Ayer, chateando con mi
hermana, develamos que posiblemente mi departamento se encuentre contaminado
con un aura negativa. Por eso, hoy, después de remojarme dos
horas el cerebro con unos vídeos introductorios a los conceptos
básicos del Feng Shui, terminé arrastrándome por todos los cuartos para
fulminar con la mirada a aquellos objetos sospechosos, posibles
responsables de perturbar mi paz mental. Me faltaron dos líneas negras en
cada cachete, cantar el Haka y plantarme un cinturón cruzado cargado con
un martillo de fantasía y una pinza imaginaria. De todas formas, después de un
largo ejercicio de observación terminé concluyendo que lo mejor era contratar
una buena aseguradora, sumarle unos ladrillos al changuito online de Easy
y detonar una bomba motolov en cada ambiente. Al parecer, mis ventanas, mis puertas y demás
objetos inamovibles, se oponen a la correcta orientación predicada por los sabios de Oriente; también concluí que para llevar a la práctica sus teorías
de Penthouse es requisito excluyente disponer de una cuenta encubierta en Suiza. La realidad es que solamente alcancé a ahumar la casa con
un sahumerio verde manzana con aroma a insecticida del monte, a enduir las
raquíticas patas de la mesa de la cocina (e interrumpirle la terapia
canina a Capitán) y por último, a deshacerme del felpudo apolillado del recibidor. Después de examinarlo un buen
rato, me sorprendí al darme cuenta que
las inscripciones delataban el estado sentimental en el que me encontraba hace
unas semanas atrás: la “w” de WELCOME había desaparecido (como mi relación con
Martín), en cambio ahora podía leer “ELCOME” (él va a venir). Sospecho que
tirarlo al tacho, junto con ocho bordes de pan lactal, fue un buen
síntoma. Quizás, ya no lo espero.
lunes, 18 de junio de 2012
domingo, 17 de junio de 2012
Desde que mi papá se separó de mi mamá y se fue a vivir con la japonesa a Uruguay, bautizamos al día del padre como el
día del martirio.
Durante estos últimos tres años, para evitar que mi mamá se lacerara las muñecas con los plásticos internos de los álbumes de fotos, mis hermanos y yo encontramos una solución noble: nos turnamos y la visitamos sorpresivamente.
Como mi hermana está en Salta y yo no puedo salir, este año le tocó a Pablo.
Durante estos últimos tres años, para evitar que mi mamá se lacerara las muñecas con los plásticos internos de los álbumes de fotos, mis hermanos y yo encontramos una solución noble: nos turnamos y la visitamos sorpresivamente.
Como mi hermana está en Salta y yo no puedo salir, este año le tocó a Pablo.
Realmente nos sentíamos estafadas. El entretenimiento que nos habían
prometido "Los
locos Vargas" se estaba retrasando. Lo único que se escuchó durante
un buen rato fueron los repetidos "pips" provenientes del "Coco Chillón". Pero sucedió; la nena de los
“Locos Vargas” fue desterrada al pasillo: Laura se preparaba para salir cuando, súbitamente, un portazo seco nos
alertó. Instantáneamente nos apiñamos sobre la mirilla para ver a la chica deambular, ida y vuelta, por el pasillo. Cuando pasaron quince
minutos comenzó a tocar incansablemente la puerta y como no le
abrían se largó a llorar. Lo que vimos a continuación fue indignante: desde el
interior de la casa, algún integrante del clan, le hacía llegar por debajo de
la puerta pequeños papeles. Supusimos que algo le debían escribir, porque cada vez que recibía uno el torrente de
lágrimas se acrecentaba más. Afortunadamente, después de una inoportuna discusión en la que debatíamos si intervenir (y socorrerla) o abstenernos (y seguir participando en el Gran
Hermano), escuchamos que "El Sin Cara” del "B" salía de su casa.
Por suerte, se acercó y le tocó la puerta a los Vargas. Inmediatamente, cuando
el abuelo Vargas se decidió a abrir, el resto de las mujeres (la abuela y
la madre de la nena) se amotinaron en la entrada y acusaron al “Sin Cara”
de robarle en repetidas oportunidades el diario del domingo; desde la distancia
nos llegaba el cántico despectivo, que repetían al unisono: "ladrón, vos sos ladrón". "El Sin Cara" lo desmintió y se defendió acusando a los
Vargas de ser “unos ocupas maltrata menores”. Todo terminó
terrible para él, que pasó de no tener cara (nunca lo vi salir) a no
tener nariz; porque ante la ofensa el abuelo Vargas no dudo en propinarle un buen puñetazo. Mientras se recuperaba, Los Vargas, secuestraron a la víctima al interior de la casa.
Realmente lo que pasó me dio mucha culpa; los verdaderos responsables de la desaparición de los diarios fuimos Martín y yo. Capitán siempre traía diarios mordisqueados pero nunca nos preguntamos de dónde los sacaba.
Realmente lo que pasó me dio mucha culpa; los verdaderos responsables de la desaparición de los diarios fuimos Martín y yo. Capitán siempre traía diarios mordisqueados pero nunca nos preguntamos de dónde los sacaba.
sábado, 16 de junio de 2012
Nuevamente llegó la guerra. Hoy, los "Locos Vargas" madrugaron y con ellos, también sus amenazas. Por los alaridos que desde las once de la mañana se vienen filtrando por las porosidades de todas mis paredes, puedo decir que el conflicto es el mismo: la nena de los “Vargas” desea ir a bailar, pero su mamá y sus abuelos no la dejan; por eso están a los gritos pelados haciendo cómplice a todo el edificio de sus intimidades.
Como sospechamos que los rugidos están aproximándose de a poco al clímax, en este momento, Laura (contaminada por la violencia de estas últimas horas), está mutilando aceleradamente un queso Mar del Plata sobre la mesada de la cocina con el objetivo de unirlo, lo más rápido posible, a la picada que improvisamos para disfrutar el espectáculo.
Martín, que fue uno de los primeros testigos de las batallas campales, me había comentado haber visto, como la madre Vargas le incautaba el dinero y las llaves a la chica, para luego exiliarla al pasillo común. Estamos esperando.
Como sospechamos que los rugidos están aproximándose de a poco al clímax, en este momento, Laura (contaminada por la violencia de estas últimas horas), está mutilando aceleradamente un queso Mar del Plata sobre la mesada de la cocina con el objetivo de unirlo, lo más rápido posible, a la picada que improvisamos para disfrutar el espectáculo.
Martín, que fue uno de los primeros testigos de las batallas campales, me había comentado haber visto, como la madre Vargas le incautaba el dinero y las llaves a la chica, para luego exiliarla al pasillo común. Estamos esperando.
viernes, 15 de junio de 2012
El próximo lunes debería reincorporarme al trabajo pero aunque así lo quisiera, con lo del martes, me demostré que todavía no estoy en condiciones. Por eso me armé de paciencia, imaginé ser una plancha de pasto y llamé a la
productora para dejarme pisotear.
Hablé con Joaquín, el jefe de diseño, que me atendió de mala gana y me dijo que en cuanto se desocupara iba a devolver la llamada. Esperé toda la mañana y todo el mediodía, pero jamás se acordó. Por eso volví a molestarlo de nuevo. Cuando me atendió me dejó vagando en el limbo de la línea. Para hacerme más llevadera la espera, la musicalizó con unos villancicos subliminales. Antes de que la melodía infernal me despertara convulsiones preferí llamarlo a su celular:
Hablé con Joaquín, el jefe de diseño, que me atendió de mala gana y me dijo que en cuanto se desocupara iba a devolver la llamada. Esperé toda la mañana y todo el mediodía, pero jamás se acordó. Por eso volví a molestarlo de nuevo. Cuando me atendió me dejó vagando en el limbo de la línea. Para hacerme más llevadera la espera, la musicalizó con unos villancicos subliminales. Antes de que la melodía infernal me despertara convulsiones preferí llamarlo a su celular:
- Escuchame Joaquín, yo sé que no estás ocupado. No tengo problema
en esperar pero si solamente vas a perpetuarme en el teléfono para
escuchar estos jingles navideños, decímelo. Sí, estoy en mi casa,
pero eso no significa que esté cambiando los canales del televisor
con un practi palo desde la cama. Estoy haciendo terapia para salir
otra vez, por mí y por mis obligaciones. Sos mi jefe y te respeto, y
como te respeto también me debes algo de respeto a mí. Te estoy
tratando de pedir algo que realmente necesito. Necesito extender la
licencia. Vos por obligación me tenés que escuchar. Soy tu empleada;
una muy buena empleada que está pasando por un mal momento, y
que en su mal momento igualmente sigue mandándote el trabajo
desde casa. Por otra parte yo no creo que exista ningún contrato de
trabajo que ampare semejante explotación. Recordá que para tu mala
suerte estoy en blanco.
en esperar pero si solamente vas a perpetuarme en el teléfono para
escuchar estos jingles navideños, decímelo. Sí, estoy en mi casa,
pero eso no significa que esté cambiando los canales del televisor
con un practi palo desde la cama. Estoy haciendo terapia para salir
otra vez, por mí y por mis obligaciones. Sos mi jefe y te respeto, y
como te respeto también me debes algo de respeto a mí. Te estoy
tratando de pedir algo que realmente necesito. Necesito extender la
licencia. Vos por obligación me tenés que escuchar. Soy tu empleada;
una muy buena empleada que está pasando por un mal momento, y
que en su mal momento igualmente sigue mandándote el trabajo
desde casa. Por otra parte yo no creo que exista ningún contrato de
trabajo que ampare semejante explotación. Recordá que para tu mala
suerte estoy en blanco.
- No son jingles, es Verdi. Fernanda, si estás de acuerdo no se te
envía nada más. Sí, sos una muy buena empleada. Quiero que
te mejores y vuelvas pronto.
Hoy, Clara, vino un poco más tarde. La sumatoria de hechos, hizo que mi malhumor traspasara los límites de lo soportable. Veía todo gris, inclusive los dos palillos gigantes, decorados con plumas, que le atravesaban la mini-bola de pelos. Lo que de ninguna manera pude ver gris, fueron precisamente las plumas: me perforaban la vista; tenían los colores característicos de un pavo real. Vista de frente parecía que escondía un plumífero entre la maraña. Clara, instantáneamente, notó que algo me pasaba. Le detallé lo sucedido con Martín, la charla reciente que había tenido con Joaquín, y también terminé descargándome con ella:
- Clara, disculpame que no pueda separar las aguas pero siento que
no estamos avanzando. Ya pasó un mes y yo sigo acá encerrada.
Me parece que esto no está funcionando.
- ¿A qué te referís con "esto"?
- A las conversaciones, a la terapia. Yo quiero ir a trabajar, salir con
mis amigos, ir al supermercado, sacar a pasear a Capitán...
- Fernanda, lo que te pasa a vos se remonta a meses. Quizás hasta
años. Recién estamos en la cuarta sesión. Vos tenés una fobia, no
un mal corte de pelo o una uña encarnada. Recuperarse de una fobia
tiene su proceso. Necesito que te tengas paciencia y me la tengas a
mí. La próxima semana vamos a empezar con los ejercicios y te
necesito entera.
envía nada más. Sí, sos una muy buena empleada. Quiero que
te mejores y vuelvas pronto.
Hoy, Clara, vino un poco más tarde. La sumatoria de hechos, hizo que mi malhumor traspasara los límites de lo soportable. Veía todo gris, inclusive los dos palillos gigantes, decorados con plumas, que le atravesaban la mini-bola de pelos. Lo que de ninguna manera pude ver gris, fueron precisamente las plumas: me perforaban la vista; tenían los colores característicos de un pavo real. Vista de frente parecía que escondía un plumífero entre la maraña. Clara, instantáneamente, notó que algo me pasaba. Le detallé lo sucedido con Martín, la charla reciente que había tenido con Joaquín, y también terminé descargándome con ella:
- Clara, disculpame que no pueda separar las aguas pero siento que
no estamos avanzando. Ya pasó un mes y yo sigo acá encerrada.
Me parece que esto no está funcionando.
- ¿A qué te referís con "esto"?
- A las conversaciones, a la terapia. Yo quiero ir a trabajar, salir con
mis amigos, ir al supermercado, sacar a pasear a Capitán...
- Fernanda, lo que te pasa a vos se remonta a meses. Quizás hasta
años. Recién estamos en la cuarta sesión. Vos tenés una fobia, no
un mal corte de pelo o una uña encarnada. Recuperarse de una fobia
tiene su proceso. Necesito que te tengas paciencia y me la tengas a
mí. La próxima semana vamos a empezar con los ejercicios y te
necesito entera.
jueves, 14 de junio de 2012
La de las llamadas no fue FLA. Todo tuvo un final inesperado y patético. Como no estaba dispuesta a someterme ni un segundo más a jugar a "La llamada", con quién yo creía que era (FLA), durante toda la mañana y toda la tarde anestesié el celular. Cuando volví a encenderlo, lo encontré infectado de llamadas perdidas provenientes del número privado. Me acomodé el casco, preparé el arma y esperé a que volviera a atacarme nuevamente. Apenas sonó, atendí. Después de que agotara toda la podredumbre de sus pulmones por el auricular, me adelanté y amablemente le dije:
- FLA, ya sé que sos vos. No quiero escuchar nunca más, tus pulmones
obsesivos. Basta.
Y corté. Sinceramente, pensé que la advertencia había sido lo suficientemente contundente como para ponerle fin a este thriller psicológico; pero a los veinte minutos volvió a molestar. El incesante torbellino, proveniente de "su" respiración, me había despertado una angustia que estuve obligada a exteriorizar:
- Mirá, nena, ponete un disfraz de la Pantera Rosa y estrangulame con
la cola mientras duermo, pero dejá de torturarme por teléfono.
la cola mientras duermo, pero dejá de torturarme por teléfono.
- ...
Inexplicablemente, me largué a moquear sobre el aparato.
- ¡Fer!, ¡no llores!... soy yo, Martín.
Al escuchar la voz de Martín, se me acalambró el corazón. De todas maneras, no pude atajar a tiempo las cadenas rotas de la vulgaridad:
-¿Qué te pensás que soy un 0-800, pelotudo? Andate a la puta que
te parió.
Y volví a cortar. Hasta ahora, Martín no volvió a llamar.
Al escuchar la voz de Martín, se me acalambró el corazón. De todas maneras, no pude atajar a tiempo las cadenas rotas de la vulgaridad:
-¿Qué te pensás que soy un 0-800, pelotudo? Andate a la puta que
te parió.
Y volví a cortar. Hasta ahora, Martín no volvió a llamar.
miércoles, 13 de junio de 2012
La llamada acosadora que recibí pasadas las
19:30 me alarmó, porque automáticamente hasta las 20:10 recibí ocho timbrazos
continuos (no atendí el portero). Durante las breves pausas de los últimos dos
"rings", el número privado volvió a arremeter, y yo, me volví a dejar
acosar por la respiración del gnomo chupa helio. FLA yo sé que sos vos.
martes, 12 de junio de 2012
Desoí los consejos de Clara e intenté auto abastecerme, pero sólo quedó en eso, intentos.
Volví antes de que mi vestimenta y mis contorsiones panicosas despertaran, aún más, la atención de los peatones curiosos. Podría haber logrado un vestuario menos llamativo, pero como el cambio de estación todavía no llegó a mi armario me decidí por lo sencillo, tapizarme con lo que tenía a mano: la campera gris espacial que encontré en la caja de las donaciones. Como el párpado todavía estaba enrojecido, concluí que lo mejor era hacerle un revoque con base. Después de varios intentos, al ver que estaba más cerca de parecerme a un oso panda que de taparlo, renuncié y lo dejé al natural.
En el hall, me sorprendí a mí misma cuando pude despegar los labios para esbozar una simpática sonrisa a Florindo. Ni siquiera me molestó ver cómo desde lo alto de la escalera plegable bamboleaba los pelos de su buzarda; tampoco se me cruzó ningún reproche interno, cuando me vi obligada a transitar la pista con obstáculos (de bártulos innecesarios) que había montado en el pasillo, para poder cambiar una mísera dicroica.
Abandoné el umbral con un estado de ánimo óptimo: estaba decidida a llegar al supermercado "Huang Lee" de enfrente. Automáticamente, apenas empecé a caminar, sentí que un sindicato de plumeros se ponía de acuerdo para cosquillearme compulsivamente el corazón. De todas maneras, para no despertar la curiosidad de Florindo, intenté completar cincuenta metros y retrasar mi llegada. Cuando pude lograr pararme en la esquina, noté que una nena pecosa me señalaba indiscretamente susurrándole a su mamá (también pecosa), algo al oído. La realidad es que yo también me hubiese señalado; la apariencia general que daba era la de una longaniza tuerta acalambrada envuelta dentro un papel metalizado. Mientras la mamá pecosa le zamarreaba las trenzas a la nena y la distraía con un perro salchicha tricolor, pude escuchar que le decía: "no se señala a las personas con defectos, Bianca, acordate que son personas". Sentía que, poco a poco, el corazón se me achicharraba hasta alcanzar las proporciones de una pasa de uva. Preferí no hacer público el parecido de sus caras con unas Pepitos Triples, en vez de eso, me tapé el ojo con la palma de mi mano y volví a casa.
Volví antes de que mi vestimenta y mis contorsiones panicosas despertaran, aún más, la atención de los peatones curiosos. Podría haber logrado un vestuario menos llamativo, pero como el cambio de estación todavía no llegó a mi armario me decidí por lo sencillo, tapizarme con lo que tenía a mano: la campera gris espacial que encontré en la caja de las donaciones. Como el párpado todavía estaba enrojecido, concluí que lo mejor era hacerle un revoque con base. Después de varios intentos, al ver que estaba más cerca de parecerme a un oso panda que de taparlo, renuncié y lo dejé al natural.
En el hall, me sorprendí a mí misma cuando pude despegar los labios para esbozar una simpática sonrisa a Florindo. Ni siquiera me molestó ver cómo desde lo alto de la escalera plegable bamboleaba los pelos de su buzarda; tampoco se me cruzó ningún reproche interno, cuando me vi obligada a transitar la pista con obstáculos (de bártulos innecesarios) que había montado en el pasillo, para poder cambiar una mísera dicroica.
Abandoné el umbral con un estado de ánimo óptimo: estaba decidida a llegar al supermercado "Huang Lee" de enfrente. Automáticamente, apenas empecé a caminar, sentí que un sindicato de plumeros se ponía de acuerdo para cosquillearme compulsivamente el corazón. De todas maneras, para no despertar la curiosidad de Florindo, intenté completar cincuenta metros y retrasar mi llegada. Cuando pude lograr pararme en la esquina, noté que una nena pecosa me señalaba indiscretamente susurrándole a su mamá (también pecosa), algo al oído. La realidad es que yo también me hubiese señalado; la apariencia general que daba era la de una longaniza tuerta acalambrada envuelta dentro un papel metalizado. Mientras la mamá pecosa le zamarreaba las trenzas a la nena y la distraía con un perro salchicha tricolor, pude escuchar que le decía: "no se señala a las personas con defectos, Bianca, acordate que son personas". Sentía que, poco a poco, el corazón se me achicharraba hasta alcanzar las proporciones de una pasa de uva. Preferí no hacer público el parecido de sus caras con unas Pepitos Triples, en vez de eso, me tapé el ojo con la palma de mi mano y volví a casa.
Laura se fue hace tres horas. Me trajo las municiones que yo no pude conseguir y además, con una pestaña postiza, pudo levantarle el ánimo a mi ojo. A cambio le obsequié la campera. Ahora Luqui puede disfrazarse de Buzz Lightyear.
lunes, 11 de junio de 2012
domingo, 10 de junio de 2012
Por la tarde vino Maxi, mi mejor amigo. Antes de ayer habíamos acordado juntarnos para de una vez por todas fumar las pipas de la paz.
El saludo fue como un trailer que anunciaba lo que iba acontecer. Apenas dejó las facturas nos fundimos en un abrazo festivo que rápidamente se transformó en un acto explícito de discriminación. Lamentablemente cuando Maxi despegó su cuerpo del mío, pudo tener una visión más completa de mi cara. Fue tan insensible que si hubiese tenido una lupa, seguro, no hubiese dudado en empotrarla sobre mi ojo enfermo.
Después de inflarse como un sapo durante más de un minuto, reventó para infectarme los tres ambientes con unas risotadas descontroladas. Tampoco lo podía culpar; el párpado estaba manifestándose en plena transición: el tono rojo escarlata que había adquirido ayer, había sido desplazado por una coloración parecida al rojo pasión. Definitivamente yo no era la Bella, pero él sí era la Bestia:
El saludo fue como un trailer que anunciaba lo que iba acontecer. Apenas dejó las facturas nos fundimos en un abrazo festivo que rápidamente se transformó en un acto explícito de discriminación. Lamentablemente cuando Maxi despegó su cuerpo del mío, pudo tener una visión más completa de mi cara. Fue tan insensible que si hubiese tenido una lupa, seguro, no hubiese dudado en empotrarla sobre mi ojo enfermo.
Después de inflarse como un sapo durante más de un minuto, reventó para infectarme los tres ambientes con unas risotadas descontroladas. Tampoco lo podía culpar; el párpado estaba manifestándose en plena transición: el tono rojo escarlata que había adquirido ayer, había sido desplazado por una coloración parecida al rojo pasión. Definitivamente yo no era la Bella, pero él sí era la Bestia:
-¿Qué te
pasó? tenés el ojo hecho mierda.
Hacía más de 15 días que no nos veíamos y media hora con él, me bastó para recordar porque nos habíamos peleado: es un tarado. Después de agotar
el amplio monólogo que le inspiró mi accidente, enloquecí:
-¿Podés dejar de ser idiota? Hace un montón de días que no nos
-¿Podés dejar de ser idiota? Hace un montón de días que no nos
vemos y lo
único que tenés para decirme es que mi ojo es una pelota
playera
roja. Ya lo pensé, buscate una comparación más original.
- Disculpame. Es muy gracioso. El problema es que seguís igual de
susceptible.
susceptible.
- No es gracioso. Vos estás siendo muy
chiquilín.
- No volvamos a lo mismo, Fernanda. Acá la única chiquilina sos vos,
que te escondés entre cuatro paredes. Por lo menos, ahora tenés
un motivo más importante para refugiarte: el ojo.
que te escondés entre cuatro paredes. Por lo menos, ahora tenés
un motivo más importante para refugiarte: el ojo.
Cuando hizo ese último comentario me arrepentí de no haberme reservado un churro para picanearle las retinas. Traté de no ser tan cruel pero inevitablemente redoblé la apuesta:
- Evidentemente, no viniste para saber cómo estoy. Ya sé, ¿necesitás
que te preste plata para el alquiler?
que te preste plata para el alquiler?
Nos miramos como dos perros callejeros a punto de iniciar un combate. Hasta que se fue no nos volvimos a hablar.
sábado, 9 de junio de 2012
Si hubiese tenido la sospecha que detrás de mí se
estaba montando un teléfono descompuesto, no hubiera atendido.
Producto de las lágrimas de ayer y el ciclo natural de maduración, el orzuelo, alcanzó unas dimensiones semejantes a las de Júpiter.
A la mañana resolví llamar a Laura para que me aconsejara. De todo lo que me dijo lo único que logré entender era que no podía hablar porque estaba en la sección de juegos de el "Parque de los Niños", y que también su esposo y su hijo estaban debatiéndose a duelo. Era verdad, porque por momentos alternaba la conversación con unos gritos de aliento desmedidamente agudos destinados a Luqui. Por lo que me relataba pude entender que Luqui estrellaba sistemáticamente el autito chocador que ocupaba contra el de Franco. Del otro lado, Laura, no podía contener la emoción de ver a su pequeño hijo transformarse en un pequeño bárbaro. Preferí llamarla después y le corté.
Hice a un lado el poco amor propio que me tengo y llamé a mi mamá. Apenas le conté para qué la llamaba se molestó y me contestó indignadísima que cómo ella podía saber algo así, si nunca había tenido "mutaciones en el globo ocular". De todas maneras se solidarizó y quedó en averiguarme qué podía hacer.
Cuando nos comunicamos nuevamente, me recomendó hacer una infusión caliente con hierbas, y remojar el líquido resultante sobre el bulto.
Revolví todas las alacenas pero solamente encontré una cajita de Té Taragui. Me sentí como una curandera sabia del medio evo: cuidadosamente desmenucé los saquitos y extraje pacientemente todas las hebras: las herví en agua, las colé y finalmente serví el contenido en una copita de licor. Esperé hasta que alcanzara una temperatura prudencial. Cinco minutos después me encontré presionando la copita con té sobre el párpado afectado. Cinco segundos después terminé frotando el párpado y el ojo desorbitado con dos hielos. Al minuto me cubrí el ojo con un repasador envuelto con cinco hielos y me acosté para poder llorar más cómodamente. Cuando pude corroborar la inmundicia que me había hecho tuve ganas de plastificar mi ojo contra la ventana del balcón de Florindo. Me alegré de no haber tenido una cuchara a mano porque no hubiese dudado en enterrarla hasta lo más profundo de la cavidad para usarla como catapulta. En vez de eso, terminé llamando a mi mamá. Necesitaba transferirle cierta culpa por haber contribuido a sumarle nuevas características a mi visión. Ahora además de purulenta estaba toda chasmucada. Mi mamá hizo su descargo y apuntó a Nora; aunque después de unos segundos de silencio, confesó: la verdadera culpable era la ocasional compañera de juego de Alicia. Parece ser que cuando cortamos, mi mamá, llamó a Nora, su mejor amiga. Como Nora no estaba segura qué era lo que debía hacer llamó a Alicia, su hermana, y Alicia, que estaba desde las diez de la mañana en el bingo de Flores, tuvo la ocurrente idea de preguntarle a la señora que estaba a su lado, perpetuada desde la misma hora que ella en la mesa de juego del bingo.
El día que me cruce con esa señora sin nombre, promotora insalubre de las quemaduras de primer grado, juro que no me va a temblar la mano en el momento de intercambiarle sus ojos por dos bolas de bingo.
Producto de las lágrimas de ayer y el ciclo natural de maduración, el orzuelo, alcanzó unas dimensiones semejantes a las de Júpiter.
A la mañana resolví llamar a Laura para que me aconsejara. De todo lo que me dijo lo único que logré entender era que no podía hablar porque estaba en la sección de juegos de el "Parque de los Niños", y que también su esposo y su hijo estaban debatiéndose a duelo. Era verdad, porque por momentos alternaba la conversación con unos gritos de aliento desmedidamente agudos destinados a Luqui. Por lo que me relataba pude entender que Luqui estrellaba sistemáticamente el autito chocador que ocupaba contra el de Franco. Del otro lado, Laura, no podía contener la emoción de ver a su pequeño hijo transformarse en un pequeño bárbaro. Preferí llamarla después y le corté.
Hice a un lado el poco amor propio que me tengo y llamé a mi mamá. Apenas le conté para qué la llamaba se molestó y me contestó indignadísima que cómo ella podía saber algo así, si nunca había tenido "mutaciones en el globo ocular". De todas maneras se solidarizó y quedó en averiguarme qué podía hacer.
Cuando nos comunicamos nuevamente, me recomendó hacer una infusión caliente con hierbas, y remojar el líquido resultante sobre el bulto.
Revolví todas las alacenas pero solamente encontré una cajita de Té Taragui. Me sentí como una curandera sabia del medio evo: cuidadosamente desmenucé los saquitos y extraje pacientemente todas las hebras: las herví en agua, las colé y finalmente serví el contenido en una copita de licor. Esperé hasta que alcanzara una temperatura prudencial. Cinco minutos después me encontré presionando la copita con té sobre el párpado afectado. Cinco segundos después terminé frotando el párpado y el ojo desorbitado con dos hielos. Al minuto me cubrí el ojo con un repasador envuelto con cinco hielos y me acosté para poder llorar más cómodamente. Cuando pude corroborar la inmundicia que me había hecho tuve ganas de plastificar mi ojo contra la ventana del balcón de Florindo. Me alegré de no haber tenido una cuchara a mano porque no hubiese dudado en enterrarla hasta lo más profundo de la cavidad para usarla como catapulta. En vez de eso, terminé llamando a mi mamá. Necesitaba transferirle cierta culpa por haber contribuido a sumarle nuevas características a mi visión. Ahora además de purulenta estaba toda chasmucada. Mi mamá hizo su descargo y apuntó a Nora; aunque después de unos segundos de silencio, confesó: la verdadera culpable era la ocasional compañera de juego de Alicia. Parece ser que cuando cortamos, mi mamá, llamó a Nora, su mejor amiga. Como Nora no estaba segura qué era lo que debía hacer llamó a Alicia, su hermana, y Alicia, que estaba desde las diez de la mañana en el bingo de Flores, tuvo la ocurrente idea de preguntarle a la señora que estaba a su lado, perpetuada desde la misma hora que ella en la mesa de juego del bingo.
El día que me cruce con esa señora sin nombre, promotora insalubre de las quemaduras de primer grado, juro que no me va a temblar la mano en el momento de intercambiarle sus ojos por dos bolas de bingo.
viernes, 8 de junio de 2012
Me desperté con una nueva adquisición. Tengo el ojo derecho tan hinchado que es capaz de demoler
una pared de hormigón con sólo un roce. Como sentí que todavía no había pasado lo peor me senté a
esperar, con el ojo bueno, el crecimiento de su compañero. Fue más alentador
que ver nacer a un Sea Monkey porque insospechadamente, a las tres horas,
había alcanzando unas proporciones bastante similares a las de un globo terráqueo. A la tarde cuando le
abrí la puerta a Clara, la sorpresa fue mutua.
Con el ojo disponible, hice un paneo disimulado que resultó terriblemente indiscreto y evidenció que la imagen incompleta que veía de ella. No era para nada alentadora: Clara escondía tras la nuca un rodete rubio envuelto en una redecilla negra que a simple vista, cualquiera podría haberlo confundido con un kilo de chorizo arremolinado. Como ya me estoy acostumbrando a sus peinados psicodélicos, el conflicto lo encontré en la vestimenta: tanto el ojo afectado como el sano no pudieron despegarse del chaleco marrón de gamuza y las botas negras de caña alta que le daban cierto aire a una actriz secundaria extraviada del set de una película de western. Noté en más de una oportunidad que, sus ojos, se rebelaban a los buenos modales y discriminaban abiertamente al mío, que ni siquiera podía notarlo. Cuando nos sentamos en el living tuve una premonición, hoy era era el día que iba a llorar:
Con el ojo disponible, hice un paneo disimulado que resultó terriblemente indiscreto y evidenció que la imagen incompleta que veía de ella. No era para nada alentadora: Clara escondía tras la nuca un rodete rubio envuelto en una redecilla negra que a simple vista, cualquiera podría haberlo confundido con un kilo de chorizo arremolinado. Como ya me estoy acostumbrando a sus peinados psicodélicos, el conflicto lo encontré en la vestimenta: tanto el ojo afectado como el sano no pudieron despegarse del chaleco marrón de gamuza y las botas negras de caña alta que le daban cierto aire a una actriz secundaria extraviada del set de una película de western. Noté en más de una oportunidad que, sus ojos, se rebelaban a los buenos modales y discriminaban abiertamente al mío, que ni siquiera podía notarlo. Cuando nos sentamos en el living tuve una premonición, hoy era era el día que iba a llorar:
- Anoche soñé que mi ex se casaba, con FLA, su pareja. Y yo estaba
invitada...
invitada...
- Martín.
- Sí, Martín.
- ¿Querés contame cómo fue tu relación con él?
- ¿Querés contame cómo fue tu relación con él?
- ...
- Cualquier cosa...
- Ayer su nueva
pareja, FLA, me mandó algunos mensajes y me
terminó contando que Martín la engañaba. Me dio un poco de
lástima, pero todavía no entiendo por qué me lo contó.
terminó contando que Martín la engañaba. Me dio un poco de
lástima, pero todavía no entiendo por qué me lo contó.
- ¿Por
qué llamás por el apodo a la actual
pareja de tu ex novio?
- Supongo que tiene que ver con lo que pasó hace más de siete
meses, cuando descubrí que Martín me engañaba a mí.
meses, cuando descubrí que Martín me engañaba a mí.
De repente un temporal de lágrimas me
embadurnó la cara. Lloraba por Martín, por mí y también por ni siquiera poder llorar tranquilamente con pleno derecho sobre los dos ojos. Clara
trató de convencerme de hablar de otros temas menos angustiantes, pero de todas maneras seguí:
- No sé como ella se debe haber enterado que Martín la engañaba.
Cuando me pasó a mí,
confirmé que hay cosas que tenés el deber
de saber: un día de octubre
esperé a Martín en casa con la comida
preparada. Mi menú era siempre acotado, así que pedí en La Posta
unos sorrentinos caseros con salsa cuatro quesos. Pensaba que
era un buen momento para renovar el romance. Guardé la gaseosa
y desempolvé un vino tinto de ocasión. Los miércoles, Martín salía de
la facultad a las diez y media de la noche, cuando finalizaba de dar
clases de producción. Llegó a casa, me besó, se relamió al ver lo que
había comprado, me mostró una película que le habían regalado y se
fue a bañar. Era una película romántica que ya teníamos en nuestra
videoteca, pero en ese momento, ninguna de estas dos cosas me
importaron. Como me pareció que era un dvd original, abrí la cajita
para corroborarlo y dentro había un papelito pegado; era un sticker
amarillo. Era de ella.
preparada. Mi menú era siempre acotado, así que pedí en La Posta
unos sorrentinos caseros con salsa cuatro quesos. Pensaba que
era un buen momento para renovar el romance. Guardé la gaseosa
y desempolvé un vino tinto de ocasión. Los miércoles, Martín salía de
la facultad a las diez y media de la noche, cuando finalizaba de dar
clases de producción. Llegó a casa, me besó, se relamió al ver lo que
había comprado, me mostró una película que le habían regalado y se
fue a bañar. Era una película romántica que ya teníamos en nuestra
videoteca, pero en ese momento, ninguna de estas dos cosas me
importaron. Como me pareció que era un dvd original, abrí la cajita
para corroborarlo y dentro había un papelito pegado; era un sticker
amarillo. Era de ella.
- ¿Qué decía?
- Muero por ver esta
película de nuevo con vos, FLA. Sentí que la
videoteca, el techo, el inquilino del décimo "c" y un asteroide
impactaban sepultándose como clavos alrededor de todo mi cráneo.
En ese momento fantaseé con ser la versión femenina de Norman
Bates para sorprenderlo a cuchillazos en la ducha; pero en vez de
hacer eso terminé atragantándome con una copa entera de tinto y
lo esperé. Cuando salió, solamente me limité a hacerle preguntas.
videoteca, el techo, el inquilino del décimo "c" y un asteroide
impactaban sepultándose como clavos alrededor de todo mi cráneo.
En ese momento fantaseé con ser la versión femenina de Norman
Bates para sorprenderlo a cuchillazos en la ducha; pero en vez de
hacer eso terminé atragantándome con una copa entera de tinto y
lo esperé. Cuando salió, solamente me limité a hacerle preguntas.
-¿Le preguntaste quién era
Flavia?
- No, quién le había
regalado la película. En ese momento me di
cuenta que además de ser un hijo de puta, era un hijo de puta
muy ocurrente: me había contestado que unos alumnos estaban
ajustados con el presupuesto de un proyecto y estaban rifando
películas. Con esa invención se había comprado todos los números
para no verme más la cara. Yo lo amaba pero nadie me cagaba
y menos con una FLA.
cuenta que además de ser un hijo de puta, era un hijo de puta
muy ocurrente: me había contestado que unos alumnos estaban
ajustados con el presupuesto de un proyecto y estaban rifando
películas. Con esa invención se había comprado todos los números
para no verme más la cara. Yo lo amaba pero nadie me cagaba
y menos con una FLA.
jueves, 7 de junio de 2012
Estas cosas son absurdas, antinaturales y rozan el mal gusto.
Cuando volví a abrir el Facebook, llegué a la conclusión que la gente que hasta indirectamente me rodea tiene conductas subnormales: FLA me desbordó la casilla personal con mensajes. Intenté pasarlos inadvertidos, pero cuando vi el contador rojo inflarse, no pude domar mi dedo rabioso ni tampoco atar el instinto masoquista que me poseyó.
Los primeros mensajes fueron dubitativos y reflejaban una falsa ingenuidad que pude advertir claramente en uno de los renglones del segundo mensaje, cuando utilizó la frase “me picó el bichito de la curiosidad...”. Conté hasta diez y contuve el impulso de responderle que mejor hubiese sido que la picara una yarará.
En el tercero, que llegó una hora después, encontré unas desproporcionadas felicitaciones destinadas a unas fotos que hacía años había tomado para un "concurso de naturaleza muerta" y que mostraban en distintas perspectivas un terreno baldío.
En el cuarto mensaje, me sentí como si estuviera siendo partícipe de un ahorcado virtual, descifrando lo que sus mezquinos monosílabos querían darme a entender.
Afortunadamente, en el quinto mensaje, se cansó de dar vueltas carnero y lanzó una bomba atómica que resonó en mi cabeza tan fuerte como un Chasquibum. De alguna manera lo presentí: Martín había ido solo a Playa del Carmen y cuando volvió, ella descubrió que él la había engañado con una guía de turismo de Tulum.
El sexto y séptimo, eran un popurrí de mensajes reflexivos donde confesaba que a pesar de todo tiene intenciones de estar con él. En su cabeza perversa tiene menos vergüenza contármelo a mí, una pionera, que contárselo a sus 534 amigos. No le contesté ningún mensaje.
Cuando volví a abrir el Facebook, llegué a la conclusión que la gente que hasta indirectamente me rodea tiene conductas subnormales: FLA me desbordó la casilla personal con mensajes. Intenté pasarlos inadvertidos, pero cuando vi el contador rojo inflarse, no pude domar mi dedo rabioso ni tampoco atar el instinto masoquista que me poseyó.
Los primeros mensajes fueron dubitativos y reflejaban una falsa ingenuidad que pude advertir claramente en uno de los renglones del segundo mensaje, cuando utilizó la frase “me picó el bichito de la curiosidad...”. Conté hasta diez y contuve el impulso de responderle que mejor hubiese sido que la picara una yarará.
En el tercero, que llegó una hora después, encontré unas desproporcionadas felicitaciones destinadas a unas fotos que hacía años había tomado para un "concurso de naturaleza muerta" y que mostraban en distintas perspectivas un terreno baldío.
En el cuarto mensaje, me sentí como si estuviera siendo partícipe de un ahorcado virtual, descifrando lo que sus mezquinos monosílabos querían darme a entender.
Afortunadamente, en el quinto mensaje, se cansó de dar vueltas carnero y lanzó una bomba atómica que resonó en mi cabeza tan fuerte como un Chasquibum. De alguna manera lo presentí: Martín había ido solo a Playa del Carmen y cuando volvió, ella descubrió que él la había engañado con una guía de turismo de Tulum.
El sexto y séptimo, eran un popurrí de mensajes reflexivos donde confesaba que a pesar de todo tiene intenciones de estar con él. En su cabeza perversa tiene menos vergüenza contármelo a mí, una pionera, que contárselo a sus 534 amigos. No le contesté ningún mensaje.
miércoles, 6 de junio de 2012
Si antes vivía fastidiada, cuidado, ahora soy una
asesina en serie.
Capitán se está cobrando de la manera más perruna toda la antipatía que guardo por tenerlo. Mientras yo represento a Hansel y Gretel, Capitán es la bruja que intercepta las migajas de pan del camino.
Desde que Martín no vive más acá, soy consciente de que el pobre animal últimamente está un poco desamparado. Sólo cuido que tenga al alcance de las patas su alimento y también a “El Coco Chillón”, el juguete deforme que me asegura a futuro una fractura expuesta, porque no hay un solo día en el que me levante y no lo pise.
Martín jamás fue muy generoso con los regalos pero por ese mamotreto desembolsó más de $70. Yo creo que Capitán es la reencarnación de Maquiavelo y en esta vida, descubrió un nuevo plan para sacarme de las casillas: secuestra los objetos que voy dejando por los ambientes y se pasea desafiante delante de mí, para enseñarme los rehenes presos en sus dientes.
Ahora no sólo estoy turuleka y lloro por un tarado; a mi trabajo part-time se le agregó la “mancha perro”, actividad que consiste en dar vueltitas alrededor de una mesa ratona para rescatar el botín que esconde el perro ratero.
Capitán se está cobrando de la manera más perruna toda la antipatía que guardo por tenerlo. Mientras yo represento a Hansel y Gretel, Capitán es la bruja que intercepta las migajas de pan del camino.
Desde que Martín no vive más acá, soy consciente de que el pobre animal últimamente está un poco desamparado. Sólo cuido que tenga al alcance de las patas su alimento y también a “El Coco Chillón”, el juguete deforme que me asegura a futuro una fractura expuesta, porque no hay un solo día en el que me levante y no lo pise.
Martín jamás fue muy generoso con los regalos pero por ese mamotreto desembolsó más de $70. Yo creo que Capitán es la reencarnación de Maquiavelo y en esta vida, descubrió un nuevo plan para sacarme de las casillas: secuestra los objetos que voy dejando por los ambientes y se pasea desafiante delante de mí, para enseñarme los rehenes presos en sus dientes.
Ahora no sólo estoy turuleka y lloro por un tarado; a mi trabajo part-time se le agregó la “mancha perro”, actividad que consiste en dar vueltitas alrededor de una mesa ratona para rescatar el botín que esconde el perro ratero.
martes, 5 de junio de 2012
Resulta que FLA me quiere tener como amiga en el Facebook.
Después de que el locutor “del programa de los kilos” advirtiera que iba a
revelarse quiénes de los participantes del reality hizo uso y abuso de los permitidos del fin de semana (tanto de albóndigas como de bondiolas) y de notar que la depresión que estoy empollando está
cobrando más dimensiones que el huevo de un Tiranosaurio Rex; resolví voluntariamente despegarme del televisor, para concentrarme en la catarata de fotos que me hicieron llegar los explotadores de diseño. Pero cuando vi la solicitud que FLA me había envíado, mi responsabilidad se evaporó como los tres cigarrillos y las dos titas que en menos de una hora me atranqué, mientras analizaba las consecuencias de aceptarla y tirotearle la bandeja de entrada con unos virus de todos los colores.
Estoy segura que FLA, pretende que me retuerza de los celos con el collage de fotos que debe estar diseñando en Paint, para que todos recuerden "que está en una relación".
No puedo dejar de imaginarme a Martín con los pelos al viento, abrazando con una mano la cintura de FLA y con la otra zarandeando un baldecito floreado repleto de souvenirs del mar. Descubrí que en mi casa tengo un espíritu macabro que me guía el mouse: la acepté.
Estoy segura que FLA, pretende que me retuerza de los celos con el collage de fotos que debe estar diseñando en Paint, para que todos recuerden "que está en una relación".
No puedo dejar de imaginarme a Martín con los pelos al viento, abrazando con una mano la cintura de FLA y con la otra zarandeando un baldecito floreado repleto de souvenirs del mar. Descubrí que en mi casa tengo un espíritu macabro que me guía el mouse: la acepté.
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