domingo, 19 de agosto de 2012


Mi edificio tiene catorce pisos y cada uno de ellos cuenta con tres departamentos. El piso catorce corresponde a la terraza. La dejé de visitar incluso antes de que mi abuela falleciera; es una terraza tétrica y fantasmagórica. La puerta de entrada es de un aluminio vencido y peligroso que sigo odiando hasta el día de hoy; cada vez que subía y la rozaba perdía un pedacito de piel. Las ventanas tienen unos vidrios esmerilados de color caramelo, y todas están rajadas de arriba hasta abajo. Hay una bacha de un metro por un metro de acero inoxidable que podría usarse habitualmente sino estuviera tapada desde hace décadas con los pelos blanquecinos y crespos del pekinés marchito de la “Vieja Normis” del 3 “C”. Hasta hace algunos años mi abuela era una de las pocas vecinas que usaba el tender colectivo. En realidad, lo hacía por exquisita y coqueta. No le importaba cargar el canasto de ropa hasta el último piso, y siempre justificaba el esfuerzo diciendo que, en el balcón, la ropa se impregnaba con la fragancia penetrante de las macetas de romero y albahaca de los naturistas del octavo. Miles de veces, a la hora de vestir sus polleras y sus remeras floreadas, la escuché gritarles a los del octavo que se sentía adobada como un pizza a la piedra. Pero un día no subió más; alguien se había apropiado del tender. Cuando me mudé con mi abuela, sospeché que el ladrón era  Florindo. Evidencias no me faltaban. En repetidas oportunidades, al pasar, lo había escuchado quejarse por la suciedades que dejaban el resto de los inquilinos. Y robar el tender me parecía una buena extrategia para evitar que nadie más subiera. Pero no...
El Sin Cara del “B”, irrumpió nuestro domingo con unos desesperados golpes en la puerta. Como Maxi estaba planchado el pantalón negro de trabajo sobre la mesada de la cocina, y estaba mucho más cerca de la puerta atendió él. Yo estaba en la computadora. No dejé mi trabajo hasta que escuché su voz. Me asomé hasta el recibidor arrastrándome en la silla. Maxi, que estaba con unos boxers rayados, me tapaba la visión. Tuve que acercarme para confirmarlo: lo vi apoyado contra la pared del pasillo, frotándose la frente. Con las pocas líneas que cruzaron entendí que, nuestro vecino, había dejado las llaves dentro de su departamento, y necesitaba el número de un cerrajero. Maxi que, más de una vez, por borracho o por despistado se había quedado afuera de su ex departamento le comentó que le iba a salir carísimo y se ofreció a solucionarle el problema.
A veces odio la bondad espontánea de mi amigo. Puede parecer poco solidario, pero si hubiese estado sola me hubiera quedado espiándolo detrás de la mirilla engrasándome los dedos, una y otra vez, con una bolsa de papas fritas aireadas.
Sin mi consentimiento lo hizo pasar al living y me vi obligada a saludarlo. Maxi lo hizo sentar  en el sillón. A todo esto, yo ya había vuelto a concentrarme en mi tema. Después de escucharlo abrir y cerrar los cajones de su habitación, volvió con una ganzúa, y un alambre a medio doblar. Daba gracia. Protestaba porque le faltaba una pinza y me exigió a mí que se la pidiera prestada a Florindo. Como yo me negué, dejó las cosas y se fue refunfuñando hasta lo del portero. El silencio me incomodaba. Me arrepentí. Creo que prefería mendigarle una herramienta al pez globo del portero que escucharlo despegarse la cuerina de los jeans. Además, como lo tenía de espaldas a mí no me podía deshacer de la idea de que se estaba sonriendo, con esos dientes blancos y esculturales de propaganda de dentífrico. Me di vuelta para comprobarlo y efectivamente fue así. Me dio tanta bronca que lo hice evidente:
-¿De qué te reís nene?
- De los boxers de tu novio.
Solté una risita tonta. Traté de taparme la boca con la  mano pero lo notó enseguida:
- Así estás más linda.
Nos levantamos sobresaltados cuando escuchamos los  ruidos del pasillo; era Florindo desatornillando la cerradura. Maxi, estaba parado junto a él dándole forma al alambre con la pinza. Lo vimos transpirar durante quince minutos. Con una mano mecía el alambre y con la otra la ganzúa. Estaba por darse por vencido cuando la puerta mágicamente se destrabó. El viento que corría por  mi departamento hizo que se abriera de par en par. Ni el mismísimo Florindo lo notó. Lo reconocí porque estaba abierto de costado; parpadeé bastante antes de afirmarlo: al final del pasillo estaba el tender contra la pared. No lo reconocí a primera vista porque, debajo del mantel blanco, tenía apoyado algo macizo que lo hacía confundir con una simple mesita. Creo que el “Sin Cara” vio mi cara de asombro porque se empezó a reír.  

sábado, 18 de agosto de 2012


Me forcé a dormir bien temprano. Resultó que en un estado incierto, mitad dormida-mitad despierta, el escenario común de mi sueño se había vuelto una pesadilla. Repentinamente dejé de vagar por los pasillos de un garaje, cuando el suelo se transformó abruptamente en una laguna de color gris tiza. Sobre la laguna se sobreimprimían las caras de Martín, Joaquín, Rebeca y de Juan. Juntos formaban un gran omelette giratorio. Un omelette podrido y mohoso. Abrían y cerraban la boca, pero no hablaban. Me veía a mí misma en tercera persona, tapándome la nariz y acercándome al borde de la laguna con paso firme. Y me caí. Me desperté sobresaltada y angustiada. Traté de conciliar el sueño nuevamente. Conté ovejas e intenté visualizarme tomando sol en una isla paradisíaca que había visto en la contratapa de una revista de chimentos que Maxi se había robado del bar, pero ninguna de estas técnicas funcionaron. Se me ocurrió descargarme unos sonidos terapéuticos. En el fondo debía estar completamente vencida, porque me volví a perder entre sueños a partir de la tercera repetición del graznido de una bandada de gaviotas. Tampoco lo escuché llegar a Maxi.
Me desperté pasadas las doce del mediodía con un soundtrack que se extendía por todos los cuartos y llegaba desde la cocina. Me parecía que los timbrazos aislados intentaban componer la música de “Tapa tapita”. Era un sonido impaciente y quejoso que se repetía en mi cabeza hacía rato. Toqué el portero y esperé cruzada de brazos en el pasillo. La recibí con una sonrisa, pero mi mamá no se detuvo. Me gritó y pasó directamente al cuarto de baño. Olga venía detrás suyo con unos pasitos picarones e inseguros, rebalsada de bolsas de supermercado. Parecía una ardilla remojada. Tenía los tirabuzones rojos achatados sobre el cráneo, que bien, podían ser producto de la humedad o de una mala praxis ejecutada por su peluquera de confianza. Siguió de largo hasta la cocina y se quedó inmóvil al lado de la heladera. Me pareció que debía tener miedo de que ventilara algo de lo que había visto la semana pasada, porque de vez en cuando se asomaba por el  marco de la puerta para espiarme. Quería susurrarle que no se preocupara; que no me interesaba comentarle a nadie la relación clandestina que mantiene con Florindo; más que nada tenía intenciones de asesorarla sutilmente: por lo que sé, su esposo, Victorio, es un viejo amargado y vividor, pero por otra parte Florindo tiene otras características peores... Pero el aullido de mi mamá me borró todo el discurso que había formulado. Corrí al living y los encontré. Estaba recostada en el sillón con los ojos tapados, y Maxi, que estaba agachado a su lado disculpándose, tapaba sus partes pudendas con un libro abierto. A la escena casi pornográfica se había sumado Mandy que, en un acto solidario, se había acercado hasta él para taparlo con el sobrante del acolchado de los Thundercats que la envolvía. Como mi mamá no quería volver de su estado de shock (igual vi que espiaba las partes bajas de Maxi por los agujeros que dejaban sus dedos), los obligué a vestirse y los eché a la habitación. Por otra parte, Olga, seguía refugiada en la cocina. Como su panza kilométrica afectaba mis movimientos en el espacio, e impedía que le preparara un té relajante a mi mamá,  tuve que obligarla a los gritos a que sacara a Capitán a pasear. Me dejaron desquiciada. Esperamos a que volviera, y nos despedimos. Mi mamá, Olga y Mandy compartieron el ascensor, y yo bajé  los cinco pisos a pie.
Por suerte me atendió Clara. Tenía pavor de que me recibiera VilmaMiriam, porque seguro me iba a preguntar como me había salido el mejunje de porquerías que me había recetado para mi falsa gripe. Nos sentamos en nuestro espacio habitual, e inmediatamente la puse al tanto de las novedades de las últimas dos semanas: los resultados del ejercicio y el encuentro (y desencuentro) con Juan. Pasé por todos los estados emocionales. Lloré. Me reí de mí misma. Volví a llorar. Volví a reír. Suspiré. Estrujé con furia un almohadón y perdí parte del relleno. Volqué tres veces el kukicha que me había convidado. Pero la escuché y me calmé. Al final, como Clara estaba satisfecha con los resultados, me propuso avanzar un escalón más.  

viernes, 17 de agosto de 2012


Podían haber pasado dos cosas: que me tomara la mano y lo lamentara junto a mí, o que se vistiera y saliera huyendo lejos de mí. Pero las dos profecías se entremezclaron patéticamente. Me tomó la mano, y después huyó. 
Mi inesperada confesión rompió la escena romántica, y también desvalorizó el plato gourmet que había preparado. Estábamos recostados en la cama. Él tenía la espalda contra el respaldo de madera. Yo usaba su pecho descubierto de almohada. Realmente no pensaba en nada. El cielo, que se dejaba espiar por la ventana de mi cuarto, me había hipnotizado con un show de relámpagos de colores, y Juan, que viajaba de canal en canal, se había atontado con los destellos que producía el televisor. Dejó el control sobre la mesa de luz, se levantó de la cama y robó, del sillón de mimbre, mi bata de baño rosa. Lo perdí de vista cuando se agachó para recolectar las pantuflas de Kitty que estaban bajo la cama. Me dijo que estaba famélico.  Quería preparar algo para comer. Me ofrecí a ayudarlo, pero se rió. Me sacudió el pelo, dejando por sentado que intentaba mimarme. Tardó media hora. Lo escuchaba revolver cacharros, y lavar utensilios. Esa pausa me bastó para volver a un recuerdo que tenía sepultado hacía tiempo. Eran una serie de imágenes sueltas que se entrometieron en mis pensamientos sin permiso, que sólo cobraron un significado real cuando puse a prueba mi sentido común. La imagen final que, a diferencia del resto había tardado un poco más en salir de su escondite secreto, me hizo comprender que tenía buenas razones para olvidarme de aquel día. Retrocedí en el tiempo y en el espacio; volví nuevamente a las vacaciones: tenía los dedos hundidos en una arena pura y brillante. Mi hermana y mi mamá, estaban recostadas en unas reposeras blancas. Charlaban animadamente. Mi papá estaba aislado del resto de la familia; en realidad, estaba más cerca de la carpa de otra familia que de la nuestra. Tenía el diario extendido sobre las rodillas. Los anteojos de aviador le tapaban los ojos, pero su cabeza estaba direccionada hacia una mujer que tenía la cola del color de un carbón; brillaba excesivamente gracias a la magia del aceite de bebé. Yo miraba hacia la orilla, arrugaba los ojos y tapaba el sol con una de mis manos. A muchos metros de distancia, Pablo y Juan jugaban al fútbol. Caminé hacia ellos. Me detuve en varias oportunidades antes de llegar a su canchita improvisada... El resto no lo recordé hasta que Juan volvió de la cocina. Trajo cuatro sándwiches y dos vasos con gaseosa. Había rebanado dos tomates; también había cortado el queso fresco en fetas prolijas. Se sentó en la cama, cruzó las piernas para sostener el plato más cómodamente y me ofreció un sándwich. En vez de comerlo me detuve a inspeccionarlo detalladamente. Me obsesioné con la mayonesa. La miraba como si estuviera compuesta del desenlace que me estaba faltando. Para mi sorpresa, sí lo tenía. Volví de un tirón: ...me había acercado algunos metros más. Protestaba porque quería jugar a la pelota. En verdad, quería estar lo más cerca posible de Juan. Recorrí las dos puntas para convencerlos por separado. Mi berrinche se había vuelto pesado. No hablaba pero sentía que mi voz era diez mil veces más aguda. Sus caras se impacientaban. Y mi hermano lo resolvió de la mejor manera. Me dio un pelotazo inesperado en el medio de la cara que me dejó seca. Tardé en llorar, porque no quería que me vieran. Los dos se reían de mí. Juan se revolcaba en la arena. Hasta que no pude con el dolor y la bronca, y me largué a llorar. El vendedor ambulante que vociferaba a los cuatro vientos que tenía los mejores choclos, calentitos y fresquitos, fue el único que se apiadó. Los espantó a los dos. Me alcanzó un choclo embadurnado en una salsa densa de color amarillo huevo y me llevó a la carpa con mi papá y mi mamá.
Apoyé el sándwich de vuelta en su plato. Lo miré fijamente. Los hoyuelos se le habían borrado repentinamente. Necesité comprobar su reacción antes de que fuera tarde. Traté de ser concisa y resuelta:
 - Tengo agorafobia. No puedo salir de mi casa. 
Se refregó la cabeza. Sus pelos, pinchudos como clavos, cambiaban de ángulo con cada movimiento. Me pareció que era un tic nervioso. Juan me hizo algunas preguntas. Traté de ser práctica y directa. Apoyó el plato en la mesita de luz. Se cruzó la bata con las dos manos. Me tomó de la mano y me la acarició en silencio. Su celular sonó antes de que alguno de los dos pudiera agregar algo más. Atendió en la habitación, y caminó hasta el cuarto de baño. Volvió con cuatro arrugas en la frente que delataban  un nuevo estado anímico. No quise hacer preguntas. Se puso el pantalón negro, se pudo la camisa blanca y se anudó la corbata fugazmente. Alisó el ambo negro que estaba desparramado en el piso.  Finalmente se volvió a sentar para decirme:
 - Bueno, es pasajero. Ya vas a poder.
Me dio un beso en la frente. Lo acompañé hasta la puerta, nos abrazamos y prometimos llamarnos.

jueves, 16 de agosto de 2012



Casi paso por alto el nuevo tachón en mi almanaque mental. Ayer se cumplieron tres meses desde mi último viaje en el colectivo 101, y de que el médico octogenario de barba color cenicienta me diagnosticara con un aire frío y rutinario que estaba pasando por un cuadro nervioso. Tanto él, como el psiquiatra que me atendió al día siguiente, (el que me aseguró un principio de agorafobia), se deben haber olvidado de mí y de mi situación. Desconocen que hace más de tres meses que no llevo una vida normal; que vivo del trabajo que realizo desde casa, que para la mayor parte de las tareas normales dependo de terceros, y que mis lazos y mis hobbies quedaron seriamente restringidos. Me impacienta la idea de imaginar que todos los días, otras mujeres y otros hombres, cerca o lejos, deben descubrir por boca de otros especialistas, helados como témpanos, que sus problemas en realidad tienen raíces más profundas y significativas. 
Extrañamente, el que no se olvidó de mi aniversario fue Maxi. Hoy, a las 7:30 am, me despertó con un circo de sonidos. Me convenció de salir de la cama cuando me zarandeó en la cara una porción de torta milhojas que, sus compañeros de cierre, se habían repartido entre ellos. Para darle un detalle festivo, se le ocurrió adornarlo con un sahumerio que incrustó torcido en el centro del triángulo. Mientras Maxi se duchaba, yo me mantenía ocupada tragando sin pausa el masacote de hojaldre y dulce de leche. Debía cumplir la obligación que tenía para con Joaquín. Cuando llamé a la productora eran las 9:00 am. Me atendió una voz que no reconocí; que no correspondía a la de Paola, la recepcionista de cera, ni tampoco a la de la víbora cascabel de Rebeca. Se presentó así misma con el nombre de Fabiana y con un destello ingenuo, me recalcó orgullosamente que era la nueva empleada administrativa. No me llamó la atención; estaba acostumbrada a que, cada cinco meses, se incorporaran al staff caras jóvenes y extrañas. Pero nunca hubiera imaginado que, esta vez, el recambio iba a afectarme directamente a mí. 
Corté su enérgica presentación y le pregunté por Joaquín. Revolvió en su memoria precoz, y se disculpó por no conocerlo. Me pidió su apellido y se lo deletreé. Ahora tenían otro método. Lo buscó en la computadora, y tras un largo silencio me dio la peor noticia de todas; que impactó en mi frente como un chorro bajo presión. A Joaquín lo habían echado a principio de mes. Seguido, me preguntó mi nombre, y escuché como sus dedos se desplazaban velozmente sobre el teclado. También lo estaba mecanografiando. Mientras registraba su novedosa base datos y clickeaba el ratón compulsivamente, una serie de detalles, a los que no les había prestado demasiada atención, se unieron para clarificarme el panorama: recordé que en las últimas tres semanas no había recibido ni un solo e-mail guía de Joaquín, que en la última quincena había colaborado con Marisa para un nuevo proyecto del que no sabía demasiado, y que la cantidad de fotografías que Rodrigo me mandaba semanalmente habían disminuido considerablemente.
Escuché un último enter seco y traté de hundir el auricular en mi oreja para captar cada una de sus palabras. Por un instante pensé que el corazón se me iba a escapar por la boca. La administrativa me dijo que tenía que comunicarme con la nueva encargada del departamento de diseño, porque no figuraba en su lista de empleados. Dijo su nombre y me mareé. La nueva encargada era Rebeca. Transfirió la llamada directamente a su interno y cinco minutos después, en una espera casi eterna, Rebeca, me atendió con una voz sosa y soberbia. Escuchaba que se mecía una silla,  y no pude evitar pensar que disfrutaba esta clase de situaciones. Lo confirmé cuando me dijo que todos estaban al tanto de que mi enigmática ausencia tenía que ver con una licencia psiquiátrica. Como no le contesté continuó hablando. Me informó que estaban analizando mi ''caso'', y me recomendó que la volviera a llamar el martes por la mañana. Solté un gritito ahogado. Traté de ser cordial y corté antes de que se me escapara alguna barbaridad. Me sentía agotada. 
Corrí al cuarto de Maxi. Aunque se había acostado limpio, todavía vestía con el uniforme de trabajo. Preferí no despertarlo. Era la técnica que usaba de vez en cuando; los días que generalmente estaba muy cansado y debía despertarse para cumplir nuevamente con el ciclo de trabajo.
Me adorné lo mejor que pude, arremoliné mi pelo en un rodete prolijo, busqué el paraguas beige y caminé hasta el bar. Había dejado la libreta y el cronómetro. No me importó, porque sabía que de todas maneras mi cuerpo me iba a informar el momento exacto en el que debía volver a casa. Pedí un cortado en jarrito y miré a la gente perderse en la niebla de agosto. El celular sonó en el mismo momento que llegó el pedido a la mesa. Era Juan. Se disculpó por su ausencia. Habló de temas aburridos; de mediaciones y de audiencias. Me sedujo con frases románticas y me invitó a disfrutar la tarde con él. 


miércoles, 15 de agosto de 2012


Pasaron cuarenta y tres horas horas con treinta minutos desde que lo vi acomodarse el cuello arrugado del sobretodo negro, y cuarenta y tres horas con cuarenta minutos desde que nos atolondramos en el hueco del pasillo, para completar la última sesión de besos antes de despedirnos.  
Creo que no debo ser la única que llora por tener un celular desértico. Es triste. Lo inspeccioné minuciosamente cada cinco minutos y no tenía rastros de llamadas perdidas. No mandó ni un mensaje; ni un mísero emoticon con una rosa marchita. Me da vergüenza admitirlo; llegué a convencerme de que debía de haber algún motivo desconocido que justificara su desaparición. Y lo encontré sin esfuerzos: estaba segura de que había una falla generalizada en el servicio de telefonía. Decidida a poner fin a este martirio, me comuniqué con mi empresa. Estuve ejercitando mis dedos por más de una hora. Presioné números, asteriscos y numerales, cuando  finalmente pude dar con la teleoperadora. Una chica con una tonadita cordobesa que se presentó con el nombre de Julieta, se ofreció a ayudarme, y rápidamente la inundé con las consultas que había anotado previamente: 

1) Si el servicio funcionaba correctamente.
2) Si el pago de este mes había sido transferido en tiempo y forma.
3) Si mi número no estaba siendo víctima de alguna especie de
intervención. 

Contestó las dos primeras preguntas con afirmaciones secas y burlonas. 
El tercer ítem no recibió ninguna atención, en cambio, fue reemplazado por un silencio prolongado que me desalentó. Pero fui valiente. Taché las opciones con tres líneas que se extendieron de margen a margen, y encerré la última hipótesis con una gran elipse. Era la más sólida de las cuatro. La escuché despedir unas bocanadas dramáticas y luego soltó un bufido que me forzó a despegar la oreja del auricular. Su descargo robótico y monótono me llegó desde la distancia:
 - No, Señora. Debería recibir las llamadas sin problemas. No interesa 
   si su pareja y usted no comparten la misma empresa. Probablemente
   no la llamó. Siga esperando.
La detesté. Tenía ganas de componer un "Arroz con leche'' monofónico con las teclas del aparato, y dejarla completamente sorda. Reconozco que no fue una pregunta brillante, pero ella no tenía derecho a juzgarme. Se había ofrecido a prestarme su ayuda. Y al contrario, hizo que me sintiera peor. Julieta me confío que el 35% de las llamadas que suele recibir son de mujeres desesperadas que culpan a la empresa de sus fracasos amorosos. Malhumorada terminé disculpándome y corté. 
Una hora después mi hermana me llamó para recordarme que mi línea funcionaba igual que siempre. Se invitó a mi casa, y nos amenazó con una ''sorpresita" que "podía ser de gran ayuda". Media hora después, llegó junto con Ariel, y tres colchonetas plegables de color azul bajo el brazo. ML, me obligó a vestir un conjunto de gimnasia y a dibujar mi mejor cara de felicidad. Lo mismo hizo con Maxi, que tuvo que abandonar su esperado momento de ocio, para unirse al grupo espiritual.
La verdad es que la sorpresita era una cagada. Los tres terminamos revolcándonos en el piso imitándolo a Ariel, que parece que además de geólogo es maestro de yoga. No sé si los ejercicios de respiración o la famosa pose del árbol son realmente efectivas para combatir la agorafobia, pero puedo confirmar que, por un rato, ayudaron a que me olvidara de Juan. 

martes, 14 de agosto de 2012

Terminamos con los vasos descartables en el piso, y las sábanas manchadas con capuchino y canela. Creo que la última vez que tuve una tarde tan fascinante fue en 1994 con la última transmisión de Jugate Conmigo. 
Lo más acertado es decir que recorrí todos los estados. A la mañana había decidido que no iba a ir a encontrarme con él. Al mediodía cambié de opinión. Y cuando llegó la hora señalada, me preparé la cucha para llorar en paz. Mi lamento debe haber traspasado los límites de los barrios de Boedo y San Cristóbal, porque antes de las 17 hs, Juan, me llamó dos veces, y por cobarde no le contesté. La tercera vez que el teléfono repiqueteó me di cuenta de que esta secuencia podía extenderse ilimitadamente sino tomaba una postura. No tenía otra alternativa; tenía que atender. Y lo hice. Me dio muchísima ternura escucharlo. La imagen segura y fuerte que tenía de él se derrumbó; a Juan también se lo notaba en medio de una contradicción gigante. Titubeaba. Con una calma insistente me preguntó cuánto iba a tardar. Arrepentida, le dije que me había confundido el horario, y que lo mejor era que lo dejáramos para otra ocasión. Error. Juan se ofreció a pasar por mi casa. Me asusté. En mi idioma confiar una dirección significa muchas cosas; en otras palabras era cederle un dato privado, y que en algún futuro, si me arrepentía, ya no iba a poder esquivarlo tan fácilmente. No se me ocurrió qué decir y acepté. Tuve cinco minutos para cambiarme y perfumarme. Conseguí sin esfuerzos la imagen que quería reflejar. Estaba sobria pero sensual, es decir, desesperada, pero en silencio. Tocó el portero y lo invité a pasar. Aproveché su viaje y revoleé al "Coco", la "Coca Chillona" y a Capitán al balcón. Un minuto después, llegó cargando dos vasitos térmicos con capuchinos, encastrados en un cartón de viaje. Recorrió el pasillo y la cocina. Me pidió un plato para servir las dos porciones de tarta de manzana y de cheese cake que traía en la bolsa de papel madera. Lo invité a hacer un recorrido completo por la casa, paseando los cafés a medio terminar. La tensión se desplegó por el aire. Y para mí, cada paso significaba un calambre en la panza. Los dos sabíamos que los últimos ambientes que quedaban eran las habitaciones. Le mostré la de Maxi, y traté de tironearlo de nuevo hasta el living. Pero me lo impidió. Mientras le indicaba el camino, me detuvo con un beso telenovelero que luego acompañó con unos pasos imperceptibles. Tanto que, cuando volví a abrir los ojos, estábamos en mi habitación. Tiró su café, y me hizo tirar el mío. Cayeron al suelo salpicando todo lo que había alrededor. Eso me di cuenta después, porque en ese momento no importó nada más.

lunes, 13 de agosto de 2012


Me fui a dormir con una lista mental de pensamientos negativos. Después de que Sofía se volviera a su casa, opté por hacer un arduo trabajo de campo, y me basé en las opiniones de los expertos que me rodean. Aproveché que Maxi me había encomendando despertarlo de su larga hibernación para completar su segundo día de horario nocturno y lo molesté en su lecho con mis inseguridades. Entre sueños me empapó con un balde de teorías ácidas. Antes de sentenciar una respuesta final, como un Gurú sumergido en su universo, meditó con los ojos cerrados, corrió las sábanas blancas dejando entrever sus partes y se rascó pausadamente la entrepierna dos veces. Se frotó otras dos veces el pecho y me reveló que la verdad que buscaba sólo la iba a hallar si primero aprendía a pensar como un hombre. Parpadeé una docena de veces, y me esforcé en procesar sus palabras. Le contesté que era un tarado. Jamás podía pensar como un hombre si efectivamente era una mujer. Limpiándose las lagañas de los lagrimales, bostezó y me resumió crudamente su razonamiento: si alguna vez llegaba a sincerarme, y le llegaba a explicar que sufría de agorafobia, Juan iba salir corriendo más rápido de lo que Speedy Gonzales tardaba en cruzar el desierto de Atacama. Salí de su habitación decepcionada y lo taché definitivamente de mi lista de consejeros.
Con Laura no me fue mejor. De hecho, no me prestó demasiada atención y acaparó la mayor parte de la conversación con su problemática. Me contó que el jueves, antes de cenar, había experimentado con las gotas que el homeópata le había recetado al nene. Secretamente, o no tanto, las volcó en el vermouth de Franco. Todo había resultado desastroso. Como consecuencia, el viernes, su marido tuvo que faltar al trabajo porque no podía mantenerse despierto. A la mañana siguiente pudo lograrlo con mucho esfuerzo, pero las extremidades no le respondieron, y una caída al suelo le provocó una fractura en la muñeca. Ante el panorama, juntos, determinaron que era hora de intentar una alternativa que no incluyera visitar ningún otro consultorio. Por eso, ayer, decidieron probar con los polideportivos. El plan era inscribir a Luqui en alguna actividad física que le absorbiera toda su hiperactividad sanamente; o en varias si una no llegaba a bastar. La llamada se había extendido más de lo soportable. Laura avanzaba y me describía las extensiones de las canchas de volley y de basket, la cantidad de asientos por gradas y sus colores. También contó la cantidad de duchas que colgaban en los vestuarios, y me detalló las condiciones de sus cueritos. Finalmente, llegó a los vidrios que separaban las piletas de natación climatizadas del bar, y me retuvo otros diez minutos preguntándome qué nivel era el que le podía llegar a tocar a su hijo; Laura descartaba terminantemente la categoría de delfín y la de mojarrita. Me enumeró las cualidades innatas por las que ella creía que definitivamente lo iban a posicionar en el de tiburón. Estaba que explotaba. Como quería terminar la charla rápido, le expliqué diplomáticamente que, en natación, todo dependía de cómo el nene se las ingeniara en el agua. Se desilusionó, y momentáneamente pude lograr captar su atención. Pero después de dar unas brazadas inseguras, se lavó las manos diciendo que ella no podía decirme lo que debía hacer. Todo dependía de mí.
La que sí me escuchó pacientemente fue mi hermana, y resultó que el único que logró aconsejar algo realmente sensato fue su novio, Ariel, que interfirió, muy confianzudamente, en nuestra charla por el alta voz. Ariel me alentó a que me encontrara con Juan, y me dio a entender que era muy pronto para que me fijara en los detalles extras. Deduje que mi hermana estaba de acuerdo con él, porque después de un intercambio de palabras fuertes, escuché que sus labios se agruparon para invadirme la línea con unos molestos ruidos de sopapa atrancada. Mi hermana cerró la conversación alegando que no debíamos dudar de Juan, y que ella siempre lo recordaba como un chico bueno y  comprensivo.  
Me quiero morir. Sólo me quedan algunas horas para repasar mi decisión. ¿Voy o no voy? Esa es la cuestión.

domingo, 12 de agosto de 2012


Sofía se hizo la enferma y faltó a la iglesia. No lo sabía pero es la soprano estrella del coro de los domingos, y hoy tenía que cantar para un centenar de cristianos sedientos de aleluyas. Me tocó la puerta alzando una bolsa de papel con media docena de facturas que habían sobrado en su casa, con los pelos castaños encerrados en una trenza larga y arrastrando unas chancletas rosas y blancas. Como yo estaba igual, me dio lo mismo. Juntas hacíamos un equipo perfecto. La invité a desayunar, le preparé una chocolatada y yo me serví un café con leche. Encerramos a Maxi en su habitación  para que se ensordeciera con sus propios ronquidos, y nos pusimos a ver la televisión en silencio. Intercambiamos muy pocas líneas. Las imágenes chatarras se entrelazaban una tras otra sin llamarnos verdaderamente la atención. En mi mente se desplegaba mi propia novela, y ella lo notó. Aunque no entendí porque se levantó de esa manera a lo último, resulta que Sofía es una excelente oyente. La escena había mutado repentinamente hacía una situación surreal: terminé ocupando el sillón con las piernas extendidas y los brazos cruzados sobre mi pecho. Y ella, sentada en la silla de la computadora escuchando las contradicciones que soltaba en voz alta. Le resumí mi relación con Martín. Le conté sobre Juan y los recuerdos que compartíamos. Le narré el encuentro casual del martes. Le leí el ping pong de mensajes de texto que nos habíamos enviado durante todos estos días. También le conté sobre la cancelación del viernes, y del mensaje que me envío hoy a la madrugada, en el que me pedía que nos encontráramos el próximo lunes. Todavía no le respondí. Sofía se sobresaltó cuando grité a viva voz que la solución más sensata que encontraba a este gran escollo era extirparlo de mi cerebro antes de que fuera tarde. Hacer de cuenta que había fabulado todo y olvidarme definitivamente de él; de su voz de bolero carrasposo, de su cuerpo salvaje y su presencia feroz. Pero era una tarea terrible. Me maldije a mi misma más de una vez. Y concluí con un mar de preguntas que antes, había pasado por alto: aunque estuviese mejor que hace unos meses, ¿cómo le iba a explicar que estaba turuleka?, ¿cómo pensaba decirle que solamente podía salir de mi casa por media hora? Y algo más patético: si acababa de terminar un matrimonio que contaba con media década de antigüedad, yo, una dependiente, ¿iba a seducirlo con semejante prontuario para que saliera conmigo?, ¿iba a arrastrarlo para que me escoltara a hacer los ejercicios?, ¿le iba a pedir que me comprara Titas en el chino más cercano?, ¿podía ser todo más deprimente?  
Aunque no llegué a ninguna solución consistente, y me enredé en un laberinto de dudas, me sentí aliviada. Sofía había dejado de opinar, y el silencio me estaba incomodando. Me pareció natural incorporarla nuevamente a la conversación preguntándole con un tono cómplice alguna experiencia personal suya:
 - ¿Nunca te sentiste así con un compañerito?
Como solamente escuchaba los ronquidos que traspasaban sin dificultades los materiales sólidos de la casa, me incorporé en el sillón, y la busqué con la mirada. Estaba roja de la vergüenza y se incrustaba nerviosamente las uñas en la rodillas. Se levantó, me dio un beso en la frente y salió arrastrando sus chancletas sin hacer ruido. 

sábado, 11 de agosto de 2012

Ayer las cancelaciones se extendieron como una gran epidemia. La primera que desparramó el virus fue Olga, que me llamó al mediodía, para avisarme que estaba enferma y que no podía venir. Creía que su garganta se había contagiado de Parkinson. Su voz, al principio firme y segura, se había convertido en un hilo entrecortado y tembloroso. Fue en medio de una de las pausas que tuve un presentimiento extraño; escuché algo parecido a un traqueteo doble, y me pareció que, del otro lado, sus pulmones se habían tragado todo el oxígeno, como si tuviese miedo de que algo se le escapara. No le presté demasiada atención. Era el ascensor que aterrizaba en un piso no muy alejado. Acordamos que iba a venir el lunes, si antes mi mamá no se le adelantaba y cortamos. Llamé al consultorio de Clara y me atendió VilmaMiram. No quería mentirle. Pero, Juan, terminaba la reunión con el cliente de la calle Pavón, a la misma hora que empezaba la sesión. Usé la excusa de Olga. Me tapé la nariz con una hebilla, y me permití sobreactuar un ataque de tos sobre los microagujeros del tubo del teléfono. VilmaMiriam me compadeció. Me recomendó guardar cama, y me dictó de memoria, la famosa receta que había inventado su tatarabuela. Era una sopa con cabellos de angeles y un mix de vegetales crudos con huesos de caracú, que fingí anotar mientras repetía unos "ajás" que intentaban sonar interesados. Me dijo que si algún paciente cancelaba, podíamos acordar un día de recupero, y nos despedimos. Me acicalé de cabo a rabo; y aunque los nueve pisos me hicieron transpirar hasta la última gota de cafeína, corriéndome el delineador y el rimmel que había repasado tan prolijamente, no me podía quejar. Me había atrasado quince minutos, y los valieron. No quiero exagerar, pero estaba despampanante. En la calle intenté congeniar pasos seductores y decididos, pero cuanto más me esforzaba, más adolescente me sentía. Me hacía pis del miedo y la risa; hasta ese momento no había reparado en la idea de que después de tantos años iba a volver a tener una cita con alguien nuevo; alguien que no era Martín. Y me encantaba. Desde que habíamos acordado la hora y el lugar, me había imaginado la imagen perfecta: cuando llegara a la esquina, ahí iba a estar él. Informal pero de traje, con una mueca seductora, revolviéndose impaciente sobre su asiento y sosteniendo en su mano un ramo de rosas blancas, envuelto por un papel transparente de regalo. Yo me iba a  morder el labio, iba a revolear los ojos y me iba a excusar por mis cachetes pálidos enrojecidos. Como no me podía arriesgar demasiado, había planificado que, después de media hora, lo iba a invitar  a continuar la charla en mi casa. Pero nada de esto pasó. Juan no me esperaba. Pese a que las mesas estaban totalmente vacías, no me desalenté. Mi humor siguió intacto. Irradiaba una luz superior a los últimos rayos del día. Me sorprendí sonriéndole a todos los transeúntes; hasta saludé con un gesto a Andrea la  anti del 1° "A", que me descubrió acomodándome el push up izquierdo del corpiño cuando arrastraba, por la misma vereda, su changuito de compra baqueteado. Y lo esperé. Diez minutos. Veinte minutos. Treinta minutos. Treinta y cinco. Era la segunda vez que le rechazaba el menú al mozo, cuando me sonó el celular. Leí la primera frase y se me apelmazó el pecho. No iba a venir, se había ''atrasado''. Volví inmediatamente. En menos de cinco minutos mi humor dejó el subsuelo para descender hasta el subterráneo. La puerta del ascensor se descorrió en el mismo momento que atravesaba el pasillo. Pude confirmar lo que creía cuando asomaron sus panzas. Primero salió Florindo, luego salió Olga, con una distancia fingida. Olga dio un respingo y soltó la cartera que llevaba en la mano. La ayudé a recoger el estuche de los anteojos, la pomada de las várices y el lápiz labial rosa. Así como la encontre, la dejé. Me di media vuelta y subí las escaleras.

viernes, 10 de agosto de 2012

No me enoja que no haya venido. Me doy vergüenza. Fui irresponsable con mi salud, mentirosa con VilmaMiriam y desagradecida con Clara...

jueves, 9 de agosto de 2012


Estoy nerviosísima. Me como las manos, los codos, los brazos y el cuerpo entero. Lástima que la desubicada "preciosurita" de Maxi me impidió disfrutar a solas mi momento de gloria.
Ayer solamente habían pasado para saludarme y para dejarme en el pasillo los petates del local de ropa de Melany, mientras ellos salían a cenar por Boedo. Me quedé sola, porque Sofía también se había vuelto a su casa. 
Tengo la impresión que desde que Maxi comenzó el entrenamiento, nuestras charlas se volvieron terriblemente monótonas. Él me cuenta acerca de su trabajo, y yo le comento como estoy sobrellevando los ejercicios, y también lo que me cuenta Laura durante el día.  Por otra parte, el café se volvió un tema recurrente e insostenible;  cada vez que se produce un silencio entre nosotros, se incomoda y termina rellenándolo con los conocimientos que adquirió. Es como si en estos últimos tres días le hubiran reducido el cerebro a las proporciones de un grano de café. Me tiene asqueada con los precios, las calidades, las moliendas y las diferencias específicas entre los filtros. 
Hoy a la mañana me llevé un susto gigante y varias sorpresas: la primera fue encontrarme con los dos mensajes de texto que Juan me había enviado durante la madrugada. En el primer mensaje me invitaba a juntarnos mañana por la tarde, en el mismo bar; en el otro, admitía que todavía no podía creer que nos hubiésemos encontrado. Y me dijo que, casualmente estos días, anduvo recordándome en soledad, (¡un romántico!). 
La segunda sorpresita que descubrí fue que Maxi y la "preciosura" habían pasado la noche juntos. Aunque después de lo del secador de pelo, también, descubrí que se había apropiado de mi toalla personal para secar sus cancheros mechones rosas futuristas y sus perfectos músculos adictos al pilates.
La tercera sorpresa fue cuando me enteré que  no se llamaba ni Mariela ni Marianela. Se llama Melany, y le dicen "Mandy". Lo supe porque así la llamó Maxi, cuando le pidió que le acercara el sachet de leche entera de la heladera...
Salí de la cama, no para desayunar con la parejita feliz, sino porque quería recuperar el botín que me había robado: me desperté porque el repiqueteo de sus tacones contra el piso de cerámica de mi cuarto, y su irritante voz cantarina de Palermo Hollywood se habían infiltrado en mi espacio, para robarme el secador de pelo del placar. Casi me muero del infarto cuando vi su sombra. Estaba parada de espaldas, revolviendo descaradamente todos mis estantes. Encendió la luz y la reconocí. Tuve que sujetarme de los bordes de la cama para obligarme a contener los movimientos involuntarios que, mis manos rebeldes, querían completar. Si no la asfixié con la almohada fue porque mi celular hizo vibrar el colchón, y me distraje leyendo los mensajes de Juan. En ese intervalo, ella había desaparecido con mi secador. 
Estaba enfurecida. Completamente desquiciada. Me levanté y me asomé a la cocina para gritarle lo que se me ocurriera. Por un momento casi desisto; los encontré a los dos sentados, con las manos entrelazadas, llamándose con sobrenombres patéticos y dándose de comer pequeños bocaditos de tostada. La primera que me vio fue ella. Se asustó y se levantó de la silla para agregar una tasa a la mesa, mientras repetía nerviosamente una y otra vez: 
 -¡Ay! gordi, disculpame en serio. Te recontra desperté, sorry. 
Mientras enrollaba en un pequeño círculo el cable del secador, la fulminaba con la mirada. Maxi me miraba avergonzado, pero no me importó. Y se me escaparon las palabras malvadas:
 - Gordi, la próxima te rebano las manos, y no voy a sentir nada 
   de sorry.



miércoles, 8 de agosto de 2012

Fui una estúpida. No hice el ejercicio de hoy, porque preferí quedarme en mi casa esperando su llamada "para atenderlo más tranquila". Y, Juan, jamás me llamó. Aunque más estúpido fue mi arrebato. En ese momento no tuve piedad, ni tampoco lo lamenté: aplasté todas las burbujas con entera pasión y dedicación. Los resultados fueron óptimos; ninguno de los globitos del protector plástico que, recubría la tapa del centro musical de Maxi, logró sobrevivir. Hacía tiempo que no masacraba una plancha de burbujas con tanta necesidad. De hecho, no tenía intenciones de comenzar ningún tiroteo, pero estaba ansiosa. Corrijo. Estaba desesperada por tener alguna señal de él. Y no me pude contener: los dedos, índice y pulgar, encerraron, muy lentamente, el primer globito hasta hacerlo reventar. Fue un ¡paffff! suave y esponjoso, que flotó en el aire durante un tiempo exagerado. Seguidos, otros dos ¡pafffs! impactaron con la misma cadencia sonora. Fue terapéutico; me sentía menos impaciente. Pero no terminó ahí... Todo empeoró cuando me di cuenta de que, el encuentro reciente, podía llegar a ser analizado con una perspectiva decadente: ¿me pidió el número de teléfono por compromiso?, ¿por qué no me ofreció el suyo?, ¿inventó la reunión con el "importante cliente" para poder escapase más fácilmente de mí?, ¿olfateó un deseo sexual excesivo? La impaciencia me desbordó, y mis dedos se apelmazaron sobre el plástico para acribillar el aire con unos continuos y secos ¡pafpafpafpafpafpafpafpaf! No me bastó: después de usar los diez dedos, me ayudé con los puños, y logré una sincronía perfecta de pequeños estallidos, que terminaron conformando el gran ¡ppppppaaaaaaffffff! colectivo. Detuve la sinfonía cuando escuché que tocaban la puerta. La atendí tan malhumorada que, con un intercambio de miradas, bastó para que comprendiera que, hoy, el vídeo club estaba de paro. No le importó; avanzó hasta el living y se dejó caer hecha un bollo en el sillón. Le ofrecí un vaso con gaseosa y le encendí la televisión. Cuando pude concentrarme en la entrega del día, y olvidarme de Juan, Sofía, quebró con su pregunta inoportuna el armonioso silencio:
 -Fer, ¿vos crees que Dios lo ve todo?  
Arrastré hacia atrás los pies y  tomé impulso. Dejé que la silla me acercara hasta donde estaba ella. De a poco, Sofía, fue asomando su cuerpo tras el respaldo del sillón. Estaba confundida, y sus ojos almendrados parecían buscar entre los míos una respuesta esperanzadora:
 -No, a veces debe dormir.
Sofía me sonrió. Antes de que pudiera acotar algo más preciso, Maxi, que acababa de llegar del trabajo acompañado por  Marianela (o Mariela), interrumpió nuestra charla a los gritos.  

martes, 7 de agosto de 2012



¡No lo puedo creer! Todavía estoy anonadada. Quiero revolcarme en un monte de pasto verde atestado de flores silvestres y escupir por la boca millones de panaderos con los colores de un arco iris primaveral. Por momentos me obligo a pestañear para comprobar que no estoy en medio de una pesadilla romántica-juvenil, pero no... Cada ínfimo detalle que atraviesa mi memoria me indica que todo lo que sucedió fue real, tan real como sus hoyuelos, y su voz rasposa y seductora. 
Opté por salir a la tarde. Para ser sincera, tenía miedo de que el mozo de la semana pasada me reconociera como la histérica harapienta que no soportó la espera de un mísero cortado. Por las dudas, dejé a un lado el uniforme roñoso de siempre, y me tomé casi media hora, para decorarme con un poco más de esmero. Combiné mi piloto rojo con las botas de lluvias verdes y negras; me planché el pelo y lo recogí en una cola de caballo alta. Por primera vez en mucho tiempo, cedí ante los accesorios; me anudé al cuello un pañuelo floreado con colores vivos, y oculté el enfermizo color amarillo hepatitis de mis pómulos, con una crema base tostada. A último momento tomé la precaución de llevarme el paraguas plegable de Kitty, en vez del marrón y beige del viernes. Afortunadamente mi aspecto teen me dio la seguridad necesaria para enfrentarme a él. Estoy segura de que si nos hubiéramos cruzado ayer, me hubiese escondido detrás de los escalopes de merluza con puré de zapallo, que promocionaba la opción dos del menú ejecutivo.
Cuando Juan me abordó, estaba sentada en la mesita de afuera de siempre, y mi cortado en jarrito estaba en marcha. Se paró delante de mí esperando algún tipo de exclamación. Dudé. No lo reconocí hasta que escuché su voz: estaba más viejo y más galán que nunca. Fornido, curtido por el sol, con un corte de pelo que le dejaba visible unos pequeños rollitos en la parte baja de la nuca.
En un instante, un conjunto de imágenes se organizaron civilizadamente y me arrastraron en un largo flash-back, a las maravillosas vacaciones de la segunda quincena de marzo de 1997: Pablo, mi hermano, que por ese entonces contaba con 17 años, se había rebelado a la tradición familiar. Prefería asfixiarse en la ciudad con sus amigos, antes de tener que soportar el dominó y la generala nocturna, el tejo playero, las paletas de los jubilados, y los aburridos y poco sorpresivos recovecos del Bosque Energético de Miramar. Mis papás, desesperados, intentaron sobornarlo con los métodos básicos: le ofrecieron una escuadrilla de avioncitos de Telgopor, diez pesos diarios en fichas de vídeo juego, y hasta le dieron permiso para someterse a los revolcones de la banana más indomable del Oceáno Atlántico. Finalmente, con el último recurso acertaron. Le ofrecieron invitar a su mejor amigo de la infancia. Y vino Juan. Lo recibimos los cinco, alineados uno al lado del otro, en la plataforma número tres de la terminal de ómnibus. Estaba deslumbrante. Ese día, cuando lo vi transportar el bolso sobre su hombro, pude descubrir unos brazos fornidos en plena metamorfosis, y también, me descubrí a mí misma explicándome durante dos semanas seguidas, si era totalmente cierto lo que todos decían: que las punzadas en el estómago eran los primeros síntomas del amor.
Nos reconocimos en silencio y a la distancia; el estaba parado y yo seguía sentada. Era consciente que lo miraba boquiabierta, pero no me importó. Juan se sentó frente a mí sin solicitarme permiso, y yo lo acepté sin objeciones; él se reía con unas risotadas desmedidas que no tardaron en contagiarme de inmediato. Reclinó hacia adelante la silla de tela azul, y en un tono confidencial me susurró:
 - Menos mal que te encontré. Hace tiempo que busco un paraguas
   como el tuyo.
Gracias a Juan olvidé, momentáneamente, el verdadero motivo por el cual estaba sentada en aquel bar. Había hecho a un lado la libreta y no volví a mirar el cronómetro. La emoción del encuentro era mutua. Queríamos abarcar muchos temas a la vez, pero al final, terminamos contándonos nada. Sí me afirmó lo que Pablo me había comentado hacía dos meses atrás: que se había separado de su mujer y que había instalado su estudio en pleno microcentro. Le sonó el teléfono, y de un golpe seco, pisamos tierra. Se incorporó agitado y me explicó que en realidad estaba por la zona, porque tenía que encontrarse en la calle Pavón, con un cliente exigente que necesita acelerar los trámites de una sucesión. Me pidió el celular y nos despedimos. Podría haberme vuelto cuando lo vi perderse por la calle Urquiza, pero me sentía bien. Omnipotente y feliz. Tanto, que me quedé sentada disfrutando de los últimos cinco minutos de luz natural, antes de que la oscuridad se fundiera con las primeras luces artificiales de la ciudad.

lunes, 6 de agosto de 2012





El asado al horno no aplacó nuestras agonías. Al contrario, nos hizo recordar que, en realidad, no había nada por qué festejar. Con los ojos acuosos, Laura, nos contó que Franco se convirtió en el nuevo representante de ventas de repuestos automotrices para la empresa que trabaja. A sus responsabilidades se le agregaron unos viajes semanales al interior del país. Laura estaba triste. Ahora tiene que lidiar con el problema del nene sola. Nos contó lo mucho que le dolía ver a su hijo inerte y sedado: el martes pasado comenzó un tratamiento con un homeópata que le recomendó la psicopedagoga del colegio, pero desconfía. Sospecha que las gotitas que toma tres veces al día no provienen de fuentes naturales. Lo bueno es que Luqui dejó de desarmar las filas en el saludo de bienvenida, de tirarle de las colitas a las nenas, de dispararle tizas en la cara a los chicos de la secundaria, y de escaparse del aula cuando la maestra se daba vuelta para escribir en el pizarrón. Ahora se pasa el día sentado, anotando alguna que otra oración en el cuaderno de clase, y de vez en cuando encestando, con un sorbete, algunas bolitas ensalivadas a las nucas de sus compañeritos. Por otra parte, Maxi tapó su angustia con tres choripanes con chimichurri, dos morcillas, tres mollejas y dos kilos de tira de asado. Comimos rápido porque tenía que acostarse temprano;  hoy comenzaba el entrenamiento en la sede de Ituzaingó. Como no me podía dormir, me quedé charlando hasta la madrugada con Nicolás, que andaba igual de desvelado. Me preguntó cómo estaba con Martín y preferí sincerarme; le contesté que estaba soltera y que me había peleado con él hacía tres semanas. Nicolás me contó que estaba intentando mejorar la relación con Carola, su novia, y me pidió que lo aconsejara (¡justo a mí!). También me confesó que se había copiado del método de Clara y que, aparentemente, está obteniendo muy buenos resultados con el primer ejercicio. Me contó unos chismes del foro, me agradeció y nos despedimos. 
Lamentablemente no puedo decir lo mismo que él. Hoy, mi ejercicio fue un desastre. Quizás fue la mala energía de ayer a la noche, o la tristeza de ver  a mi amigo irse de casa deprimido... o tal vez, haber esperado por un café que nunca llegué a probar. Me senté en la misma mesa que compartí con Maxi, y esperé al mozo. Tardó quince minutos en verme, y cuando lo hizo le pedí amablemente un cortado. Volví a esperar; mientras tanto cronometraba y tomaba nota de cómo me sentía. Hasta que tuve la misma sensación de siempre: el ruido, la calle, la gente, los calambres y la ferviente necesidad de volver. Dejé la plata sujeta a un servilletero y volví lo más rápido que pude.    

domingo, 5 de agosto de 2012


¿Por qué no puedo tener una pizca de paz? Es increíble como una simple tarea se puede volver un calvario de un día para el otro.
 A Maxi lo detesto por invasor, y al ''Sin Cara'' del  ''B'' lo odio porque sí. Juro que le hubiera desfigurado la sonrisa sexy a bolsazos.  
Ayer, Maxi, salió a festejar su última noche como desocupado. Hoy se despertó temprano, y pude notar que, aunque apestaba a vino rancio y a malta concentrada, no había llegado al extremo de la palangana. Se despertó al mediodía con la idea de organizar una última cena para los tres mosquitos (si bien los horarios del bar son rotativos, la mayor parte de los días de la semana va a trabajar de noche). No me dejó interferir en nada y me obligó a encerrarme en mi habitación. Cuando me liberó, me mostró que había hecho su trabajo a fondo; limpió las pelusas pegadas en las patas de la sillas, las gotas de grasa pegadas en los azulejos de la cocina, y aniquiló a los primeros honguitos que estaban naciendo en la cortina del baño. También cambió algunos adornos de lugar. Se despidió y se fue hasta el supermercado de Independencia y Boedo. Como se había salteado la tarea de la basura, cometí el error de llevarla yo. Ahí fue cuando me lo encontré. Salió de la casa en el mismo momento que apoyaba la mano en el picaporte del compartimiento de la basura. En un abrir y cerrar de ojos, mientras dejaba caer  la bolsa en el cesto, se acercó a dónde estaba parada. Solamente me miraba. Hasta que me cansé y lo prepoteé:
 -¿Qué me miras?
El "Sin Cara" solamente se acomodó un mechón de pelo negro que le caía sobre el ojo derecho y suspiró. Nunca lo había visto tan de cerca. Me da un poco de bronca admitirlo, pero la verdad es que es bastante lindo. Quizás algo flacucho para mí gusto; aunque mirándolo con más detalle pude comprobar que, la campera de cuero y el jeans gris, sustituían de buen agrado  la ausencia de masa corporal, para darle un aire exótico y viril.  No lo esperaba, pero asesinó el minuto de silencio con una risa adolescente, y cuando terminó de desahogarse se hizo el interesante:
 - Así que te gustó...
No tenía idea de que hablaba hasta que volvió el cuerpo en dirección a la puerta de mi casa. Al principio me costó entender que estaba mirando algo en particular. Hasta que pude enfocarlo. Ahí estaba: el felpudo bordó con los tres gatos negros. Sentí que me ponía colorada como un morrón, y que las orejas se me incineraban. Cerré la puerta del depósito con un portazo y me volví al departamento con la cabeza baja, mientras que el ''Sin Cara'' no paraba de reírse de mí.   

sábado, 4 de agosto de 2012


Faltaba una hora antes de que Olga se asomara, y yo necesitaba armar un plan para confirmar mis sospechas. No quise perderme ningún movimiento, y la única solución que encontré fue mandar al soldado Máximo Cuevas a montar una brevísima guardia en el hall de entrada. No fue gratis. Tuve que intercambiar un favor: hacerle los dobladillos a su nuevo pantalón de trabajo. Como solemos engañarnos, firmamos el pacto con un apretón de manos. Bajó a relucir su mejor delantal de vieja chusma, y yo me quedé aguardando en la base, intentando enhebrar el hilo negro en la aguja microscópica. Cuando volvió lo confirmó: el ascensor que ambos ocupaban ancló en el décimocuarto piso, la terraza desierta. De repente me acordé de Susana, la mujer de Florindo. Seguramente debía estar en su departamento esperándolo  con el almuerzo frío. La situación, familiarmente conocida, me hizo sentir una repentina tristeza que tardó un tiempo en desaparecer. Como era de esperar, Olga, llegó media hora tarde. Dijo que no pudo pasar a buscar las bolsas, y se escudó en lo primero que se le ocurrió: tuvo que asistir al otorrinolaringólogo de urgencia, motivo por el cual se presionaba, equivocadamente, el hígado. No hablamos mucho. Cada vez que terminaba una frase dejaba escapar una risita embobada. Daba la sensación que no podía soportar los recuerdos recientes de vaya a saber qué imágenes chanchas. La torpeza también fue en aumento. En quince minutos logró desbordar el depósito del baño, decapitar al angelito mientras intentaba sacarle brillo, y también llegó a pisarle, tres veces, la cola a Capitán. Pero lo peor de todo fue verla frotar eróticamente la esponja de metal contra la sartén para despegar los restos de costillita de cerdo adheridos. Era una conejita sexy de entre casa. Estaba a punto de encadenarla al sillón conmigo, y obligarla a mantener una conversación sincera, cuando sonó el timbre. Dos minutos después estaba atendiendo a mi hermana y a Ariel. La visita fue breve; mi hermana tenía planeado seguir mostrándole a su novio la parte sureste de Capital, y yo por otra parte, llegaba tarde a la sesión. 
VilmaMiriam cerró la puerta asustada. Me presionó la panza tan fuerte que tuve miedo de que me hiciera canturrear como un Osito Cariñoso. Me confió que mi retraso le había hecho pensar que había abandonado la terapia para siempre. Esperé pacientemente a que acomodara la tetera sobre la bandeja, y me hizo seguirla con la azucarera. A medida que avanzábamos por el pasillo, el olor a insecticida se volvía cada vez más intenso. Me costó encontrarla, pero después de fijar la vista entre la humareda que provocaba el incienso, pude distinguirla: Clara llevaba un kimono floreado larguísimo. Solamente se le veían las garras de los dedos gordos del pie decorados con dos líneas horizontales, de color amarillas y moradas. El kimono parecía de un material finísimo, y la tela, caía excesivamente por las mangas, tanto, que llegaban a arrastrarse por el piso. El cinturón ancho y el diseño cruzado, hacían que todo se le apelmazara a la altura del pecho. De todas maneras había algo que no funcionaba: las dos trenzas gauchescas que le caían por ambos lados. VilmaMiriam llenó las tazas con una sustancia de color verde oliva radiactivo y se fue. Estuve a punto de escupirlo en su nueva fuente patinada de dorado, pero en ese momento Clara se levantó para abrir la ventana, y lo devolví sin mucho esfuerzo a la taza. De espaldas, me alentó: 
 - Es un kukicha puro.
Apoyé el té en la mesita redonda, y le conté lo bien que había resultado el ejercicio. También hice énfasis en el tiempo que había estado fuera. Pero a Clara no le interesó. En vez de eso, me pidió que le contara qué era lo que había hecho el día previo al ataque. Después continuó con la noche del sábado. Le expliqué que los primeros síntomas se despertaron en el único momento de calma de la noche; cuando observaba a mi familia interactuar desde el sillón. Recordaba no estar pensando en nada que tuviera que ver con la fiesta. O eso creía yo, hasta que me preguntó:
 - Entonces, ¿en qué pensabas?
Pude visualizarme recostada en mi sillón, mirando desde la distancia la vela de cumpleaños de Pablo, apoyada en una servilleta. Y sí me acorde de que sólo pensaba en una cosa: en mi abuela.

viernes, 3 de agosto de 2012


Si pude llegar a la parte áspera, fue por la pequeña ayuda de mi amigo. Maxi volvió del infierno clínico para torturarme. No vi la hora, pero sabía que era demasiado temprano. Me zamarreó y me destapó criminalmente. Estaba con los ojos enrojecidos y  venosos, lo que me hizo recordar que se había despertado a las 7:00 am para viajar hasta el hospital Argerich. El martes, el día de la entrevista, la chica de recursos humanos además de facilitarle discretamente el número de teléfono para una cita futura, le exigió la libreta sanitaria para poder iniciar el entrenamiento. Me arrastró de la cama a la fuerza, y repitió el proceso de ayer. Yo sabía que quería ayudarme, pero también presentía que necesitaba una compañía que le diese ánimo para esquivar lo que se le estaba aproximando. Como recompensa me preparó un tostado de jamón y queso, rebalsado con manteca y mayonesa, y un café con leche. 
Ayer, habíamos acordado que íbamos a salir temprano para evitar la muchedumbre; no tenía intenciones de dar un espectáculo público a la gorra. Esperamos que la lluvia cesara. Él leía desparramado en el sillón, mientras yo completaba, robóticamente, el trabajo del día. Aunque Maxi chequeaba constantemente el pronóstico en la televisión, sabíamos que no iba a parar. No hacía falta ser un meteorólogo experto, para darse cuenta de que el cielo se estaba cayendo a pedazos. Me acordé de que a las 15:00 hs venía Olga para traerme las bolsas con los tuppers de mi mamá, y también para sacar a pasear a Capitán. Recordé que a las 16:00 hs tenía que estar en lo de Clara con el ejercicio completo. Sin pensarlo dos veces, apagué el monitor y me cambié en la habitación. Salí con el paraguas apuntando quijotescamente en dirección al pasillo y le dije:
 - Vamos.
Cuando salimos tuve la misma sensación de siempre: que la avenida San Juan no es precisamente una avenida muy feliz, y menos con lluvia. Debe ser una de las calles con los registros de suicidios más altos de toda la Capital. Diez minutos después, estábamos ubicados en las sillas balnearias del bar Harmony. Nuestras caras estaban embadurnadas por una capa gruesa de grasa, y nuestra mesa estaba cubierta con un rocío pegajoso. Instintivamente, Maxi, se encargó de la parte práctica: llamó al mozo con un gesto de urgencia, le pidió dos cortados en jarrito, lo pagó por adelantado y también, le repitió tres veces que estábamos apurados. Habían pasado otros seis minutos. Tenía la espalda en el aire y los pies enterrados en las baldosas. Cronometré otros dos minutos, y al minuto siguiente llegaron los cortados. Maxi me sonreía. Para distraerme me recordó una historia vieja que, aunque ya la sabía de memoria, hizo que olvidara por completo que estaba apoyada en un mesita mojada en uno de los  días más espantosos del año, controlándome para que mi cuerpo (incluyendo mi culo empapado) no se empezara a acalambrar:
 - Cuando te conocí eras una ratita flacucha y arisca vestida de negro...
En ese entonces, él era un poco más grande; tenía 21 años y una panza cervecera pretenciosa. Había dejado la carrera de letras para intentar suerte con el cine. Yo, en ese entonces, tenía 18 años. Llegó el segundo cuatrimestre y dejó la cursada. Más adelante volvió a la UBA y completó hasta el segundo año de la carrera de bibliotecario. Habíamos comenzado a salir antes de que dejara la facultad de cine. Él, por ese entonces, ya conocía a Laura, mi amiga de toda la vida. En dos meses nos dimos cuenta que nos dábamos asco. Que no nos soportábamos. Y que conectábamos mejor con ropa. Hacía el final del segundo cuatrimestre empecé a salir con Martín, y aunque Maxi y yo no hicimos grandes esfuerzos, él contribuyó a que enterráramos definitivamente nuestra breve relación.
Estuvimos cuarenta minutos en el bar. Un récord que no esperaba. Hasta que los vimos. Si decidí huir no fue por la falta de aire o por una contracción interna; fue porque Olga se paseaba desvergonzadamente en la cuadra de enfrente, abrazada a los michelines de Florindo.



jueves, 2 de agosto de 2012



Ayer a la noche no cenamos juntos. Desde mi habitación pude escuchar el timbre dos veces.  Volvió unos minutos después, y supuse que tenía intenciones de enmendar lo que sus palabras de ogro habían machacado. Quería desestabilizarme con el único arma que sabe que suele funcionar conmigo: un banquete. Pero todavía estaba enojada. Tardó demasiado en darse cuenta. Por eso, cuando me llamó apagué el televisor y no le contesté.
Hoy me quedé hibernando en mi refugio. Vi su débil sombra de Nosferatu reflejarse cuatro veces por debajo de la puerta de mi cuarto. Los truenos contribuían al suspenso. A la quinta no pudo resistirse más y aporreó la puerta salvajemente hasta que se abrió sola. Sin pedir disculpas, entró hecho un remolino, y se sentó en medio de la cama matrimonial para examinarme. Me sentía como una enferma terminal. Se acomodó de espaldas a la pantalla para acaparar mi visión, e intentó formular una disculpa directa:
 - Tenés que salir. Cambiate y cruzamos.
Le corrí la cara con la mano y lo alejé de mi vista. De reojo pude ver que sus cejas espesas se le transformaban en dos paréntesis recargados, dándole a su cara cierto aire caricaturesco. Más que asustarme me dio gracia, la conocía de otros capítulos anteriores: era su intento de mirada de la muerte. Se levantó, subió la persiana, y mientras daba un eterno resoplido, apagó el televisor. Me tiró la campera negra de polar, un corpiño blanco del sillón, me revoleó una calza negra directamente al centro de la cara, y se lo solté:
 - No puedo.
Le tuve que contar lo que había pasado en el baño. También le conté acerca de la peligrosa variación de Clara, y usé la misma metáfora ridícula del coco, para hacerle entender la gravedad del ejercicio: primero tenía que acostumbrarme a la parte áspera y peluda del exterior, para llegar a disfrutar la primera capa comestible. Lo  más importante llegaba después de atravesar todo lo anterior: el jugo. El viernes pasado, cuando la escuchaba, me moría de ganas de revolcarme de la risa sobre su fino porcelanato y su pequeña alfombra  de animal print, pero fui consciente; tenía que estar concentrada en mantener una tristeza sincera por lo de la fuente. El tema del angelito todavía ardía. Cuando Clara concluyó su explicación, dejé de reírme: llegar al bar de la esquina y lograr sentarme en una mesita de afuera, era la parte áspera y fea. Acostumbrarme al ambiente, era la primera capa comestible. Al jugo dulce solamente iba a llegar con el tiempo. El día que pudiera entrar al bar sin sufrir un coma en el intento.
Lo entendió y no le dio importancia. Se portó como hubiese sido otra persona; Laura, por ejemplo:
 - Ahora llueve, y es tarde. Pero mañana vas a bajar conmigo.

miércoles, 1 de agosto de 2012


Me desperté sobresaltada. Lo había esperado con una tarta de jamón y queso, y una sopa crema de pollo que estuve a punto de volcar por la ventana de mi cuarto hasta el patio interno de Fernando y Andrea, los "Antis" del 1° "A". Actuó como un irresponsable. Estuvo con el celular apagado desde que salió de la entrevista y jamás llegó mientras duré despierta. Me había dormido a las 2:30 am, preocupada y ansiosa por saber cómo le había ido. Por eso, salí de la cama con un salto, e instintivamente fui a comprobar si había vuelto. No tuve ningún pudor en abrir la puerta de su habitación de un tirón. Creo que en el fondo, antes de presenciar una fotografía tan triste, hubiese preferido encontrarme con una enredadera de cuerpos desnudos. Lo primero que noté fue que el cuarto estaba totalmente en penumbras. Lo segundo fue que la persiana caía baja y en diagonal. Para lo tercero no tuve que hacer ningún tipo de esfuerzo, porque el olor me invadió sin pedir permiso. La última vez que aspiré algo tan podrido y penetrante, fue cuando tenía veintitrés años, y viajaba en el colectivo de la línea 126 para llegar a casa: un amigo de ese entonces había soltado, abajo de su asiento y luego en el pasillo, dos panchos con papas pay regados con dos litros de fernet, medio litro de vodka con melón y cuatro shots de mezcal. 
Antes de tener un plano general de la tétrica escena tuve que esforzarme, para esquivar las tres torres con libros que lo mantenían oculto como un refugiado en su fortín. Y se dejó ver: estaba tumbado en la cama abrazando a mi palangana verde loro. La palangana tenía una bombacha y dos pares de media. Todo flotaba gracias a la porquería que había largado. La comparación con una gran ensalada de frutas me asqueó y tuve que salir volando. No estaba enojada. La imagen bochornosa, y el paquete transparente que encontré sobre la mesada de la cocina, me obligaron a solidarizarme. El plástico protegía a un pantalón negro y a un chaleco del mismo color. Le preparé un café cargado y lo dejé sobre la mesa junto con un paquete de galletitas de agua. Se despertó dos horas después. Sentada en la silla de la computadora, pude verlo bambolearse hasta la cocina. Abandoné el Photoshop y me senté para hacerle compañía. Lo felicité por las buenas noticias, y me respondió de la peor manera: 
 -¿Vos no tendrías que ocuparte de tus problemas?
Y zarandeó el pulgar, burlonamente, apuntando hacia abajo: a el hall y la calle. Me quedé sentada esperando algún tipo de disculpa. Otra vez era él, La Bestia, sin tacto y egoísta. Mastiqué todas las palabras hirientes que se me ocurrieron, y me las tragué, porque no era su culpa. Él no sabía lo que había pasado el sábado. No se lo conté. Tampoco lo imaginó. Estaba demasiado ocupado pavoneándose con Mariela (o Marianela). De todas formas, si se lo contaba, nunca iba a llegar a entender lo frustrada que me sentía por haber retrocedido, y lo asustada que me tenía el nuevo ejercicio de Clara. Me levanté antes de arrepentirme, y lo dejé solo, lidiando con su resaca. 
Después de mandarle a Marisa un compilado de archivos y algunas ideas funcionales para el nuevo proyecto que se está poniendo en marcha, me conecté para distenderme con la buena energía de Nicolás. Otra vez insistió con el plan de la cámara web, pero lo evadí: el tarado de Martín, supuestamente, podía llegar en cualquier momento.

martes, 31 de julio de 2012

Laura no llegó con los profiteroles, pero trajo medio kilo de bizcochitos chorreados con grasa, media docena de alfajores de maicena explotados de dulce de leche, y una cara del trencito del terror que espantaba. 
La última vez que estuvimos los tres juntos, había sido para festejar el día del amigo, aquella vez que Maxi y yo nos peleamos porque lo encontré arrastrándose, como un pez limpia fondo, cerca del cableado de la computadora. Esa noche, a diferencia de otras, Laura no cumplió con su típica función de mediadora. Al contrario, nos miraba con unos ojos desgastados y ojerosos, y nos explicaba lo mal que les estaban sentando las vacaciones de invierno a  Franco y a ella. Luqui se despertaba hecho un torbellino a las 8:00 am y se acostaba igual de enérgico a las 2:00.
 Hoy, mientras preparaba el mate, nos reveló una noticia espantosa. A la mañana, cuando había dejado a Luqui en el colegio, el director de la institución y la psicopedagoga de turno, la secuestraron para acorralarla en un despacho. Le agitaron en la nariz un cuaderno forrado de un rojo confidencial, y le explicaron cual era su contenido: eran alrededor de ciento veinte quejas que los padres habían registrado desde marzo de este año hasta los primeros días de julio, y también contenía las observaciones que las maestras habían acumulado en el mismo período. Y la amenazaron. La psicopedagoga fue descarnada. Sin hacer ningún tipo de introducción, le soltó en la cara que Luqui padecía un grave trastorno de hiperactividad con déficit de atención. El director no sólo se lavó las manos, sino que también se esculpió las diez uñas y se exfolió las callosidades. Le explicó que la situación del nene era ajena la institución, y que estaban cansados de los disturbios en las aulas, en los pasillos y en los patios. Tampoco iban a tolerar otro accidente. Y fueron terminantes: o el chico iniciaba un tratamiento pronto, o lo expulsaban del colegio.
Laura me sorprendió con su reflexión. Aunque ella como buena madre lo había defendido a capa y espada, hoy, se desarmó completamente y reconoció que su hijo no actuaba como un chico normal.
A las cuatro y media de la tarde, Maxi, cabisbajo y renegado, abandonó la reunión de los tres tristes mosquitos. Ayer a la noche, tirados en la cama, mientras alimentábamos a nuestros rollos con un cóctel de grasas saturadas, recibió la llamada de una importante cadena de cafeterías para concederle una entrevista laboral, y aunque atendió con una incontenida felicidad, cuando tomó prolijamente los datos y cortó, me di cuenta que no era precisamente la propuesta que esperaba. Hicimos lo que pudimos. Como dos madres preocupadas lo escoltamos hasta el ascensor. Después de que Laura le aterrizara el jopo natural y el cuello arrugado de la camisa, nos despedimos y bajó. En ese mismo momento, Sofía, salió al pasillo cumún con unos pequeños pasitos de algodón y se unió a nuestra manada. Nos desparramamos en el sillón para masticar las sobras de los bizcochitos, y Sofía, la cuarta mosquito, elegió azarosamente una película del montón.