lunes, 13 de agosto de 2012


Me fui a dormir con una lista mental de pensamientos negativos. Después de que Sofía se volviera a su casa, opté por hacer un arduo trabajo de campo, y me basé en las opiniones de los expertos que me rodean. Aproveché que Maxi me había encomendando despertarlo de su larga hibernación para completar su segundo día de horario nocturno y lo molesté en su lecho con mis inseguridades. Entre sueños me empapó con un balde de teorías ácidas. Antes de sentenciar una respuesta final, como un Gurú sumergido en su universo, meditó con los ojos cerrados, corrió las sábanas blancas dejando entrever sus partes y se rascó pausadamente la entrepierna dos veces. Se frotó otras dos veces el pecho y me reveló que la verdad que buscaba sólo la iba a hallar si primero aprendía a pensar como un hombre. Parpadeé una docena de veces, y me esforcé en procesar sus palabras. Le contesté que era un tarado. Jamás podía pensar como un hombre si efectivamente era una mujer. Limpiándose las lagañas de los lagrimales, bostezó y me resumió crudamente su razonamiento: si alguna vez llegaba a sincerarme, y le llegaba a explicar que sufría de agorafobia, Juan iba salir corriendo más rápido de lo que Speedy Gonzales tardaba en cruzar el desierto de Atacama. Salí de su habitación decepcionada y lo taché definitivamente de mi lista de consejeros.
Con Laura no me fue mejor. De hecho, no me prestó demasiada atención y acaparó la mayor parte de la conversación con su problemática. Me contó que el jueves, antes de cenar, había experimentado con las gotas que el homeópata le había recetado al nene. Secretamente, o no tanto, las volcó en el vermouth de Franco. Todo había resultado desastroso. Como consecuencia, el viernes, su marido tuvo que faltar al trabajo porque no podía mantenerse despierto. A la mañana siguiente pudo lograrlo con mucho esfuerzo, pero las extremidades no le respondieron, y una caída al suelo le provocó una fractura en la muñeca. Ante el panorama, juntos, determinaron que era hora de intentar una alternativa que no incluyera visitar ningún otro consultorio. Por eso, ayer, decidieron probar con los polideportivos. El plan era inscribir a Luqui en alguna actividad física que le absorbiera toda su hiperactividad sanamente; o en varias si una no llegaba a bastar. La llamada se había extendido más de lo soportable. Laura avanzaba y me describía las extensiones de las canchas de volley y de basket, la cantidad de asientos por gradas y sus colores. También contó la cantidad de duchas que colgaban en los vestuarios, y me detalló las condiciones de sus cueritos. Finalmente, llegó a los vidrios que separaban las piletas de natación climatizadas del bar, y me retuvo otros diez minutos preguntándome qué nivel era el que le podía llegar a tocar a su hijo; Laura descartaba terminantemente la categoría de delfín y la de mojarrita. Me enumeró las cualidades innatas por las que ella creía que definitivamente lo iban a posicionar en el de tiburón. Estaba que explotaba. Como quería terminar la charla rápido, le expliqué diplomáticamente que, en natación, todo dependía de cómo el nene se las ingeniara en el agua. Se desilusionó, y momentáneamente pude lograr captar su atención. Pero después de dar unas brazadas inseguras, se lavó las manos diciendo que ella no podía decirme lo que debía hacer. Todo dependía de mí.
La que sí me escuchó pacientemente fue mi hermana, y resultó que el único que logró aconsejar algo realmente sensato fue su novio, Ariel, que interfirió, muy confianzudamente, en nuestra charla por el alta voz. Ariel me alentó a que me encontrara con Juan, y me dio a entender que era muy pronto para que me fijara en los detalles extras. Deduje que mi hermana estaba de acuerdo con él, porque después de un intercambio de palabras fuertes, escuché que sus labios se agruparon para invadirme la línea con unos molestos ruidos de sopapa atrancada. Mi hermana cerró la conversación alegando que no debíamos dudar de Juan, y que ella siempre lo recordaba como un chico bueno y  comprensivo.  
Me quiero morir. Sólo me quedan algunas horas para repasar mi decisión. ¿Voy o no voy? Esa es la cuestión.

domingo, 12 de agosto de 2012


Sofía se hizo la enferma y faltó a la iglesia. No lo sabía pero es la soprano estrella del coro de los domingos, y hoy tenía que cantar para un centenar de cristianos sedientos de aleluyas. Me tocó la puerta alzando una bolsa de papel con media docena de facturas que habían sobrado en su casa, con los pelos castaños encerrados en una trenza larga y arrastrando unas chancletas rosas y blancas. Como yo estaba igual, me dio lo mismo. Juntas hacíamos un equipo perfecto. La invité a desayunar, le preparé una chocolatada y yo me serví un café con leche. Encerramos a Maxi en su habitación  para que se ensordeciera con sus propios ronquidos, y nos pusimos a ver la televisión en silencio. Intercambiamos muy pocas líneas. Las imágenes chatarras se entrelazaban una tras otra sin llamarnos verdaderamente la atención. En mi mente se desplegaba mi propia novela, y ella lo notó. Aunque no entendí porque se levantó de esa manera a lo último, resulta que Sofía es una excelente oyente. La escena había mutado repentinamente hacía una situación surreal: terminé ocupando el sillón con las piernas extendidas y los brazos cruzados sobre mi pecho. Y ella, sentada en la silla de la computadora escuchando las contradicciones que soltaba en voz alta. Le resumí mi relación con Martín. Le conté sobre Juan y los recuerdos que compartíamos. Le narré el encuentro casual del martes. Le leí el ping pong de mensajes de texto que nos habíamos enviado durante todos estos días. También le conté sobre la cancelación del viernes, y del mensaje que me envío hoy a la madrugada, en el que me pedía que nos encontráramos el próximo lunes. Todavía no le respondí. Sofía se sobresaltó cuando grité a viva voz que la solución más sensata que encontraba a este gran escollo era extirparlo de mi cerebro antes de que fuera tarde. Hacer de cuenta que había fabulado todo y olvidarme definitivamente de él; de su voz de bolero carrasposo, de su cuerpo salvaje y su presencia feroz. Pero era una tarea terrible. Me maldije a mi misma más de una vez. Y concluí con un mar de preguntas que antes, había pasado por alto: aunque estuviese mejor que hace unos meses, ¿cómo le iba a explicar que estaba turuleka?, ¿cómo pensaba decirle que solamente podía salir de mi casa por media hora? Y algo más patético: si acababa de terminar un matrimonio que contaba con media década de antigüedad, yo, una dependiente, ¿iba a seducirlo con semejante prontuario para que saliera conmigo?, ¿iba a arrastrarlo para que me escoltara a hacer los ejercicios?, ¿le iba a pedir que me comprara Titas en el chino más cercano?, ¿podía ser todo más deprimente?  
Aunque no llegué a ninguna solución consistente, y me enredé en un laberinto de dudas, me sentí aliviada. Sofía había dejado de opinar, y el silencio me estaba incomodando. Me pareció natural incorporarla nuevamente a la conversación preguntándole con un tono cómplice alguna experiencia personal suya:
 - ¿Nunca te sentiste así con un compañerito?
Como solamente escuchaba los ronquidos que traspasaban sin dificultades los materiales sólidos de la casa, me incorporé en el sillón, y la busqué con la mirada. Estaba roja de la vergüenza y se incrustaba nerviosamente las uñas en la rodillas. Se levantó, me dio un beso en la frente y salió arrastrando sus chancletas sin hacer ruido. 

sábado, 11 de agosto de 2012

Ayer las cancelaciones se extendieron como una gran epidemia. La primera que desparramó el virus fue Olga, que me llamó al mediodía, para avisarme que estaba enferma y que no podía venir. Creía que su garganta se había contagiado de Parkinson. Su voz, al principio firme y segura, se había convertido en un hilo entrecortado y tembloroso. Fue en medio de una de las pausas que tuve un presentimiento extraño; escuché algo parecido a un traqueteo doble, y me pareció que, del otro lado, sus pulmones se habían tragado todo el oxígeno, como si tuviese miedo de que algo se le escapara. No le presté demasiada atención. Era el ascensor que aterrizaba en un piso no muy alejado. Acordamos que iba a venir el lunes, si antes mi mamá no se le adelantaba y cortamos. Llamé al consultorio de Clara y me atendió VilmaMiram. No quería mentirle. Pero, Juan, terminaba la reunión con el cliente de la calle Pavón, a la misma hora que empezaba la sesión. Usé la excusa de Olga. Me tapé la nariz con una hebilla, y me permití sobreactuar un ataque de tos sobre los microagujeros del tubo del teléfono. VilmaMiriam me compadeció. Me recomendó guardar cama, y me dictó de memoria, la famosa receta que había inventado su tatarabuela. Era una sopa con cabellos de angeles y un mix de vegetales crudos con huesos de caracú, que fingí anotar mientras repetía unos "ajás" que intentaban sonar interesados. Me dijo que si algún paciente cancelaba, podíamos acordar un día de recupero, y nos despedimos. Me acicalé de cabo a rabo; y aunque los nueve pisos me hicieron transpirar hasta la última gota de cafeína, corriéndome el delineador y el rimmel que había repasado tan prolijamente, no me podía quejar. Me había atrasado quince minutos, y los valieron. No quiero exagerar, pero estaba despampanante. En la calle intenté congeniar pasos seductores y decididos, pero cuanto más me esforzaba, más adolescente me sentía. Me hacía pis del miedo y la risa; hasta ese momento no había reparado en la idea de que después de tantos años iba a volver a tener una cita con alguien nuevo; alguien que no era Martín. Y me encantaba. Desde que habíamos acordado la hora y el lugar, me había imaginado la imagen perfecta: cuando llegara a la esquina, ahí iba a estar él. Informal pero de traje, con una mueca seductora, revolviéndose impaciente sobre su asiento y sosteniendo en su mano un ramo de rosas blancas, envuelto por un papel transparente de regalo. Yo me iba a  morder el labio, iba a revolear los ojos y me iba a excusar por mis cachetes pálidos enrojecidos. Como no me podía arriesgar demasiado, había planificado que, después de media hora, lo iba a invitar  a continuar la charla en mi casa. Pero nada de esto pasó. Juan no me esperaba. Pese a que las mesas estaban totalmente vacías, no me desalenté. Mi humor siguió intacto. Irradiaba una luz superior a los últimos rayos del día. Me sorprendí sonriéndole a todos los transeúntes; hasta saludé con un gesto a Andrea la  anti del 1° "A", que me descubrió acomodándome el push up izquierdo del corpiño cuando arrastraba, por la misma vereda, su changuito de compra baqueteado. Y lo esperé. Diez minutos. Veinte minutos. Treinta minutos. Treinta y cinco. Era la segunda vez que le rechazaba el menú al mozo, cuando me sonó el celular. Leí la primera frase y se me apelmazó el pecho. No iba a venir, se había ''atrasado''. Volví inmediatamente. En menos de cinco minutos mi humor dejó el subsuelo para descender hasta el subterráneo. La puerta del ascensor se descorrió en el mismo momento que atravesaba el pasillo. Pude confirmar lo que creía cuando asomaron sus panzas. Primero salió Florindo, luego salió Olga, con una distancia fingida. Olga dio un respingo y soltó la cartera que llevaba en la mano. La ayudé a recoger el estuche de los anteojos, la pomada de las várices y el lápiz labial rosa. Así como la encontre, la dejé. Me di media vuelta y subí las escaleras.

viernes, 10 de agosto de 2012

No me enoja que no haya venido. Me doy vergüenza. Fui irresponsable con mi salud, mentirosa con VilmaMiriam y desagradecida con Clara...

jueves, 9 de agosto de 2012


Estoy nerviosísima. Me como las manos, los codos, los brazos y el cuerpo entero. Lástima que la desubicada "preciosurita" de Maxi me impidió disfrutar a solas mi momento de gloria.
Ayer solamente habían pasado para saludarme y para dejarme en el pasillo los petates del local de ropa de Melany, mientras ellos salían a cenar por Boedo. Me quedé sola, porque Sofía también se había vuelto a su casa. 
Tengo la impresión que desde que Maxi comenzó el entrenamiento, nuestras charlas se volvieron terriblemente monótonas. Él me cuenta acerca de su trabajo, y yo le comento como estoy sobrellevando los ejercicios, y también lo que me cuenta Laura durante el día.  Por otra parte, el café se volvió un tema recurrente e insostenible;  cada vez que se produce un silencio entre nosotros, se incomoda y termina rellenándolo con los conocimientos que adquirió. Es como si en estos últimos tres días le hubiran reducido el cerebro a las proporciones de un grano de café. Me tiene asqueada con los precios, las calidades, las moliendas y las diferencias específicas entre los filtros. 
Hoy a la mañana me llevé un susto gigante y varias sorpresas: la primera fue encontrarme con los dos mensajes de texto que Juan me había enviado durante la madrugada. En el primer mensaje me invitaba a juntarnos mañana por la tarde, en el mismo bar; en el otro, admitía que todavía no podía creer que nos hubiésemos encontrado. Y me dijo que, casualmente estos días, anduvo recordándome en soledad, (¡un romántico!). 
La segunda sorpresita que descubrí fue que Maxi y la "preciosura" habían pasado la noche juntos. Aunque después de lo del secador de pelo, también, descubrí que se había apropiado de mi toalla personal para secar sus cancheros mechones rosas futuristas y sus perfectos músculos adictos al pilates.
La tercera sorpresa fue cuando me enteré que  no se llamaba ni Mariela ni Marianela. Se llama Melany, y le dicen "Mandy". Lo supe porque así la llamó Maxi, cuando le pidió que le acercara el sachet de leche entera de la heladera...
Salí de la cama, no para desayunar con la parejita feliz, sino porque quería recuperar el botín que me había robado: me desperté porque el repiqueteo de sus tacones contra el piso de cerámica de mi cuarto, y su irritante voz cantarina de Palermo Hollywood se habían infiltrado en mi espacio, para robarme el secador de pelo del placar. Casi me muero del infarto cuando vi su sombra. Estaba parada de espaldas, revolviendo descaradamente todos mis estantes. Encendió la luz y la reconocí. Tuve que sujetarme de los bordes de la cama para obligarme a contener los movimientos involuntarios que, mis manos rebeldes, querían completar. Si no la asfixié con la almohada fue porque mi celular hizo vibrar el colchón, y me distraje leyendo los mensajes de Juan. En ese intervalo, ella había desaparecido con mi secador. 
Estaba enfurecida. Completamente desquiciada. Me levanté y me asomé a la cocina para gritarle lo que se me ocurriera. Por un momento casi desisto; los encontré a los dos sentados, con las manos entrelazadas, llamándose con sobrenombres patéticos y dándose de comer pequeños bocaditos de tostada. La primera que me vio fue ella. Se asustó y se levantó de la silla para agregar una tasa a la mesa, mientras repetía nerviosamente una y otra vez: 
 -¡Ay! gordi, disculpame en serio. Te recontra desperté, sorry. 
Mientras enrollaba en un pequeño círculo el cable del secador, la fulminaba con la mirada. Maxi me miraba avergonzado, pero no me importó. Y se me escaparon las palabras malvadas:
 - Gordi, la próxima te rebano las manos, y no voy a sentir nada 
   de sorry.



miércoles, 8 de agosto de 2012

Fui una estúpida. No hice el ejercicio de hoy, porque preferí quedarme en mi casa esperando su llamada "para atenderlo más tranquila". Y, Juan, jamás me llamó. Aunque más estúpido fue mi arrebato. En ese momento no tuve piedad, ni tampoco lo lamenté: aplasté todas las burbujas con entera pasión y dedicación. Los resultados fueron óptimos; ninguno de los globitos del protector plástico que, recubría la tapa del centro musical de Maxi, logró sobrevivir. Hacía tiempo que no masacraba una plancha de burbujas con tanta necesidad. De hecho, no tenía intenciones de comenzar ningún tiroteo, pero estaba ansiosa. Corrijo. Estaba desesperada por tener alguna señal de él. Y no me pude contener: los dedos, índice y pulgar, encerraron, muy lentamente, el primer globito hasta hacerlo reventar. Fue un ¡paffff! suave y esponjoso, que flotó en el aire durante un tiempo exagerado. Seguidos, otros dos ¡pafffs! impactaron con la misma cadencia sonora. Fue terapéutico; me sentía menos impaciente. Pero no terminó ahí... Todo empeoró cuando me di cuenta de que, el encuentro reciente, podía llegar a ser analizado con una perspectiva decadente: ¿me pidió el número de teléfono por compromiso?, ¿por qué no me ofreció el suyo?, ¿inventó la reunión con el "importante cliente" para poder escapase más fácilmente de mí?, ¿olfateó un deseo sexual excesivo? La impaciencia me desbordó, y mis dedos se apelmazaron sobre el plástico para acribillar el aire con unos continuos y secos ¡pafpafpafpafpafpafpafpaf! No me bastó: después de usar los diez dedos, me ayudé con los puños, y logré una sincronía perfecta de pequeños estallidos, que terminaron conformando el gran ¡ppppppaaaaaaffffff! colectivo. Detuve la sinfonía cuando escuché que tocaban la puerta. La atendí tan malhumorada que, con un intercambio de miradas, bastó para que comprendiera que, hoy, el vídeo club estaba de paro. No le importó; avanzó hasta el living y se dejó caer hecha un bollo en el sillón. Le ofrecí un vaso con gaseosa y le encendí la televisión. Cuando pude concentrarme en la entrega del día, y olvidarme de Juan, Sofía, quebró con su pregunta inoportuna el armonioso silencio:
 -Fer, ¿vos crees que Dios lo ve todo?  
Arrastré hacia atrás los pies y  tomé impulso. Dejé que la silla me acercara hasta donde estaba ella. De a poco, Sofía, fue asomando su cuerpo tras el respaldo del sillón. Estaba confundida, y sus ojos almendrados parecían buscar entre los míos una respuesta esperanzadora:
 -No, a veces debe dormir.
Sofía me sonrió. Antes de que pudiera acotar algo más preciso, Maxi, que acababa de llegar del trabajo acompañado por  Marianela (o Mariela), interrumpió nuestra charla a los gritos.  

martes, 7 de agosto de 2012



¡No lo puedo creer! Todavía estoy anonadada. Quiero revolcarme en un monte de pasto verde atestado de flores silvestres y escupir por la boca millones de panaderos con los colores de un arco iris primaveral. Por momentos me obligo a pestañear para comprobar que no estoy en medio de una pesadilla romántica-juvenil, pero no... Cada ínfimo detalle que atraviesa mi memoria me indica que todo lo que sucedió fue real, tan real como sus hoyuelos, y su voz rasposa y seductora. 
Opté por salir a la tarde. Para ser sincera, tenía miedo de que el mozo de la semana pasada me reconociera como la histérica harapienta que no soportó la espera de un mísero cortado. Por las dudas, dejé a un lado el uniforme roñoso de siempre, y me tomé casi media hora, para decorarme con un poco más de esmero. Combiné mi piloto rojo con las botas de lluvias verdes y negras; me planché el pelo y lo recogí en una cola de caballo alta. Por primera vez en mucho tiempo, cedí ante los accesorios; me anudé al cuello un pañuelo floreado con colores vivos, y oculté el enfermizo color amarillo hepatitis de mis pómulos, con una crema base tostada. A último momento tomé la precaución de llevarme el paraguas plegable de Kitty, en vez del marrón y beige del viernes. Afortunadamente mi aspecto teen me dio la seguridad necesaria para enfrentarme a él. Estoy segura de que si nos hubiéramos cruzado ayer, me hubiese escondido detrás de los escalopes de merluza con puré de zapallo, que promocionaba la opción dos del menú ejecutivo.
Cuando Juan me abordó, estaba sentada en la mesita de afuera de siempre, y mi cortado en jarrito estaba en marcha. Se paró delante de mí esperando algún tipo de exclamación. Dudé. No lo reconocí hasta que escuché su voz: estaba más viejo y más galán que nunca. Fornido, curtido por el sol, con un corte de pelo que le dejaba visible unos pequeños rollitos en la parte baja de la nuca.
En un instante, un conjunto de imágenes se organizaron civilizadamente y me arrastraron en un largo flash-back, a las maravillosas vacaciones de la segunda quincena de marzo de 1997: Pablo, mi hermano, que por ese entonces contaba con 17 años, se había rebelado a la tradición familiar. Prefería asfixiarse en la ciudad con sus amigos, antes de tener que soportar el dominó y la generala nocturna, el tejo playero, las paletas de los jubilados, y los aburridos y poco sorpresivos recovecos del Bosque Energético de Miramar. Mis papás, desesperados, intentaron sobornarlo con los métodos básicos: le ofrecieron una escuadrilla de avioncitos de Telgopor, diez pesos diarios en fichas de vídeo juego, y hasta le dieron permiso para someterse a los revolcones de la banana más indomable del Oceáno Atlántico. Finalmente, con el último recurso acertaron. Le ofrecieron invitar a su mejor amigo de la infancia. Y vino Juan. Lo recibimos los cinco, alineados uno al lado del otro, en la plataforma número tres de la terminal de ómnibus. Estaba deslumbrante. Ese día, cuando lo vi transportar el bolso sobre su hombro, pude descubrir unos brazos fornidos en plena metamorfosis, y también, me descubrí a mí misma explicándome durante dos semanas seguidas, si era totalmente cierto lo que todos decían: que las punzadas en el estómago eran los primeros síntomas del amor.
Nos reconocimos en silencio y a la distancia; el estaba parado y yo seguía sentada. Era consciente que lo miraba boquiabierta, pero no me importó. Juan se sentó frente a mí sin solicitarme permiso, y yo lo acepté sin objeciones; él se reía con unas risotadas desmedidas que no tardaron en contagiarme de inmediato. Reclinó hacia adelante la silla de tela azul, y en un tono confidencial me susurró:
 - Menos mal que te encontré. Hace tiempo que busco un paraguas
   como el tuyo.
Gracias a Juan olvidé, momentáneamente, el verdadero motivo por el cual estaba sentada en aquel bar. Había hecho a un lado la libreta y no volví a mirar el cronómetro. La emoción del encuentro era mutua. Queríamos abarcar muchos temas a la vez, pero al final, terminamos contándonos nada. Sí me afirmó lo que Pablo me había comentado hacía dos meses atrás: que se había separado de su mujer y que había instalado su estudio en pleno microcentro. Le sonó el teléfono, y de un golpe seco, pisamos tierra. Se incorporó agitado y me explicó que en realidad estaba por la zona, porque tenía que encontrarse en la calle Pavón, con un cliente exigente que necesita acelerar los trámites de una sucesión. Me pidió el celular y nos despedimos. Podría haberme vuelto cuando lo vi perderse por la calle Urquiza, pero me sentía bien. Omnipotente y feliz. Tanto, que me quedé sentada disfrutando de los últimos cinco minutos de luz natural, antes de que la oscuridad se fundiera con las primeras luces artificiales de la ciudad.

lunes, 6 de agosto de 2012





El asado al horno no aplacó nuestras agonías. Al contrario, nos hizo recordar que, en realidad, no había nada por qué festejar. Con los ojos acuosos, Laura, nos contó que Franco se convirtió en el nuevo representante de ventas de repuestos automotrices para la empresa que trabaja. A sus responsabilidades se le agregaron unos viajes semanales al interior del país. Laura estaba triste. Ahora tiene que lidiar con el problema del nene sola. Nos contó lo mucho que le dolía ver a su hijo inerte y sedado: el martes pasado comenzó un tratamiento con un homeópata que le recomendó la psicopedagoga del colegio, pero desconfía. Sospecha que las gotitas que toma tres veces al día no provienen de fuentes naturales. Lo bueno es que Luqui dejó de desarmar las filas en el saludo de bienvenida, de tirarle de las colitas a las nenas, de dispararle tizas en la cara a los chicos de la secundaria, y de escaparse del aula cuando la maestra se daba vuelta para escribir en el pizarrón. Ahora se pasa el día sentado, anotando alguna que otra oración en el cuaderno de clase, y de vez en cuando encestando, con un sorbete, algunas bolitas ensalivadas a las nucas de sus compañeritos. Por otra parte, Maxi tapó su angustia con tres choripanes con chimichurri, dos morcillas, tres mollejas y dos kilos de tira de asado. Comimos rápido porque tenía que acostarse temprano;  hoy comenzaba el entrenamiento en la sede de Ituzaingó. Como no me podía dormir, me quedé charlando hasta la madrugada con Nicolás, que andaba igual de desvelado. Me preguntó cómo estaba con Martín y preferí sincerarme; le contesté que estaba soltera y que me había peleado con él hacía tres semanas. Nicolás me contó que estaba intentando mejorar la relación con Carola, su novia, y me pidió que lo aconsejara (¡justo a mí!). También me confesó que se había copiado del método de Clara y que, aparentemente, está obteniendo muy buenos resultados con el primer ejercicio. Me contó unos chismes del foro, me agradeció y nos despedimos. 
Lamentablemente no puedo decir lo mismo que él. Hoy, mi ejercicio fue un desastre. Quizás fue la mala energía de ayer a la noche, o la tristeza de ver  a mi amigo irse de casa deprimido... o tal vez, haber esperado por un café que nunca llegué a probar. Me senté en la misma mesa que compartí con Maxi, y esperé al mozo. Tardó quince minutos en verme, y cuando lo hizo le pedí amablemente un cortado. Volví a esperar; mientras tanto cronometraba y tomaba nota de cómo me sentía. Hasta que tuve la misma sensación de siempre: el ruido, la calle, la gente, los calambres y la ferviente necesidad de volver. Dejé la plata sujeta a un servilletero y volví lo más rápido que pude.    

domingo, 5 de agosto de 2012


¿Por qué no puedo tener una pizca de paz? Es increíble como una simple tarea se puede volver un calvario de un día para el otro.
 A Maxi lo detesto por invasor, y al ''Sin Cara'' del  ''B'' lo odio porque sí. Juro que le hubiera desfigurado la sonrisa sexy a bolsazos.  
Ayer, Maxi, salió a festejar su última noche como desocupado. Hoy se despertó temprano, y pude notar que, aunque apestaba a vino rancio y a malta concentrada, no había llegado al extremo de la palangana. Se despertó al mediodía con la idea de organizar una última cena para los tres mosquitos (si bien los horarios del bar son rotativos, la mayor parte de los días de la semana va a trabajar de noche). No me dejó interferir en nada y me obligó a encerrarme en mi habitación. Cuando me liberó, me mostró que había hecho su trabajo a fondo; limpió las pelusas pegadas en las patas de la sillas, las gotas de grasa pegadas en los azulejos de la cocina, y aniquiló a los primeros honguitos que estaban naciendo en la cortina del baño. También cambió algunos adornos de lugar. Se despidió y se fue hasta el supermercado de Independencia y Boedo. Como se había salteado la tarea de la basura, cometí el error de llevarla yo. Ahí fue cuando me lo encontré. Salió de la casa en el mismo momento que apoyaba la mano en el picaporte del compartimiento de la basura. En un abrir y cerrar de ojos, mientras dejaba caer  la bolsa en el cesto, se acercó a dónde estaba parada. Solamente me miraba. Hasta que me cansé y lo prepoteé:
 -¿Qué me miras?
El "Sin Cara" solamente se acomodó un mechón de pelo negro que le caía sobre el ojo derecho y suspiró. Nunca lo había visto tan de cerca. Me da un poco de bronca admitirlo, pero la verdad es que es bastante lindo. Quizás algo flacucho para mí gusto; aunque mirándolo con más detalle pude comprobar que, la campera de cuero y el jeans gris, sustituían de buen agrado  la ausencia de masa corporal, para darle un aire exótico y viril.  No lo esperaba, pero asesinó el minuto de silencio con una risa adolescente, y cuando terminó de desahogarse se hizo el interesante:
 - Así que te gustó...
No tenía idea de que hablaba hasta que volvió el cuerpo en dirección a la puerta de mi casa. Al principio me costó entender que estaba mirando algo en particular. Hasta que pude enfocarlo. Ahí estaba: el felpudo bordó con los tres gatos negros. Sentí que me ponía colorada como un morrón, y que las orejas se me incineraban. Cerré la puerta del depósito con un portazo y me volví al departamento con la cabeza baja, mientras que el ''Sin Cara'' no paraba de reírse de mí.   

sábado, 4 de agosto de 2012


Faltaba una hora antes de que Olga se asomara, y yo necesitaba armar un plan para confirmar mis sospechas. No quise perderme ningún movimiento, y la única solución que encontré fue mandar al soldado Máximo Cuevas a montar una brevísima guardia en el hall de entrada. No fue gratis. Tuve que intercambiar un favor: hacerle los dobladillos a su nuevo pantalón de trabajo. Como solemos engañarnos, firmamos el pacto con un apretón de manos. Bajó a relucir su mejor delantal de vieja chusma, y yo me quedé aguardando en la base, intentando enhebrar el hilo negro en la aguja microscópica. Cuando volvió lo confirmó: el ascensor que ambos ocupaban ancló en el décimocuarto piso, la terraza desierta. De repente me acordé de Susana, la mujer de Florindo. Seguramente debía estar en su departamento esperándolo  con el almuerzo frío. La situación, familiarmente conocida, me hizo sentir una repentina tristeza que tardó un tiempo en desaparecer. Como era de esperar, Olga, llegó media hora tarde. Dijo que no pudo pasar a buscar las bolsas, y se escudó en lo primero que se le ocurrió: tuvo que asistir al otorrinolaringólogo de urgencia, motivo por el cual se presionaba, equivocadamente, el hígado. No hablamos mucho. Cada vez que terminaba una frase dejaba escapar una risita embobada. Daba la sensación que no podía soportar los recuerdos recientes de vaya a saber qué imágenes chanchas. La torpeza también fue en aumento. En quince minutos logró desbordar el depósito del baño, decapitar al angelito mientras intentaba sacarle brillo, y también llegó a pisarle, tres veces, la cola a Capitán. Pero lo peor de todo fue verla frotar eróticamente la esponja de metal contra la sartén para despegar los restos de costillita de cerdo adheridos. Era una conejita sexy de entre casa. Estaba a punto de encadenarla al sillón conmigo, y obligarla a mantener una conversación sincera, cuando sonó el timbre. Dos minutos después estaba atendiendo a mi hermana y a Ariel. La visita fue breve; mi hermana tenía planeado seguir mostrándole a su novio la parte sureste de Capital, y yo por otra parte, llegaba tarde a la sesión. 
VilmaMiriam cerró la puerta asustada. Me presionó la panza tan fuerte que tuve miedo de que me hiciera canturrear como un Osito Cariñoso. Me confió que mi retraso le había hecho pensar que había abandonado la terapia para siempre. Esperé pacientemente a que acomodara la tetera sobre la bandeja, y me hizo seguirla con la azucarera. A medida que avanzábamos por el pasillo, el olor a insecticida se volvía cada vez más intenso. Me costó encontrarla, pero después de fijar la vista entre la humareda que provocaba el incienso, pude distinguirla: Clara llevaba un kimono floreado larguísimo. Solamente se le veían las garras de los dedos gordos del pie decorados con dos líneas horizontales, de color amarillas y moradas. El kimono parecía de un material finísimo, y la tela, caía excesivamente por las mangas, tanto, que llegaban a arrastrarse por el piso. El cinturón ancho y el diseño cruzado, hacían que todo se le apelmazara a la altura del pecho. De todas maneras había algo que no funcionaba: las dos trenzas gauchescas que le caían por ambos lados. VilmaMiriam llenó las tazas con una sustancia de color verde oliva radiactivo y se fue. Estuve a punto de escupirlo en su nueva fuente patinada de dorado, pero en ese momento Clara se levantó para abrir la ventana, y lo devolví sin mucho esfuerzo a la taza. De espaldas, me alentó: 
 - Es un kukicha puro.
Apoyé el té en la mesita redonda, y le conté lo bien que había resultado el ejercicio. También hice énfasis en el tiempo que había estado fuera. Pero a Clara no le interesó. En vez de eso, me pidió que le contara qué era lo que había hecho el día previo al ataque. Después continuó con la noche del sábado. Le expliqué que los primeros síntomas se despertaron en el único momento de calma de la noche; cuando observaba a mi familia interactuar desde el sillón. Recordaba no estar pensando en nada que tuviera que ver con la fiesta. O eso creía yo, hasta que me preguntó:
 - Entonces, ¿en qué pensabas?
Pude visualizarme recostada en mi sillón, mirando desde la distancia la vela de cumpleaños de Pablo, apoyada en una servilleta. Y sí me acorde de que sólo pensaba en una cosa: en mi abuela.

viernes, 3 de agosto de 2012


Si pude llegar a la parte áspera, fue por la pequeña ayuda de mi amigo. Maxi volvió del infierno clínico para torturarme. No vi la hora, pero sabía que era demasiado temprano. Me zamarreó y me destapó criminalmente. Estaba con los ojos enrojecidos y  venosos, lo que me hizo recordar que se había despertado a las 7:00 am para viajar hasta el hospital Argerich. El martes, el día de la entrevista, la chica de recursos humanos además de facilitarle discretamente el número de teléfono para una cita futura, le exigió la libreta sanitaria para poder iniciar el entrenamiento. Me arrastró de la cama a la fuerza, y repitió el proceso de ayer. Yo sabía que quería ayudarme, pero también presentía que necesitaba una compañía que le diese ánimo para esquivar lo que se le estaba aproximando. Como recompensa me preparó un tostado de jamón y queso, rebalsado con manteca y mayonesa, y un café con leche. 
Ayer, habíamos acordado que íbamos a salir temprano para evitar la muchedumbre; no tenía intenciones de dar un espectáculo público a la gorra. Esperamos que la lluvia cesara. Él leía desparramado en el sillón, mientras yo completaba, robóticamente, el trabajo del día. Aunque Maxi chequeaba constantemente el pronóstico en la televisión, sabíamos que no iba a parar. No hacía falta ser un meteorólogo experto, para darse cuenta de que el cielo se estaba cayendo a pedazos. Me acordé de que a las 15:00 hs venía Olga para traerme las bolsas con los tuppers de mi mamá, y también para sacar a pasear a Capitán. Recordé que a las 16:00 hs tenía que estar en lo de Clara con el ejercicio completo. Sin pensarlo dos veces, apagué el monitor y me cambié en la habitación. Salí con el paraguas apuntando quijotescamente en dirección al pasillo y le dije:
 - Vamos.
Cuando salimos tuve la misma sensación de siempre: que la avenida San Juan no es precisamente una avenida muy feliz, y menos con lluvia. Debe ser una de las calles con los registros de suicidios más altos de toda la Capital. Diez minutos después, estábamos ubicados en las sillas balnearias del bar Harmony. Nuestras caras estaban embadurnadas por una capa gruesa de grasa, y nuestra mesa estaba cubierta con un rocío pegajoso. Instintivamente, Maxi, se encargó de la parte práctica: llamó al mozo con un gesto de urgencia, le pidió dos cortados en jarrito, lo pagó por adelantado y también, le repitió tres veces que estábamos apurados. Habían pasado otros seis minutos. Tenía la espalda en el aire y los pies enterrados en las baldosas. Cronometré otros dos minutos, y al minuto siguiente llegaron los cortados. Maxi me sonreía. Para distraerme me recordó una historia vieja que, aunque ya la sabía de memoria, hizo que olvidara por completo que estaba apoyada en un mesita mojada en uno de los  días más espantosos del año, controlándome para que mi cuerpo (incluyendo mi culo empapado) no se empezara a acalambrar:
 - Cuando te conocí eras una ratita flacucha y arisca vestida de negro...
En ese entonces, él era un poco más grande; tenía 21 años y una panza cervecera pretenciosa. Había dejado la carrera de letras para intentar suerte con el cine. Yo, en ese entonces, tenía 18 años. Llegó el segundo cuatrimestre y dejó la cursada. Más adelante volvió a la UBA y completó hasta el segundo año de la carrera de bibliotecario. Habíamos comenzado a salir antes de que dejara la facultad de cine. Él, por ese entonces, ya conocía a Laura, mi amiga de toda la vida. En dos meses nos dimos cuenta que nos dábamos asco. Que no nos soportábamos. Y que conectábamos mejor con ropa. Hacía el final del segundo cuatrimestre empecé a salir con Martín, y aunque Maxi y yo no hicimos grandes esfuerzos, él contribuyó a que enterráramos definitivamente nuestra breve relación.
Estuvimos cuarenta minutos en el bar. Un récord que no esperaba. Hasta que los vimos. Si decidí huir no fue por la falta de aire o por una contracción interna; fue porque Olga se paseaba desvergonzadamente en la cuadra de enfrente, abrazada a los michelines de Florindo.



jueves, 2 de agosto de 2012



Ayer a la noche no cenamos juntos. Desde mi habitación pude escuchar el timbre dos veces.  Volvió unos minutos después, y supuse que tenía intenciones de enmendar lo que sus palabras de ogro habían machacado. Quería desestabilizarme con el único arma que sabe que suele funcionar conmigo: un banquete. Pero todavía estaba enojada. Tardó demasiado en darse cuenta. Por eso, cuando me llamó apagué el televisor y no le contesté.
Hoy me quedé hibernando en mi refugio. Vi su débil sombra de Nosferatu reflejarse cuatro veces por debajo de la puerta de mi cuarto. Los truenos contribuían al suspenso. A la quinta no pudo resistirse más y aporreó la puerta salvajemente hasta que se abrió sola. Sin pedir disculpas, entró hecho un remolino, y se sentó en medio de la cama matrimonial para examinarme. Me sentía como una enferma terminal. Se acomodó de espaldas a la pantalla para acaparar mi visión, e intentó formular una disculpa directa:
 - Tenés que salir. Cambiate y cruzamos.
Le corrí la cara con la mano y lo alejé de mi vista. De reojo pude ver que sus cejas espesas se le transformaban en dos paréntesis recargados, dándole a su cara cierto aire caricaturesco. Más que asustarme me dio gracia, la conocía de otros capítulos anteriores: era su intento de mirada de la muerte. Se levantó, subió la persiana, y mientras daba un eterno resoplido, apagó el televisor. Me tiró la campera negra de polar, un corpiño blanco del sillón, me revoleó una calza negra directamente al centro de la cara, y se lo solté:
 - No puedo.
Le tuve que contar lo que había pasado en el baño. También le conté acerca de la peligrosa variación de Clara, y usé la misma metáfora ridícula del coco, para hacerle entender la gravedad del ejercicio: primero tenía que acostumbrarme a la parte áspera y peluda del exterior, para llegar a disfrutar la primera capa comestible. Lo  más importante llegaba después de atravesar todo lo anterior: el jugo. El viernes pasado, cuando la escuchaba, me moría de ganas de revolcarme de la risa sobre su fino porcelanato y su pequeña alfombra  de animal print, pero fui consciente; tenía que estar concentrada en mantener una tristeza sincera por lo de la fuente. El tema del angelito todavía ardía. Cuando Clara concluyó su explicación, dejé de reírme: llegar al bar de la esquina y lograr sentarme en una mesita de afuera, era la parte áspera y fea. Acostumbrarme al ambiente, era la primera capa comestible. Al jugo dulce solamente iba a llegar con el tiempo. El día que pudiera entrar al bar sin sufrir un coma en el intento.
Lo entendió y no le dio importancia. Se portó como hubiese sido otra persona; Laura, por ejemplo:
 - Ahora llueve, y es tarde. Pero mañana vas a bajar conmigo.

miércoles, 1 de agosto de 2012


Me desperté sobresaltada. Lo había esperado con una tarta de jamón y queso, y una sopa crema de pollo que estuve a punto de volcar por la ventana de mi cuarto hasta el patio interno de Fernando y Andrea, los "Antis" del 1° "A". Actuó como un irresponsable. Estuvo con el celular apagado desde que salió de la entrevista y jamás llegó mientras duré despierta. Me había dormido a las 2:30 am, preocupada y ansiosa por saber cómo le había ido. Por eso, salí de la cama con un salto, e instintivamente fui a comprobar si había vuelto. No tuve ningún pudor en abrir la puerta de su habitación de un tirón. Creo que en el fondo, antes de presenciar una fotografía tan triste, hubiese preferido encontrarme con una enredadera de cuerpos desnudos. Lo primero que noté fue que el cuarto estaba totalmente en penumbras. Lo segundo fue que la persiana caía baja y en diagonal. Para lo tercero no tuve que hacer ningún tipo de esfuerzo, porque el olor me invadió sin pedir permiso. La última vez que aspiré algo tan podrido y penetrante, fue cuando tenía veintitrés años, y viajaba en el colectivo de la línea 126 para llegar a casa: un amigo de ese entonces había soltado, abajo de su asiento y luego en el pasillo, dos panchos con papas pay regados con dos litros de fernet, medio litro de vodka con melón y cuatro shots de mezcal. 
Antes de tener un plano general de la tétrica escena tuve que esforzarme, para esquivar las tres torres con libros que lo mantenían oculto como un refugiado en su fortín. Y se dejó ver: estaba tumbado en la cama abrazando a mi palangana verde loro. La palangana tenía una bombacha y dos pares de media. Todo flotaba gracias a la porquería que había largado. La comparación con una gran ensalada de frutas me asqueó y tuve que salir volando. No estaba enojada. La imagen bochornosa, y el paquete transparente que encontré sobre la mesada de la cocina, me obligaron a solidarizarme. El plástico protegía a un pantalón negro y a un chaleco del mismo color. Le preparé un café cargado y lo dejé sobre la mesa junto con un paquete de galletitas de agua. Se despertó dos horas después. Sentada en la silla de la computadora, pude verlo bambolearse hasta la cocina. Abandoné el Photoshop y me senté para hacerle compañía. Lo felicité por las buenas noticias, y me respondió de la peor manera: 
 -¿Vos no tendrías que ocuparte de tus problemas?
Y zarandeó el pulgar, burlonamente, apuntando hacia abajo: a el hall y la calle. Me quedé sentada esperando algún tipo de disculpa. Otra vez era él, La Bestia, sin tacto y egoísta. Mastiqué todas las palabras hirientes que se me ocurrieron, y me las tragué, porque no era su culpa. Él no sabía lo que había pasado el sábado. No se lo conté. Tampoco lo imaginó. Estaba demasiado ocupado pavoneándose con Mariela (o Marianela). De todas formas, si se lo contaba, nunca iba a llegar a entender lo frustrada que me sentía por haber retrocedido, y lo asustada que me tenía el nuevo ejercicio de Clara. Me levanté antes de arrepentirme, y lo dejé solo, lidiando con su resaca. 
Después de mandarle a Marisa un compilado de archivos y algunas ideas funcionales para el nuevo proyecto que se está poniendo en marcha, me conecté para distenderme con la buena energía de Nicolás. Otra vez insistió con el plan de la cámara web, pero lo evadí: el tarado de Martín, supuestamente, podía llegar en cualquier momento.

martes, 31 de julio de 2012

Laura no llegó con los profiteroles, pero trajo medio kilo de bizcochitos chorreados con grasa, media docena de alfajores de maicena explotados de dulce de leche, y una cara del trencito del terror que espantaba. 
La última vez que estuvimos los tres juntos, había sido para festejar el día del amigo, aquella vez que Maxi y yo nos peleamos porque lo encontré arrastrándose, como un pez limpia fondo, cerca del cableado de la computadora. Esa noche, a diferencia de otras, Laura no cumplió con su típica función de mediadora. Al contrario, nos miraba con unos ojos desgastados y ojerosos, y nos explicaba lo mal que les estaban sentando las vacaciones de invierno a  Franco y a ella. Luqui se despertaba hecho un torbellino a las 8:00 am y se acostaba igual de enérgico a las 2:00.
 Hoy, mientras preparaba el mate, nos reveló una noticia espantosa. A la mañana, cuando había dejado a Luqui en el colegio, el director de la institución y la psicopedagoga de turno, la secuestraron para acorralarla en un despacho. Le agitaron en la nariz un cuaderno forrado de un rojo confidencial, y le explicaron cual era su contenido: eran alrededor de ciento veinte quejas que los padres habían registrado desde marzo de este año hasta los primeros días de julio, y también contenía las observaciones que las maestras habían acumulado en el mismo período. Y la amenazaron. La psicopedagoga fue descarnada. Sin hacer ningún tipo de introducción, le soltó en la cara que Luqui padecía un grave trastorno de hiperactividad con déficit de atención. El director no sólo se lavó las manos, sino que también se esculpió las diez uñas y se exfolió las callosidades. Le explicó que la situación del nene era ajena la institución, y que estaban cansados de los disturbios en las aulas, en los pasillos y en los patios. Tampoco iban a tolerar otro accidente. Y fueron terminantes: o el chico iniciaba un tratamiento pronto, o lo expulsaban del colegio.
Laura me sorprendió con su reflexión. Aunque ella como buena madre lo había defendido a capa y espada, hoy, se desarmó completamente y reconoció que su hijo no actuaba como un chico normal.
A las cuatro y media de la tarde, Maxi, cabisbajo y renegado, abandonó la reunión de los tres tristes mosquitos. Ayer a la noche, tirados en la cama, mientras alimentábamos a nuestros rollos con un cóctel de grasas saturadas, recibió la llamada de una importante cadena de cafeterías para concederle una entrevista laboral, y aunque atendió con una incontenida felicidad, cuando tomó prolijamente los datos y cortó, me di cuenta que no era precisamente la propuesta que esperaba. Hicimos lo que pudimos. Como dos madres preocupadas lo escoltamos hasta el ascensor. Después de que Laura le aterrizara el jopo natural y el cuello arrugado de la camisa, nos despedimos y bajó. En ese mismo momento, Sofía, salió al pasillo cumún con unos pequeños pasitos de algodón y se unió a nuestra manada. Nos desparramamos en el sillón para masticar las sobras de los bizcochitos, y Sofía, la cuarta mosquito, elegió azarosamente una película del montón. 

lunes, 30 de julio de 2012



Tendría que haber bajado para hacer el ejercicio nuevo que me dio Clara, pero siento que por más que cumpla con todas las tareas del manual de ayuda al agorafóbico voy a seguir igual. Hoy, en vez de salir, preferí quedarme encerrada en el ciberespacio para hablar con Nicolás. Nuestra última conversación fue el viernes a la noche, así que estaba al tanto de los festejos. Me preguntó cómo me había ido. Sin tapujos le relaté hasta el último detalle. Me dio algunos consejos, y para hacerme sentir mejor me recordó que lo que me pasó fue totalmente normal. Él también está tratando de recuperarse y una vez por mes, como si fuera una cita programada, suele tener una recaída fuerte. Pero a diferencia de mí, Nicolás, sigue un estricto tratamiento que tiene que alternar diaramente con medicación. No me lo dijo tan abiertamente, pero por lo que escribió pude entender que todos los días tiene que escarbar dentro un pastillero cilíndrico, como un sexagenario, para  hacerse de un puñadito de píldoras multicolores. 
Como la conversación se estaba volviendo bastante opaca, preferimos cambiar a otros tópicos más felices, y me comentó dos chismes que estaban corriendo detrás de las bambalinas de nuestro foro. El primer chisme tiene que ver con Margarita, la señora de misiones. Desde su repentina desaparición los malos teclados escriben que se la sospecha de andar en una extraña "onda verde". Parece que Margarita le confió a un integrante del foro que su agorafobia era cierta, pero lo que no era totalmente cierto era su afición por la agricultura, y que en su huerta tiene sepultados unos negocios un poco más turbios: una extensa plantación de cannabis. Por eso, la mayoría argumenta que su ausencia, en verdad, tiene que ver con una posible detención. 
Por otra parte, parece que los chicos de Misiones, Sebastián y Lucía, están pasando por una fuerte crisis en su relación. Dicen que Sebastián no la soporta más (por los comentarios que hace es media reventada), y tiene decidido abandonar el monoambiente que ambos comparten. El problema es que, para hacer abandono de hogar, primero tiene que cruzar la puerta. Después de hablar sobre el resto de los participantes, Nicolás, me hizo una propuesta indecente: me mandó una invitación para vernos por cámara web. También me pidió que conectara la mía. No sé si lo que me hizo rechazar la oferta fue ver reflejados, en la ventana del balcón, mis pelos revolucionados sin planchita, o darme cuenta que estaba vestida con mi remera blanca con la cara sombreada de Humphrey Bogart. Pero evité todo tipo de contacto; le dije que mi amiga Laura había llegado de la panadería con una bandeja de profiteroles.

domingo, 29 de julio de 2012


Si Clara no hubiera atendido cuando la llamé, y si Sofía no se hubiera fugado de la casa, creo que todavía estaría sentada en el inodoro esperando una nueva recaída.
Los primeros en llegar fueron mi hermana y Ariel, su novio mendocino. Unos minutos después, mientras desplegaban sobre la mesita del living una mini feria artesanal compuesta por una montaña de recuerditos de Mendoza y de Salta, llegó Pablo con Mariana, su novia. El primer grito de la noche lo dejó escapar mi mamá. No me dio tiempo a saludarla que ya se estaba quejando porque mi perro “roñoso con olor a Richuelo" se había obsesionado con una de sus piernas. Como la única solución que encontró fue espantarlo a escobazos, tuve que encerrarlo en el balcón. Al rato, su paladar gourmet no pudo resistirse a la tentación. Criticó cada cosa que se llevó a la boca. Le reprochó a Pablo que los fosforitos estaban húmedos, y que el queso estaba rancio. Le aconsejó presentar en su panadería de confianza todas las pruebas; inclusive le separó algunos fosforitos sospechosos en un plato vacío, y me pidió que se los envolviera en una bolsita de plástico. Después le llegó el turno a los sándwiches de miga. Para su experiencia no contábamos con la suficiente variedad; le recriminó a Pablo que había pensado solo en él, porque no había encargado los que "a todo el mundo le gustaban": de ananá con jamón crudo, y de palmitos con mayonesa. Tardó en darse cuenta que los hombres estaban parados, y cuando lo hizo,  desde su asiento comentó que era una vergüenza que mi casa todavía no contara con las sillas suficientes. Hasta que se las agarró con el mendocino. Mi hermana, emocionada, nos relató a todos como había llegado a conocer a Ariel y lo bien que se estaban llevando; también hizo pública la idea de irse a vivir con él a Mendoza. Y ahí a mi mamá se le saltaron los tapones; por eso no dudó en derribar, con flechazos infectados, su burbuja de amor. En un momento de distracción, mientras Pablo abría los regalos, vi como empujaba a Ariel a la cocina. La escuché susurrarle que “no iba a permitir que raptara a su hija preferida", y que su actitud era propia de un “vagoneta”, porque era el hombre el que debía hacer el esfuerzo de mudarse de ciudad. Para alimentar un poco más su disgusto, antes de que no quedara ni un palito de queso sobre la mesa, Maxi, llegó acompañado por una de sus "preciosuras" (no me acuerdo si se llamaba Mariela o Marianela), que terminó acaparando mi computadora para oficiar, sin mi permiso, de DJ durante el resto de la velada. El cruce más fuerte de la noche ocurrió cuando mi mamá me acusó de irresponsable, porque me había olvidado de comprar  las velitas; y para hacerme sentir culpable prohibió cortar la torta de ricota que había traído. La llegada sorpresiva de Sofía me iluminó. Y cometimos un pecado: le pedí que profanara su casa. Aunque tenía miedo que sus abuelos se despertaran, aceptó y cinco minutos después volvió con un velón blanco de misa, que pudo satisfacer el capricho de mi mamá.
Media hora después, nadie criticaba a nadie. Todos charlaban como personas civilizadas. Y de repente, sin ningún aviso, se arruinó todo. Otra vez pensé que me moría. Llegué al baño a tiempo, antes de que el ataque de pánico volviera recargado. Mi imagen era patética; me retorcía en el piso tomándome el pecho con las dos manos, tratando de robarme todo el aire que podía aspirar. Entonces, se me ocurrió llamar a Clara. Lo único que me serenó fue escuchar su voz; solamente hablaba ella. Me repetía, pacientemente, una y otra vez que no me iba a morir y que todo era una creación de mi mente. Se quedó en la línea hasta que asimilé todas sus palabras, y hasta que pude lograr controlarme. Me explicó que el desencadenante podía haber sido cualquier cosa, o un conjunto: la presión que tenía acumulada, la responsabilidad de organizar la fiesta, o tal vez la cantidad de personas concentradas en un espacio reducido. Le prometí que la iba a volver a llamar, y nos despedimos. Me senté en el inodoro y traté de recomponerme. LLoraba porque sentía que en veinte minutos había retrocedido lo poco que había avanzado en tres semanas. Sofía debió escuchar lo que había hablado, o algún sollozo que no pude silenciar; abrió la puerta sin tocar y, con la mano preparada, hizo correr el agua de la canilla, me ayudó a levantarme del inodoro y me alcanzó una toalla.


sábado, 28 de julio de 2012

Todavía no llegaron y por culpa de Maxi estoy con un humor de perros. Para colmo, después del violento intercambio de palabras que tuvimos, me dejó decorando sola con las porquerías made in China que logró recolectar.
A mí me tocó fregar el piso, repasar los muebles y acomodar. Él se encargó de la parte más sencilla, sin embargo, su misión fue un completo fracaso: le dije que me trajera un paquete de globos con colores surtidos, y volvió con tres bolsitas de bombuchas rebozadas y pegoteadas por un polvo blanco. 
Le anoté en mayúsculas que comprara un cartel que dijera "feliz cumpleaños", pero únicamente consiguió un ovillo de guirnaldas hawaianas, alérgicas a la cinta scotch (para conseguir que colgaran armoniosamente sobre la pared del pasillo tuve que mutilar todos los extremos con un cuchillo, y luego enhebrarlas con un hilo de matambre trenzado artesanalmente). 
Pero lo peor de todo fue que le había subrayado con tres colores distintos que necesitábamos urgentemente dos docenas de platitos descartables blancos y lisos, y no sólo no me trajo la cantidad que quería (me trajo una docena), sino que también compró unos originales cacharros de melamina blanca con el logotipo del Dakar en el centro.

viernes, 27 de julio de 2012


Casi me descubre. Estoy segura de que el que le llevó el fuentón espantoso con el angelito pedorro fue el reventado de Florindo. Con esta actitud de cadete vengativo se debe haber cobrado el comentario mala onda que le hice el viernes pasado, cuando lo descubrí husmeando cerca de mi departamento, registrando los movimientos de Olga. 
Olfateé un aroma espeso apenas VilmaMiriam me dejó pasar.  A diferencia de otros viernes, Miriam, me hizo esperar en el sillón externo a su despacho; me cambió el pocillo de café por un vaso Telgopor rebalsado con agua de la canilla; y en vez de colapsarme con sus conocimientos enciclopédicos, solamente se limitó a intercambiar un "adelante" y un "espera por acá". 
En el living encontré a Clara con la misma actitud. Estaba de espaldas a los sillones, mirando a través del ventanal con las manos dentro de los bolsillos de su jardinero de jean. Le faltaban tres chanchitos, un sombrero de paja y una rama entre los dientes; vista de atrás parecía una campesina agobiada por la vista de la enorme ciudad. Hasta que me di cuenta de que, en el silencioso ambiente, sobresalía un ruido familiarmente molesto. Con un solo movimiento, Clara, dio una vuelta teatral y se acercó para desintegrarme con la mirada. Seguido, meneó la cabeza hacia la mesita redonda ubicada a su izquierda. Y la vi. Era la misma fuente con el mismo angelito vomitón que, el viernes pasado, me había regalado a mí. Me quería arrancar la cabeza, revolearla y hacerla chapotear a modo de "sapito" sobre el agua del cuenco amorfo. En un segundo se me atravesaron un sinfín de pensamientos: que la fuente tenía el mismo diseño espantoso que la que me había dado a mí; que quizás estaba viendo una "réplica"; o que tal vez había resucitado: el viernes pasado, antes de entrar al departamento,  se me había ocurrido dejar el pedazo de yeso acuoso en el cuartito de la basura de mi piso; y sospechaba que Florindo me había visto. Por eso no dudé en levantarme  del sillón y gritar con una profunda emoción:
 - ¡Mi fuente!, ¡la encontraste!
Fue todo tan espontáneo que en ningún momento pude darme cuenta de que estaba apretujando muy emotivamente las dos alas del angelito. Hasta que las solté y vi las marcas en mis manos. Clara me había creído. Mirándola de reojo, pude comprobar que las facciones acalambradas de su cara se le iban relajando lentamente. Y tuve que seguir mi acting hasta el final. Le expliqué que hubo un malentendido con las cajas de Maxi, al momento de hacer la limpieza general; por error habíamos despachado cosas mías. Y le dije que nos dimos cuenta tarde, cuando la fuente ya había desaparecido del depósito. 
Aparentemente Clara es muy querida por los vecinos. Todos tienen en sus casas algún tipo de manualidad hecha por "sus propias manos". Por eso "alguien" (fue el pez globo de Florindo), que la encontró, reconoció su toque personal y se la devolvió.
Durante la sesión hablamos de las novedades familiares y de los ejercicios. Como le conté que en esta semana no había tenido grandes problemas, apostó a una dosis más fuerte... También apostó a que no iba  a volver a perder la fuente. Me la regaló por segunda vez.

jueves, 26 de julio de 2012


Volví y encontré a Sofía merendando en mi cocina. Hoy, el que estaba de guardia en el Centro Islamita era el mismo policía flaquito chupa-mate de ayer que, a diferencia del policía rechoncho y pela-mandarinas del martes, me dejó pararme tranquila frente a la puerta del edificio sin importarle mi supuesto look de musulmana. Estaba tan satisfecha con el tiempo que había durado abajo, que subí los nueve pisos con la misma energía que tenía Forrest cruzando Alabama. Pero tengo que confesar que la fotografía que encontré cuando llegué a mi departamento me arruinó un poquito el humor. Maxi y Sofía estaban sumergidos en una atmósfera de secreteo imbancable. Preferí dejarlos solos tomando la chocolatada con facturas y me fui a bañar. Media hora después, la casa estaba en completo silencio. Maxi había salido sin avisar, y Sofía me esperaba en el living. La encontré revisándome la colección de DVDs. Nos sentamos en las reposeras del balcón, y me dijo algo que me horrorizó:
 -En mi casa no me dejan ver películas.  
Me contó que la familia es extremadamente religiosa. Que tanto la madre como el padre son catequistas misioneros que, además de enseñar en colegios públicos y privados, los fines de semana se dedican a viajar por el país para "mantener la palabra de Dios viva y vigente''; y que en realidad son los abuelos los que se ocupan de ella. Para remontar la conversación le conté que el sábado íbamos a tener una reunión, y le dije que le preguntara a sus abuelos si podía venir, pero se negó: no la dejan salir sin supervisión. Lo más triste fue cuando me confío que sus papás jamás le festejaron un cumpleaños; y que solamente celebraban los días religiosos. Como quise darle una pizca de gracia al tema, se me ocurrió comentarle que cuando era chica a mi mamá le encantaba organizar las fiestitas más depresivas del mundo: que para mi onceavo cumpleaños había contratado a una imitadora de la Flaca Escopeta que tenía veinte kilos de más y se desplazaba sobre el escenario con la ayuda de un andador; que para mi doceavo cumpleaños se me había ocurrido pedirles que alquiláramos una pista de patinaje de moda, pero cuatro días antes del festejo, mi mamá, tuvo la brillante idea de hacer una llamada al Gobierno de la Ciudad para chequear el estado del salón, y tras una inspección terminaron clausurando el local por peligroso; no contaba con los suficientes barrales para sujetarse en la pista. Y que a los trece años mientras los padres de mis compañeritos les organizaban a sus hijos los primeros bailes mixtos, con botellita incluida, mi mamá quería copiar la fiestas de disfraces educativas con las que mi tía Verónica torturaba a mis primos; a esa edad tenía la suficiente lucidez como para darme cuenta que antes de disfrazarme de satélite o de invertebrada, lo mejor que podía hacer era perderme en los cines de Lavalle.
Pero lo arruiné todo. En vez de reírse conmigo, se largó a llorar sobre mi hombro. Y tenía razón. Por lo menos tenía el recuerdo de haberlos festejado. Para ponerla contenta la invité a venir a ver películas conmigo. Y se fue antes de que los abuelos se despertaran de la siesta. 

miércoles, 25 de julio de 2012



Se viene el Carnaval Carioca. Mi hermana me llamó. Tuvimos una charla fugaz que duró diez minutos. En los primeros cinco resolvimos el problema; acordamos que el sábado nos reunimos en mi casa y que de paso vamos a aprovechar para festejarle el cumpleaños a Pablo. En los cinco minutos restantes me confesó que en realidad su trabajo había terminado hacía una semana, y que estaba parando en Mendoza: después de estudiar los fenómenos sísmicos en la ciudad de Cafayate decidió trasladarse a Godoy Cruz, para disfrutar una mini luna de miel con un mendocino que conoció en el grupo de investigación. Parece ser que, en solamente dos semanas, el chico logró volarle del cerebro todas las placas tectónicas; porque ya están planeando irse a vivir juntos. Así que, además de traernos un montículo de rocas que juntó mientras picaba una fosa, también va a traer de visita a su nuevo novio.
 Apenas cortamos, llamé a Pablo. Le comenté lo poco que sabía: que su madre  estaba organizando un nuevo plan para engañarnos. La verdad es que no la puedo culpar. Los tres detestamos los cumpleaños de  la misma manera. Por esto mismo, hace más de diez años, organizamos un comité para formalizar la decisión de evitar festejarlos en familia. El problema fue que, cuando mis papás se separaron, mi mamá volvió a retomar el hábito del festejo, y los ideales del comité se disolvieron por completo. Ahora mi mamá se encarga de reunirnos a través de excusas y mentiras: para el último cumpleaños de Pablo, nos había invitado a cada uno, por separado, a cenar a Puerto Madero. Pero resultó que, en realidad, nos esperaba para embarcarnos en un catamarán poblado de jubilados. El catamarán nunca zarpó y nos balanceamos sobre el agua hasta las 21 hs.
Al rato, cuando nos dimos cuenta que el segundo piso se estaba convirtiendo de a poco en una pista de tango, y que lo único que había para tragar eran las sobras de la mesa fría, los tres nos fuimos levantando disimuladamente para naufragar. 
Y ella terminó sola con Nora, su amiga.   
Arreglamos así: Pablo se va a encargar de la comida. Yo me encargo de la casa y los preparativos. Antes de llamar a mi mamá para contarle el cambio de planes, aspiré el humo del sahumerio de lavanda y lo contuve en mis pulmones hasta marearme. Pero sorpresivamente no tuve que justificarme por mis "problemones". Ni siquiera los nombró. Aceptó encantada el plan que habíamos armado. También se ofreció a traer las bebidas y la torta cumpleañera.