita, salame! Dos días antes de mudarse, me dijo:
 -Pinochita, ¿por qué no lo hablamos?
 -No, Martín. Te vas, ya no te amo más.
En ese momento me hubiese gustado ser una Pinochita en serio, porque ante la mentira mi nariz hubiese crecido lo suficiente como para atravesarle las vísceras.

martes, 22 de mayo de 2012

Querido blog...
No recuerdo exactamente cómo fue la conversación con René. René fue, hasta más o menos dos años, mi terapeuta. Se jubiló anticipadamente y se fue a vivir una vida más relajada con su novio a Mar del Plata. En la tercera o cuarta sesión él me habló de experimentar con la escritura.
- Fernanda, en pocos casos suelo interferir y hacer recomendaciones.
   Para vos comunicarte es un trabajo. Te voy a sugerir lo siguiente:
   escribí aquello que te obligás a callar. Vas a empezar a familiarizarte
   con tus emociones.
- René, ¿me estás recomendando jugar a un “querido diario”?
- Es correcto si querés interpretarlo así.
- Sí, pero hay algo incorrecto, yo no soy de onda Ana Franz. Tengo 24     
  años y ya me crecen pelos ahí abajo.
- Frank
-  ...
No sé por qué dije Franz. René no me respondió y continuamos como decía él: “trabajando”. Un tiempo después, llegué más temprano al consultorio y me detuve en la placa de la puerta. Por primera vez razoné su apellido. René era judío. No fue para tanto pero sé que se ofendió. A partir de ahí el tema diario quedo en la nada. 

lunes, 21 de mayo de 2012


Como en una película de suspenso, escuché unos pasos fofos que se acercaban lentamente por el pasillo. De manera insegura, vi como un volante con una súper oferta de un pollo rostizado con fritas a $60 de “Lo de Paco Delivery”, se asomaba por debajo de mi puerta. En el reverso estaban las especialidades que ejercían mis vecinos. Además de enterarme la buena noticia del pollo y de que había una ginecóloga, encontré lo que precisaba: una terapeuta. Después de deambular por los tres ambientes y jugar con Capitán, me armé de fuerzas y llamé. Me atendió Miriam, la asistente de Clara, la terapeuta, que brevemente me pidió que detallara para qué quería un encuentro. Para mi buena suerte Miriam consiguió ajustarle un poco la agenda. Tengo horario para el viernes y a domicilio, como el pollo.

domingo, 20 de mayo de 2012


Por la tarde vinieron mi mamá y ML, mi hermana. Todo empezó mal desde que se bajaron del auto para tocar el timbre. Según mi mamá soy una desagradecida por “siquiera bajar a recibirlas”. Durante el viaje, evidentemente, se olvidó de la parte que vino a visitarme porque estoy turuleka. Así que discutimos cinco minutos por el portero eléctrico, hasta que mi hermana se cansó de nosotras y de como los vecinos del edificio se enteraban, por los griteríos, de nuestras diferencias.  Apenas le abrí la puerta me soltó un:
 - Estás terrible. Horrible, nena.
Mi mamá no estaba mejor que yo, así que no me preocupe. Además, ya sé que estoy terrible y horrible. Yo la quiero, pero después de que mi papá la dejó por una japonesa veterana oriunda de Nueva York y que su madre murió, sé que las cosas no son fáciles para ella: su nuevo hobbie son las compras compulsivas y tirar zeppelines en la cara a la que está más dispuesta a  recibirlos, o sea yo, porque a mi hermana y mi hermano si bien les pasa rozando, no les emboca. Como no podría ser de otro modo, comenzó criticando mi vajilla (que no es mía, es de su madre) manifestando que no estaban hechas a la altura de las masitas que “con esmero seleccionó”. Después criticó a Capitán; “el perro roñoso con olor a riachuelo que me regaló el-divino-de-Martín”. Así que tuve que encerrar al pobre animal, para que no le ensuciara sus “inmaculadas prendas bien selectas”. Mi hermana tiene el don de la templaza, así que en ningún momento la vi encolerizándose. Para ella estaba todo bien. La verdad es que si alguien me hubiera susurrado las palabras claves de apoyo, hubiese superado todos mis miedos, únicamente para pasearla por el medio de la Avenida San Juan, a que sintiera las caricias de unas cuantas llantas  para luego traerla de nuevo a seguir masticando sus masitas de pedigrí.
 -¿Por qué no llamas al santo de Martincito para que te venga a hablar?
 - Mamá...Martín y yo no vamos a volver.
 - Pero si es tan divino, caballerísimo. Nena, te va a ayudar.
Yo creo que si mi mamá se las empeña conmigo, es porque de alguna manera ella sabe que sigo su camino. Claramente está proyectando. Ella quiere volver con su ex marido, pero su ex marido no tiene intenciones de volver con ella. La diferencia es que yo sí quiero terminar con esta vida roñosa con olor a riachuelo.

sábado, 19 de mayo de 2012

Ayer por la noche vinieron Laura y Maxi. Para mí tranquilidad, pasaron por el supermercado y  me llenaron las alacenas con comida y la mesita de luz con cigarrillos. Noté a los dos muy preocupados, tanto, que se las dieron de Gato Dumas y me atiborraron de platos. Tomamos dos botellas de vino y terminamos en el piso haciendo un balance cruzado de cómo estamos encarando la vida antes de llegar a los 30. Mi vida la interpretó Maxi comparándose con un helecho. 
Fue gracioso, pero me dolió. Franco no podía encender el horno para calentar la comida así que, Laura, tuvo que irse más temprano. Maxi se quedó a dormir. Es una cosa habitual; antes de ser mi mejor amigo fue mi novio y después de novios nos dimos cuenta de que lo hicimos para no estar solos. No tenemos nada en común, pero no hay persona en la que confíe más que él, aparte de Laura. Poniéndonos los pijamas, arruinó todo:
- Encerrándote en tu casa no vas a solucionar nada, ¿lo sabés, no?
Hay veces que me olvido que es hombre y le brota esa insensibilidad de 
los genitales.                
- Estoy trabajando en eso. Ya lo voy a ir resolviendo.
-¿Cuál es el plan?
- Estoy viendo. Tengo un mes para solucionarlo.
- Mirá Fer, por lo que vi, estás trabajando mucho todos los días, pero en  
  extirparte hasta el último pelo de las axilas y cuidar de no saltearte las
  Titas de las seis comidas. Ni siquiera salís al balcón. Es un cementerio 
  de mierda y de bolsas de basura, tu perro camina por ahí. Vas a cumplir 
  27 años y estas hecha  una pelotuda. Martín se fue, no va a volver. Tu 
  abuela estaría muy triste viéndote así.
Cuando mencionó lo de mi abuela, de repente, me afloraron unos mocos que no pude contener.
- ¡Sos un pelotudo!
- Vos sos la pelotuda.
Y me desaté.
- No, vos. Vos también tenés quilombos y yo no te pongo bombas donde 
  te duele. Si no te gusta tu trabajo salí a buscarlo. Te vas a quedar toda 
  toda tu vida en una librería de mierda, con un sueldo de mierda,  
  pidiéndole a tu viejo préstamos para el alquiler de mierda. Vos   
  también podrías hacer lo que quisieras, ¿ves?, sos un pelotudo.
- No, por lo que decís soy una mierda.
Me di vuelta y apagué la luz. Cada uno durmió bien lejos del otro, como un matrimonio que manifiesta abiertamente no tolerarse. Estuve mucho tiempo mirando la pared. Ninguno estaba equivocado.

viernes, 18 de mayo de 2012


Intenté salir. Intenté verme agradable. Soy una misión imposible. En estos últimos cuatro meses trato de jugar al vampiro y no reflejarme en el espejo.  Además de verme como una tabla de planchar, tengo la sensación de estar en medio de una explosión hormonal de arrugas. Cuando salí del departamento todo estaba de maravilla. En el ascensor, todo seguía igual. Los primeros pasos en la calle comenzaron a molestarme. Y cuando llegué a completar menos de treinta metros, me desperté antes de la pesadilla y encontrarme con ESO. Otra vez los sonidos comenzaron a ser más fuertes y empezaba a faltarme el aire. Así que evité avanzar casilleros y volví sobre mis pasos. Vi como Don Florindo, el portero, miraba culos mientras repasaba los vidrios y extrañamente sentí alivio. Iba a subir por las escaleras, pero se me ocurrió preguntarle:
Florindo, ¿el edifico es apto profesional, no?
Sí, ¿por qué?
Qué curioso que sos Florindo, ¿estás seguro que tenés pito?
- Por urgencias, ¿me podría anotar a qué se dedica cada uno 
   en un papelito?
- ¿Buscás uno en particular?
Chusmatología para sacarte turno.
- No, para saber.

jueves, 17 de mayo de 2012

Estoy emparchada como una pelota de fútbol. Una pelota escuálida, con nariz de tobogán kilométrico y un cuerpo atetado que pelotearon sin respiro hasta desinflar. Quizás esta especie de fobia sea una señal a renunciar a todo lo que hay afuera y encerrarme en mi casa para terminar siendo una vieja loca come Titas que mata el tiempo siendo la Robin Hood de los gatos-trepa-techos. Ni siquiera puedo hacer eso porque vivo en departamento y detesto a los gatos. Si tuviera suficiente valor no sería yo.  

miércoles, 16 de mayo de 2012

Laura me vino a buscar para ir a la clínica. Llegó una hora y media más temprano de lo previsto. Le abrí la puerta vistiendo los bóxers que conservo de Martín y los pelos en guerra. Me contó que su suegra estaba haciendo un curso de crochet para retomar la práctica y que se auto visitaba todos los domingos en su casa, increpando a la familia con pequeñas bolsas de supermercado repletas de prendas tejidas. Me contó que su hijo Luqui, estaba teniendo problemas de conducta en el colegio y que en su última andanza se le ocurrió clavarle el punzón a su maestra en el culo. Laura tuvo que dar explicaciones y se defendió alegando que, "la culpa era de la maestra por enseñarle a los chicos actividades prácticas con armas blancas". Antes de salir le confesé que tenía miedo. Se rió de manera cómplice y me hizo entrega de un Clonazepam. Jamás se me cruzó que mi amiga se dopaba. Me dijo que no era para preocuparse, que sólo los usaba en casos de fuerza mayor, como la última vez, que fue para evitar escuchar a Franco, su esposo, romperle la paciencia por el descenso de River. Me lo tomé y esperamos una horita más. Después de automedicarme, no sentí el cuerpo, no sentí el viaje y tengo vagos recuerdos de la clínica. Lo que sí recuerdo es la cara de Ted Bundy del psiquiatra que me atendió y que musitó palabras como “licencia”, “terapia,” “pánico” y “agorafobia”. Cuatro horas después, me desperté en mi cama tapada con el buzo de Martín y abollando el papel que certifica que necesito unos cuantos días de licencia. Había soñado que me perseguía un asesino. Cuando me atrapó, me tenía en un cuarto oscuro a Titas y Coca.

martes, 15 de mayo de 2012

Es el segundo día que no pude ir. Ni bien entré a mi departamento dejé todo lo que cargaba, me desnudé y dentro de la ducha lloré. Lloré todo lo que mi termotanque daba. Nadie quiere un ataque cardíaco en un colectivo roñoso atiborrado de desconocidos con fragancia a cola de otoño, yo no soy la excepción. El médico vino alrededor de las 15 hs. Era un freezer que zarandeaba un nido blanco en la pera. Por un momento imaginé que en vez del estetoscopio traía regalos. Traté, pero no pude evitar deshacerme de la idea de un árbol genealógico encabezado por Papá Noel.
- Cuénteme, ¿qué le pasó?
Creo que tuve un  infarto.
Me miró con la cara torcida. Con ese comentario, por mí, sus siete años de estudio se podían ir bien por la tangente, por eso me respondió lo siguiente:
 - Ajá, ¿y qué más?
Tomé su cara de pocos amigos como una invitación a callarme y evité por el día sentirme más estúpida. Me revisó lo que creyó pertinente. 
 -¿Usted fuma?
- Sí
 -¿Cuánto fuma?
 - Depende el día.
 -¿Cuánto fuma?
 - Un paquete y medio por día.
- No le digo que no fume, pero evítelo. Evite también el café,   
   cafiaspirinas, bebidas energizantes. Nada de ansiolíticos.
Pensé que ahí terminaba todo, pero agregó algo que no quería escuchar:
 - Es mejor que consulte a un psiquiatra, lo suyo es emocional.
Cerró su maletín dando la consulta por terminada. Entendí que hacer otro tipo de pregunta estaba de más. Así que, dejó unos papeles y se fue. Calculé dos minutos antes de habilitar el portero. Me preparé un cortado, encendí un cigarrillo y me acomodé para pensar qué dijo cuando se refirió a “lo suyo es emocional”. Se me cruzaron mil imágenes que pensé analizar en otro momento. Llamé nuevamente al trabajo y hablé con Joaquín, el responsable del diseño en la productora y le dije que tenía extensión para dos días. Llamé a mi amiga Laura que apenas atendió, me inundó de noticias. Cuando colgué, me había olvidado para qué la necesitaba, así que la volví a llamar y brevemente le expliqué obstinadamente mi pre infarto. Quedamos en que mañana me lleva en auto a consultar con el “doctor de lo emocional”.